¿Sabéis que son los súcubos? Seguro que sí porque nuestras amigas las Embrujadas nos lo enseñaron. Y, seamos honestas, todas nos hemos tragado las aventurillas de las hermanas Halliwell aunque, a día de hoy, admitidlo nos de vergüenza. – Las Halliwell auténticas, no ese remake que anda pululando por ahí -. En el universo de estas hermanas brujas, el súcubo es un demonio femenino que se carga a todos los hombres que trisca a través de un servicio de citas, para extraerles la testosterona, de la que se alimenta (1). Y el rollo no va muy desencaminado de lo que fue la mitología medieval. No entraré a juzgar lo documentada o no que estaba la serie, ni los efectos especiales empleados. Un trailer vale más que mil palabras.

Lo que a mí me interesa es que esta famosa serie de televisión me sirve para mostraros como en el medievo a las mujeres no nos convirtieron solo en brujas. También se encargaron de convertirnos en unos auténticos demonios. ¿Cuál era la finalidad de este esperpento? Pues asegurarse de que permanecíamos calladitas y sumisas y de que no se nos ocurriera trasgredir sus normas patriarcales. Así, detrás de los súcubos lo que nos encontramos es mitología y literatura machista que, con alevosía, pretendía mantenernos con el yugo al cuello. Porque el machismo, amigas, no solo consiste en cruzarnos la cara…

La mejor arma para controlarnos no es un bofetón

Que vivimos en una sociedad patriarcal desde tiempos inmemoriales, es un hecho. El sexo masculino domina y ha dominado al sexo femenino, por una cultura que nos ha sido impuesta. – No, la biología no tiene nada que ver en el asunto; el machismo y el género son culturales, no naturales –. Y aunque molernos a hostias ha sido muchas veces la solución que han encontrado para que acatemos sus normas, no es el mejor mecanismo de control que los varones tienen en el mercado. La mejor manera – mucho más sutil y efectiva – de que nos traguemos que somos inferiores y que ellos mandan, es a través de los símbolos. Desde la más tierna infancia, nos imponen una serie de imágenes, en torno a las cuales se va forjando nuestra identidad (2).

Hablando en plata, nos meten en la cabeza “cómo tenemos que ser”: sumisas, calladitas, cuidadoras, sensibles, esclavas de la belleza, dependientes y un largo etcétera (3). Etiquetas que nos dejan muy claro que somos “de segunda”: incompletas, imperfectas y muy pecaminosas. ¿El mejor lugar para encerrarnos? ¡Pues la casa! ¿Qué pintamos nosotras ocupando espacio público? ¡Si somos un auténtico desastre! (4).

Un ejemplo esclarecedor

Lo bien que funcionan estos mecanismos de control es muy fácil de ver con el siguiente ejemplo. Si algún malnacido muele a palos a su pareja, nadie en su sano juicio negará que «ese tío es un machista». Sin embargo, si una mujer dispone libremente de su sexualidad y la tachan de putón ¡el debate está abierto!, ¿verdad? Será sometida a una ardua inquisición moral, juzgada y sentenciada. – Aviso a navegantes: prostituirse no es disponer libremente de tu sexo, es que un tío te explote sexualmente; no confundamos términos –. La violencia física está condenada socialmente; la violencia simbólica que recae en torno a la mujer y al sexo, no.

El porqué de los Súcubos: ¿osas transgredir las normas? ¡Eres un demonio!

Así, los símbolos y los mitos naturalizan y legitiman las diferencias entre ambos sexos y unas identidades que la cultura patriarcal impone. Por supuesto, la crítica al sistema no es ni social ni moralmente aceptable (5). Si se te ocurre rebelarte y decir “¡hasta aquí hemos llegado!”, se te demoniza. Hoy en día, metafóricamente hablando. ¿Queréis un ejemplo? Los asquerosos calificativos “feminazi” o «terfa», con el que nos bombardean a las feministas día sí y día también. Pero en tiempos antiguos y medievales, la demonización de las mujeres que se salían de la norma impuesta era más que una metáfora… ¡Era literal! (6).

Estos demonios y monstruos femeninos, como los súcubos, personificaban, a la vez, los temores y los deseos masculinos (7). Uno de los miedos más ancestrales de los hombres es el temor a la castración, a ver mermada su masculinidad. Así, nos ven como mutiladoras de la virilidad. Por poner un ejemplo del día a día, ¿cuántas veces hemos escuchado – e incluso pronunciado – eso de “¡qué calzonazos eres!”? Y, para rizar el rizo machista, este pánico hacia nuestra sexualidad, a la vez, les pone: desean ser poseídos por mujeres sexualmente activas (8).

Súcubos La Reina de las Sombras Lost Girl

De esta manera, a las mujeres se nos define sexualmente, en base a estos miedos y deseos, como a unas depredadoras sexuales, unas devora-hombres. Y así es como surgen mitos como los súcubos – y otros demonios femeninos –, las brujas, y demás monstruos femeninos, peligrosísimos y repletos de lascividad (9). ¿Queréis un ejemplo de “monstruo femenino” más actual? La femme fatale, cuyo origen es tan antiguo como la mitología griega (10).

La imagen de la mujer medieval: una naturaleza animal, voraz e insaciable

Pero centrémonos ahora en el medievo. El sexo era visto desde un punto de vista masculino, como no, y se centraba en la función reproductora. El placer en un mundo tan casto no tenía lugar – en teoría –. Además, la sexualidad femenina, se veía como voraz, animal e insaciable. La lujuria y la infidelidad eran pecados femeninos, clarísimamente. ¡Así de bien definían “nuestra naturaleza”! Por supuesto, se apoyaban en que éramos inferiores al hombre. Ya sabéis, somos inmorales, irracionales, visceralesDesde que Eva se la lió pardísima a Adán, y nos echaron por su culpa del Edén, ¡joder! El asunto se vio claro, ¿verdad? ¡La mujer era malísima! (11).

Pues esta visión de las mujeres se radicalizó en la Edad Media, sobre todo, como respuesta a un movimiento femenino – se podría decir que proto-feminista – que les estaba irritando mucho el pene: la Querella de las Mujeres (12). No debe extrañarnos: siempre que surge un grupo de mujeres rebelándose contra las normas impuestas, y hace mucho ruido, el patriarcado les asesta un golpe demoledor. Un sabio dijo aquello de que la Historia es circular y que todo se repite (13). Y efectivamente, el mejor ejemplo de esto, lo tenéis en la actualidad: si el feminismo da mucho por saco y empieza a calar demasiado, lo aplastan de una y mil formas diferentes.

Mujeres medievales hasta los ovarios: la Querella de las Mujeres y las sanadoras

Sí, ya lo sé, en la puñetera vida habéis escuchado hablar de esta Querella – a no ser que por iniciativa propia e inquietud hayáis rascado en la Historia de las Mujeres o del Movimiento Feminista –. No os sintáis mal, es que no está de moda contar nuestra historia. Lo que no se nombra, no existe; y así nos va. Pero para eso estamos aquí, para cambiarlo. La Querella de las Mujeres fue un movimiento que tomó fuerza con la publicación de La Ciudad de Las Damas, de Christine de Pizan (14), y denunciaba la discriminación que sufría la mujer medieval. Sobre todo, cuestionaban esa supuesta incapacidad que tenía la mujer para adquirir conocimientos y saberes. Y claro, estas mujeres tan quejicas despertaron el recelo de los machos alfala jerarquía eclesiástica y el sistema sociopolítico en general –. ¡Que pretendían ocupar espacios vetados tradicionalmente a su sexo! (15).

Christine de Pizan La Ciudad de las Damas Querella de las Mujeres
Christine de Pizan, su Ciudad de las Damas y la Querella de las Mujeres. Fuente: Tribuna Feminista.

Pero es que, además de la irrupción en escena de estas marisabidillas, había cada vez más parteras, curanderas y sanadoras haciendo la competencia a la medicina tradicional – masculina – (16). ¡Que las mujeres querían estudiar y ejercer profesiones varoniles, virgen santísima! ¡Había que hacer algo!

Los súcubos y la demonología: el contraataque machirulesco

La respuesta de los machos cabritos no se hizo esperar: tenían que echar por tierra la imagen de las mujeres, que se estaban viniendo muy arriba. Por ello, los tratados demonológicos empezaron a rular que daba gusto, para dejar clara la vinculación de las mujeres con el diablo (17). Ni qué decir tiene que el contenido misógino que contenían era brutal (18), y que la intención que tenían era provocar el pánico en la sociedad (19). Y, ¿cuál fue el “padre” de todos estos tratados sobre demonología y mujer? El Malleus Maleficarum (El Martillo de las Brujas) (20). Sí, lo habéis adivinado, la caza de brujas estaba a la vuelta de la esquina (21), pues no tardaron en convertir a todas estas sanadoras en brujas (22). Así, se cargaron de un plumazo la credibilidad del conocimiento empírico femenino, pues transformaron a estas sabias mujeres en monstruos (23).

“Cuando la mujer piensa sola, tendrá diabólicos pensamientos” (Malleus Malleficarum) (24).

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Pero las brujas, aunque fueron tachadas de grandes lascivas y castradoras (25), y culpadas de todo lo habido y por haber (26), no son el tema que nos ocupa. Y es que los demonólogos distinguían entre estas “encarnaciones del mal” humanas y los entes sobrenaturales que os voy a presentar (27). Pues es de cajón que desde la demonología se diese por sentada la existencia de demonios a cascoporro, que pretendían arrastrar a los hombres al fuego eterno. Solo así se puede entender la demonización femenina que se llevó a cabo. Ahora, ¡Satán tenía cuerpo de mujer! (28).

¿Las Mujeres? ¡Ésas son siervas de Satán!

A partir del siglo XV es cuando se radicaliza esta demonización de las mujeres y, como hemos dicho, la obra que sintetiza esta percepción de la mujer como un ser maléfico es el Malleus Maleficarum. Digamos que el dichoso tratado es el cenit de la transformación de las mujeres en seres monstruosos. Además, se encarga de personificar en nosotras todos los temores sexuales, y de pintarnos como el símbolo absoluto de la lascivia y el desenfreno sexual (29). Hermanas, somos infieles, ambiciosas – en el peor de los sentidos – y lujuriosas. ¡Unas fornicadoras, insaciables y adúlteras! ¡Las concubinas de Satán! (30). – Manda ovarios, lo sé –. Y no penséis que todo este embolado se trató de unas cuantas obras literarias, presididas por ésta, sin más. ¡De eso nada! Los tentáculos del Malleus llegaron con fuerza a todos los ámbitos de la sociedad bajomedieval (31).

Malleus Maleficarum El Martillo de las Brujas Demonología
Malleus Maleficarum. Fuente: Wikipedia.

Así, con fuertes dosis de misoginia, las mujeres nos convertimos en las siervas de Satán (32). En el Malleus Maleficarum dejan clarísima nuestra fuerte propensión a la brujería y a la maldad. ¡Carajo, que somos más malas que el hambre! (33). Nuestra curiosidad, credulidad, charlatanería – y que a mentirosas no nos gana nadie –, nuestro gustillo por la venganza – somos celosas y envidiosas a partes iguales – y por los placeres de la carne y la vanidad y, como no, nuestra debilidad moral e imperfección, nos convertían en presas más que fáciles para que el demonio nos atrapase con sus garras y pasásemos a formar parte de su séquito, tan ricamente (34).

La demonización de la mujer que esconden los súcubos y los íncubos

Esta mezcla de lascivia femenina y diablo, dio lugar a dos demonios sexuados y sexuales que reforzaron todos los miedos en torno al sexo que se estaban gestando: los íncubos y los súcubos (35). Ambos íntimamente ligados a las brujas/mujeres, según el Malleus, donde se les dedica un amplio espacio a estos demonios (36).

«Al diablo (…) se le veía como un monstruo sexual caza mujeres (…) existía en el imaginario medieval la necesidad de mantener a raya al Maligno y transferir sus faltas y culpas morales (…) a la enemiga número uno: la mujer, la perversidad universal, el mismísimo demonio apoderado de su genio y figura» (37).

Íncubos y súcubos: los demonios sexuales que acechaban en las noches medievales

Que la lascivia y la lujuria – personificada en el demonio Asmodeo, un pillín siempre ligado a los asuntos carnales, relacionado con Lilith: la primera esposa de Adán, que fue su amante tras abandonar a Adán y mandar al carajo la vida paradisíaca – (38) eran pecados femeninos, ya ha quedado claro. Porque esta relación entre la mujer y lo demoníaco no surgió en la Edad Media, sino que viene de más lejos: del mundo hebreo (39).

Las mujeres no podían tener deseo sexual, y si lo tenían ¡era pecado mortal! (40). La cosa es que los demonólogos afirmaban rotundamente que los demonios podían transformarse en hombres y mujeres, para trajinarse  a los humanos y engendrar así a nuevos demonios. Y tanto si el demonio en cuestión era de sexo masculino (íncubos), como si era de sexo femenino (súcubos), la relación especial de la mujer con el diablo quedaba más que clara (41). Vamos, que en ambos casos la misoginia quedaba patente. Las mujeres somos insaciables, y este apetito sexual tan exacerbado nos hace caer de cabeza en las tentaciones diabólicas (42).

Íncubos: los demonios masculinos

Por un lado, estaban los íncubos, demonios masculinos que acechaban a las mujeres para echarles un casquete y dejarles “su semilla”. Y claro, las mujeres, tan lascivas ellas, no se negaban, ¡al contrario! De hecho, los demonólogos contaban que el número de íncubos era nueve veces superior al de súcubos – los demonios femeninos –, ya que las mujeres, tan guarrillas, estaban más dispuestas a caer en la tentación (43). El significado literal de íncubo es “el que se pone encima” – dejando claro ya, de antemano, la visión masculina–patriarcal del sexo – (44).

íncubo demonio sexual masculino

Súcubos: los demonios femeninos

Por otro lado, estaban los súcubos: los demonios femeninos que adoptaban la apariencia de jóvenes bellísimas – ocultando así su monstruosidad – para engañar a los machotes y triscárselos mientras estos dormían (45). Vamos, que se colaban en las alcobas de los varones para darles mandanga de la buena.  Son uno de los monstruos femeninos más famosos del imaginario medieval, cuya misión es tentar a los hombres y “hacerles caer” (46). Como os podéis oler, súcubo significa literalmente “el que se pone debajo”. Ya veis, el diablo es “muy tradicional” a la hora de follar. Y es que hasta en estos demonios sexuales hay «clases» y el patriarcado deja su huella… ¡Incluso siendo demonios las mujeres tenemos que estar debajo! Es más, los súcubos se relacionan directamente con el «comercio carnal»… vamos, con la prostitución (47).

Súcubos súcubo demonio sexual femenino historia

Los súcubos también se utilizaron para explicar las emisiones o poluciones nocturnas – cuando los hombres eyaculan involuntariamente mientras que están durmiendo – e incluso la parálisis del sueño – cuando tu cerebro ya está despierto, pero tu cuerpo aún no responde, y no puedes ni moverte, ni hablar, etc. – (48). Ciencia en estado puro, ¿eh? (guiño, guiño).

La importancia de las posturas

¿Qué implicaba esto de «ponerse encima o debajo»? Pues que si un hombre fornicaba con un súcubo, aunque era pecado, no era para tanto, pues no se alteraba el orden patriarcal de las relaciones sexuales, ya que él se mantenía como el dominante en el acto sexual. Además, recordemos que los súcubos «les engañaban», haciéndose pasar por una jovenzuela bien lozana. También podía ser «cosa de brujas». Sin embargo, si una mujer fornicaba con un íncubo… ¡Esto ya era otra historia y pecado del gordo! Pues el demonio masculino la poseía y dominaba por completo, corrompiendo su cuerpo y su alma (49).

«(…) la comprensión medieval de lo sexual (…) implicaba que las mujeres que se unían a los demonios, debido a su lujuria inherente, entregarían sus cuerpos y almas a Satanás, haciendo así al sexo femenino en general más susceptible a caer en el mal y la condenación» (50).

¿Conclusión que se sacó? ¡Fácil! Que las mujeres, tan propensas como somos a los deseos insaciables, nos rendíamos voluntariamente al demonio/íncubo para satisfacer nuestro apetito sexual voraz e incontrolable (51). Así, la conducta sexual de las mujeres al final de la Edad Media se miró con lupa y el control patriarcal que se ejerció sobre la sexualidad femenina fue brutal – con acusación de brujería incluida, pues hasta llegaron a identificar a «las brujas» con los súcubos – (52).

«Ahora la mujer era la sirvienta, la esclava, el súcubo en cuerpo y alma, mientras el Diablo era al mismo tiempo su dueño y amo, proxeneta y marido» (53).

¡Inseminando que es gerundio!

En el Malleus Maleficarum montan tal pifostio para contar como actúan estos demonios, que es digno de explicar. Los súcubos roban el semen de los hombres, a los que atacan de noche, normalmente mientras duermen, y en cuya mente influyen. – Quedan hechizados –. Después, los demonios, cual clínica de inseminación artificial, son capaces de conservar el semen humano, con toditas sus propiedades, bien fresquito. Luego, los íncubos dispondrán de ese semen y fecundaran con él a las mujeres, quienes, como hemos visto, se dejarán fornicar, pues son muy casquivanas. – Lo sé, ahora mismo os pincho y no sangráis –. Y la finalidad de todo este festín no es el simple folleteo, sino corromper a la humanidad (54). Pues los demonios nos odian y nos quieren destruir (55).

Os lo podéis imaginar rollo Lo que hacemos en las sombras

Esta teoría tan guay de cómo los súcubos recolectan el semen de los hombres, lo conservan y, luego, los íncubos fecundan con él a las «ofrecidas» mujeres no es una idea original del Malleus Maleficarum. ¡Se la debemos a Tomás de Aquino ni más ni menos, ojito! (56). Y, para que os acabe de explotar la cabeza, os diré que también creían que los íncubos y los súcubos podían fornicar entre ellos (e incluso con animales) y engendrar a los llamados «cambiones» (57).

Eso sí, nuestros amiguetes del Malleus nos recuerdan y remarcan que la depravación y la oleada de brujería que se estaba levantando en el Medievo era culpa de las mujeres, no de estos demonios. Eran ellas las que se dejaban pervertir, por su propia voluntad. El libre albedrío, ya sabéis, que asoma cuando más conviene (58).

¿Habéis flipado con tanto machismo? ¡Pues aún hay más!

En un principio, eran los íncubos los demonios que acojonaban a la sociedad medieval. Era una manera de aterrorizar a las jóvenes damiselas para que se mantuviesen puras y castas hasta el matrimonio. ¡Cómo Dios mandaba! Así, las mujeres eran vistas como instrumentos de Satán. Sin embargo, con el auge de todos los tratados demonológicos y el afán por tirar por tierra la imagen de las mujeres – todavía más –, se empezaron a popularizar los súcubos y, con ellos, la visión del origen femenino del mal – que llegó hasta la Edad Moderna – (59). Ya no es que las mujeres fuesen siervas del diablo, ¡es que eran demonios! (60).

“(…) el hombre puede ser seducido o atacado en cualquier momento por su demoníaca enemiga, la mujer” (61).

Así, todo esto provocó que en los siglos XVI y XVII la represión sexual contra las mujeres también fuera exacerbada (62). Y se asentaron en el imaginario colectivo dos imágenes opuestas de las mujeres, absolutamente patriarcales y misóginas: la mujer como sujeto activo del mal, que tentaba al varón en forma de súcubos, y la mujer como objeto pasivo y meta de la seducción masculina (63). Es decir, que si tomabas las riendas de tu vida sexual eras el mal encarnado, y si no, eras una cosa con la que los hombres podían hacer lo que les viniese en gana.

Súcubos con nombre propio: Abrahel en la Demonolatría

Como ya hemos visto, el Malleus Maleficarum no fue el único tratado demonológico que estuvo rulando. Unos cien años después de su publicación, a finales del siglo XVI, otro tratado la estuvo liando parda: Daemonolatreiae libri tres, o Demonolatría para los amigos (64). Digamos que recogió el testigo del Malleus en lo que a caza de brujas se refiere. Pues bien, en él, su autor nos presenta y nos describe a uno de estos súcubos y hasta le pone nombre propio: Abrahel (65).

La historia que se nos cuenta es que, en una aldea de Bélgica (66), un pastor (67), casado y con un hijo, se «enamoró violentamente» de una doncella de su aldea. Doncella que era un súcubo: Abrahel. – Que no es que el pastor fuese un infiel y un machirulo, es que la doncella era un demonio -. Así que el pastor se la encontró un día en el campo y le declaró «su amor» – más bien, se ve que el tipo la quería poner mirando a Francia -. Ella le vino a decir: vale, echamos un casquete, pero te me tienes que entregar y obedecerme en todo. – Ya sabéis lo castradoras que somos las mujeres -. Y el pastor, más caliente que el palo de un churrero, no se lo pensó ni medio segundo y accedió encantado (68).

¡Tu chiquillo o me rindes culto!

Claro, al poco tiempo Abrahel fue a cobrarse sus favorcillos sexuales, y le pidió al pastor que sacrificase a su único hijo. Para ello, Abrahel le dio una manzana envenenada al pastor, para que se la diese a su retoño, y en cuanto el chiquillo la probó, cayó fulminado. – Mujeres y manzanas… la historia de siempre – (69). El pastor se lamentó desesperadamente y Abrahel le ofreció un plan B: le devuelvo a tu hijo la vida, pero, a cambio, tienes que adorarme como si fuese el mismísimo Dios (70). El pastor se arrodilló ante Abrahel y le rindió pleitesía, y en seguida, el súcubo revivió a su hijo (71).

Pero este ya no era el mismo de siempre: estaba más flaco, pajizo, sin fuerzas, tenía la mirada inexpresiva y estaba más torpe y estúpido que de costumbre. Normal: estaba animado/poseído por un demonio, que al año se las piró. Así que el joven cayó de espaldas y su cuerpo infecto y apestoso fue sacado de la casa paterna y enterrado en el campo, sin darle cristiana sepultura (72).

En el siguiente vídeo, podréis comprobar cómo se hipersexualiza a Abrahel contando su leyenda:

Moraleja: Abrahel corrompió al pastor, lo alejó del camino de Dios y se cargó a su hijo. ¡Cuidado con las jóvenes doncellas, que van provocando, hermanos! ¡Que os joderán la vida! Porque la culpa de que un hombre sea infiel, siempre es de «la otra», ¿verdad? – nótese la ironía -. ¡Cuánto nos queda por reflexionar sobre este asunto, amigas!

Abrahel no es el único súcubo al que le han puesto nombre (73). Quizás el súcubo más famoso de todos los tiempos sea la fantástica Lilith (74), pero para hablar de ella necesitaré otro artículo, porque ella lo vale.

Los súcubos seguimos existiendo…

Si os parece que esto de los súcubos es cosa del pasado, ¡ja! Toda esta literatura patriarcal que se gestó desde la antigüedad, reafirmándose en el medievo y continuándose en la modernidad, se sigue reproduciendo hoy en día. Nuevos tiempos, nuevos mitos. Pero a las mujeres se nos sigue clasificando o como mero objetos pasivos con los que los hombres se desquitan sexualmente, o, si es que se nos ocurre tomar las riendas de nuestra sexualidad, se nos tacha de mujeres fatales, peligrosas y castradoras y, a la vez, más que deseables. Lo que viene siendo unos auténticos demonios. Sexualmente, estamos condenadas a ser pasivas, porque si se nos ocurre pasar a la acción nos convertimos automáticamente en la encarnación del pecado y del mal (75). Y en el blanco de todas las críticas y chismes.

Jennifer's Body Megan Fox Súcubos

Bueno, no nos vamos a mentir, no solo estamos condenadas a ser pasivas sexualmente… En el momento en que a una mujer se le ocurre transgredir alguna norma impuesta por el sistema patriarcal, pasa automáticamente a convertirse en un monstruo. Así que, hermanas, deconstruyamos juntas todo este tinglado que tienen tan bien montado, y no dejemos que nos sigan etiquetando ni diciendo cómo tenemos que ser… ¡Acabemos de una maldita vez con todo ese paquete de normas, roles y estereotipos que nos impone el género! ¡Mandemos al carajo al patriarcado!

Os dejo con la versión de You Don’t Own Me que se marcaron en AHS (76). La hermana Mary Eunice poseída y satanizada me viene perfecta para acabar este artículo.


PD:

Mis agradecimientos a mi compañera y amiga Eva Sanjuán Iglesias por la magnífica ilustración que me ha regalado para la portada de este artículo.



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Referencias y bibliografía

Referencias

(1) Charmed (1998-2006); en el 5º episodio de la 2ª temporada de la serie (“She’s a Man, Baby, a Man!”) nos presentan a uno de estos súcubos, Darla: “(…) una atractiva rubia que dirige una agencia especializada en buscar parejas”. Gonzalo Tobajas, 2015, p. 88.

(2) Beteta Martín, 2009, p. 214. Beteta Martín, 2012c, p. 1024.

(3) Se nos acultura simbólicamente a través de la interiorización de un discurso que impone un modelo de feminidad basado en principios androcéntricos. Beteta Martín, 2012c, p. 1025.

(4) Beteta Martín, 2014, p. 294.

(5) Beteta Martín, 2012c, p. 1025. Beteta Martín, 2016, p. 63.

(6) Se deslegitiman las transgresiones femeninas a través de su demonización en el orden simbólico. Se rechaza socialmente a las transgresoras y se les convierte en «monstruos». Así, el concepto de monstruosidad y transgresión están íntimamente unidos en el proceso de demonización de las mujeres en el imaginario medieval. Beteta Martín, 2011, p. 9. Beteta Martín, 2012c, pp. 1024-1025. Muchos mitos “a lo largo de la Edad Media fomentaron la visión de las mujeres como monstruos que transgredían los roles sociales y patriarcales dominantes”. Molina Domínguez, 2012, p. 381. Aunque ya desde la Antigüedad Clásica proliferaron las representaciones de mujeres como «monstruosas» (amazonas, estriges, sirenas, empusas, lamias, hechiceras, arpías). Estos «monstruos femeninos» representan los valores opuestos al ideal patriarcal de feminidad y proyectan las supuestas debilidades y maldades que las mujeres pueden desatar. Los Padres de la Iglesia recogieron esta tradición clásica y convirtieron el concepto de monstruosidad en el elemento que define la esencia de las mujeres en el Cristianismo – ver (9) –. Las diversas oleadas del feminismo a lo largo del siglo XX han impulsado la deconstrucción y el cuestionamiento de esas imágenes monstruosas de la feminidad. «La iconografía de las brujas, amazonas, vampiras, sirenas, arpías, esfinges, etc., se deconstruye y subvierte para convertirla en el paradigma de aquello que sus creadores pretendían combatir. Una vuelta de tuerca a los conceptos de monstruosidad y pecado al servicio de las reivindicaciones femeninas del siglo XXI». Beteta Martín, 2014, pp. 294-296.

(7) “Los monstruos personifican todo aquello que es temido y deseado al mismo tiempo”. Beteta Martín, 2012c, pp. 1025-1026. “El monstruo encarna todo aquello que, siendo familiar desde un punto de vista psíquico, es reprimido culturalmente; es la encarnación de los miedos, deseos y pulsiones reprimidas que convierten la transgresión en algo siniestro”. Beteta Martín, 2011, p. 10.

(8) «El deseo de ser poseídos por mujeres sexualmente activas y el temor a ver mermada su masculinidad (mito de la vagina dentata) impulsa una redefinición de la sexualidad femenina que bascula entre ambas pulsiones primarias, el deseo hacia lo femenino y el temor hacia la sexualidad castradora – ver (25) –». Beteta Martín, 2012c, p. 1026. “(…) la representación de las mujeres como ‘castradoras de masculinidad’ trasciende en la historia bajo diferentes nombres femeninos: Lilith, Eva, Pandora, Helena, Medea, Judith, Salomé, Jezabel, Dalila o Morgana”. Beteta Martín, 2016, p. 62. “La proyección simbólica de las mujeres en monstruos míticos representa los miedos y deseos patriarcales, el Eros y el Thánatos que han convertido a las mujeres en ‘Bellas atroces’”. Beteta Martín, 2016, p. 89. En el Malleus Maleficaum – ver (20) –, que analizaremos después, no dudan en culpar de la impotencia masculina a las mujeres / brujas, o al demonio (también son las culpables de que otras mujeres no puedan concebir y de los abortos, según dicho tratado). Kramer y Sprenger, 1487, pp. 57-62. Y también dejan claro que “las brujas” (mujeres) pueden “eliminar los miembros de los hombres”. Kramer y Sprenger, 1487, p. 62.

(9) Beteta Martín, 2012c, p. 1027. “La máxima aristotélica de la mujer como ser imperfecto e inferior al hombre, así como la influencia del ascetismo cristiano de los primeros tiempos, proclamado por Tertuliano, quien consideraba el cuerpo femenino como símbolo del mal, contribuyeron a difundir una imagen de mujer peligrosa. La literatura e iconografía cristianas muestran una mujer, a menudo monstruosa, deshumanizada, con rasgos de bestialismo o, por el contrario, poseedora de una belleza capaz de seducir al varón, conduciéndolo a la perdición”. Paz Torres, 2015, p. 326.

(10) “Personajes como Medea y Circe iniciaron la tradición literaria de la femme fatale sobrenatural en las civilizaciones occidentales”. Ahn, 2013, p. 2. “Las brujas medievales son reelaboraciones de varios personajes de la mitología grecorramana caracterizados por sus conocimientos mágicos, su nocturnidad y animalidad. Hécate, Circe, Medea o las Moiras constituyen el paradigma de la bruja primigenia”. Son el “arquetipo clásico y medieval de la femme fatale; la mujer castradora que con sus artes maléficas engaña, debilita y neutraliza la virilidad de los hombres”. Beteta Martín, 2014, p. 299. “Desde la vampira hasta la amazona, el carácter monstruoso de la femme fatale se mantiene a lo largo de los siglos adaptándose a las necesidades del sistema patriarcal. En la Edad Media el monstruo femenino se diluye en una imaginería demonológica que asocia la transgresión femenina con las figuras de las brujas, hechiceras, amazonas y súcubos, en un contexto marcado por la fragmentación de la Iglesia y la Querella de las Mujeres – como veremos –”. Beteta Martín, 2016, p. 89.

(11) La visión androcéntrica de la sexualidad en la Edad Media gira en torno a dos creencias: la sexualidad es una actividad ligada exclusivamente a la reproducción, no al placer sexual, y la sexualidad femenina se proyecta simbólicamente como un fenómeno dotado de connotaciones negativas e incluso destructivas, que se define en términos de voracidad, insaciabilidad y animalidad. Así, se dibuja a las mujeres como seres de naturaleza impura, diabólica y monstruosa. Beteta Martín, 2009, p. 215. Beteta Martín, 2011, p. 2. Beteta Martín, 2012c, pp. 1022 y 1030-1031.“A partir del siglo XIII se produce una reelaboración del discurso patrístico que (…) recupera la imagen de Eva como personificación del pecado y de la caída edénica (Beteta Martín, 2014, p. 295; Beteta Martín, 2016, pp. 62-63). Esta misoginia patrística se adereza con la percepción de las mujeres como seres inclinados a los asuntos diabólicos debido a su naturaleza imperfecta y pecadora (…). Son numerosos los pasajes bíblicos y escritos eclesiásticos que destacan la inferioridad natural de las mujeres y la necesidad de que sean sometidas a una autoridad masculina para controlar sus inclinaciones lascivas, diabólicas y adúlteras. Estos pasajes constituyen la base teórica de su demonización en el Malleus Maleficarum – ver (20) –”. Beteta Martín, 2012c, pp. 1034-1038. «Esta asociación entre sexualidad femenina y animalidad convierte a la lujuria en un pecado con connotaciones marcadamente femeninas (…) y atribuible mayoritariamente a las mujeres”. Existe una “asociación entre la categoría de lo femenino y los conceptos morales de infidelidad y lascivia”. Beteta Martín, 2012a, pp. 882-883.

(12) Beteta Martín, 2012c, p. 1022. Cándano, 2008, p. 217. “La Querella de las Mujeres sitúa la condición femenina en el centro de un debate filosófico, político y literario que cuestiona la supuesta inferioridad natural de las mujeres frente a la superioridad masculina. El carácter crítico y reivindicativo de la Querella de las Mujeres enriquece el panorama intelectual de la Europa medieval y sienta las bases de las reivindicaciones feministas posteriores. Pero los aires renovadores de la Querella originan un proceso bidireccional de acción-reacción”. Beteta Martín, 2011, p. 2.

(13) Karl Marx.

(14) Publicado en 1405. Beteta Martín, 2012c, p. 1022.

(15) Autoras vinculadas a la Querella de las Mujeres: Isabel de Villena, Teresa de Cartagena, Beatriz Galindo, Juana de Mendoza o María Cazalla, entre otras. Sus actividades públicas y las reivindicaciones que plantearon, despertaron el recelo de la jerarquía eclesiástica y del sistema sociopolítico en su conjunto, ante la posibilidad de que las mujeres ocupasen espacios vetados tradicionalmente a su sexo. Beteta Martín, 2012c, pp. 1022-1023. “Se convierten en potenciales transgresoras que ponen en peligro los cimientos de la estructura androcéntrica en la medida en que cuestionan los privilegios y derechos androcéntricos”. Beteta Martín, 2011, p. 2. Así, las autoridades androcéntricas inician un proceso gradual de control social para recluir a las mujeres en espacios controlados por la autoridad masculina, y se produce un recrudecimiento de la misoginia patrística para revitalizar la impureza de la naturaleza femenina de la mano de la figura de Eva e intervenir directamente sobre el cuerpo femenino para anular cualquier atisbo de autonomía femenina. “El control del cuerpo femenino se convierte en una pugna social e ideológica que pretende cosificar a las mujeres en una visión de su propio cuerpo como un elemento naturalmente impuro y sexual”. Beteta Martín, 2011, p. 5.

(16) “Las comadronas, sanadoras y parteras eran las únicas personas que prestaban asistencia médica a las clases sociales más desfavorecidas y, en especial, a las mujeres sin recursos económicos. Sus conocimientos de herboristería les capacitaban para sanar o paliar enfermedades, aliviar los dolores derivados de los partos, acelerar las contracciones uterinas y provocar abortos en un contexto en el que la Iglesia aún consideraba los dolores del parto como un castigo divino motivado por el pecado original de Eva (…) Los saberes femeninos representaban una seria amenaza contra la jerarquía eclesiástica y el nuevo saber científico que se había institucionalizado en las universidades y que aspiraba a monopolizar el cuerpo femenino (…) Las comadronas, parteras y sanadoras encarnaban una cuádruple amenaza: eran mujeres, gozaban de un saber denostado por las normas eclesiásticas, poseían conocimientos específicos sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres y su sabiduría podía rivalizar con el conocimiento científico que se impartía en las universidades. (…) A partir del siglo XIII se inicia la profesionalización de la medicina como un saber científico impartido en las universidades. Éstas se erigen como centros de conocimiento y socialización exclusivamente masculinos donde no tiene cabida el saber femenino ni la propia presencia física de las mujeres. La exclusión de las mujeres en las universidades supone su alejamiento del nuevo conocimiento científico y la deslegitimación del saber empírico de las parteras y comadronas como subraya el Malleus Maleficarum – ver (20) –“. Beteta Martín, 2012c, pp. 1040-1042. La deslegitimación de las curanderas y parteras en la Baja Edad Media “se enfoca desde una triple perspectiva: como un enfrentamiento entre el saber empírico de las mujeres y el conocimiento científico masculino que implanta la medicina como una profesión vetada a las mujeres; como una reacción contra la visibilidad pública femenina que plantea la Querella de las Mujeres; y como una criminalización de las prácticas mágicas ante la proliferación de los movimientos heréticos y paganos y la aceptación escolástica del aristotelismo cristiano”. Beteta Martín, 2011, p. 1.

(17) “En este contexto de reivindicación femenina confluyen dos discursos dirigidos a deslegitimar a las mujeres: el discurso patrístico, heredado de los Padres de la Iglesia, y el dogma demonológico que establece una asociación innata entre la sexualidad femenina y los asuntos diabólicos. Las creencias demonológicas juegan un papel determinante en el discurso bajomedieval porque recrudece la clásica vinculación de las mujeres con las tentaciones diabólicas que se derivan de la caída edénica. La demonología medieval alcanza una repercusión muy notable en la Baja Edad Media gracias a la proliferación de tratados demonológicos que desde el siglo XIII se publican en Europa Occidental”. Beteta Martín, 2012c, p. 1023. “(…) durante todo este periodo hubo un gran desarrollo de literatura demonológica, procedente del trabajo de juristas, teólogos y expertos”. Alejandre García, 2018, p. 39. “La deslegitimación de las mujeres en la Baja Edad Media utiliza la literatura y el arte como instrumentos de aculturación para demonizar todas las actitudes, pensamientos y roles sociales que se desvían de la normativa patriarcal. (…) Una reelaboración discursiva que convierte el cuerpo y la sexualidad femenina en la diana sobre la que deslegitimar a las mujeres en virtud de su naturaleza impura, infecta y excesiva”. Beteta Martín, 2009, p. 215.

(18) Hay una gran “carga misógina” en “las creencias demonológicas”, que están imbricadas con “las tesis bíblicas, médicas e higienistas, en relación a la sexualidad femenina, que el imaginario medieval perfila como un fenómeno animal, voraz e insaciable – ver (11) –”. Beteta Martín, 2012c, p. 1023. “Las obras teológicas y predicaciones no dejaron de difundir una imagen femenina de inferioridad, tanto moral como física, como características inherentes a su sexo”. Alejandre García, 2018, p. 34. “El rasgo definitorio del Malleus Maleficarum – ver (20) – es la profunda misoginia que se percibe en todas las argumentaciones acerca del origen, características y finalidad de las actividades brujeriles”. Beteta Martín, 2012c, p. 1034.

(19) “(…) la Querella de las Mujeres obtuvo protagonismo provocando un debate importante que desencadenaría una fuerte reacción patriarcal y eclesiástica centrada, principalmente, en la radicalización de su postura. Esta reacción no se conformó en atacar directamente a las posibles transgresoras demonizándolas y convirtiéndolas en monstruos, sino que buscó crear un ambiente de temor generalizado en la sociedad. (…) se creó un clima de miedo, persecución y terror en el que todo el mundo debía convertirse en denunciante ante cualquier posible sospecha de brujería, hechicería o existencia de seres femeninos asociados con el diablo”. Molina Domínguez, 2012, pp. 381-382.

(20) De entre todas las obras de literatura demonológica, destacó el Malleus Maleficarum publicado entre los años 1485 y 1486, “en el centro de Europa, donde la Caza de Brujas alcanzó un mayor desarrollo, por dos inquisidores dominicos, E. Kramer y J. Sprenger (Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger; Lorite Cruz, 2013, p. 74). Se trató de una obra profundamente misógina dividida en tres partes: la primera buscó demostrar la existencia de la brujería, la segunda habla sobre la acción de las brujas, recalcando la importancia del pacto con el diablo, y la última trata sobre cómo encontrarlas y eliminarlas”. Alejandre García, 2018, p. 39. Es el paradigma de las obras demonológicas ya que surge bajo el aval del Papa Inocencio VIII a través de la bula Summis desiderantus affectibus (Cándano, 2008, p. 218) que alentaba la investigación y persecución de los delitos de brujería (recrudeciendo la percepción de las mujeres como seres naturalmente inclinados al mal y a los asuntos diabólicos; Beteta Martín, 2011, p. 3). Alcanzó treinta y cuatro ediciones entre 1486 y 1699 y 50.000 ejemplares en algo más de dos siglos. Fue concebido como el libro de referencia de los magistrados inquisitoriales en los procesos de brujería. ”Tomando como punto de partida la deslegitimación femenina de origen bíblico, el Malleus Maleficarum recoge el legado medieval de los doctores de la Iglesia acerca de la imperfección de las mujeres y de su naturaleza diabólica. El Malleus Maleficarum destaca que la inferioridad natural de las mujeres se refleja incluso en la propia etimología del concepto mujer porque fémina proviene de fe y minus, débil para mantener y conservar la fe (Alejandre García, 2018, pp. 33-34; Kramer y Sprenger, 1487, p. 48). (…) Por tanto, la razón de su inclinación natural hacia los asuntos demoníacos procede de su propia naturaleza y su insaciable apetito sexual». Beteta Martín, 2012c, pp. 1023, 1034 y 1039.

(21) “La misoginia bajomedieval, impulsada por el discurso eclesiástico y el inmovilismo androcéntrico, recupera la imagen de la naturaleza femenina heredada de la tradición cristiana, semítica y oriental que encuentra su máximo exponente en una figura literaria e iconográfica que ha pervivido hasta la actualidad: la bruja, uno de los ‘monstruos femeninos’ de mayor trascendencia en la imaginería occidental”. Beteta Martín, 2011, pp. 2-3. “(…) la bruja, que encarna en su figura a la mujer, se convierte en un peligro para la Iglesia y para todos los cristianos, ya que Satán estaba muy próximo a ellas”. Alejandre García, 2018, p. 34. “El rechazo tan marcado hacia las brujas gira en torno al supuesto irrespeto que estas ejercían sobre los valores patriarcales y los Santos Sacramentos, lo que suponía la inversión de todo orden preestablecido”. Ahn, 2013, p. 12. La caza de brujas, que comenzó a final del Medievo, se acentuó ya en la Edad Moderna, ver (26). “Es la evolución del siglo XIV en las creencias medievales relativas a la demonología lo que (…) puso a la sociedad europea en un rumbo firme hacia la locura de las brujas del período moderno temprano”. Nelson Bennett, 2015, pp. 25-26. “El tránsito de la Baja Edad Media a la Edad Moderna es uno de los momentos clave en la proyección monstruosa de las mujeres. La crisis de la sociedad feudal y el cisma religioso convierten los siglos XV y XVI en un periodo de profundo cambio en el que las creencias demonológicas adquieren un impulso inusitado. El éxito de los tratados de demonología, y especialmente la aceptación del Malleus Maleficarum o Martillo de brujas – ver (20) – como manual de buenas prácticas para los inquisidores en los autos de fe, convierten la figura de la bruja o hechicera en el nuevo monstruo femenino al que combatir. Los poderes maléficos de las brujas, herederas de la Hécate grecorromana, definen a partir de la Baja Edad Media un estereotipo de monstruo femenino que ha pervivido sin apenas cambios hasta la actualidad. Ninguna representación monstruosa de la naturaleza femenina ha tenido tanto eco en el imaginario colectivo como la iconografía de la bruja medieval. Sus conocimientos mágicos, su culto al diablo, su sexualidad excesiva y castradora, la ausencia de instinto maternal, su nocturnidad y la creación de círculos de solidaridad femenina (aquelarres) convierten a las brujas en el icono transgresor más reconocible para el patriarcado”. Beteta Martín, 2014, p. 295.

(22) Las principales víctimas del Malleus Maleficarum y de la Summis desiderantes affectibus de Inocencio VIII – ver (20) – fueron “las personas dedicadas a aplicar tratamientos médicos, es decir, las yerberas y, singularmente, las parteras – ver (16) – (…) fueron, pues, tildadas de brujas, y (…) era consecuente que también se les tachara de relacionarse con el demonio. La sistemática campaña de desprestigio orientada a su exterminio (a partir del siglo XV; Beteta Martín, 2011, p. 1) —que arrastró a muchas otras mujeres que representaron un peligro para el poder político y eclesiástico— alcanzó a miles de miembros del género femenino, hasta que fue quemada la última sentenciada en 1782: una empleada doméstica suiza. (…) Las curanderas y comadronas (y desde luego las alcahuetas, virgueras —las que restituían la virginidad o hacían virgos—, barraganas, adivinas ladronas, prostitutas, perfumistas, viudas, ermitañas, limosneras y un sinfín de campesinas analfabetas y más bien ancianas) terminaron, pues, siendo consideradas hechiceras y brujas, agentes del demonio y, en la delirante fantasía popular, hasta oficiantes de sucios ritos bajo diabólicos altares”. Cándano, 2008, pp. 218-220. “(…) en la Baja Edad Media se inicia un proceso de identificación entre las prácticas mágicas y la demonología de la mano de las tesis de San Agustín (sobre la capacidad del diablo para mantener relaciones sexuales con mujeres, y también de las tesis de Santo Tomás de Aquino acerca de los pactos diabólicos entre las mujeres y el diablo; Beteta Martín, 2012c, p. 1034) que sitúa a las adivinas, magas, curanderas y hechiceras en una esfera sobrenatural y diabólica en la que se gestará el estereotipo de la bruja de la Edad Moderna. (…) las mujeres se convirtieron en el chivo expiatorio de un proceso inquisitorial que intentaba reforzar la unidad de la Iglesia mediante la eliminación de cualquier rastro pagano y herético (…) La alianza entre la Iglesia, el Estado y la profesión médica alcanzó su mayor vínculo con motivo de la deslegitimación del saber empírico femenino que desembocó en los procesos de brujería. El papel de los médicos en los procesos inquisitoriales contras las sanadoras y curanderas acusadas de brujería manifiesta la complicidad del discurso científico con la deslegitimación de la Querella de las Mujeres“. Beteta Martín, 2011, pp. 4-7.

(23) Para controlar socialmente a las mujeres, limitaron su ámbito de actuación en la esfera privada y demonizaron el saber empírico femenino (Beteta Martín, 2009, p. 215), pues dicho conocimiento suponía la mayor transgresión de la mujer medieval. Así, el motivo de demonizar y perseguir a parteras, curanderas, matronas, sanadoras, etc. fue frenar dicho conocimiento femenino, para invisibilizar la proyección pública de las mujeres. Beteta Martín, 2012c, p. 1040. Beteta Martín, 2014, pp. 302-304. Molina Domínguez, 2012, p. 381. “(…) el saber empírico y las mujeres sabias quedan estigmatizados como elementos monstruosos y diabólicos capaces de alterar el orden social y desestabilizar el sistema (Beteta Martín, 2012a, p. 885; Beteta Martín, 2012c, p. 1042); son trasladados a los límites de la cultura y a la marginalidad social. La mujer sabia cede paso al monstruo femenino que encarna todos los miedos androcéntricos del sistema patriarcal. (…) la deslegitimación de las curanderas es un fenómeno que no puede desligarse de los intentos patriarcales de controlar y demonizar la sexualidad de las mujeres (…) la quema en la hoguera de mujeres acusadas de brujería constituye la máxima expresión del control patriarcal sobre el cuerpo femenino. Es la demostración del poder masculino para destruir física y simbólicamente el cuerpo y los saberes de las mujeres”. Beteta Martín, 2011, pp. 8-10.

(24) Beteta Martín, 2011, p. 2.

(25) “La mayoría de los tratados demonológicos señala a las brujas como mujeres que condensan en sí mismas todos los pecados y desviaciones derivadas de la caída edénica, entre los que destaca la lascivia y la insaciabilidad sexual; dos debilidades que determinan el gusto de las brujas por las relaciones lésbicas y el bestialismo (relaciones sexuales con machos cabríos)”. Beteta Martín, 2012b, pp. 41-42. “Durante la Baja Edad Media la acusación de brujería abarcó numerosos delitos (…). La acusación de lascivia responde al miedo androcéntrico a la capacidad ‘castradora’ de las mujeres (…) El deseo de ser poseídos por mujeres sexualmente activas y el temor a ver mermada su masculinidad  – mito de la vagina dentata – impulsa una redefinición de la sexualidad femenina que bascula entre (…) el deseo hacia lo femenino y el temor hacia la sexualidad castradora”. Beteta Martín, 2011, p. 6. Ver (8). “Supuestamente, una bruja podía castrar a los hombres o dejarlos impotentes, ya sea congelando sus fuerzas generativas o haciendo que su pene se levantase y se cayese según su voluntad”. Federici, 2004, p. 259. “Las brujas fueron acusadas simultáneamente de dejar impotentes a los hombres y de despertar pasiones sexuales excesivas en ellos (…) desde el punto de vista «funcional» no había ninguna diferencia entre un hombre castrado y uno inútilmente enamorado”. Federici, 2004, pp. 262-263.

(26) “(…) cualquier denominación fue válida para la persecución de un ente específico: la bruja. Detrás de esa bruma de crisis demoníaca, algunos factores propios del desarrollo social y económico como la escasez de producción agrícola y la mortandad infantil – por no ir más lejos – fueron entendidos como crímenes cometidos por las lamias/brujas – ver (27) –, y no como consecuencias directas de la ineficiente estructura patriarcal de entonces, cuyos núcleos regionales estaban plagados de enfermedades por la precariedad sanitaria; lo que posiblemente podría haberse controlado evitando las prohibiciones impuestas por la élite para frenar el desempeño de las mujeres en labores ancestrales como comadronas y curanderas. Asimismo, al perseguir lamias y, por ende, al conceder a estas criaturas una dimensión sobrenatural, se justificaba la persecución de cualquier mujer bajo sospecha”. Ahn, 2013, p. 19.

(27) En la Edad Media “Existe una distinción entre los agentes femeninos del mal de naturaleza humana – tales como las hechiceras, pitonisas, invocadoras del mal de ojo – y los entes sobrenaturales como los íncubos, los súcubos y las lamias, aunque encontramos también figuras como la striga o strighe, la cual comparte ambas características”. Poco a poco, las lamias y las brujas se fusionaron: “durante la época medieval la lamia mantuvo su estatus de demonio femenino dentro de la tradición popular y en los textos de los intelectuales cristianos”. “(…) lamias y brujas succionaban sangre para aumentar sus poderes, debemos entonces asumir que fue precisamente esa naturaleza ‘bestial’ lo que llevó a la fusión de ambas criaturas en una”. “A finales del siglo XV las lamias aún estaban en boca de los demonólogos, pero ya transformadas en la bruja común”. Ahn, 2013, pp. 3-5 y 14. Los súcubos, de los que me ocuparé, son otra historia aparte.

(28) “La demonización de la naturaleza femenina en la Baja Edad Media no puede entenderse sin el auge de la demonología a finales del Medievo“. La “creencia en el demonio se extiende por Europa a partir de los siglos XI y XII, pero es en el siglo XIV (…) cuando la demonología – afirmación de la existencia del demonio – condicionó la vida de las gentes y fue aprovechada por las autoridades civiles y eclesiásticas para deslegitimar todas aquellas actitudes y discursos que caían en la transgresión social. Es en los siglos XIV y XV cuando los tratados de demonología inundan Europa y se impulsa la edición de obras que acreditan el inmenso poder del demonio como el tratado De la Demonomanie des sorciers de Jean Bodin, Monstruos y prodigios de Ambroise Paré (Paré, 1993) y la propia edición del Malleus Malleficarum – donde la transgresión femenina como una monstruosidad se subraya insistentemente; Beteta Martín, 2012c, p. 1034; ver (20) –. El demonio, por tanto, constituía una verdadera obsesión para los hombres y mujeres de la Edad Media. El diablo era el punto de referencia al que se acudía para explicar todo aquello que carecía de una explicación racional, desde condiciones climatológicas adversas hasta malas cosechas, el padecimiento de enfermedades y el nacimiento de niños con deformidades físicas. (…) En este contexto demonológico se inicia la demonización de la naturaleza femenina que impregna todas las manifestaciones artísticas difundiendo la imagen de un nuevo Satán con cuerpo femenino. (…) la exaltación de la naturaleza diabólica de las mujeres se sitúa en un segundo plano en la Alta Edad Media y resurge con fuerza a finales del siglo XIV reforzando los argumentos androcéntricos que deslegitiman las reivindicaciones de la Querella de las Mujeres”. Beteta Martín, 2011, pp. 3-4.

(29) Beteta Martín, 2011, p. 4. Beteta Martín, 2012c, pp. 1038-1039. Beteta Martín, 2016, p. 141.

(30) Kramer y Sprenger, 1487, pp. 52 y 59.

(31) Beteta Martín, 2011, pp. 4-5.

(32) Beteta Martín, 2011, p. 4. Cándano, 2008, p. 218. La misoginia impregna cada página del Malleus Maleficarum; os pongo como ejemplo este pasaje:  “Si investigamos, vemos que casi todos los reinos del mundo han sido derribados por mujeres”. Kramer y Sprenger, 1487, p. 50. Este tipo de perlas – y mucho peores – suman el contenido de este tratado.

(33) “(…) todas las malignidades son poca cosa en comparación con la de una mujer (…) una mujer es hermosa de apariencia, contamina al tacto y es mortífero vivir con ella (…) cuando se dice que el corazón de ellas es una red, se habla de la inescrutable malicia que reina en su corazón”. Kramer y Sprenger, 1487, pp. 45-52.

(34) La falta de raciocinio es uno de los rasgos que, en opinión de Castañega, posicionan a las mujeres a la derecha del demonio. Una posición privilegiada mediante la que el demonio desvirtúa la realidad tangible, manipula los sentidos y atemoriza a los hombres bajo la apariencia de unas ministras maléficas que se desdoblan en brujas, súcubos y doncellas, para penetrar en los hogares a medianoche. Beteta Martín, 2012a, pp. 883-885. Beteta Martín, 2012c, p. 1035. Beteta Martín, 2016, p. 133. Kramer y Sprenger, 1487, pp. 47-51.

(35) Bailey, 2003, p. 68. Broedel, 2003, p. 52. Torre Madueño, 1999, p. 77. Los súcubos y los íncubos son demonios sexuados (que tienen órganos sexuales para reproducirse). Alarcón Sánchez, 2016, p. 314. “La posesión demoníaca – muy famosa en la Edad Media – por medio de íncubos, súcubos o demonios carnales, implica la invasión del Diablo o de los demonios en el cuerpo de los seres humanos lo cual cambia su comportamiento o situación”. Gugliottella, 2014, p. 188. “Las creencias demonológicas dentro del cristianismo medieval sostenían de manera similar que los demonios de género existían: los íncubos eran generalmente hombres y copulaban con mujeres mortales, mientras que los súcubos eran mujeres y copulaban con hombres”. Nelson Bennett, 2015, p. 26.

(36) Broedel, 2003, p. 52. “(…) la mayor parte del libro de los dos dominicos está dedicado a los íncubos y los súcubos”. Lorite Cruz, 2013, p. 74. En el Malleus Maleficarum se afirma “existen, por cierto, dos circunstancias muy comunes en la actualidad, a saber, la vinculación de las brujas con familiares, íncubos y súcubos”. Kramer y Sprenger, 1487, p. 26.

(37) Cándano, 2008, pp. 220-221. “La monstruosa imagen del demonio es evidente: en demonio, cuando se usa para referirse a una persona, animal o acción, personifica una naturaleza maligna”. Fernández de la Torre Madueño, 1999, p. 78.

(38) Se consideraba que existía una amplia variedad de demonios (Kramer y Sprenger, 1487, pp. 35-37), “Pero el demonio mismo de la Fornicación, y el jefe de esa abominación, se llama Asmodeo”. Kramer y Sprenger, 1487, p. 38. Hay muchas denominaciones para el demonio; “Asmodeo – el destructor –, que para los hebreos era el príncipe de los demonios, y al que Salomón obligó a trabajar en la construcción de su templo”. Ariza Viguera, 2003, p. 641. “Otras narraciones hebreas designan a Asmodeo como el rey de todos los demonios, de manera similar al concepto cristiano de Satán, y amante de Lilith después de que ésta abandonara a Adán. En ambos casos, el rasgo que define a Asmodeo es su vinculación con los asuntos carnales. En este sentido, cuando la tradición demonológica cristiana establece una asociación simbólica entre los siete pecados capitales y sus personificaciones diabólicas no sorprende que Asmodeo sea definido como «demonio de la lujuria». (…) la reelaboración del mito que realiza Alfonso de Espina en Fortalitium fidei – ver (41) – es una derivación de las primeras versiones que enfatizan el carácter diabólico y lascivo de Asmodeo. La predilección de Espina por las versiones más antiguas del mito persigue una doble finalidad enmarcada en la tradición sexofóbica del discurso patrístico: la deslegitimación de las mujeres y el cuestionamiento de la religiosidad femenina”. Beteta Martín, 2012a, p. 877.

(39) Beteta Martín, 2016, p. 63. “Los antiguos sumerios creían en un espíritu terrible llamado Ardat Lili o Lilitu, un demonio femenino monstruoso con alas y garras que volaría por la noche, seduciría a los hombres y bebería su sangre. Tales creencias también se reflejan en el demonio hebreo Lilith y en las criaturas grecorromanas estrige y lamia – ver (27) –. Todas estas figuras contribuirían más tarde al estereotipo de la brujería europea”. Bailey, 2003, p. 68. “El Libro de Henoc incide en la representación de las mujeres como instrumentos que utilizan los demonios para extender el pecado pero no se erigen como las principales causantes del mal. La configuración de las mujeres como responsables directas del mal y la exaltación de su carácter lascivo y atractivo sexual se apuntan en el Libro de los Jubileos (4, 10), y se materializa explícitamente en el Testamento de Rubén, libro apócrifo del Antiguo Testamento, donde las mujeres, el sexo y la personificación del mal ya aparecen entrelazados. La concepción de la brujería medieval es heredera de esta tradición hebraica. (…) El Testamento de Rubén, a diferencia de los textos anteriores que señalan a las mujeres como víctimas de la apetencia sexual de los ángeles caídos, ofrece un planteamiento nuevo en el que las mujeres sienten deseo sexual por los Vigilantes. Las mujeres ya aparecen perfiladas como seres lascivos y lujuriosos que no dudan en mantener relaciones sexuales con los demonios. La tríada mujer, sexo y maldad ya está plenamente configurada en el Testamento de Rubén, e influirá decisivamente en la posterior imaginería medieval de los súcubos, las brujas, los monstruos femeninos y la capacidad del diablo para metamorfosearse y mantener relaciones sexuales con las mujeres”. Beteta Martín, 2016, pp. 69-70.

(40) “En 1589 el obispo y teólogo alemán Peter Binsfeld, basándose libremente en los escritos de los Primeros Padres de la Iglesia, establece una asociación entre los pecados capitales y los íncubos según la cual el pecado de la lujuria se personifica en el demonio Asmodeo – ver (38) –. La relación simbólica entre Asmodeo y la lascivia femenina subraya el carácter esencialmente femenino del deseo sexual; un deseo que si es cometido por una mujer se define como un «pecado mortal sujeto a cien años de penitencia»”. Beteta Martín, 2012a, p. 883. “Toda la brujería proviene del apetito carnal que en las mujeres es insaciable. (…) para satisfacer sus apetitos, se unen inclusive a los demonios”. Kramer y Sprenger, 1487, p. 52. “(…) el hecho de que las rameras y prostitutas adúlteras se entreguen ante todo a la brujería está confirmado por los hechizos efectuados por las brujas sobre el acto de engendrar”. Kramer y Sprenger, 1487, p. 57.

(41) Ver cita (37). Ahn, 2013, p. 10. Alejandre García, 2018, p. 23. Ariza Viguera, 2003, p. 639. “En 1467 Alfonso de Espina publica el Fortalitium fidei contra iudeos, sarracenos alios que christiane fidei inimicos, un compendio de acusaciones contra las doctrinas judías y musulmanas pero que contiene un apartado titulado «De bello daemonum» en el que aborda la existencia de demonios, su origen, naturaleza y tipología, la guerra librada contra los arcángeles, sus distintas denominaciones y su relación con los humanos. Este último aspecto es crucial porque subraya la especial relación que mantienen los demonios con las mujeres y que es ampliamente tratada en el Malleus Maleficarum. Alfonso de Espina señala que los demonios pueden metamorfosearse en mujeres (súcubos) u hombres (íncubos) para mantener relaciones sexuales con los humanos y engendrar nuevos demonios”. Beteta Martín, 2012a, p. 876. Según Alfonso de Espina: “El demonio puede adoptar la forma de una mujer (súcubos) para seducir a un hombre y retener su semen en el útero tras la cópula y después convertirse en un hombre o íncubo. Convertido en un íncubo podría mantener relaciones sexuales con una mujer a la que trasmite e implanta el semen para engendrar nuevas criaturas diabólicas”. Beteta Martín, 2016, p. 113.

(42) Beteta Martín, 2012a, p. 876. Según Kramer, la causa de que los demonios se conviertan en íncubos o súcubos es servirse de la lujuria para herir el alma de los hombres. Gugliottella, 2014, p. 188.

(43) Nelson Bennett, 2015, p. 26. Collin de Pancy, en su Diccionario Infernal (publicado por primera vez en 1818) aclara que son “demonios impúdicos y lascivos que tienen concúbito con las casadas y las solteras”. Collin de Pancy, 1842, Tomo II, p. 119. “El carácter insaciable de la sexualidad femenina se convierte en el nexo de unión que acerca a las mujeres a los asuntos diabólicos (Beteta Martín, 2012c, pp. 1027-1031.). El Malleus Maleficarum – ver (20) – es muy explícito al abordar la inclinación natural de las mujeres hacia la sexualidad incluso aunque ésta sea ofrecida por el demonio y sus íncubos”. Beteta Martín, 2016, p. 113. Alfonso de Espina – ver (38) y (41) –,  afirma que el número de íncubos es nueve veces superior al de súcubos, debido a la naturaleza lasciva de las mujeres. Alejandre García, 2018, p. 23. Beteta Martín, 2012a, p. 876. Beteta Martín, 2016, p. 113. “(…) en la mayoría de las obras demonológicas medievales y modernas existen pocas muestras de relatos protagonizados por súcubos. Los tratadistas medievales consideraban que la brujería era cosa brujas por el carácter pecaminoso de las mujeres de ahí que los demonios adoptasen la forma de hombres para procrearse”. Beteta Martín, 2016, pp. 273-274.

(44) Alejandre García, 2018, p. 23. Ariza Viguera, 2003, pp. 639-640. “(…) el incubus latino, formado a partir del prefijo in– ‘sobre’ y el verbo cubare ‘yacer’”. Rodriguez Fernández, 2015, p. 283. “(…) los que penetran (in-) y son, por tanto, de morfología masculina”. Paz Torres, 2015, p. 341. “(…) los sátiros son aquellos que se denominan Pan en griego e íncubos en latín. Y se los denomina íncubos por su práctica de superposición, es decir, de orgía. Pues a menudo ansían rijosamente a las mujeres, y copulan con ellas”. Kramer y Sprenger, 1487, p. 31.

(45) Beteta Martín, 2016, p. 371. Connolly, 2010, p. 32. Garibay Mora, 2005, p. 114. Nelson Bennett, 2015, p. 26. Collin de Pancy, en su Diccionario Infernal, los define así: “demonios que toman forma de mujeres y buscan a los hombres”. Collin de Pancy, 1842, Tomo II, p. 285. “Un hombre es tentado por un demonio en forma de mujer (…). En la Edad Media, a estos seres diabólicos con apariencia de hermosas jóvenes se les denominaba ‘súcubos’. Su misión consistía en tener relaciones sexuales con los hombres mientras dormían. Subrayamos estas dos palabras porque nos parece muy significativo que la víctima masculina siempre descubra el mensaje ‘al despertar’. Ello parece sugerir que, hasta aquel preciso instante, el hombre vivía en un sueño tejido arteramente por su seductora, durante el cual ‘ignoraba’ la verdadera personalidad de ésta. Si los súcubos encubrían su monstruosidad bajo una belleza ilusoria, la enferma de la leyenda disimula su ‘corrupción interior’ tras una capa de engañosa lozanía”. Gonzalo Tobajas, 2015, p. 84.

(46) Beteta Martín, 2016, p. 371. Gonzalo Tobajas, 2015, p. 87. Molina Domínguez, 2012, p. 381.

(47) El Diccionario académico define así súcubos: dícese del espíritu, diablo o demonio que, según la superstición vulgar, tiene comercio carnal con un varón, bajo la apariencia de mujer (Gonzalo Tobajas, 2015, p. 85). (…) en latín simplemente significaba el que se acuesta debajo de otro, así es que el latinismo simplemente refleja lo que los académicos consideraban como la postura normal”. (“Comercio carnal”, los relaciona con la prostitución). Ariza Viguera, 2003, p. 639. Súcubo significa “yacer bajo”. Alejandre García, 2018, p. 23. O “los que están debajo (su-, alomorfo de sub-)”. Paz Torres, 2015, p. 341. “Teniendo como referencia el incubus latino – ver (44) – se desarrolló la figura del succubus cuya tradición gozará de gran apogeo en la Edad Media. La diferencia entre ambas encarnaciones de la pesadilla reside en la posición de la figura onírica, ya que los súcubos son demonios que, habitualmente con forma de mujer, se acostaban con el soñador colocándose debajo, para tener relaciones sexuales”. Rodriguez Fernández, 2015, p. 283.

(48) Paré, 1993, p. 91. Rodriguez Fernández, 2015, pp. 282-283 y 297.

(49) Broedel, 2003, p. 55. Nelson Bennett, 2015, p. 26. Paz Torres, 2015, pp. 347-348.

(50) Nelson Bennett, 2015, p. 26.

(51) Broedel, 2003, p. 55. Nelson Bennett, 2015, p. 27.

(52) “El énfasis puesto en la sexualidad incontrolable o desviada como punto de referencia de la figura de la bruja hizo que las mujeres socialmente prominentes fueran aún más vulnerables a los cargos de brujería, ya que las mujeres prominentes de la nobleza, la Iglesia y otros roles menos convencionales vivían en un entorno que colocaba su conducta sexual bajo escrutinio incesante. La preocupación por el control patriarcal de la sexualidad femenina resurge con frecuencia a lo largo de los tratados de brujería de finales del período medieval. Podría decirse que el primer escritor que puso en el centro de su argumento la naturaleza feminizada y sexualizada de la brujería satánica fue Johannes Nider (…) En 1437 (…) publicó el Formicarius”. Nelson Bennett, 2015, p. 27. En el Malleus Maleficarum: “[las brujas] persisten en la inmundicia diabólica a través de actos carnales con demonios íncubos y súcubos”. Ver (36). Broedel, 2003, p. 24. “Se pensaba que las propias brujas tenían actividad sexual con demonios (…) A menudo se pensaba que las brujas se sometían sexualmente al mismo diablo, cuyo miembro se describía típicamente como helado”. Bailey, 2003, pp. 68-69. “Históricamente, la brujería siempre se ha considerado un acto con una gran carga sexual. A lo largo de la era de las grandes cazas de brujas, se pensaba comúnmente que las brujas participaban en actividades sexuales con demonios en forma de íncubos y súcubos. Las orgías sexuales eran una pieza central del sabbath de las brujas y, como señal de su subordinación y degradación, a menudo se pensaba que las brujas tenían relaciones sexuales con el mismo diablo”. Bailey, 2003, p. 118. “(…) la bruja, de cuya forma o cuyo cuerpo se apropiaba el diablo, a su vez, se identificaba en apariencia y comportamiento con los mismos súcubos”. Broedel, 2003, p. 56. “Cuando las brujas y los brujos confiesan la cópula carnal con el espíritu malvado, muchos médicos dicen que son efialtes e hifialtes, o íncubos y súcubos”. Campagne, 2018, p. 437.

(53) Federici, 2004, p. 257.

(54) Kramer y Sprenger, 1487, pp. 26-56. Sinistrati, 1879, pp. 30-31.

(55) Broedel, 2003, p. 44. Kramer y Sprenger, 1487, p. 38.

(56) Esta teoría desarrolla por Tomás de Aquino persistió durante todo el período de las principales cazas de brujas. Bailey, 2003, p. 69. Broedel, 2003, p. 44. Campagne, 2018, pp. 77 y 485-486. Paz Torres, 2015, p. 341.

(57) Jean Bodin y Pierre de Lancre (nombres más que sonados y unidos a la caza de brujas) creían que los íncubos podían unirse a los súcubos, y que de ellos nacerían hijos horrorosos: los cambiones. Collin de Pancy, 1842, Tomo I, p. 161. Cambiones: “descendientes de íncubos y súcubos”. Connolly, 2010, p. 23. Estos pequeños demonios también se consideran el preludio a los íncubos y los súcubos. Garibay Mora, 2005, pp. 53-54. “(…) los demonios, ya sean íncubos o súcubos, se unen carnalmente no sólo con hombres y mujeres, sino también con bestias”. Sinistrati, 1879, p. 17. En cuanto a si los íncubos y los súcubos podían engendrar, había diversas opiniones: “La primera es que no solo pueden engendrar sino que incluso pueden lograrlo con su propio esperma. Así sin dudas lo creyeron Josefo, Justino mártir, Atenágoras, Tertuliano y Marcos de Éfeso, quien dijo que los demonios tienen cierta simiente fecundante que no puede ser percibida por los sentidos humanos. La segunda opinión (…) no solo pueden engendrar un hombre o un ángel a partir de su propio semen sino que su propia multiplicación fue consecuencia de este proceder, como escribió Gregorio de Nacianzo en el libro De la creación del hombre, capítulo 8. La tercera opinión es que bien pueden engendrar con las mujeres pero no a partir de su propia simiente (…) De esta opinión es Santo Tomás (y luego de él muchos teólogos) (…) La cuarta opinión es la de aquellos que dijeron que a partir del procedimiento ya descripto los demonios no pueden engendrar”. Campagne, 2018, pp. 269-271.

(58) “San Agustín, dice, en el Libro LXXXIII I, que la causa de la depravación de un hombre reside en su propia voluntad, ya sea que peque por su propia sugestión o por la de otro. Pero una bruja se deprava por el pecado, y por lo tanto la causa no es el demonio, sino la voluntad humana. En el mismo lugar habla del libre albedrío, de que todos son la causa de su propia maldad. Y razona así: que el pecado del hombre procede del libre albedrío, pero el demonio no puede destruir a éste, pues ello iría en contra de la libertad; por lo tanto, el demonio no puede ser la causa de ese o de ningún otro pecado. Además, en el libro del Dogma Eclesiástico .se dice: no todos nuestros malos pensamientos son engendrados por el demonio, sino que a veces surgen del funcionamiento de nuestro propio juicio”. Kramer y Sprenger, 1487, p. 39. “(…) cuando las mujeres están deseosas de quedar embarazadas por el Demonio (lo que sólo ocurre por consentimiento y deseo expreso de dichas mujeres) (…)”. Sinistrati, 1879, p. 31.

(59) No hay que olvidar que “el Medievo despliega una represión hacia la sexualidad y el erotismo a consecuencia de los tabúes impuestos por el cristianismo; unos tabúes que incluso se alejan de la tradición hebrea que había otorgado una destacable carga erótica al Cantar de los Cantares. (…) un cristianismo que no concibe la sexualidad como una fuente de placer sino como un acto pecaminoso necesario para la procreación. El discurso patrístico percibe la sexualidad como el Pecado por antonomasia y no resulta extraño que en este clima de sexofobia, incluso el matrimonio fuese considerado por los Padres de la Iglesia como un (…) «mal menor». (…) El discurso patrístico reconoce únicamente la sexualidad en el seno del matrimonio”. Beteta Martín, 2012c, pp. 1032-1033. “Hasta el siglo XV se mantiene la idea agustiniana de que las mujeres son instrumentos mediadores entre el diablo y los hombres; los demonios masculinos – íncubos – podían seducir a las mujeres y tener hijos con ellas extendiendo así el mal entre la sociedad, pero no se concebía un origen femenino del mal. Esta idea surge con la figura de los demonios femeninos –súcubos – y con los pactos entre las mujeres y los demonios que difunde la literatura medieval a finales del siglo XIV como una estrategia de desautorización femenina. La misoginia medieval radicaliza su discurso ante el cuestionamiento crítico que la Querella de las Mujeres realiza sobre los postulados patriarcales” (como hemos visto). Beteta Martín, 2011, p. 4. Ver (41). “En 1470, un teólogo de la orden de los Dominicos llamado Giordano da Bergamo emitió su tratado Quaestio de strigis. (…) Al contrario de Visconti y otros autores de la época, a Bergamo le interesaba más la interacción entre los súcubos o demonios femeninos y los hombres, apoyando su investigación en testimonios masculinos, cuando lo común era contar con los relatos de mujeres que habían sido agredidas. Esto le colocaba en una posición alejada del resto de los demonólogos que profundizaron en el conocimiento del coito demoníaco entre íncubos y brujas, reflejando claramente su deseo de experimentar, en primera persona, un encuentro con el mal”. Ahn, 2013, pp. 13-14. En el Malleus Maleficarum dejan claro que “las brujas” son enemigas declaradas del matrimonio, pues causan la impotencia, los abortos, corrompen y empujan al hombre al adulterio, etc. Kramer y Sprenger, 1487, pp. 57-62. Fue “la elite europea, la que dedicó infinitud de pliegos de papel a discutir tales «alucinaciones», en disquisiciones, por ejemplo, sobre el papel de los súcubos y de los íncubos, o de si la bruja podía ser o no fecundada por el Diablo, una pregunta que, aparentemente, interesaba todavía a los intelectuales en el siglo XVIII”. Federici, 2004, p. 270.

(60) “Los tratados de demonología no constituyeron el principal medio de adoctrinamiento en un contexto histórico marcado por unos elevados índices de analfabetismo. Los discursos homiléticos y sobre todo los exempla o cuentos de origen oriental, que por su carácter moralizante suelen utilizarse en los púlpitos para ilustrar los pasajes bíblicos, se convierten en el nexo de unión entre el discurso patrístico, la teología demonológica y la superstición popular. Los exempla recogen la imagen de las mujeres como seres naturalmente inclinados al mal y difunden una visión maléfica de las mujeres que convierte a los súcubos o demonios femeninos en el centro en torno al que gravita la deslegitimación simbólica de las mujeres y la proyección simbólica de las brujas en la Baja Edad Media”. Beteta Martín, 2016, p. 140. En los exempla “la mujer es una verdadera diabla, un súcubo. El que la mujer y el diablo sean la misma cosa es el hecho maravilloso mágico más extremo que puede encontrarse en la Baja Edad Media (…) en el ambiente polifacético de los exempla (…) a la mujer se le vincula con las fuerzas maléficas”. Cándano, 2008, pp. 223-224. En los exempla “los personajes de la mujer y del diablo son intercambiables”. Cándano, 2008, p. 213.

(61) Cándano, 2008, p. 223.

(62) “Para las mujeres (…) los siglos XVI y XVII inauguraron verdaderamente una era de represión sexual. La censura y la prohibición llegaron a definir efectivamente su relación con la sexualidad”. Federici, 2004, p. 263. En España, autores barrocos como Fray Francisco de Blasco Lanuza, en su obra “Patrocinio de ángeles y combate de demonios” publicada en 1652, seguirán con la tradición que sentó el Malleus Maleficarum. Morgado García, 2000, pp. 119-122. Lanzuda “no duda en modo alguno de la existencia de íncubos y súcubos”. Morgado García, 2000, p. 115. “(…) el carácter femenino de lo demoníaco, heredado del discurso misógino, (…) arraiga en la moral judeocristiana, se desarrolla en la tradición medieval y continúa en los Siglos de Oro”. Paz Torres, 2015, p. 325.

(63) “Se exploran los diferentes opposita de la fémina como sujeto activo del mal, capaz de tentar al varón en forma de demonios súcubos, y la mujer como objeto pasivo y meta de la seducción”. Paz Torres, 2015, p. 325.

(64) De Nicolás Remy, publicado en 1595: Remy, 1595. Otros tratados demonológicos, además del Malleus y de Demonolatría: el Tractatus de hereticis et sortilegiis de Paulus Grillandus (1524), las Disquisiciones mágicas (1599) de Martín del Río, la Demonologia (1623) de Torrebianca Villalpando o el Tractatus de confessionibus maleficorum sagarum (1591) de Binsfield. Morgado García, 2000, pp. 119-120.

(65) Abrahel es uno de estos demonios súcubos (Garibay Mora, 2005, p. 23; Summers, 1926, p. 103) y aparece descrita por primera vez en la Demonolatría de Remy (Collin de Pancy, 1842, Tomo I, p. 6): Remy, 1595, pp. 14, 55 y 190.

(66) En Dalhem (Lieja), en 1581. Collin de Pancy, 1842, Tomo I, p. 6.

(67) Llamado Pierron. Collin de Pancy, 1842, Tomo I, p. 6.

(68) Collin de Pancy, 1842, Tomo I, p. 6.

(69) Collin de Pancy, 1842, Tomo I, p. 6.

(70) “El padre y la madre al ver tan lamentable acontecimiento se desesperaron lamentándose inconsolablemente. Apareció de nuevo Abrahel al pastor y le prometió volver la vida a su hijo si el padre quería pedirle esta gracia tributándole el culto de adoración que solo se debe a Dios”. Collin de Pancy, 1842, Tomo I, p. 6.

(71) Collin de Pancy, 1842, Tomo I, p. 6. En estos ejemplos, vemos claramente como los súcubos son el propio demonio, tentando, etc.

(72) “El joven cayó de espaldas, cuyo cuerpo infecto y de un hedor insoportable fue arrastrado con garfios fuera de la casa paterna, y enterrado en un campo sin ceremonia alguna”. Collin de Pancy, 1842, Tomo I, p. 6.

(73) Algunos ejemplosde súcubos: Alouqua, súcubo y vampiresa que cansa a los hombres y los conduce al suicidio (Garibay Mora, 2005, p. 29), Jezebel (Summers, 1926, p. 103) o Gomory (Collin de Pancy, 1842, Tomo II, p. 74). Más ejemplos en: Sinistrati, 1879, p. 33.

(74) Lilith: “en el mito hebreo, la primera esposa de Adán. Posteriormente esposa de Satanás. Según muchos demonólogos, Lilith preside a los súcubos. Se dice que Lilith intenta destruir a los recién nacidos. Por esta razón, los judíos adoptaron la práctica de escribir una fórmula para ahuyentar a Lilith en las cuatro esquinas de la cámara de parto. Lilith es la princesa del infierno”. Connolly, 2010, p. 27.

(75) “El patriarcado sitúa la sexualidad de las mujeres en una esfera simbólica ambivalente que despierta atracción y temor al mismo tiempo (…) a lo largo de la Historia, las representaciones literarias, artísticas y simbólicas de las mujeres basculen entre la idealización y la demonización de la naturaleza femenina (como ocurre con los súcubos que hemos visto). (…) Desde los orígenes de las tradiciones hebreas hasta algunas de las más recientes obras de autoría masculina, se ha perpetuado una imagen de las mujeres como sujetos sociales, y en ocasiones objetos sociales y sexuales, de segundo orden, cuyo valor fundamental radica en su capacidad reproductiva. Los beneficios de establecer redes de intercambio masculinas entre diversos grupos sociales y la necesidad de perpetuar el linaje, para asegurar la supervivencia de los bienes patrimoniales, convierten a las mujeres en una mercancía de gran valor social que debe ser sometida a una férrea normativa patriarcal. En este sentido, el control de la sexualidad femenina se convierte en un objetivo prioritario. Los procesos de aculturación a los que históricamente se han visto sometidas las mujeres han sesgado la forma en que las mujeres ven el mundo y se perciben así mismas. Recluidas en la esfera doméstica, encerradas en el rol de esposa y madre y privadas de su sexualidad, las mujeres han moldeado su identidad social de acuerdo a unos iconos culturales de autoría masculina que han secuestrado sus capacidades sociales, económicas, políticas e intelectuales. El único resquicio cultural que les permite romper los tradicionales roles androcéntricos es quebrantar el sistema a través de la transgresión social. La transgresión de la normativa patriarcal convierte a las mujeres en una amenaza potencial capaz de desestabilizar el sistema social. Si las mujeres socialmente aceptadas se ven recluidas en el ámbito doméstico, dentro de la cultura pero sin capacidad de crear capital simbólico, las transgresoras deben ser desplazadas fuera de los límites de la cultura. Son invisibilizadas, demonizadas y repudiadas. Son despojadas de su identidad y, en virtud de la necesidad patriarcal de ocultarlas, pasan a formar parte de la categoría de ‘lo monstruoso’”. Beteta Martín, 2009, pp. 214-215.

(76) Grabada por primera vez en 1963, interpretada por Lesley Gore. Todo un himno para finalizar esta historia de súcubos.


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Estudiante de filosofía y escritora. Mis áreas de mayor interés - como comprobaréis si me leéis - son la Historia de la Mujer, la Historia de las Religiones, la Filosofía Política y la Antropología. Como buena cinéfila y melómana, me encanta practicar la miscelánea cuando escribo (llamadme friki). Amante de los animales, defensora del medio ambiente, y de firmes posiciones feministas y marxistas.