En capítulos anteriores, ya os conté cómo a las mujeres se nos demonizó en la Edad Media – que si súcubos, que si brujas –. También, cómo la misoginia estaba en toda su pompa cuando el Medievo daba paso a la Edad Moderna: en el Renacimiento. Además, os he explicado que, como tal, el feminismo surgió a finales del siglo XIX, aunque hubo pioneras, como Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft, en el siglo XVIII. Bien, pero, ¿las mujeres nos quedamos calladitas en la Edad Media, cuando los machotes nos ponían más que finas y nos sometían a su voluntad? ¡De eso nada! En el siglo XV, rugiendo entre tanto machista, se abrió paso la llamada Querella de las Mujeres, iniciada con Christine de Pizan.

Podemos considerar que este movimiento, capitaneado por mujeres, fue «proto-feminista» (1). ¿Por qué? Pues porque, por primera vez, las mujeres reivindicaron que ya estaba bien de que los hombres las discriminasen. La Querella de las Mujeres se caracterizó por criticar y poner en entredicho la supuesta inferioridad natural de las mujeres – frente a la supuesta superioridad de los hombres – (2), haciendo una profunda crítica social y sentando las bases de las futuras reivindicaciones feministas (3).

¿Qué es la Querella de las Mujeres?

Pero, ¿qué leches es esto de la Querella de las Mujeres? Os preguntaréis. Pues fue un movimiento/fenómeno sociocultural llevado a cabo por mujeres europeas – algunos hombres también las apoyaron –. ¿Cuánto duró? Pues desde finales de la Edad Media hasta la Revolución Francesa, que se dice pronto (4). Así, tuvo mucha relevancia social e ideológica y, por ello, molestó mucho a los señores. Es más, tanto les hincharon los cataplines estas mujeres, que radicalizaron su misógina visión de la naturaleza femenina y nos convirtieron en auténticos monstruos (5). Idas de olla machirulescas aparte, se suele considerar que el punto de partida de la Querella de las Mujeres fue la publicación, en 1405, de La Ciudad de las Damas, de Christine de Pizan. Aunque, como os conté, hubo precedentes: las Trobairitz (6).

Ciudad de las Damas Christine de Pizán Querella de las Mujeres

Pero, ¿contra qué se querellaban estas mujeres? Pues contra la discriminación que sufrían por su sexo en todos los ámbitos públicos. Especialmente, lucharon por tumbar la idea de que éramos incapaces por naturaleza de adquirir conocimientos científicos y saberes teológicos. ¿Que no podemos acceder a la educación ni participar en el ámbito eclesiástico? ¡Ja! Y, ¿cómo que no somos capaces de aprender ni de crear conocimiento? ¡Lo demostraremos! (7). Básicamente, cuestionaron la supuesta «inferioridad natural» e imperfección de las mujeres, «eslogan» típico de la época, y batallaron para redefinir las relaciones entre mujeres y hombres (8).

Es decir, que, por primera vez en la historia, las mujeres se enfrentaron a las construcciones socioculturales de género y cuestionaron esa «feminidad» que les imponían por su sexo: por el hecho de ser mujeres (9). Vaya, parece que la crítica de género no es nueva, ¿eh?

¿Cómo es eso de que somos inferiores?

Pero, ¿de dónde narices se sacaban que las mujeres somos inferiores a los hombres por naturaleza? Pues resulta que, desde mediados del siglo XIII, se impuso la teoría de la polaridad de los sexos. Su papi fue el señor Aristóteles y venía a aseverar que hombres y mujeres somos diferentes sustancialmente y que, como no, los hombres son superiores a a las mujeres. Sí, era una visión absolutamente misógina sobre las relaciones entre los sexos, que subordinaba y sometía a las mujeres (10). Para darle validez, corrieron ríos de tinta, dando lugar a muchísimos textos literarios e incluso científicos, que reprodujeron hasta la saciedad dicha misoginia. Y es precisamente para refutar estos textos para lo que se inició la Querella de las Mujeres (11).

Transgrediendo y molestando

Para mayor cabreo de los machotes, parteras, curanderas y sanadoras andaban por ahí ejerciendo… ¡Haciéndole la competencia a la mismísima medicina tradicional (léase masculina)! (12). Mientras, las mujeres que formaron parte de la Querella se convirtieron en unas transgresoras. Pues, cuestionando los privilegios masculinos y pretendiendo ocupar espacios vetados para ellas, hacían que se tambaleasen los cimientos de la estructura patriarcal y rompían con el orden establecido (13). ¡Y eso no lo iban a permitir ni la jerarquía eclesiástica ni el sistema sociopolítico! ¡Que se les hundía el chiringuito! (14).

Las dos partes enfrentadas con la Querella de las Mujeres

El caso es que, durante más de 300 años, la guerra entre sexos estaba declarada y el debate acerca de la naturaleza de la mujer y de su lugar en la sociedad quedaba abierto. Por un lado, las mujeres lucharon cuestionando la jerarquía sexual y el orden establecido. Y trataron de engrandecerse, para colocarse en una posición de igualdad con respecto a los hombres. Por otro, los hombres contraatacaron académicamente, defendiendo que la superioridad masculina era lo natural. ¡Y no había más que hablar! (15). Subrayemos que el mundo académico era un mundo de hombres, donde la mujer no tenía espacio ni lugar.

Beguinas o beatas y místicas

Entonces, ¿cómo lucharon ellas? Pues algunas mandaron a freír espárragos el matrimonio y la vida religiosa monástica – los únicos caminos permitidos para las mujeres en aquél entonces –. Así, las beguinas o beatas y místicas se pasaron por el arco del triunfo las normas patriarcales. Vivían juntas, formando pequeños grupos, y se dedicaban a la enseñanza, a la enfermería o a la industria y artesanía textil (tejían y cosían). También sobrevivían pidiendo limosna y asistiendo a moribundos – las famosas «acabadoras» –. Trabajaban para vivir, con el fin de tener tiempo para dedicarse a su espiritualidad, y viajaban mucho, para comunicarse y mantener contacto con otras beguinas. En definitiva, fueron mujeres que inventaron una forma de vida para mujeres (16).

Hasta hubo osadas que fundaron órdenes religiosas exclusivamente femeninas y centradas en el culto mariano. Con ello, mandaban la visión falocéntrica tradicional de la religión al carajo (17). Además, ayudaban a las mujeres que escapaban de los matrimonios concertados y a las que buscaban refugio, tras huir de la violencia que ejercían sobre ellas sus maridos (18).

beguinas misticas beatas europa medieval querella de las mujeres

Beguinaje: una original forma de escapar del patriarcado 

También, gracias a su forma de vida, lograron acceder a conocimientos prácticamente inaccesibles para las mujeres y pudieron expresar su pensamiento, libres del yugo masculino (19). – En esto, las escritoras místicas italianas tuvieron mucho que ver – (20). Además, utilizaron su propia lengua materna para expresar sus experiencias de lo divino: su teología – al no usar el latín, era una forma de darle en las narices a la Iglesia –. De esta manera, sintonizaron lo femenino, la trascendencia y la lengua materna, lo que supuso una revolución política, pues plantaron cara al patriarcado católico (21). Vivían en comunidad, pero sin clausura, ni votos – castidad y pobreza incluidos, por lo que mantenían su derecho a la propiedad privada – ni jerarquía eclesiástica que valiese. Así, vivían libres y guiadas únicamente por sus propias normas (22).

Sus orígenes sociales iban desde los estamentos más altos (nobles), hasta los más bajos (campesinas). Aunque, sobre todo, pertenecían a la clase media y popular de las ciudades (23). Algunas llevaron sus deseos de soledad y espiritualidad al extremo, como las famosas «muradas» (24). A finales de la Edad Media, estas beguinas y beatas fueron perseguidas por la Iglesia católica y la Inquisición. Aunque no lograron exterminarlas: su forma de vida sigue existiendo actualmente (25).

Las intelectuales

Otras mujeres, como las humanistas – que veremos a continuación –, Teresa de Cartagena, Isabel de Villena y Christine de Pizan – en este caso, hablamos de mujeres de alta alcurnia –,  se dedicaron a escribir, cuestionando la supuesta inferioridad de la mujer (26). Posteriormente, en los siglos XVI y XVII, recogieron el testigo y continuaron escribiendo en defensa de la mujer y su valía intelectual mujeres como Marie de Gournay (27). Esta señora puso en relieve que si las mujeres no brillaban en el mundo cultureta, básicamente, era por la instrucción tan deficiente que se les proporcionaba, de forma deliberada, desde el sistema patriarcal imperante (28).

Así, expresándose de diferentes modos, las mujeres se enfrentaron al patriarcado. Y, ante el miedo de que se empoderasen y dinamitasen el sistema, los hombres reaccionaron adoctrinando, desde su posición academicista y de poder (29). No os extrañéis, estos machotes necesitaban proteger a buen recaudo todo el tinglado que tenían montado, para mantener su posición dominante y seguir sometiendo a las mujeres. Es de cajón que tenían que silenciar a estas señoras (30).

¡Pongamos en su sitio a estas féminas tan rebeldes!

Así, los machotes se encontraron, por un lado, movimientos místicos femeninos que salían hasta debajo de las piedras. Y, por otro, se toparon con que la Querella de las Mujeres criticaba la diferencia sexual sobre la que ellos habían construido su sistema patriarcal (31). ¿Qué hacer para frenar (32) a tanta mujer desatada? Pues desautorizarlas y deslegitimarlas (33). ¿Cómo? Pues de dos modos. Por un lado, deslegitimaron el cuerpo femenino, demonizándolo: las mujeres representaban la animalidad del ser humano, encarnada en un cuerpo seductor, deseable y voraz. ¡El cuerpo femenino te empujaba a pecar! (34). Vamos, que nos convirtieron en «bellas atroces», seductoras y peligrosas a partes iguales (35).

Por otro lado, desautorizaron los saberes femeninos, acusando de brujería a diestro y siniestro a toda comadrona, partera y sanadora que se encontraban (36). Así, demonizando el cuerpo y el saber empírico femenino, consiguieron deslegitimar a las mujeres en el imaginario colectivo. Y con este control social que ejercieron sobre ellas a lo bestia, consiguieron limitar su campo de actuación a la esfera de lo privado. ¡Metiditas en casa y con el pico cerrado, como debía ser! Vamos, que invisibilizaron la proyección pública que estaban teniendo estas mujeres (37). En definitiva, toda mujer que no fuese obediente y sumisa y que se atreviese a trasgredir las normas patriarcales, ¡era un monstruo! (38). Vieron el peligro de que fuésemos capaces de alterar el orden social, y señalaron nuestros cuerpos y nuestros conocimientos como monstruosos (39).

La evolución de la Querella de las Mujeres

Durante el siglo XV, el término «Querella de las Mujeres» se empleaba como sinónimo de queja o acusación. Sin embargo, en el siglo XVI, adquirió una nueva connotación: era sinónimo de disputa entre los sexos. Y en esas disputas, las mujeres denunciaban, literal o metafóricamente, los ataques contra su honor que recibían por parte de los hombres (40). Hay que tener en cuenta que, por ser mujeres, tenían que acatar los roles de hijas, esposas o viudas – o, en todo caso, monjas – que les imponían las normas sociales, en los que siempre estaban subordinadas a los hombres y donde no tenía cabida para ellas el estudio (41). Ya en el siglo XVII, gracias a los salones y al preciosismo, la Querella de las Mujeres pasó a ser un tema de opinión pública (42).

En general, las querelladas fueron mujeres que rompieron las normas y se alejaron del matrimonio para poder vivir una vida autónoma, y que, además, pusieron sobre la mesa lo importante que era hacer piña y rodearse de otras mujeres (43). Así lo reflejó ya Christine de Pizan en su Ciudad de las Damas, de quien os hablaré en mi próximo artículo.

Este debate literario sobre la naturaleza de la mujer continuó hasta los inicios de la Era Contemporánea, (para entendernos, suele situarse en la Revolución Francesa) (44), cuando la lucha de las mujeres empezó a adquirir otros tintes, de las mano de Mary Wollstonecraft en Inglaterra y de Olympe de Gouges en Francia. A ellas, como ya os he contado, sí las podemos considerar las pioneras del movimiento feminista. Por lo tanto, las mujeres se estuvieron querellando tres siglos, ¡ahí es nada! (45).

La importancia del Humanismo para la Querella de las Mujeres

Así como Mary y Olympe utilizaron las ideas ilustradas para presentar sus reivindicaciones de los derechos de las mujeres, las mujeres que participaron en la Querella hicieron lo mismo con el Humanismo. Y es que, desde principios del siglo XIV, además de consolidarse la teoría de la polaridad de los sexos, se empezó a difundir por toda Europa un movimiento cultural y político, de corte laico, conocido como Humanismo. Y con el Humanismo pasó igual que con el Renacimiento que le siguió y acompañó: que el progreso y lo bueno fue para los peneportantes, pero no para las mujeres (46).

En principio, la moto que vendieron con el humanismo pintaba bien: «los hombres y las mujeres somos iguales». ¡Oh vaya, la igualdad ha llegado!… Pues no. Porque esta idea de igualdad entre los sexos era bastante fake – en detrimento para las mujeres, como no –. ¿Por qué? Pues porque, ahora, «lo masculino» pasó a ser la medida tanto para hombres como para mujeres, por lo que, una vez más, las mujeres quedaban en desventaja (47), ya que los roles y estereotipos de género seguían ahí, dando el callo. Además, esa «igualdad» solo se refería al acceso al conocimiento – de legalidad y de derechos, ni hablar –, y ahora veremos en qué condiciones se daba. Así que de igualdad, nada (48).

La educación de las mujeres

El caso es que la llegada del Humanismo sí trajo consigo algo bueno: muchas mujeres de alta alcurnia – no esperaríais que las mujeres de los estamentos más bajos oliesen ni siquiera este movimiento intelectual – tuvieron acceso a la educación. Eso sí, su instrucción estaba dirigida por los hombres (sus padres) y debían seguir recluidas en la esfera privada. Muy formada mi niña, pero metidita en casa. Es más, no recibían formación en retórica, puesto que era el arte de hablar en público y, claro, no les hacía falta puesto que el espacio publico estaba vetadísimo para ellas (49).

Pero estas mujeres supieron sacarle partido a esta educación «con límites» que les ofrecieron…

Las Humanistas: mujeres con voz propia

Como os imaginaréis, aunque instruidas, estas mujeres lo tenían muy complicado para acceder al espacio intelectual, que era muy masculino mucho masculino. Porque la palabra de la mujer estaba desautorizada y, como ya os conté, se consideraba que la mujer no podía crear conocimiento. Por lo que su formación y su culturización siempre eran pasivas (50). Y, claro, se les hincharon los morros y dijeron: ¡hasta aquí! De ahí que, muchas, se dedicasen a escribir para darle valor a su palabra, siendo absolutamente conscientes de su situación de subordinación con respecto al hombre y de que, precisamente, los hombres las sometían silencíandolas: deslegitimando su palabra. Así, en el momento en que las mujeres tomaron las riendas de la Querella y se convirtieron en parte activa del debate, su palabra comenzó a tener poder político (51).

Estas mujeres, a través de sus escritos, se autolegitimaron para expresar su pensamiento (52). Por lo que la transgresión y la relevancia histórica de estas mujeres es innegable. A esta escritoras humanistas se les conoce como puellae doctae. Solían escribir en latín y hacían alarde de sus amplios conocimientos y erudición. Así, apropiándose de los códigos y de los recursos literarios humanistas, protagonizaron una especie de contracultura, respecto al Humanismo tradicional (53). Aspiraron a que socialmente se les reconociese como escritoras, al mismo nivel que a los hombres. Además de embestir contra la misoginia imperante, rebelarse contra las normas familiares y afirmar la autoridad y la libertad de las mujeres (54).

No somos floreros ni objetos bellos

Hay otro punto en el que estas mujeres fueron absolutamente revolucionarias y visionarias, pues criticaron y se revelaron contra la ornamentación y el emperifollamiento al que estaban sometidas por ser mujeres. Maquillajes y vestidos que las convertían en objetos bellos, adornos a través de los cuales también las controlaban los hombres. Así, cansadas de ser monos de feria, reivindicaron que era mejor ser sujetos intelectuales, que los objetos bellos de los señores. Defendieron la castidad y el austerismo en cuanto a la apariencia física, a modo de protesta (55), y se revelaron contra el «adorno femenino», pues lo consideraban una forma de esclavitud – refiriéndose a la vida a la que estaba sometida la mujer casada de la época – (56).

Su mensaje fue algo así como: mujeres, no perdáis más el tiempo con el acicale y con tratar de resultar seductoras para los hombres, que es una frivolidad muy insulsa que nos está esclavizando; mejor invertid vuestro tiempo en formaros y en instruiros, que el saber nunca ocupa lugar y es mejor que nos recuerden por nuestra sabiduría y que empecemos a ser sujetos relevantes para la Historia (57). Poesía pura, oh sí.

Laura Cereta Maldición contra la ornamentación de las mujeres Luisa Sigea de Velasco Diálogo de dos jóvenes sobre la vida áulica y la vida solitaria contra el adorno femenino

En definitiva, estas mujeres se centraron en su labor intelectual y pasaron como de la mierda de las imposiciones que les marcaba la «feminidad», porque se dieron cuenta de que cultivando el intelecto es como hallarían la libertad y conseguirían emanciparse de los hombres (58).

La experiencia personal convertida en texto en la Querella de las Mujeres

Hubo otras escritoras que no buscaban alardear de sabiduría – lo que no quiere decir que no fuesen terriblemente cultas –, sino plasmar su experiencia personal en el texto. Por lo que su originalidad es más que destacable. Y, al igual que lo hacían las beguinas, ellas escribieron en su lengua materna, no en latín – como sí lo hacían las humanistas o puellae doctae – (59). Esta tendencia de querellarse la inauguró Christine de Pizan, y la siguieron otras grandes escritoras, como Teresa de Cartagena (60). Me extenderé más en esta cuestión cuando os cuente la historia de Christine, pero, a grandes rasgos, digamos que a través de su propia experiencia, desde su «yo», estas autoras denunciaron las injusticias a las que estaban sometidas por el hecho de ser mujeres. Sobre Teresa de Cartagena, también os hablaremos en un próximo artículo.

Teresa de Cartagena
Teresa de Cartagena. En su obra defiende las cualidades intelectuales de las mujeres. Fuente.

Christine de Pizan, por otro lado, discrepó con las humanistas en cuanto al tema del «adorno femenino». Su postura fue que no había que señalar a las mujeres que gustasen embellecerse, y que tampoco había que pensar que lo hacían para agradar a los hombres. La autora defendía que tanto a hombres como a mujeres les podía gustar la belleza y que ello no estaba reñido con otras cualidades (61). Se esté de acuerdo con una postura o con la otra, lo que es indudable es que el tema del «adorno femenino» es bastante conflictivo en una sociedad patriarcal, por la connotación tan machista que conlleva, ya que se le otorga la función de seducción. Somos esclavas de la belleza porque a través de ella somos un bocado suculento para los machotes. Y es eso mismo lo que nos convierte en cautivas (o esclavas) (62).

«Estos son tus primeros pasos»…(63)

La grandeza de la Querella de las Mujeres está en que fue un movimiento intelectual colectivo de mujeres. Por primera vez, las mujeres tomaron conciencia de la situación de opresión que vivían por el hecho de ser mujeres, y pasaron a ser parte activa del debate político acerca de su propia naturaleza. Así, pluma en mano, rebatieron los argumentos misóginos y defendieron nuestras capacidades intelectuales, dando buen ejemplo de ellas (64). Los machotes trataron de silenciarlas, de ningunearlas, de borrarlas, de demonizarlas. Sin embargo, sus ataques misóginos, aunque en su momento dolieron, fueron en vano, porque las huellas de estas mujeres han quedado marcadas para siempre en las páginas de la Historia. Y, por si acaso se empeñan en hacerles sombra de nuevo, para eso estamos nosotras: para rescatarlas y darles voz.

Porque la Querella de las Mujeres es parte de nuestra Historia, amigas. Quizás el primer paso de todo cuanto se avecinó después…



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Referencias y bibliografía

Referencias

(1) En la Edad Media se dibujó a las mujeres como seres de naturaleza impura, diabólica y monstruosa. Beteta Martín, 2009, p. 215. Beteta Martín, 2011, p. 2. Beteta Martín, 2012a, pp. 882-883. Beteta Martín, 2012b, pp. 1022 y 1030-1031. Consideraban que la mujer era inferior al hombre por naturaleza, recuperando la imagen de Eva como personificación del pecado y de la caída edénica (Beteta Martín, 2014, p. 295; Beteta Martín, 2016, pp. 62-63). Beteta Martín, 2012b, pp. 1034-1038. Esta visión de la naturaleza femenina se radicaliza a lo largo de la Edad Media, sobre todo, como respuesta a la Querella de las Mujeres: un movimiento femenino – se podría decir que proto-feminista –. Beteta Martín, 2012b, p. 1022. Cándano, 2008, p. 217. “Un precedente [feminista] importante es la obra de Christine de Pizan La ciudad de las damas, escrita en 1405”. Varela, 2008, p. 18.

Los orígenes del feminismo están “en la lucha colectiva por los derechos que se desencadena con la Revolución francesa y se desarrolla en el sufragismo del siglo XIX. (…) mujeres militantes como Olympe de Gouges o Mary Wollstoncraft representan las figuras ‘pioneras’. Así lo expresa Celia Amorós en su libro Tiempo de feminismo. (…) Joan Kelly “no pretende decir que el patrimonio de ideas del feminismo haya quedado invariado desde los tiempos de la querelle, sino que en la querelle se asistió a la definición de una serie de posiciones o puntos de vista (positions) que han ido delineando un pensamiento femenino contrapuesto al masculino dominante, y que articulan la estructura teórica del feminismo hasta el presente”. Laurenzi, 2009, pp. 301-302 y 304.

(2) Beteta Martín, 2011, p. 2. Fuente, 2009, p. 13.

(3) Beteta Martín, 2011, p. 2.

(4) “La Querelle des femmes fue un movimiento intelectual reivindicativo y de debate (social, filosófico, teológico, científico, literario y, por encima de lo anterior, político; Beteta Martín, 2016, pp. 25-26; Beteta Martín, 2012b, p. 1022; Díaz Muriel, 2017, pp. 6-7; sobre la condición femenina; Sampedro López, 2018, p. 37) que surgió en la Europa feudal tardía en fecha incierta. Estaba ya formado en el siglo XIV y en él participaron tanto hombres como mujeres. Le dio forma definitiva y contenido feminista Christine de Pizan (1364-1430). El protagonismo de esta autora en el debate en torno al Roman de la Rose (hizo estallar la mecha de la Querella una versión ampliada de este texto, escrito en 1225 por Guillame de Lorris, al que se le había agregado páginas de sabor ferozmente misógino de la mano de Jean de Meun; Laurenzi, 2009, p. 303; Marie-José Lemarchand en De Pizan, 1995, pp. XXIV-XXVI) y la difusión de obras suyas como La Cité des Dames o Les Trois Vertus convirtieron la Querelle des femmes en un fenómeno internacional que perduraría hasta la Revolución Francesa (Rivera Garretas, 1996, p. 27; siendo los siglos XV y XVI los momentos de mayor desarrollo y difusión del fenómeno, que comenzó en Francia y se fue expandiendo por otros países de la Europa Occidental; Baruque Ruiz, 2019, p. 13). Desde Borgoña hasta Italia, Portugal e Inglaterra, las cultas y los cultos de Europa rebatieron muchos de los contenidos del pensamiento misógino bajomedieval y demostraron que las mujeres eran tan dignas y valiosas como los hombres. Al sostener esta tesis tan general y tan elemental, las ideólogas de la Querella de las mujeres —mujeres cultas y privilegiadas todas ellas— no se limitaron a dar voz pública al pensamiento de unas pocas miembros de la elite. Ellas recogieron formas de expresión y de resistencia acuñadas en la práctica social por otras mujeres antes que ellas”. Rivera Garretas, 1992, p. 537.

(5) “(…) los aires renovadores de la Querella originan un proceso bidireccional de acción-reacción”. Beteta Martín, 2011, p. 2. “El tránsito de la Baja Edad Media a la Edad Moderna es (…) un periodo de profundo cambio en el que las creencias demonológicas adquieren un impulso inusitado”. Beteta Martín, 2014, p. 295. “En la Baja Edad Media surgen dos acontecimientos interrelacionados que marcan un punto de inflexión en la historia de las relaciones de género: la Querella de las Mujeres y la construcción simbólica del arquetipo de la bruja”. “Los discursos demonológicos serán la pieza clave en la transformación simbólica de las mujeres que transgreden los roles de género en monstruos femeninos; arquetipos o ídolos de perversidad que representan la antítesis del ideal de feminidad impuesto por la cultura dominante”. Beteta Martín, 2016, pp. 25 y 27. Así, “el sistema patriarcal refuerza su control sobre las mujeres radicalizando el discurso misógino de inspiración patrística”. Beteta Martín, 2009, p. 215. Beteta Martín, 2012b, p. 1022. “Dice Philippe Ariès al respecto: ‘es posible que durante la Edad Media la desconfianza hacia la mujer haya aumentado entre los hombres y, en particular, entre los clérigos, como una especie de reacción de defensa ante la importancia que había adquirido la mujer’”. Cándano, 2008, p. 217. “(…) las relaciones entre los sexos parecen haber sido más complejas hacia el 1500 que en ninguna otra época”. Opitz, 1992, pp. 356-357.

(6) Beteta Martín, 2012b, p. 1022. Beteta Martín, 2012a, p. 874. Díaz Muriel, 2017, p. 7. Ferrer Valero, 2017, p. 126. Marie-José Lemarchand en De Pizan, 1995, p. XI. Sampedro López, 2018, p. 38. Varela, 2008, p. 18. “La gran impulsora de la Querelle des femmes fue Christine de Pizan (1364-1430), aunque ya desde el siglo XII se puede hablar claramente en Europa de una ‘cuestión mujeres’ o Frauenfrage”. Rivera Garretas, 1992, p. 534. “Hay que tener en cuenta, que la Querella en Italia ahonda sus raíces en la poesía lírica, y tiene sus antecedentes en las dos primeras poetas conocidas en lengua italiana: Compiuta Donzella (1200) y Nina Siciliana (1290), que en sus composiciones tratan temas relacionados con la desobediencia femenina a las disposiciones paternas o un yo poético que toma la iniciativa en asuntos amorosos. Por tanto, la Querella de las Mujeres constituía ya una larga tradición de escritura femenina y, en menor parte filógina masculina, cuando Laura Cereta y a las humanistas de su generación se incorporan en ella”. Arriaga Flórez, 2020, p. 8.

(7) Beteta Martín, 2012a, p. 874. Beteta Martín, 2012b, pp. 1022-1023.

(8) Baruque Ruiz, 2019, p. 2. Beteta Martín, 2016, p. 25. Beteta Martín, 2012a, p. 874. Laurenzi, 2009, p. 304. Rivera Garretas, 1996, p. 27. Sampedro López, 2018, p. 38. “Las mujeres medievales soportaron un ambiente de rechazo a la naturaleza femenina aceptada sin discusión como inferior a partir de argumentos religiosos y científicos”. Ferrer Valero, 2017, p. 124. “La creencia de que la mujer es imperfecta y, por tanto, inferior al varón, ya existe en las sociedades clásicas pero en el mundo griego, donde se configura esta idea, no se concebía la idea de las mujeres como un animal potencialmente venenoso capaz de matar a quienes las rodeaban”. Beteta Martín, 2009, p. 222.

(9) “Fue un debate de carácter elitista que abarcaba las esferas de lo social y de lo cultural acerca de lo que hoy consideramos como género, es decir, las construcciones socio-culturales de lo masculino y de lo femenino, teniendo como centro del debate la cuestión acerca de la naturaleza de las mujeres”. Baruque Ruiz, 2019, p. 13. “Se discutieron y se replantearon la diferencia sexual, los contenidos de género y las relaciones de y entre los sexos”. Graña Cid, 2015, p. 74.

(10) Baruque Ruiz, 2019, pp. 23-25. “A mediados del siglo XIII, un sector conservador de la Europa de entonces arremetió con fuerza contra el prestigio de la teoría de la complementariedad de los sexos (proclamada por Hildegarde de Bingen; Caso, 2005, pp. 10-49; que defendía que hombres y mujeres son diferentes pero iguales en valor; Beteta Martín, 2016, pp. 25-26). (…) En 1255, la Universidad de París impuso la lectura obligatoria de las obras de Aristóteles, y a ella le copiaron otras. De Aristóteles se leyó, se comentó y se divulgó sistemáticamente desde entonces la teoría sobre las relaciones de los sexos que él había defendido —o esto se decía— cuando vivió en la Grecia del siglo IV antes de la era cristiana. Esta teoría se llama de la polaridad de los sexos. Decía que los hombres y las mujeres somos sustancialmente diferentes, y que los hombres son superiores a las mujeres. Es, pues una teoría abiertamente misógina, que empezaba su formulación como la de la complementariedad de los sexos, pero daba enseguida un giro brutalmente hostil a lo que en ese momento era vivido y entendido como lo femenino. A este importante cambio político, un cambio que pretendió dejar la diferencia sexual sin infinito propio, subordinando las mujeres a los hombres y limitándoles a una antinomia del pensamiento. Prudence Allen le ha llamado precisamente «la revolución aristotélica»”. Rivera Garretas, 2005, p. 98.

(11) “Para dar fuerza social a esta teoría y para provocar cambios en lo simbólico, se escribieron en lengua latina y en las lenguas maternas de entonces multitud de textos literarios y científicos misóginos y misógamos, es decir, hostiles a las mujeres y al matrimonio, textos de cuya refutación nacería la Querella de las mujeres”. Rivera Garretas, 2005, p. 98.

(12) Beteta Martín, 2012b, pp. 1040-1042. Beteta Martín, 2011, pp. 1 y 5.

(13) Baruque Ruiz, 2019, pp. 14-15. Rivera Garretas, 1996, p. 26. “La crítica de los tradicionales roles de género redefine las identidades femeninas y el sistema patriarcal incide en la imagen de las mujeres como usurpadoras de los espacios históricamente masculinos. Se convierten en potenciales transgresoras que ponen en peligro los cimientos de la estructura androcéntrica en la medida en que cuestionan los privilegios y derechos androcéntricos”. Beteta Martín, 2011, p. 2. “La transgresión de la normativa patriarcal convierte a las mujeres en una amenaza potencial capaz de destabilizar el sistema social”. Beteta Martín, 2009, p. 214.

(14) “Las actividades públicas y las reivindicaciones que plantean autoras vinculadas a la Querella de las Mujeres, tales como Isabel de Villena, Teresa de Cartagena, Beatriz Galindo [‘La Latina’], Juana de Mendoza o María Cazalla entre otras, despierta el recelo de la jerarquía eclesiástica y del sistema sociopolítico en su conjunto ante la posibilidad de que las mujeres ocupen espacios vetados tradicionalmente a su sexo”. Beteta Martín, 2012b, p. 1023. “Ante la amenaza de desestabilización del sistema patriarcal que conlleva la Querella de las Mujeres, las autoridades androcéntricas responden desencadenando una reacción visceral contra las mujeres que se dirige a dos esferas con una fuerte carga cultural: el ámbito puramente social y el ámbito de lo inconsciente o imaginario simbólico”. Beteta Martín, 2011, p. 5. “Nos encontramos en sociedades hetero-patriarcales donde la iglesia y su concepción de las mujeres estaban profundamente arraigadas”. “sociedades ‘sacro-patriarcales’”. Baruque Ruiz, 2019, pp. 4 y 13. “Fue un debate muy vinculado con el mundo de las universidades y, por ello, también con el mundo clerical, con el mundo de los eclesiásticos cultos, especialmente antes de la aparición de ese movimiento cultural secular, que se suele llamar Humanismo”. Rivera Garretas, 1996, p. 27.

(15) Baruque Ruiz, 2019, p. 4. Beteta Martín, 2016, pp. 25-26. Opitz, 1992, p. 357. “En los orígenes y entre los precedentes de la Querella de las mujeres se pueden distinguir dos movimientos; uno de ellos de carácter social, el otro de carácter y contenido académico; uno protagonizado por mujeres y el otro protagonizado por hombres. Los dos se sitúan en los siglos centrales de la Edad Media”. Rivera Garretas, 1996, p. 27. “Confluyen dos discursos dirigidos a deslegitimar a las mujeres: el discurso patrístico, heredado de los Padres de la Iglesia, y el dogma demonológico que establece una asociación innata entre la sexualidad femenina y los asuntos diabólicos”. Hay una gran “carga misógina de las creencias demonológicas y su imbricación con las tesis bíblicas, médicas e higienistas en relación a la sexualidad femenina que el imaginario medieval perfila como un fenómeno animal, voraz e insaciable”. Beteta Martín, 2012b, p. 1023.

(16) Beteta Martín, 2016, p. 26. Beteta Martín, 2012a, p. 874. Régnier-Bohler, 1992, p. 466. Solé, 1993, pp. 664-666. Tojal Rojo, 2017, p. 19. “En el marco de la Querella de las mujeres, el movimiento social femenino más significativo es el de las beguinas y beatas. Las beguinas eran mujeres que rechazaban tanto el matrimonio como la vida religiosa reglada, es decir, la vida monástica. Existieron en toda Europa, especialmente en el centro-norte (Flandes, por ejemplo). Beatas se les llama específicamente en el Reino de Castilla”. Rivera Garretas, 1996, p. 29. “Las beguinas fueron mujeres que se especializaron en su espiritualidad: en el Espíritu Libre —libre de la jerarquía eclesiástica y, por tanto, de toda regla religiosa— en el mundo civil o siglo, es decir, fuera de los recintos monásticos y de las instituciones de canonesas, consistiendo la espiritualidad en la contemplación y cultivo del Dios/Amor en mí. (…) Las beguinas —que en la Castilla del siglo XV en adelante fueron denominadas beatas, que quiere decir «felices» o «bienaventuradas»— aparecen documentadas como residentes habituales en algunas instituciones de canonesas seculares, antes al parecer del siglo XII, sin ser miembras del centro. Se trata de una forma de vida inventada por mujeres para mujeres (…) Las beguinas no se casaron. Eludieron con esta decisión el contrato sexual y la heterosexualidad obligatoria, sin ser mujeres públicas ni privadas y sin hacer voto de castidad. (…) Las beguinas quisieron ser espirituales pero no religiosas, quisieron vivir entre mujeres pero no ser monjas ni canonesas, quisieron rezar y trabajar pero no en un monasterio, quisieron ser fieles a sí mismas pero sin votos, quisieron ser cristianas pero ni en la Iglesia constituida ni, tampoco, en la herejía, quisieron experimentar en su corporeidad pero sin ser ni canonizadas ni demonizadas. (…) Vivieron de sus rentas, si las tenían, y, sobre todo, de su trabajo en la industria y artesanía textil —tejiendo, cosiendo…—, en la enfermería y hospitales de pobres, en el copiado y miniado de manuscritos, en la enseñanza de niñas (…) en la atención a mujeres u hombres que se hallaran en situación de necesidad corporal o espiritual, en la asistencia a moribundas y moribundos como «acabadoras» de la vida o mediadoras de la muerte, o de las rentas proporcionadas por las más ricas. Trabajaron para vivir, con el propósito de tener tiempo —el más grande de los dones— que dedicar a su espiritualidad. A veces, se hicieron pordioseras, es decir, pasaron por la experiencia fuerte de vivir de la caridad de la gente pidiendo limosna por el amor de Dios. (…) Vivieron solas, discretamente vestidas, en relaciones duales o en pequeños grupos de mujeres, a las que con frecuencia legaron sus bienes al morir. Formaron un movimiento internacional que mantuvo muy vivos los contactos entre sí, contactos de presencia y de palabra oral y escrita, mediante cartas entre amigas o de maestra a discípula y mediante el viaje entre ciudades y entre territorios. Pues las beguinas viajaron mucho (…) De las beguinas y beatas hay indicios documentales en prácticamente toda la Península Ibérica”. Rivera Garretas, 2005, pp. 111-116.

(17) Beteta Martín, 2016, p. 26. Graña Cid, 2015, pp. 73-74.

(18) “(…) también acogían a las mujeres de los cruzados o a las que por la falta de hombres –por las guerras– no encontraban marido. Otras mujeres se unieron al beguinaje porque no tenían el estatus social o dinero suficientes para entrar en un convento tradicional – el único tipo de comunidad que podía mantener una vida digna de las mujeres solteras – (…) en palabras de Margaret Wade Labarge, el beguinaje solucionó una ‘necesidad muy real de las mujeres’ bajomedievales”. Tojal Rojo, 2017, pp. 20-21.

(19) Baruque Ruiz, 2019, pp. 21-22. Solé, 1993, p. 664.

(20) “Catalina de Siena, Ángela de Foligno y otras místicas italianas anticiparon lo que sería el núcleo del futuro debate de la Querella de las Mujeres. Las escritoras místicas italianas juegan un papel de particular interés dentro de la Querelle des femmes porque con su palabra y su acción se oponen a un orden masculino preestablecido, logrando crear su propio espacio de visibilidad y afirmación”. Cerrato, 2014, pp. 23-24.

(21) Rivera Garretas, 2005, pp. 119-122. “Muy conscientes de su condición sexuada, escribieron y actuaron a favor de su sexo y lo entendieron como colectivo social visible en el mundo, ese ‘femineo linaje’ que figura en los textos relacionados con la visionaria Juana de la Cruz (…). Dieron origen así a un nuevo principio de autoridad femenina (…) ellas pusieron la teología y la espiritualidad en relación con y al servicio de la problemática cultural y social que les tocó vivir además de su problemática específica en su calidad de mujeres”. Graña Cid, 2015, pp. 74-75. Una precursora de todo esto fue la mística Beatrice d’Este, nacida alrededor del 1200. “La experiencia mística adquiere una perspectiva completamente nueva a través de sus palabras que reclaman una relación directa y exclusiva con lo divino”. Cerrato, 2014, p. 25.

(22) Tojal Rojo, 2017, pp. 21-22.

(23) Rivera Garretas, 1996, p. 29. Rivera Garretas, 2005, p. 113. Tojal Rojo, 2017, p. 22.

(24) “Algunas beguinas llevaron su experimentación espiritual a formas extremas. Las más llamativas fueron las muradas o emparedadas. (…) mujeres que, por lo general, ya mayores y después de un proceso de toma de conciencia, decidieron emparedarse en una celda en la muralla de una ciudad o de una iglesia querida, o en un puente. (…) el deseo femenino de vida solitaria se orientó cada vez con mayor decisión hacia la vida murada, que hacía su cuerpo intocable e inviolable sin abandonar el mundo. Porque las muradas amaron la relación de intercambio. Para intercambiar sin ser violadas, situaron sus celdas-tumba en lugares frecuentados y mediadores. En las celdas dejaban una ventana abierta al exterior, desde la que se comunicaban con la gente que acudía a visitarlas en busca de consejo, de respuestas, de medida, de diálogo y consuelo espiritual, de orientación en el amor divino, que ellas daban gratis et amore, es decir, por gracia y por amor. A su vez, la gente las alimentaba por piedad, sentido de la misericordia y amor de Dios”. Rivera Garretas, 2005, pp. 116-119. Tojal Rojo, 2017, p. 23

(25) Rivera Garretas, 2005, p. 122. Rivera Garretas, 1996, p. 29.

(26) “En cuanto a su intervención en la escritura, distingo en este contexto dos maneras de intervenir en la Querella de las mujeres. Una fue la de las humanistas, las llamadas puellae doctae; la otra, la de las que tradujeron en escritura su experiencia personal”. Rivera Garretas, 1996, p. 29. Desarrollaron una intensa actividad literaria en la que cuestionaron los paradigmas de género difundidos por el discurso patrístico. Beteta Martín, 2016, p. 26. Autoras vinculadas a la Querella de las Mujeres: Christine de Pizan, Isabel de Villena, Teresa de Cartagena (con su obra, de segunda mitad el siglo XV, Admiraçión operum Dey que “funciona en parte como una defensa de mujeres, fue escrita a petición de Juana de Mendoza, una noble perteneciente a la sociedad cortesana, así como su marido Gómez de Manrique”; “escribe Admiraçión operum Dey como respuesta a las críticas a su primera obra, Arboleda de los enfermos, que criticaban que una mujer pudiera escribir un texto así”; Sampedro López, 2018, pp. 38, 40 y 54), Beatriz Galindo, Juana de Mendoza o María Cazalla, entre otras. Beteta Martín, 2012b, pp. 1022-1023.

(27) “Marie de Gournay (1565-1645) fue una pensadora francesa que defendió los derechos de la mujer y su dignidad humana. Su fama de erudita en sus múltiples facetas de ensayista, literata y traductora hizo que ya en vida fuese considerada una mujer extraordinaria, hecho que no impidió que sus detractores la desacreditaran por denunciar públicamente la sumisión de su sexo. La aguda inteligencia de esta autora no solo abrió un nuevo horizonte en el debate acerca de la valía intelectual de las damas, sino que sus Escritos sobre la igualdad y en defensa de las mujeres (1622), inician un cambio histórico que influirá en las diferentes maneras en que se va a reelaborar la idea de la igualdad de los sexos”. Ojea Fernández, 2017, p. 67.

(28) “Gournay siempre denunció que, si las damas no alcanzaban la excelencia, se debía a una deliberada y deficiente instrucción que de forma perversa había impedido su progreso y su bienestar. (…) responsabilizaron a la sociedad patriarcal del desprecio a la inteligencia y a la virtud de las mujeres”. Ojea Fernández, 2017, pp. 69-70.

(29) Beteta Martín, 2016, pp. 26-27. “La ‘guerra contra las mujeres’ se libró fundamentalmente en la esfera simbólica, es decir, en la literatura y el arte”. Beteta Martín, 2011, p. 2. “Si la palabra de las místicas suscita muy pronto las sospechas de abuso y de herejía, las obras de ficción, con su aparente falta de seriedad, indican, por su parte, que a menudo se producen transgresiones de un dominio que el hombre se reserva para sí”. Régnier-Bohler, 1992, p. 428. “De toda esa disputa, la historia apenas ha respetado los textos femeninos o aquellos que defendían a las mujeres, pero sí ha llegado hasta nuestros días la reacción a ellos, como señala Ana de Miguel (De Miguel, 2007), con obras tan espeluznantemente misóginas como Las mujeres sabias de Molière o La culta latiniparla de Quevedo”. Varela, 2008, p. 19.

(30) “Las repuestas deslegitimadoras contra las mujeres que surgen desde las doctrinas eclesiásticas responden, históricamente, a la necesidad androcéntrica de salvaguardar aquellos mecanismos que perpetúan la posición hegemónica del patriarcado como sistema de dominio y explotación. (…) Si entendemos que toda reacción va precedida de una acción, se puede interpretar que la deslegitimación que padecen las mujeres a finales de la Edad Media, en forma de persecuciones de sanadoras y comadronas, reclusión de los movimientos místicos femeninos y acusaciones demonológicas, es una respuesta social y simbólica a las reivindicaciones públicas que argumentaban la necesidad de que las mujeres tuvieran mayor visibilidad en el espacio público, incluyendo por tanto el ámbito del conocimiento”. Beteta Martín, 2016, p. 27.

(31) Beteta Martín, 2016, p. 142. Se perciben por parte del sistema sociopolítico como una amenaza potencial para la estabilidad del patriarcado: amenazan tanto la unidad de la doctrina cristiana, como la estabilidad de un sistema sociopolítico basado en principios patriarcales. Beteta Martín, 2012a, p. 874.

(32) “El patriarcado cuenta con diversos mecanismos de control social para garantizar la estabilidad social y sancionar cualquier actitud, comportamiento o discurso que vulnere el contrato sexual basado en los conceptos de asimetría y falocentrismo (…) El poder patriarcal intenta frenar las voces femeninas, que en la Baja Edad Media alcanzan una mayor proyección social, demonizando a las mujeres y sus saberes con una reinterpretación de la misoginia patrística en el orden simbólico. Un proceso de demonización que alcanza un doble objetivo: en primer lugar, frenar las reivindicaciones de la Querella de las Mujeres y de las nuevas formas de religiosidad femenina y, en segundo lugar, personificar la crisis del sistema feudal en las mujeres, su sexualidad y sus saberes”. Beteta Martín, 2016, p. 91.

(33) Beteta Martín, 2016, pp. 144-145.

(34) Beteta Martín, 2016, pp. 91-92, 102 y 616. “La demonización de la sexualidad de las mujeres responde a una estrategia de deslegitimación. El sistema patriarcal proyecta una imagen deformada de las mujeres con el objetivo de sancionar todas aquellas actitudes que el discurso androcéntrico consideraba transgresoras”. Beteta Martín, 2012b, p. 1024. “Este discurso patrístico, sobre la base del episodio bíblico sobre la caída edénica, recrudece la percepción de las mujeres como seres inferiores, de naturaleza pecaminosa, sexualmente excesivas y naturalmente inclinadas hacia los asuntos diabólicos”. Beteta Martín, 2012a, p. 875. “Las autoras de la Querella de las mujeres tuvieron que hacer frente a un corpus inacabable de obras que —más con el peso de la autoridad del discurso dominante que con el específico de sus argumentos — sostenían que el cuerpo de mujer era inferior y aborrecible”. Rivera Garretas, 1992, p. 538.

(35) “En la Edad Media el monstruo femenino se diluye en una imaginería demonológica que asocia la transgresión femenina con las figuras de las brujas, hechiceras, amazonas y súcubos en un contexto marcado por la fragmentación de la Iglesia y la Querella de las Mujeres. La autoría masculina determina los límites de la transgresión calificando la naturaleza femenina como ‘demoníaca’, ‘impura’ y ‘peligrosa’ (…). La proyección simbólica de las mujeres en monstruos míticos representa los miedos y deseos patriarcales, el Eros y el Thánatos que han convertido a las mujeres en ‘Bellas atroces’”. Beteta Martín, 2016, p. 89.

(36) Beteta Martín, 2016, pp. 158-159. Beteta Martín, 2012b, pp. 1040-1041. Beteta Martín, 2011, pp. 6-7. Cándano, 2008, pp. 219-220.

(37) Beteta Martín, 2016, pp. 92 y 616. Beteta Martín, 2011, p. 8. “La finalidad de la deslegitimación del saber empírico y del cuerpo femenino fue, por tanto, invisibilizar la proyección pública de las mujeres en un momento histórico en el que el sistema patriarcal debe hacer frente a diversas amenazas que cuestionan sus cimientos ideológicos, políticos, sociales y religiosos (…). Las mujeres se convierten en el chivo expiatorio sobre el que verter los miedos ante la descomposición del sistema feudal (Beteta Martín, 2011, p. 5; Beteta Martín, 2012a, p. 875). Para eliminar la influencia progresiva de las mujeres en el ámbito público, el patriarcado recurre no sólo a la persecución del saber femenino sino que, además, deforma su identidad social y su sexualidad a través de un complejo proceso simbólico que les convierte en «monstruos femeninos»”. Beteta Martín, 2012b, p. 1042.

(38) Beteta Martín, 2016, pp. 614-615. Beteta Martín, 2011, p. 4.

(39) “El cuerpo y los saberes empíricos quedan estigmatizados como elementos monstruosos y diabólicos capaces de alterar el orden social y desestabilizar el sistema”. Beteta Martín, 2012b, p. 1042. “Para eliminar su influencia progresiva en el ámbito público, el patriarcado deforma la percepción social de las mujeres a través de su vinculación con el mundo diabólico y su asociación con el estereotipo de la bruja. Las mujeres son estigmatizadas y perfiladas como seres de naturaleza monstruosa y diabólica capaces de alterar el orden social y desestabilizar el sistema”. Beteta Martín, 2012a, p. 885.

(40) Baruque Ruiz, 2019, p. 14.

(41) Arriaga Flórez, 2020, p. 9.

(42) “En la Francia del siglo XVII, los salones comenzaban su andadura como espacio público capaz de generar nuevas normas y valores sociales. En los salones, las mujeres tenían una notable presencia y protagonizaron el movimiento literario y social conocido como preciosismo. Las preciosas, que declaran preferir la aristocracia del espíritu a la de la sangre, revitalizaron la lengua francesa e impusieron nuevos estilos amorosos; establecieron pues sus normativas en un terreno en el que las mujeres rara vez habían decidido. Para Oliva Blanco, la especificidad de la aportación de los salones del XVII al feminismo radica en que ‘gracias a ellos la ’querelle féministe’ deja de ser coto privado de teólogos y moralistas y pasa a ser un tema de opinión pública’”. De Miguel, 2007.

(43) Baruque Ruiz, 2019, p. 15.

(44) “En cuanto a su final, la mayoría de historiadores consideran que la querella permaneció hasta la Revolución Francesa (1789), momento en el que ese ‘feminismo temprano’ del que hablaba Joan Kelly, pasó a una nueva fase caracterizada por la lucha social y reivindicativa de carácter internacional, poniendo fin a la querella en tanto que se trataba de un movimiento pacífico caracterizado por utilizar como instrumento reivindicativo la escritura. Sin embargo hoy en día las opiniones sobre su final son variadas dentro del panorama historiográfico”. Baruque Ruiz, 2019, pp. 15-16.

(45) Del siglo XV al XVIII. Arriaga Flórez, 2020, p. 8.

(46) “La consolidación, a principios del siglo XIV, del triunfo de las propuestas de la revolución aristotélica coincide con el comienzo de la difusión, en Italia primero y en el resto de Europa después, del movimiento cultural y político laico que se suele llamar Humanismo: un movimiento que, con el Renacimiento que le siguió, es considerado, por la historiografía científica, de progreso para la humanidad, pero que la historiadora feminista Joan Kelly, en un texto ya clásico, consideró de progreso para los hombres y de retroceso para las mujeres”. Rivera Garretas, 2005, p. 99. “El Renacimiento trajo consigo un nuevo paradigma humano, el de autonomía, pero no se extendió a las mujeres”. De Miguel, 2007.

(47) Baruque Ruiz, 2019, p. 25. “El Humanismo instauró en Europa una tercera manera de ver las relaciones de y entre los sexos, sin que desaparecieran las ya existentes. Fue la que Prudence Allen ha llamado la teoría de la unidad de los sexos. Sostenía esta teoría que los hombres y las mujeres somos iguales. Es esta la formulación moderna del principio de igualdad de los sexos, el principio que sigue inspirando la emancipación femenina en el Occidente de hoy. La teoría de la unidad o igualdad de los sexos no da cabida a la diferencia sexual: de un mundo mirado desde el régimen del dos, se pasa a un mundo mirado desde el régimen del uno: al neutro pretendidamente universal. Si la teoría de la polaridad de los sexos limitaba la dimensión infinita de las mujeres y de los hombres encasillándoles en una oposición binaria, la teoría de la unidad de los sexos limita sólo al sexo femenino, quedando el hombre como único universal. El paso al pretendido neutro (que se expresa en masculino, porque la lengua, que se resiste a mentir, no ha dejado llegar a más, no ha dejado inventar otro género gramatical) consistió en incluir por la fuerza, en las interpretaciones poderosas del mundo, el principio creador femenino de alcance cósmico, en el principio masculino. En la vida corriente, lo masculino pasó a ser o a pretender ser la medida del hombre y de la mujer, el límite que le dejaba a ella sin infinito propio, la traba al ser en femenino que hoy en día pone en palabras el feminismo con la curiosa y acertada metáfora del «techo de cristal»”. Rivera Garretas, 2005, pp. 99-100. “El solapamiento de lo humano con los varones permite la apariencia de universalidad del ‘ideal de hombre renacentista’”. De Miguel, 2007.

(48) “Durante el Humanismo y el Renacimiento, el proyecto de igualdad entre los sexos no fue entendido como igualdad legal, igualdad en el Derecho – eso vendrá más tarde –, sino como igualdad en el acceso al conocimiento”. Rivera Garretas, 1996, p. 36.

(49) Baruque Ruiz, 2019, pp. 18-19 y 25. “Para las mujeres privilegiadas, el Humanismo trajo consigo la posibilidad de acceso a una educación de élite. Una educación filológica y científica exquisita, que era casi igual, aunque no del todo, que la que recibían los hombres. No era igual porque ellas estaban excluidas del aprendizaje de la retórica; ésta preparaba para el ejercicio de funciones públicas y de gobierno, un objetivo fundamental de la educación humanista. En la Castilla de Isabel I y de la primera mitad del siglo XVI hubo muchas humanistas. Menéndez Pelayo contó 38, aunque sólo de pocas de ellas conservamos obra escrita: Luisa Sigea de Velasco, ya del siglo XVI, es quizá la autora de la que más obra conservamos”. Rivera Garretas, 1996, pp. 29-30.

(50) “Si la mujer quería formar parte de ese espacio intelectual masculino, tenía que hacerlo bajo unos límites que actuaban como mecanismos de desautorización de su palabra, de la palabra femenina, adquiriendo una propia cultura, pero de manera pasiva y sobre todo sin finalidad creadora”. Baruque Ruiz, 2019, p. 20.

(51) “La Querelle des Femmes concedió poder político a la palabra femenina. La mujer, hasta ese momento, no había participado activamente en los procesos históricos, sino que lo había hecho pasivamente a través de su cuerpo femenino, pues la mujer no era un sujeto activo, sino pasivo sin capacidad de elección. Con la participación femenina en el debate se hizo pública la voz de la mujer, adquiriendo una dimensión de realidad que la otorgaba poder y legitimidad a partes iguales. (…) De esa manera las mujeres que participaron en la querella lograron adquirir una conciencia de su situación de subordinación en la sociedad y de la deslegitimación de su palabra a la que estaban sometidas, siendo esta toma de conciencia el primer paso en la construcción de su propia palabra como mujer. Ellas elaboraron una serie de obras que presentaban unas características propias del fenómeno en el que estaban inscritas”. Baruque Ruiz, 2019, pp. 20-21.

(52) “Desde los primeros testimonios de mujeres escritoras, ellas utilizaron la palabra como mecanismo de autorización de su libertad para expresar un pensamiento y unas experiencias propias (…). Una forma de libertad que siempre era respondida con otros mecanismos de desautorización por parte del sistema patriarcal en forma de limitaciones y restricciones”. Baruque Ruiz, 2019, p. 21.

(53) Caso, 2005, pp. 77-96. Rivera Garretas, 1996, pp. 29-30. “Las puellae doctae, antepasadas de las universitarias emancipadas del siglo XX, eran niñas educadas ya en la infancia, generalmente por interés de su padre, en casi todos los saberes de la época, especialmente el filológico. Muchas escribieron en latín obras importantes y fueron admiradas como genias en los círculos cultos de las ciudades europeas de los siglos XV, XVI y parte del XVII”. Rivera Garretas, 2005, p. 100. “Las humanistas, y en especial Laura Cereta, protagonizan una especie de contracultura con respecto a los parámetros clásicos humanistas. Sus obras, aunque escritas en latín, promueven visiones y planteamientos diferentes a los de la tradición, apropiándose de los códigos y de los recursos literarios y retóricos que conocían muy bien. Utilizan su maestría en el uso de la oratoria para defender sus ideas y defenderse a sí mismas de los ataques que reciben, e indirectamente, a todo el género femenino, de acusaciones misóginas”. Arriaga Flórez, 2020, pp. 11-12.

(54) Arriaga Flórez, 2020, p. 10.

(55) Baruque Ruiz, 2019, pp. 22-23.

(56) “Una parte importante de las humanistas rechazó el adorno femenino. Lo rechazaron porque lo consideraron una vía que, en su opinión, llevaba a las mujeres a la esclavitud. Al decir esclavitud se están refiriendo a la vida de las mujeres casadas de la época, que se veían llevadas a dedicar prácticamente toda su vida adulta al ejercicio de la maternidad, convertida por el patriarcado en función social no libre. Por eso, las humanistas reivindicaron la castidad y la austeridad en la apariencia física con el fin de no resultar seductoras para los hombres”. Rivera Garretas, 1996, p. 36.

(57) “Sostuvieron que las mujeres no debían perder el tiempo en ornarse sino que debían dedicar ese tiempo a algo que ellas consideraban mucho más importante: el estudio y el aprendizaje de cosas nuevas. No sólo porque adornarse era, en su opinión, una frivolidad insulsa propia de gente débil (además de llevar a las mujeres a la esclavitud, que es lo más importante), sino también porque el estudio les abría, a las que pensaban como ellas, un camino hacia la inmortalidad (lo que en términos cristianos llamaban la vida eterna, lo que ahora diríamos reconocimiento)”. Rivera Garretas, 1996, p. 36.

(58) “Estas autoras del Humanismo negaron, pues, su cuerpo femenino, intentaron emanciparse, liberarse de él como si fuera un estorbo y dedicar, en cambio, toda su energía al trabajo intelectual, que es donde ellas pensaron que estaba la verdadera libertad”. Ejemplos de estas humanistas son Laura Cereta (“una de las incipientes escritoras de la Querella de las Mujeres”; Arriaga Flórez, 2020, p. 8) y Luisa Sigea de Velasco. Rivera Garretas, 1996, pp. 36-37.

(59) “El segundo modo de intervención en la escritura, el de traducir en texto la experiencia personal, ha dejado en el reino de Castilla la memoria y la obra de dos autoras importantes: Leonor López de Córdoba y Teresa de Cartagena. En contraste con las humanistas o puellae doctae, estas autoras escriben en castellano, no en latín; además, aunque pudieron ser muy cultas (como lo fue Teresa de Cartagena), lo que destaca de ellas no es su erudición, no son sus alardes de conocimiento del mundo clásico grecolatino, sino su capacidad de originalidad, de buscar y de encontrar un lugar para su experiencia personal en el orden simbólico de la época”. Rivera Garretas, 1996, p. 30. “En el debate escrito, gracias a las colaboraciones de autores y autoras, se empezó a cultivar la postura feminista frente al debate, tanto escrito, siempre expresado con la lengua materna para llegar a un mayor número de receptores, como oral”. Díaz Muriel, 2017, p. 7.

(60) Rivera Garretas, 1996, pp. 30-31. Rivera Garretas, 2005, pp. 100-101.

(61) Rivera Garretas, 1996, p. 37.

(62) “El lenguaje que el adorno femenino es, resulta un lenguaje peligroso y conflictivo en las sociedades patriarcales; esto es así porque el patriarcado presenta al padre como el verdadero autor de la vida. Y porque el saber aprendido de la madre, ellas, que deben olvidar la genealogía materna, deben abandonarlo al dejar de ser niñas -al hacerse eróticamente deseosas y deseables- o transformarlo en medio de interlocución con hombres de su entorno. De ahí que el adorno femenino sea banalizado hasta convertirlo en un lenguaje que no sólo no dialoga ya con el origen del cuerpo femenino sino que lo que debe hacer es seducir a los hombres. Un cuerpo femenino que es de este modo llevado al cautiverio (un cautiverio terrible, que otras autoras han llamado esclavitud) de la maternidad no libre; un cuerpo que pierde, al cambiar de interlocución, al cambiar de régimen de mediación, la libertad en que había sido dado a luz”. Rivera Garretas, 1996, pp. 38-39.

(63) Permitidme este pequeño guiño a Star Wars; no os extrañéis, ya habéis leído el título del artículo. Sí, Obi-Wan y J.J. Abrams me han hecho mucho daño, sobre todo porque no se cumplieron mis expectativas, que eran muy altas.

(64) “La querella de las mujeres es un movimiento intelectual colectivo, anclado en la toma de conciencia de una serie de mujeres (Christine de Pizan, Laura Cereta, Teresa de Cartagena, Nicolosa Sanuti) que, dándose cuenta de la situación opresiva que viven como mujeres, escriben discutiendo las nociones tradicionales acerca de las capacidades de las mujeres para participar en la vida política, para pensar individualmente o para decidir sobre su cuerpo –a través del adorno–”. “desde el feminismo de la diferencia (…) se ha construido un aparato conceptual –el cuerpo femenino, el patriarcado, la agencia y la conciencia femenina, las estrategias de des/autorización– que permite interpretar la querella como la emergencia de una conciencia colectiva femenina, de la que autoras como Christine de Pizan o Teresa de Cartagena una suerte de portavoces”. Sampedro López, 2018, pp. 46-47 y 55.“Posiblemente la conciencia femenina, si es que existió de manera más o menos extendida, quedó silenciada para siempre. A excepción de un caso insólito que supuso el inicio de lo que se conoce como la «querella de las mujeres»”. Ferrer Valero, 2017, p. 124.


Bibliografía

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Estudiante de filosofía y escritora. Mis áreas de mayor interés - como comprobaréis si me leéis - son la Historia de la Mujer, la Historia de las Religiones, la Filosofía Política y la Antropología. Como buena cinéfila y melómana, me encanta practicar la miscelánea cuando escribo (llamadme friki). Amante de los animales, defensora del medio ambiente, y de firmes posiciones feministas y marxistas.

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