Si escuchamos “Renacimiento” (1), nos viene a la cabeza el Arte, en todo su esplendor. La vuelta al mundo clásico, el hombre como centro del universo, ¡el humanismo! Sí, sí, todo eso estaba muy bien, pero sólo si tenías pene. Si por el contrario habías nacido con vagina, ¡ay hermana!… Seguías igual de jodida que en la Edad Media (2). Lo mismo te daba, que te daba igual. Efectivamente, el Renacimiento supuso la vuelta al mundo clásico; y en éste, la mujer pintaba poco tirando a nada. La mujer del Renacimiento era, absolutamente, un ser humano de segunda.

Chiquilla, eras un ser inferior, un cero a la izquierda, una posesión más de los señores varones (3). Ellos te decían qué pensar, qué decir y cómo actuar. Vamos, ¡te lo pusieron hasta por escrito (4)! Porque claro, hija de mi vida, tú eras un ser caprichoso e inestable. ¡Un culillo inquieto, de toda la vida (5)! Además, que razonar no era tu fuerte, bonita, por lo que necesitabas que un buen macho te marcase el camino. ¡Un vigilante en toda regla! ¡Un tutor! (6). ¿Y tú? ¡Pues tan contenta! ¡Bien sumisa y dispuesta! ¡Hasta agradecida! (7). (Nótese la ironía; seguro que la mujer del Renacimiento muy contenta, no estaba).

La visión de la mujer en el Renacimiento. ¡Gánate el pan y cállate la boca!

¿Cómo vivían las mujeres en el Renacimiento? Pues todo se resumía a que o la mujer obedecía, o el hombre la corregía (8). Y que ni se te ocurriese rechistar, ¡que igual te llevabas un azote (9)! Carajo, si es que fuiste creada de la costilla de un hombre, ¿cómo te ibas a quejar? ¡Si hasta Dios te decía que eras inferior! Lo tuyo era parir ¡y punto en boca! (10). Debías comportarte como te indicaban los hombres, que por algo poseían la supremacía. Y, por si no tenías bastante, los hombretones hasta te decían qué y cómo comer, beber ¡y hasta vestir! Comedida, ¡no te fueses a dar un atracón! Y debías ponerte guapa para tu hombre, y para honrar a tu familia. Pero, ¡mucho ojito con parecer un putón! (11). La mujer del Renacimiento debía cumplir las normas establecidas. ¡Es lo que había!

mujer renacentista Mujer en la literatura del Renacimiento
Imagen de «la alcahueta», ¿os acordáis de «La Celestina»?

¿Cómo se te ha quedado el cuerpo? ¿Asustada? Pues los varones te mandaban a currar en tus labores, con aguja e hilo, en un santiamén. Que estaba muy feo que fueses ociosa (12). Además, tenías que ganarte el pan (13), ¿no crees? Eso sí, si eras solterona, tu destino se bifurcaba: o acababas prostituyéndote o tomando el hábito (14). Y si, a pesar de todo esto, te aburrías, te mandaban a dedicarte a la caridad (15). Todo con tal de que dejases de pensar en las musarañas y de cotorrear con tus amiguis. Vamos, dicho a lo bestia, ¡que cerrases la boca, primor (16)! La mujer del Renacimiento debía tener un mundo interior…

Tú eres así muchachita… La educación de la mujer en el Renacimiento: las «damas castas»

Pero no te preocupes moza, que los señores también te indicaban cuales eran tus cualidades naturales, aparte de estar como una cabra loca. Sí mujer, esas tendencias tuyas que te alejarían de tus terribles impulsos, por si el macho de turno se despistaba y se te iba la pinza. Mujer, tú poseías vergüenza, un pudor que hacía que te echases el freno. ¡Eras modesta y sobria! Porque el miedo, pequeña damisela, ¡era natural en ti! (17). Que no es que te lo metiesen… Total, que como eras así, debías permanecer calladita, en casita, sin rebelarte. Y si se te ocurría dar por saco, ¡un buen machote te metería en vereda (18)!

Además, ¡que para eso recibías una educación decente! Te preparaban para ser una buena esposa y una madre excelente, ¡un lindo florero que adornase a los señores! Vamos, que te hacían un lavado de cerebro en toda regla (19). ¿Y nos sorprendemos cuando una mujer es aliada del sistema patriarcal? Queridas, para eso está la educación. Desde tiempos inmemoriales, ¡nos la meten doblada hasta en la sopa y desde que somos unas enanas!

“Una mujer es una hija, una hermana, una esposa y una madre, un mero apéndice de la raza humana…” (20).

La mujer del Renacimiento: la familia y Dios eran tu sino

¿Y el sexo? Pues mira lindura, con tu marido, para engendrar churumbeles (cuantos más, mejor) y para evitar que se fuese a putear por ahí (21). Eso sí, la fidelidad mutua ¡era ley (22)! Aunque a ti te costaba menos cumplir: temías a Dios, a tu marido, a la ley y a la vergüenza que te reportaría ser una vil adúltera. Vamos, que ser una subordinada de tu macho te ayudaba mucho a no andar fornicando por los rincones. Además, ¡era por el bien de tus hijos (23)!

mujer del renacimiento
Libre interpretación de «La Virgen y el Niño con santa María Magdalena y un donante» (Lucas van Leyden, 1522).

Y hablando de hijos, su cuidado era cosa tuya, mujer. Menos la educación de los varones, que eso era cosa de hombres (24). Tú tenías que llevar la casa, que era tu espacio por excelencia (25). Y ya que estabas puesta, debías ser una buena cristiana y ganarte buena fama, ¡que no te costaba ! Tu obligación era ser irreprochable, ante los ojos de Dios y de la gente (26). ¿Y tu marido?, era tu dueño y tu mentor, y su palabra era la ley (27). Es más, en la mayoría de los casos, ni siquiera eras tú quien elegía por amor con quién casarse (28). ¿Y, entonces, tú? Pues nada cachorra, tú le debías a tu esposo sumisión y obediencia; decir a todo que sí, agachando la cabeza (29). ¿Te extraña? ¡Ni que fueses una persona con derechos!

“El alma de la mujer corresponde a Dios; el cuerpo, al marido” (30).

Este eslogan tan precioso, reflejaba el problema de la conciliación muchachas, que siempre nos ha perseguido. En este caso, entre nuestras tareas domésticas y familiares, y nuestras tareas espirituales para con Dios (31). ¡Con la Iglesia habíamos topado!

El paradigma de la mujer sumisa… Del Renacimiento a nuestros días

En resumen, la imagen de la mujer del Renacimiento, dibujaba a una señora casta, humilde, modesta, sobria, calladita, currante, misericordiosa y siempre siempre custodiada por el varón (32).

Y aviso a navegantes: muchos de estos esquemas, terriblemente añejos, machistas y arcaicos, siguen más que vigentes en nuestras sociedades. Y sí, estoy mirando a Occidente, que no hace falta irse fuera de casa. Con la mano en el corazón, y ejerciendo el pensamiento crítico, que nunca viene mal, ¿no os suena nada de lo que os he contado? ¡Pues a ver si evolucionamos ya, hacedme el favor! La ley ha cambiado, ¡faltaría más! Pero la mentalidad, no tanto.

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Libre interpretación de «Mona Lisa» (Leonardo Da Vinci, 1503-19).

Pero, entonces, ¿las mujeres renacentistas eran así?

No podemos olvidarnos de un detalle esencial: éste es el estereotipo que los hombres crearon para nosotras. Es la imagen de la mujer que ellos fabricaron, la que nos impusieron, y la que, además, ellos se han encargado de difundir. La mujer del Renacimiento, como en todas las épocas, se adaptó como mejor pudo al percal que tenía delante (33). De hecho, hay muchas historias de estas mujeres que contar, que os dejarían con la boca abierta. Para no fastidiaros con demasiada intriga, en una próxima entrega os hablaré de una tigresa italiana, Caterina Sforza (34), que se pasó todos los roles de género por donde no le daba el sol. Y ella, no fue la única (35).

No todas las mujeres eran «buenas esposas», ni deseaban ser «madres devotas». Ni todas eran tan fieles en la práctica, ni seguían a pies juntillas las normas de moda impuestas por los hombres (36). Además, muchas de ellas accedieron a la cultura como buenamente pudieron, dadas las circunstancias (37). Que los hombres nos hayan impuesto unos roles, no significa que siempre los hayamos cumplido, sin rechistar. Repito, eso es lo que nos han contado: que nunca hemos pintado nada (38). Como si no hubiésemos sido sujetos de la Historia, sino simples objetos. Ya conocéis el dicho: «la Historia la cuentan los vencedores». Ha llegado el momento de que eso cambie.


¿Te has quedado con ganas de más? No te pierdas nuestras historias de otras mujeres fascinantes.


Referencias y bibliografía

Referencias

(1) “Venimos llamando Renacimiento a esa etapa cronológica en la que se producen toda una serie de complejas transformaciones sociales que delimitaron el paso de la Edad Media a la Edad Moderna; etapa cuyas fronteras temporales son imprecisas y no coincidentes para los diferentes países”. Flecha García, 1993, p. 173. «El concepto ‘Renacimiento’ (…) sirve para identificar los siglos XV y XVI de la historia de Europa. (…) significa ‘volver a nacer’ y fue empleada por primera vez por el historiador francés Jules Michelet en 1855. Pero la idea de un renacimiento cultural fue ya expresada por un buen número de autores italianos del siglo XIV y XV, quienes al asumir que la caída del Imperio Romano fue seguida por siglos de barbarie, creyeron que eran testigos de una gran revitalización de la literatura y de las artes». Muniesa y Florit, 1982, p. 11.

(2) Para las mujeres “lejos de existir un renacimiento, se trató, más bien, de un retroceso frente a la posición que las mujeres habían mantenido a lo largo de la Edad Media”. A modo de excepción “en al menos un sector de la vida social y cultural – la Alta Cultura –, –ver (13) –, las mujeres tuvieron un renacimiento”. García Pérez, 2008, p. 154.

Incluso en el estudio sobre el Renacimiento que se hizo en el siglo XIX, como es el caso de Jacob Burckhardt y su obra La Cultura del Renacimiento en Italia, se percibe la mirada masculina sobre la época: “Aunque en ningún momento especifica que la cultura del Renacimiento fuera una cuestión de hombres, sino que solo se limita a considerarla general, sin distinción de clases, Burckhardt confirma aquí una perspectiva esencialmente masculina, puesto que la mujer renacentista, aunque él mismo sostenga en otras ocasiones que se equipara al hombre, adquiere un rol pasivo”. Corral Sánchez, 2014, p. 150. Según dicho autor, la mujer “era estimada de la misma manera que el hombre” (habla del caso de Italia). “En el momento en que aparecen testimonios contrarios a sus afirmaciones, Burckhardt señala que esto no debe desorientarnos, ya que la formación, la participación intelectual y el desarrollo del individualismo se había dado en la misma medida en el hombre y en la mujer, aunque –como también subraya– en el resto de Europa las mujeres no lograran una alta valoración social hasta los tiempos de la Reforma”. Corral Sánchez, 2014, p. 154. Y como vamos a ver, nada más lejos de la realidad… “Además, atribuye al Renacimiento el ‘honor’ de haber ordenado la vida doméstica, ‘corrompida’ durante la Edad Media por la moral popular dominante y los ideales caballerescos”. Corral Sánchez, 2014, p. 155. Por estos casos es que se hace indispensable una revisión de la historia convencional, abordando por fin la Historia de las Mujeres. García Pérez, 2004, pp. 83-84. “(…) nuestras visiones del Renacimiento han venido de la mano de hombres de clase media que escriben para y sobre la educación de mujeres”. García Pérez, 2004, p. 84.

Para comprender el papel de la mujer en el mundo clásico, al que se pretende volver en el Renacimiento, no te pierdas nuestros artículos sobre la mujer en la Antigüedad.

“Ciertas actitudes de algunas nobles, autoritarias y suficientes (…), parecen contradecir la imagen de la esposa subordinada. Pero no debe olvidarse que en este caso la que actúa no es la esposa, sino la aristócrata (…): no se trata de la vida conyugal, sino la actitud que se adopta frente a subordinados o a pobres. (…) en la figura de la casada de la alta nobleza se concentraban señorío y sumisión en combinaciones muy variadas”. Opitz, 1992, p. 310.

(3) Ver (27). “(…) las diferencias biológicas existentes entre los sexos han sido interpretadas por instituciones sociales en códigos de comportamiento y leyes que han dotado a los hombres de una serie de privilegios sobre las mujeres a lo largo de la historia de la humanidad (…). En este sentido, el estatus de la mujer que abre las puertas a la Edad Moderna es definible en una palabra: inferioridad” que “(…) partía de los propios pilares de la Iglesia y abarcaba todos y cada uno de los aspectos de su vida, desde la política a la religión, pasando por la cultura, el entretenimiento o la moda”. García Pérez, 2008, p. 145.

(4) La reacción ante la cuestión femenina que ejerció más influencia “está representada por los pensadores que argumentan que la capacidad masculina y femenina para la virtud es diferente y deben practicar diferentes virtudes que, con frecuencia, son complementarias (…). Por este camino, antiguas actitudes hacia la mujer se vieron reafirmadas por las nuevas voces de los humanistas”. Flecha García, 1993, p. 175. “(…) las mujeres tenían que convivir con las palabras de aquellos hombres a quienes una determinada organización social y una precisa ideología habían confiado el gobierno de los cuerpos y de las almas femeninas. (…) Desde finales del siglo XII hasta terminar el siglo XV, esas palabras se multiplican sin cesar y se vuelven cada vez más imperiosas: una serie de textos, escritos por hombres de Iglesia y por laicos, se siguen uno tras otro para dar testimonio de la urgencia y la necesidad de elaborar valores y modelos de comportamiento para las mujeres”. Casagrande, 1992, p. 84. Las mujeres “(…) continuaban presentes en la sociedad e intervenían, de diversas maneras, en el plano económico, político y familiar: muchas participaban en el trabajo del campo, en la producción y en la venta de mercancías –ver (13) –; algunas se hallaban en el centro de los juegos de la política y del poder, pero todas asumían en la familia los roles de mujeres, madres e hijas, y la propuesta de una definición de esos roles fue uno de los objetivos principales de la nueva pastoral y de la nueva pedagogía”. Casagrande, 1992, p. 85. “En los siglos XIV y XV (…) la literatura didáctica y pastoral dirigida a las mujeres (…) continuará dirigiéndose en su mayor parte a mujeres, viudas, vírgenes, jóvenes doncellas y religiosas (…). En este público, las mujeres son ante todo cuerpos destinados a la Iglesia o a la familia (…) A este público, aparentemente ordenado y tranquilizador y aparentemente inmóvil e insensible respecto de los cambios de la historia, se dirigen sermones, consejos, admoniciones y enseñanzas de predicadores, clérigos, monjes, maridos y padres”. Casagrande, 1992, p. 98. “La duradera permanencia de estas palabras en el léxico de la literatura pastoral y didáctica dirigida a las mujeres desde finales del siglo XII y finales del XV atestigua la sustancial duración del modelo femenino de que eran portadoras”. Casagrande, 1992, p. 120.

(5) La mujer poseía “(…) una forma de vagabundeo intelectual y moral que preocupa enormemente a predicadores y moralistas. Es una especie de continua inquietud, de curiosidad nunca saciada, de inestabilidad de humores y de afectos que llevan a las mujeres a buscar siempre algo nuevo, a conocer cosas extrañas, a cambiar a menudo de opinión, a desear lo que no poseen, a dejarse arrastrar por los impulsos y las pasiones. (…) nada parece más inmóvil y más constante que la continua inquietud e inconstancia de las mujeres. Una larga tradición, que se ha vuelto casi un tópico, atraviesa intacta los cambios de la historia y atribuye a la literatura didáctica y pastoral la imagen obsesivamente uniforme de una mujer siempre inquieta y caprichosa, inconstante”. Casagrande, 1992, p. 101.

(6) “A partir del siglo XV, tratados sobre la familia, libros de urbanidad e incluso la literatura médica, insisten sobre la fragilidad del sexo femenino y el deber de los hombres de proteger a las mujeres de su propia debilidad innata, gobernándolas con mano suave, pero firme”. Matthews Grieco, 1993, p. 67.

“(…) predicadores y moralistas cuentan con el sostén ‘científico’ de los filósofos (…) Definidas como hombres frustrados e imperfectos, dotadas de una forma adecuada de la debilidad y de la imperfección de su mudable materia, privadas de una racionalidad capaz de gobernar plenamente las pasiones, las mujeres de los comentarios aristotélicos son frágiles, maleables, irracionales y pasionales. (..) Mudables de cuerpo e inquietas de alma, las mujeres necesitan custodia. Obsesivamente repetida en (…) las predicaciones y los tratados, la palabra custodia se convierte en la voz de orden detrás de la cual se ordena toda la literatura pastoral y didáctica dirigida a las mujeres”. Casagrande, 1992, pp. 102-103.

“La función pedagógica (…) se traduce (…) en la práctica educativa concreta, en una de las más importantes prerrogativas del marido: la instrucción. Del marido, la mujer ha de aprenderlo todo; depositario, según el precepto paulino, de la función de guía religioso y de intermediario entre la asamblea de los fieles y la esposa condenada al silencio, (…) el esposo-maestro domina la literatura pastoral del siglo XIII al XV. A la esposa debe enseñarle ante todo la economía doméstica, ponerla en condiciones de administrar la casa y los bienes, multiplicarlos con esmero, conservarlos con cautela, dispensarlos con prudencia. Pero sobre todo debe cuidar de la instrucción moral y religiosa de su mujer, así como controlar sus costumbres”. Vecchio, 1992, pp. 137-138.

Legalmente, las mujeres eran “menores de edad”: “(…) casi todos los códigos legales incluían ciertas normas específicas concernientes al sexo femenino (…) leyes que restringen sus derechos tanto dentro como fuera de la familia (…). La expresión legal más llamativa de la ‘inferioridad’ de las mujeres la constituyó la institución de la tutoría ejercida por el sexo masculino sobre el femenino, presente en casi la totalidad de los sistemas legales, que supone una merma de su capacidad legal. Los derechos gentilicios, por ejemplo, excluían a las mujeres libres de todos los asuntos públicos. No estaban autorizadas a acudir solas a un juicio, sino que debían dejarse representar por un hombre, su ‘mentor’. En el caso de las mujeres solteras éste solía ser el padre, en el de las casadas, el esposo. Si éstos fallecían, su representación recaía sobre el pariente varón más próximo perteneciente a la familia paterna. Dicho mentor, además de hacerse cargo de la representación judicial de su protegida, ejercía el derecho de disposición y disfrute de su patrimonio, así como el poder de castigarla, pudiendo llegar en caso extremo a matarla. También le correspondía la decisión sobre su matrimonio, e incluso el derecho a venderlas. Esta ‘tutoría basada en el sexo’, que determinó un acceso muy limitado de las mujeres a los cargos políticos —como, por ejemplo, el de señora feudal o reina, a pesar de que durante la Baja Edad Media y en toda Europa hubo princesas y reinas—, así como una ‘capacidad comercial muy limitada’, empezó a desaparecer hacia el final de la Edad Media, especialmente en Europa central y occidental. En estas regiones las mujeres, sobre todo las solteras, recibieron ciertos derechos propios. (…) las mujeres casadas continuaron sujetas a la tutoría, al ‘patronazgo marital’ ejercido por sus esposos, a excepción de las mujeres que se dedicaban al comercio – ver (13) –. A medida que la familia en sentido estricto y el matrimonio comenzaron a desempeñar un papel predominante hacia el final de la Edad Media, el ‘estado civil’ de las mujeres —lo que equivale, en cierto sentido, a su relación con su esposo— ganó en importancia con respecto a su posición social y a su ámbito de actuación. (…) la convivencia de los sexos y la situación de la mujer tanto dentro como fuera del hogar pasó a depender más que nunca del matrimonio y de su relación con el esposo.” Opitz, 1992, pp. 297-298. – Ver (20) –.

(7) “(…) las mujeres no pueden custodiarse por sí mismas (…). Los hombres —padres, maridos, hermanos, predicadores, directores espirituales— comparten con Dios y los ordenamientos jurídicos la difícil, pero necesaria tarea de custodiar a las mujeres; las cuales, afortunadamente, gracias a una sabia disposición de la naturaleza debida a una oportuna intervención de la divina providencia, aparecen sometidas desde siempre a la autoridad de sus compañeros y, por tanto, en condiciones, aunque no exactamente bien dispuestas, a acatar su custodia”. Casagrande, 1992, p. 104. “(…) la figura del marido es la figura central; la obligación de la esposa de rendirle reverencia, profesarle afecto y, sobre todo, prestarle obediencia, no se discute, ni tan siquiera se ve mitigada, ni en los escritores religiosos ni en los laicos (…) los humanistas, al volver a proponer fielmente el modelo aristotélico del patrón-amo de la casa como centro de todas las relaciones familiares, acentúan más aún su peso en el seno de la familia e insisten en la exigencia de una subordinación absoluta de la mujer”. Vecchio, 1992, p. 149. Como se pude ver, era la visión de los hombres, no de las mujeres.

(8) “La custodia está para indicar todo lo que puede y debe hacerse para educar a las mujeres en los buenos hábitos y para salvar su alma: reprimir, vigilar, enclaustrar, pero también proteger, preservar, cuidar. (…) Esta serie compleja de intervenciones, que van desde la represión más rígida al cuidado más amoroso, debe ponerse en práctica desde la infancia y acompañar luego a la mujer, ya sea laica, ya religiosa, durante todas las fases de la vida”. Casagrande, 1992, p. 103. “(…) los hombres tienen autoridad para gobernar y custodiar a las mujeres, las cuales no deben hacer otra cosa que favorecer esta custodia practicando toda la gama de las virtudes de la sumisión —humildad, mansedumbre, obediencia— preconizada con insistencia obsesiva en las prédicas y en los tratados pedagógicos. (…) Donde falta la custodia de los padres y de los maridos se despliega con toda su fuerza la custodia de los directores espirituales y del mismo Cristo, que reclama para sí el cuerpo y el alma de una mujer ya libre de la sumisión al hombre”. Casagrande, 1992, p. 107. “(…) la instrucción de la mujer es más a menudo obra de control que de aculturación (…) Custodiar a la esposa quiere decir eminentemente vigilar sus costumbres, rodearla de intervenciones represivas que sustituyan su debilidad física y su ligereza moral, excluirla de toda ocasión de pecado, corregir en ella las actitudes fatuas y reprochables. Obligación del marido junto con la instrucción y la custodia, la corrección de la mujer es signo de verdadero amor y, en tanto tal, debe ser aceptada de buen grado y sin indignación”. Vecchio, 1992, p. 138.

(9) Para corregir las “malas costumbres” de la mujer, el esposo deberá “(…) en primer lugar, insistir en la enseñanza de la ley divina; luego, pasar a la reconvención, apoyándose en el sentimiento típicamente femenino de la vergüenza y únicamente en última instancia recurrir al bastón, ‘castigando como criada a aquella que no sabe experimentar vergüenza como mujer libre’. La posibilidad totalmente masculina del castigo físico de la mujer representa la última y más visible manifestación del desequilibrio que se ha venido delineando en el seno mismo de la pareja”. Vecchio, 1992, pp. 138-139. “Las mujeres que se revelaban contra el orden paterno eran castigadas muy severamente: golpes e incluso el emparedamiento; sin faltar, claro, la reclusión en un convento”. Hernández Réyez, 1992, p. 413. “Si nos remitimos a las actas del tribunal de oficio de París pertenecientes a los siglos XIV y XV, (…), comprobaremos que la mayor parte de los litigios se referían al ejercicio de la violencia en el seno del matrimonio, un indicio de que, incluso en los círculos no nobiliarios, reinaba el convencimiento de que los esposos podían hacer uso de un derecho ilimitado que les permitía educar y domesticar a sus esposas, gozando de una posición casi señorial”. Opitz, 1992, p. 305. Esta “(…) estructura de poder, puramente patriarcal, imponía unas condiciones de vida tan duras para la mujer como para que puedan atribuírsele algunos asesinatos. Así, se castigó con penas especialmente duras a aquellas mujeres que trataron de deshacerse de sus esposos por medio de prácticas de hechicerías o del uso de veneno”. Opitz, 1992, p. 307.

(10) “(…) Del relato bíblico, los comentaristas recogen la convicción de que la mujer ha sido creada en una posición de subordinación respecto al hombre. El cuerpo del hombre, creado para ser primero, aparece en realidad superior al cuerpo de la mujer, creado en un segundo momento y a partir del cuerpo del hombre; don de Dios ofrecido al hombre como ayuda, la mujer es, en manos del hombre, un instrumento providencial capaz de ayudarlo a los fines de la generación”. Casagrande, 1992, p. 105.

(11) Prescripciones dirigidas a las mujeres: “la sobriedad en el alimento, la modestia del gesto, la parquedad en el uso de la palabra, el abandono del maquillaje y de los adornos, la restricción en los desplazamientos, el acceso limitado al mundo de la cultura y del trabajo”; todas ellas esconden “un doble proceso de reducción del exterior y valorización del interior: por un lado, la mujer se aleja de la vida pública y exterior de la comunidad y se esconde en el espacio privado e interior de las casas y de los monasterios; por otro lado, se separa de la exterioridad de su cuerpo y se consagra a la interioridad del alma”. Casagrande, 1992, p. 108.

Prescripciones alimentarias “presentes tanto en la literatura religiosa como en la laica —evitar el vino, el alimento excesivo, las comidas demasiado calientes o demasiado condimentadas — dirigidas en general a todas las mujeres, pero particularmente insistentes y obligatorias para las religiosas y las viudas. (…) a partir de finales del siglo XIV y durante todo el siglo siguiente, la insistencia sobre el valor de la sobriedad y del ayuno se vuelve más aguda y radical, implicando en ciertos casos también a las mujeres casadas. Las normas que establecen cuándo, cuánto y cómo comer y ayunar se vuelven más detalladas y, unidas a una serie de prescripciones sobre los momentos y los modos propios de la disciplina corporal, se invisten de un ascetismo cada vez mayor”. Casagrande, 1992, p. 113.

“Otra serie de normas dirigidas a las mujeres concierne a la gestualidad (…) se trata de reprimir un empleo inmoderado y casi teatral de la exterioridad del cuerpo (…) no reír, sino sonreír sin mostrar los dientes, no abrir demasiado los ojos sino tenerlos bajos y entrecerrados, llorar sin hacer ruido, no agitar las manos, no mover excesivamente la cabeza”. Casagrande, 1992, p. 111.

“El Renacimiento (…) fue también un periodo en el que adquirió importancia el que las mujeres fueran ‘diferentes’ de los hombres, en todos los aspectos de la vestimenta, la apariencia y el comportamiento. La revolución de la vestimenta en los siglos XIV y XV consistió en la diferenciación entre la ropa de varón y la de mujer. Las ropas de hombre fueron acortadas para dejar ver las piernas y se inventaron las braguetas. Las mujeres, por otro lado, tendieron a permanecer vestidas con más castidad“. Matthews Grieco, 1993, p. 66.

“De todos estos preceptos y estos consejos, muchísimos se refieren a los vestidos, los adornos, el maquillaje. La lucha contra las mujeres que se visten con riqueza y que se maquillan (…) envuelve a todos los textos de la literatura didáctica y pastoral de finales del siglo XII hasta finales del XV (…) y gana en amplitud y en intensidad (…). La mujer maquillada y lujosamente vestida privilegia, contrariamente al orden querido por Dios, la vil exterioridad de su cuerpo por encima de la preciosa interioridad de su alma (…). El maquillaje (…) revela una soberbia ilimitada. (…) las mujeres se visten suntuosamente para salir, se adornan para hacerse ver, se maquillan para comparecer en público y ser allí apreciadas, deseadas, envidiadas (…) subvierte las reglas sociales y lleva la corrupción y el desorden a la comunidad”.  Casagrande, 1992, pp. 108-109. “Para la mujer laica, el discurso es más complejo (…) le consienten no renunciar por completo al cuidado y la exhibición del cuerpo. Francisco de Barberino recomienda a las mujeres, sobre todo si son de elevada condición, comparecer en público con una indumentaria adecuada para representar el poderío y la riqueza de la familia a la que pertenecen; Egidio Romano (…) no excluye que (…) la mujer pueda vestirse con cierto rebuscamiento para complacer al marido y respetar su condición social. Con tal de que todo se haga con moderación y sin escándalo”. Casagrande, 1992, pp. 110-111.

“(…) el Renacimiento neoplatónico atribuyó un nuevo valor a la belleza al declararla signo exterior y visible de una “bondad” interior e invisible (…) Ser bella se convirtió en una obligación, pues la fealdad se asociaba no sólo con la inferioridad social, sino también con el vicio. (…) La envoltura exterior del cuerpo se convertía en un espejo en el cual el yo interior era visible para todos”. Matthews Grieco, 1993, p. 68. “(…) a mediados del siglo XV, comenzaron a aparecer en toda Europa libros de ‘secretos’ y recetas para perfumes y cosméticos (algunos de los cuales ya habían circulado manuscritos desde la Edad Media) (…) Escritos en general por hombres, cuyos criterios de belleza se imponían así implícitamente en las lectoras femeninas”, pero: “Al margen de ciertos círculos de élite, en que los cosméticos eran un accesorio tan esencial como el polvo, el perfume y la ropa interior, las pinturas y las cremas se consideraban un signo de vanidad y una incitación a la lujuria. Sin embargo, las mujeres de todas las clases sociales insistían en ‘mejorar’ su apariencia por medio de mezclas cosméticas, algunas de las cuales, desafortunadamente, terminaban por ser más perjudiciales que beneficiosas”. Matthews Grieco, 1993, p. 70. Pero “Las advertencias acerca de los efectos de los cosméticos a largo plazo no eran el único argumento que se empleaba contra el maquillaje. A las mujeres que se pintaban se las acusaba de ‘alterar el rostro de Dios’. (…) Además, los que fabricaban los cosméticos eran a menudo sospechosos de duchos en artes mágicas, pues muchas recetas contenían conjuros que había que recitar durante la preparación e ingredientes tales como gusanos, ortiga y sangre. A pesar de las repetidas prevenciones, las acusaciones masculinas de adulterio y engaño, y los ejemplos diarios de los perniciosos efectos de los cosméticos, las mujeres insistían en ‘mejorar’ su apariencia con la ayuda de polvos, cremas y pinturas (…). Otra indicación de la amplia distribución social de los cosméticos nos las proporcionan las colecciones de recetas de éstos que incluyen el precio de ciertas preparaciones. Los Esperimenti de Caterina Sforza (…) – mujer de la que os hablaré en otro artículo –, por ejemplo, proporcionan recetas alternativas para cremas que blanqueen la cara o pinturas para conseguir mejillas sonrosadas, reservando los ingredientes tales como perlas, plata y piedras preciosas para aquellas que podían permitírselos, y sugiriendo componentes más económicos para las menos ricas.”. Matthews Grieco, 1993, pp. 71-72.

“(…) los siglos XV-XVII parecen ser siglos especialmente ricos en la búsqueda de formas de embellecimiento, de afeites, tintes, maquillajes, con consecuencias a veces funestas”. Fernández Valencia, 1997, p. 138.

Además, el canon de belleza de la mujer, cambió respecto a épocas anteriores. “A finales del siglo XV y durante el siglo XVI, el ideal medieval de la dama aristocrática graciosa, de caderas angostas y pechos pequeños dio paso a un modelo más gordo, de caderas anchas y pechos llenos. (…) una gordura ‘saludable’, al igual que la limpieza, estaba en general reservada a los ricos, mientras que la delgadez se consideraba horrible, enfermiza y signo de pobreza”. Matthews Grieco, 1993, p. 65.

(12) Otro “enemigo de la castidad” era el ocio: “Peligroso para toda la humanidad, por ser origen y fundamento de una serie de comportamientos viciosos, el ocio se considera particularmente peligroso para las mujeres: la ‘natural’ inconstancia y mutabilidad femeninas del ánimo – ver (5) – , alimentada por ritmos repetitivos de una vida retirada, conducida por la bandera de la moderación, parece encontrar en los momentos de ocio la ocasión propicia para liberar un flujo de pensamientos y de deseos, a menudo obscenos e ilícitos. Ante la particular voluptuosidad con que las mujeres parecen abandonarse a los placeres de la inercia y quedar a disposición para cualquier cosa o persona capaz de hacer reales las extrañas fantasías a las que les encanta entregarse, no hay otro remedio que el trabajo: una serie de acciones lícitas y honestas, hilar, tejer, coser, bordar, remendar, que tienen ocupadas no sólo las manos de las mujeres, sino también, y esto es lo más importante, el pensamiento. La figura ideal de una mujer que, siempre activa y laboriosa, sabe superar las insidias del ocio armándose de aguja, hilo, huso, lana y lino es común a toda la literatura pastoral y didáctica (…) el aspecto productivo y económico del trabajo femenino se mantiene en segundo plano; lo que importa es que las mujeres no sean nunca presa de los deseos y de las fantasías que derivan del ocio y que pueden corromper la estabilidad de sus pensamientos y la integridad de sus cuerpos. En resumen, y una vez más, el trabajo de las mujeres es, sobre todo, custodia”. Casagrande, 1992, pp. 113-114.

(13) “En cualquier sociedad de este periodo se esperaba que las mujeres de las clases trabajadoras trabajaran para mantenerse, tanto si eran solteras como si estaban casadas (…). No obstante la obligación de trabajar para su mantenimiento, la sociedad no concebía que las mujeres pudieran o debieran vivir en total independencia. En verdad, se veía a la mujer independiente como algo antinatural y aborrecible. Se daba por supuesto que el padre y el marido la proveerían de un hogar y, por tanto, que contribuirían en cierta medida a su mantenimiento. Este supuesto se reflejaba en los salarios femeninos habituales. A una mujer podía pagársele menos por su trabajo porque un hombre le daba un techo para cobijarse. Si, en el periodo prematrimonial, una mujer no podía encontrar trabajo como para mantenerse en su casa propia, había que buscar para ella un medio protector sustitutivo. Debía ingresar en la casa de su empleador. Él asumiría el papel de la figura masculina protectora y sería responsable de los costes de alimentación y cobijo (…) Lo ideal era que la muchacha gastase lo mínimo posible de estos salarios, que su empleador guardaría y le entregaría cuando ella se marchara de su casa. (…) Por tanto, el objetivo de la vida laboral de la mujer soltera era muy explícito. Mientras ahorraba a su familia el coste de alimentarla, acumulaba una dote y habilidades laborales para atraer a un marido”. Hufton, 1993, pp. 19-20.

“Las mujeres participaron de forma activa, especialmente en el desarrollo económico de las ciudades medievales, constituyendo una fuerza de trabajo importante (…) se crearon ‘campos de actividad’ específicos para hombres y mujeres. La segunda debía ocuparse de lo ‘interior’, es decir, de la casa o caserío, el huerto, el cuidado de los niños, criados y ganado, así como del sector correspondiente al comercio efectuado con productos textiles y alimentarios, así como del comercio menor. (…) A pesar de todo ello, tampoco puede hablarse de una división del trabajo rigurosa y lógica en esta época”. Opitz, 1992, pp. 326-327. Aunque: “En el seno del negocio familiar campesino sí se puede observar una división del trabajo por sexos relativamente definida: dentro de las responsabilidades de la mujer se encuentra fundamentalmente la casa con la consiguiente producción láctea y ganadera (…) así como el cuidado del huerto”. Opitz, 1992, p. 328.

En cuanto al comercio: “Un gran número de mujeres practicaba el comercio menor en la ciudad vendiendo productos elaborados por ellas o bien comprados, es decir, importados. (…) precisamente en este campo la ‘tutoría basada en el sexo’ ejercida por el marido se limitó muy pronto en favor de una, si bien reducida, capacidad mercantil de las ‘mercatrices’, ‘chamarileras’, ‘recatomas’, o como quiera que se denominase a tales comerciantes”. Opitz, 1992, p. 329. “(…) el número de comerciantes a distancia europeas no aumentó de forma considerable hasta los siglos XIV y XV, momento en el que se da asimismo un incremento de los testimonios sobre la participación de las mujeres en todo el resto de las actividades comerciales”. Opitz, 1992, p. 331.

También: “La actividad desplegada por las mujeres en el ámbito de la medicina y de la terapéutica aplicada a las mujeres fue considerable. (…) hay un campo dentro de la medicina que (…) continuó a cargo de las mujeres durante toda la Edad Media: la ayuda al parto. La moral tradicional imperante prohibía a los hombres explorar a las mujeres”. Opitz, 1992, p. 333-334.

Además, durante el medievo: “La gran mayoría de las mujeres que ejercían algún tipo de actividad laboral en las ciudades se ocupaban en talleres artesanos, si bien en puestos de mayor o menor importancia y con un rendimiento muy variable. (…) Los artesanos encargados de la confección de vestidos y de productos de lujo solían constituirse en gremios que admitían a mujeres en calidad de aprendices, oficiales o maestras artesanas”. Opitz, 1992, p. 335. Pero, a finales de la Edad Media, se produce “definitiva y claramente el desplazamiento de las mujeres de las actividades artesanales (…) De hecho es posible constatar una creciente misoginia en los derechos de gremios hacia finales de la Edad Media. El trabajo autónomo realizado por mujeres fue objeto de represión y boicot en muchos lugares a comienzos del siglo XV. (…) a partir del último Medievo (…) las obligaciones familiares propias de una madre y esposa supusieron una limitación para su capacidad laboral (…). Su formación se limitó cada vez más a la esfera de la familia y de la economía doméstica. Sus posibilidades de recibir una formación profesional o clases teóricas eran prácticamente nulas. (…) a principios de la Edad Moderna (…) las mujeres sólo podrían ‘ayudar’, bien a su marido o a cualquier otro patrón. Los esfuerzos realizados por alcanzar cierta independencia social y profesional, que la economía urbana y familiar medievales favorecieron, terminaron por fracasar debido a las limitaciones económicas, políticas e ideológicas de la época”. Opitz, 1992, pp. 339-341.

En cuanto al mundo del arte: “(…) del mismo modo que la mayoría de las mujeres de las clases dirigentes no gobernaron, compartiendo tan solo algunas prerrogativas de la soberanía, no pudieron participar de una forma directa en los círculos intelectuales, pero sí lograron acceder a la Alta Cultura a través del patronazgo artístico. Donde quiera que existieran cortes como centros de riqueza y actividad artística, las mujeres inteligentes actuaban en su papel de patronas de las artes y la cultura. De este modo, el patronazgo constituía no sólo el vehículo más apropiado para mostrar su riqueza y su estatus, sino también la vía de escape a una creatividad frustrada. Aun así, las mujeres no solían comisionar grandes proyectos artísticos de carácter público, quedando reservadas sus iniciativas bien a obras de carácter privado, como la decoración del hogar, bien a actuaciones a caballo entre la esfera privada y la pública, como era la creación de la capilla privada de la familia”. García Pérez, 2004, pp. 84-85.

A pesar de todo: “Un hecho innegable es que durante los tres últimos siglos de la Edad Media, las mujeres (…) llegaron a ampliar su campo de acción, abriendo algunas brechas en la estructura patriarcal del ‘masculino Medievo’. Por todo ello, las relaciones entre los sexos parecen haber sido más complejas hacia el 1500 que en ninguna otra época. Buena prueba de ello es la polémica suscitada por Christine de Pizan (1364-1430) contra la misógina tradición educativa y religiosa que la autora francoitaliana describió en su Libro de la Ciudad de las Mujeres”. Opitz, 1992, pp. 356-357.

“Ambigua pues la situación de la mujer entre los siglos IV y XV. Por una parte, tanto nobles como plebeyas trabajan con y como los hombres, por otra parte se las excluye y margina. Por un lado se les da poder, por otro se las considera propiedad del hombre. Se les da libertad de movimientos pero poco a poco, se les va vistiendo y encorsetando”. Beguiristain Alcorta, 1996, p. 139.

(14) “Las mujeres solas solían dedicarse a trabajos previos a la producción textil (…) eran independientes tanto legal como económicamente, aunque su situación social no era muy ventajosa. (…) las mujeres solas que no contaban con ningún tipo de ayuda solían rayar la indigencia. Muchas optaron por ciertas ‘actividades marginales’ económicamente más rentables, como el hurto o la alcahuetería (…) Pero, más que con el hurto y la mendicidad, a las mujeres solas se las solía relacionar con la prostitución y con el delito de inmoralidad (…) la ‘propensión’ de las mujeres pobres a la ‘inmoralidad’, o, mejor dicho, a la prostitución (…) respondía (…) a una terrible realidad social. Hacia finales de la Edad Media, la prostitución se desarrolló en las ciudades no sólo en calidad de fuente de ingresos de proxenetas y caciques urbanos, sino como una técnica primaria de subsistencia utilizada por las mujeres pobres, y, por lo general, solas (…). El empobrecimiento específico de las mujeres solas no se debía tan sólo a su situación económica, sino a la poca seguridad que les brindaba su posición social en un mundo de hombres”. Opitz, 1992, pp. 342-344.

“A partir de comienzos de la Edad Media, tan sólo los conventos garantizaban la manutención y una vida digna a las mujeres solas (…). Se llegó incluso a crear una nueva forma de vida religiosa específicamente femenina, el beguinaje (…) El especialista en historia de la Iglesia y de órdenes religiosas Herbert Grundmann ha hablado en este sentido de un ‘movimiento femenino religioso’ análogo a los movimientos sociales y religiosos que determinaron el clima social y espiritual de Europa a partir de la Baja Edad Media”. Opitz, 1992, pp. 350-352. “Durante la Baja Edad Media, las mujeres ejercieron una influencia considerable, en lo relativo al ámbito político y religioso (…). Jamás, ni antes ni después, se dio un mundo de creencias tan ‘feminizado’ como éste. (…) en el transcurso del siglo XV la desconfianza frente a la ‘vocación milagrera femenina’ fue creciendo progresivamente, y no sólo en el círculo de los teólogos. Una y otra vez se procedía a desenmascarar a las mujeres como ‘falsas profetas’. Roma llegó a denegar la canonización a ciertas místicas y visionarias a las que se consideraba como santas —entre ellas a Juana de Arco — (…) El final de la Edad Media supuso también el fin de la relevancia de mujeres y santas”. Opitz, 1992, pp. 355-356.

(15) “(…) hay otra actividad a la que las mujeres, según opinión de los moralistas y de los predicadores, pueden dedicarse con entusiasmo y con asiduidad: la caridad. No hay texto de la literatura pastoral y didáctica que no recomiende a las mujeres el ser pías y misericordiosas”. Casagrande, 1992, p. 115. “La única función pública que desde aquí (desde la Antigüedad) se le permite a la mujer es la de repartir misericordia entre los pobres”. Beguiristain Alcorta, 1996, p. 136.

(16) “Por muy custodiadas que estén (…) las mujeres hablan y, según los predicadores y los moralistas, hablan demasiado y mal: mienten con habilidad, se intercambian maldiciones, pelean continuamente, son insistentes y quejicas, no dejan nunca de parlotear. En los sermones y tratados morales dirigidos a las mujeres se depositan todos los lugares comunes de una secular literatura misógina, donde se da la imagen fastidiosa de una mujer locuaz y petulante que emplea con perversidad esa extraordinaria facultad humana que es la palabra. (…) las mujeres hablan fácilmente de cosas estúpidas e inconvenientes, y una vez que han comenzado a litigar, arrastradas por una pasionalidad incontrolable, no consiguen detenerse. Esta inmoderada y perversa locuacidad, además de ser considerada fuente de desorden en el interior de la comunidad familiar y social, representa también un serio peligro para la castidad femenina, nunca suficientemente custodiada. Una mujer demasiado locuaz es, en efecto, una mujer demasiado orientada al exterior y demasiado deseosa de entablar, con sus palabras, distinto tipo de relaciones sociales. Demasiado afables, demasiado disponibles y, por tanto, demasiado corruptibles. (…) la custodia de la palabra de las mujeres es también e inevitablemente custodia de los poderes y los privilegios de la palabra de los hombres”. Casagrande, 1992, pp. 116-117. “También las relaciones de las mujeres con la palabra escrita se ve con desconfianza. ‘La mujer no debe aprender ni a leer ni a escribir, sino a convertirse en monja, porque muchos son los males que han derivado del leer y el escribir de las mujeres’. (…) Pocas y medidas palabras interrumpen, pues, la atmósfera de silencio en que se moverá la mujer ideal de los predicadores y de los moralistas: una sumisa intercalación de humildes preguntas y de obsequiosas respuestas con los maridos y los padres, algunos meditados consejos y ciertas calmas admoniciones dirigidas a los familiares y a la servidumbre, una repetitiva y edificante lectura de los textos sagrados; y a veces (…) una sincera y completa confesión de los pecados. (…) además de la confesión (…) la plegaria debe llenar las bocas y los corazones de las mujeres”. Casagrande, 1992, pp. 119-120.

(17) “(…) las mujeres aparecen dotadas de una disposición natural al temor y al recato, una especie de timidez y de pudor congénitos —conocidos como vergüenza— que la hace proclive al miedo y a la esquivez y que la compele a retraerse y a huir del mal y de la obscenidad (…). Predicadores y moralistas invitan con insistencia a las mujeres a secundar el recato que a menudo las paraliza, a ser tímidas e inseguras en las relaciones sociales, a retraerse temerosas ante todo tipo de hombres, a ruborizarse, a comportarse como animales salvajes. La vergüenza protege las mujeres porque las aleja de la comunidad social, las mantiene en el espacio cerrado y custodiado de las casas y de los monasterios, preserva su castidad, las relega a una loable animalidad. (…) esa naturaleza que la vuelve vergonzosa y reservada es la misma naturaleza que la vuelve excesiva, inquieta y vagabunda – ver (5) –. En un ambiguo proceso que se invierte continuamente en su contrario, la mujer, salvada de una animalidad que la hace retroceder ante el mal, se ve luego condenada por esa misma animalidad que la abandona a la fuerza irracional de los impulsos”. Casagrande, 1992, pp. 103-104.

“Controladas en todos los miembros del cuerpo y recatadas en todos sus actos, estas mujeres revelan reverencia y pudor. En la atmósfera de reserva que imponen sus gestos, los contactos con los hombres resultan difíciles y las tentaciones del mundo permanecen alejadas (…). Otra virtud, también, como la modestia, hija de la templanza, interviene para prestar su contribución a la defensa de la castidad: la sobriedad. Si la modestia tiene bajo control los gestos, la sobriedad preside un uso moderado de los alimentos y de las bebidas. – Ver (11) –. Explícitamente definida como instrumento de custodia de la castidad femenina, la sobriedad impide que los alimentos y las bebidas, una vez en el cuerpo de la mujer, puedan excitarla al punto de encender en ella una irrefrenable lujuria”. Casagrande, 1992, p. 112.

(18) “(…) su condición, que las hace débiles y privadas de toda firmeza, exige que, junto a la vergüenza, intervengan otras custodias (…)”. Casagrande, 1992, p. 104. Ver (7) y (8).

(19) La educación dirigida a la mujer “tenía unos fines muy concretos que se mantendrían vigentes hasta bien entrado el siglo XIX. (…) la razón principal por la que una dama debía formarse residía en el cumplimiento adecuado de sus funciones de madre y esposa, siempre desde la sumisión y obediencia al hombre, que por algo era considerado superior a ella (…). El propósito de la educación de la mujer (…) era actuar como adorno de la vida social. La mujer no debía destacar, sino ser un fondo en el que se mostrara la brillantez de su esposo”. García Pérez, 2008, p. 145. “(…) la formación intelectual era entendida como una instrucción de carácter. Se animaba a estudiar latín, a leer a los Padres de la Iglesia, a Cicerón, Virgilio y Livio, pero no se contemplaba nada de aritmética o geometría, y, menos aún, de retórica”; en definitiva, se animaba a las mujeres a leer los Libros Sagrados y las obras de los “filósofos morales”, “que enseñan a las mujeres a controlar sus pasiones”. García Pérez, 2008, p. 146. También había posturas que mantenían que las mujeres “debían ser excluidas de todo estudio relacionado con las artes liberales. (…) cualquier hombre en su sano juicio prefería a una mujer inculta y modesta, antes que a otra letrada en filosofía pero de discutida moral por entrar en pública discusión. La mujer (…) se le da al hombre como compañía y para llevar la casa. (…) Sin excepción, cuando los teóricos humanistas italianos escriben sobre los propósitos de la educación de la mujer, nunca dejan atrás los tradicionales roles de esposa y madre. Aprender era, simplemente, añadir erudición a estas funciones, equipar a una mujer para educar a sus hijos más adecuadamente, aumentar su práctica de la caridad y religión, y hacerla una compañía más preparada e interesante para su esposo”. García Pérez, 2008, pp. 147-148. “La mujer no debía instruirse en disciplinas tales como la retórica, la poesía o la música, materias que no eran útiles y que, además, podían distraerla de sus verdaderas obligaciones (…). El concepto de mujer ideal era el que determinaba los parámetros que regían la educación de la mujer. Por tanto, si sus principales funciones eran las de madre y esposa y sus virtudes más apreciadas la castidad, la modestia y la sobriedad, su educación había de prepararla para que desempeñara adecuadamente sus roles sociales y promover en ella la perseguida virtud. El compromiso humanista en relación con la educación femenina estaba guiado por un interés muy concreto: (…) entretenerlas en lecturas cuidadosamente escogidas para que dirigieran de un modo concreto su forma de pensar y actuar, siempre desde el silencio y la castidad, considerados los máximos adornos de la mujer. Se trataba, por tanto, de una manipulación premeditada que, nuevamente, las consideraba inferior al hombre y las concebía dependientes del control patriarcal”. García Pérez, 2008, p. 153.

“Es en esta función educativo-formativa de las mujeres en los primeros años de la vida (de los hijos) la que sirvió para justificar la necesidad de su instrucción entre los humanistas”. Fernández Valencia, 1997, p. 152.

En el siglo XVI, se produjo “el auge de la literatura de matrimonio (…). Este tipo de escritos buscaba mostrar especialmente a las esposas (…) los comportamientos que se consideraban correctos en una esposa y por extensión, también en el periodo previo y posterior al enlace”. Montalvo Mareca, 2018, p. 53. Uno de estos autores fue, por ejemplo, Juan Luis Vives, quien: “Si bien es cierto que acepta, e incluso recomienda, que las mujeres tengan acceso al conocimiento, también advierte de que la parcela realmente beneficiosa del saber es pequeña. De acuerdo con esta idea, recalca que no se debe permitir que una niña lea o escriba sin supervisión ni tampoco sobre cualquier materia”. Montalvo Mareca, 2018, p. 54. “(…) cuando se habla de ‘educación’ o ‘instrucción’ de la mujer en el periodo renacentista, el ámbito estrictamente académico desempeña un papel menor. La enseñanza femenina abordaba muchos otros aspectos de mayor relevancia que el nivel intelectual: correcta distribución de la economía del hogar, crianza y educación de los hijos, mantenimiento de los criados o las tareas de ocio que se consideraban dignas de las mujeres virtuosas, como el bordado – ver (12) –”. Montalvo Mareca, 2018, pp. 55-56.

“(…) los autores del tiempo – léase Luis Vives o Castiglione, por poner dos ejemplos – haciendo hincapié en la conveniencia de vetar a la mujer ciertos saberes (matemáticas, retórica, ciencias, historia, lógica y gramática) todos aquellos que supusieron grandes avances en la pintura de la época. Las mujeres deber ser cultas, refinadas, buenas conversadoras y hábiles en el manejo de instrumentos musicales, pero su cultura debe salir de la lectura de la Biblia, no de Ovidio. En definitiva deben ser buenos adornos para los hombres de buena posición que las poseen”. Beguiristain Alcorta, 1996, p. 141.

(20) Hufton, 1993, p. 18.  A una mujer, desde el momento en que nacía “lo que la definía, con independencia del origen social, era su relación con un hombre. El padre, primero, y luego el marido, eran los responsables legales de la mujer, a quienes debía honrar y obedecer. Padre o marido, se afirmaba, le servían como parachoques ante las duras realidades del violento mundo exterior. (…) dependía económicamente del hombre que tenía el control de su vida. El deber de un padre (…) estribaba en mantener a su hija hasta que se casara, una vez que él o alguien en su nombre negociara un acuerdo matrimonial entre ella y un novio. Al comienzo del matrimonio, un marido esperaba que se le compensara por tomar una determinada mujer como esposa. Pero a partir de ese momento asumía la responsabilidad del bienestar de la mujer aunque la contribución de esta última en el momento del matrimonio era decisiva para el establecimiento de la nueva casa. Este modelo se aplicó rigurosamente en la clase alta y en la clase media”. Hufton, 1993, p. 18.

(21) “La gran discusión acerca del débito conyugal (…) que se refleja en los textos de carácter pastoral, sobre todo en el siglo XV, tiene la función de definir la naturaleza y los límites de la sexualidad (…) sobre todo, en relación con la doctrina del matrimonio, que tolera el uso de la sexualidad tan sólo como instrumento para engendrar una prole que se educará religiosamente o para evitar la fornicación”. Vecchio, 1992, p. 130. “La maternidad era un factor tan importante para la vida cotidiana y la posición de la mujer dentro de la sociedad medieval como podían serlo la celebración del matrimonio y la situación familiar. Concebir (…) era una de sus principales tareas, la ‘profesión’ de las esposas”. Opitz, 1992, p. 315. “Un buen matrimonio incluía muchos hijos, una buena esposa sólo era tal si tenía hijos, y cualquier otra opción se consideraba anormal. (…) de la existencia de hijos dependía no sólo la herencia y los bienes familiares, sino también la relación de fuerzas en el ámbito político y la estabilidad de los grupos de poder: la ausencia de un heredero al trono provocaba un sinnúmero de disputas, conflictos internos y externos, guerras, carestía y sufrimiento. (…) hasta el comienzo de la Edad Moderna se practicaron rituales y ceremonias encaminados a conceder fertilidad (…) el número de hijos era menor en las familias de artesanos y campesinos que en la nobleza (…)”. Opitz, 1992, pp. 317-319.

“Pero no todas las mujeres llegaban a ser abnegadas y amantísimas madres, y no todas querían tener hijos. Muchas de las biografías de mujeres (…) durante los tres últimos siglos de la Edad Media muestran un carácter ‘antimaternal’. (…) es posible suponer que existía (…) el deseo de controlar los nacimientos, sobre todo en los casos de las relaciones que se establecían por placer, en las casas de mujeres y en las relaciones extramatrimoniales”. Opitz, 1992, pp. 321-322. Métodos que se podían usar para evitar embarazos: “(…) drogas abortivas o tinturas esterilizantes, además de —o junto con— ciertas prácticas mágicas, como el uso de amuletos”. Opitz, 1992, p. 322. Pero no se puede concluir “que las mujeres de la época contaran con amplios conocimientos sobre anticoncepción (…). También en lo que se refiere a las prácticas abortivas se contaba con unos conocimientos limitados (…). La sustancia abortiva de uso más extendido, el cornezuelo de centeno, resultaba extremadamente peligrosa si se utilizaba en grandes dosis en los casos en que el feto ya estaba bastante desarrollado. A menudo morían tanto la mujer como el fruto de sus entrañas. Un método menos peligroso, en cambio, era el asesinato o el abandono de los recién nacidos”. Opitz, 1992, pp. 322-324. “(…) Como consecuencia de las crisis originadas por los años de hambruna y de peste, y de la enorme reducción de la población que provocaron, el asesinato y el abandono de niños se vieron sustituidos en el siglo XIV por un mayor cuidado y atención a los niños (…). Se fundaron hospicios y asilos para niños abandonados y huérfanos”. Opitz, 1992, pp. 324-325.

(22) “(…)  lo que por encima de todas las cosas implica la mutua posesión de los cuerpos es la exclusividad de la relación y, por tanto, la mutua y absoluta fidelidad. La fidelidad, requisito indispensable del matrimonio, del que, junto con la gracia sacramental y el don de la prole, constituye uno de sus bienes principales, se presenta como obligación recíproca de los cónyuges en el coro unánime de la literatura teológica y pastoral”. Vecchio, 1992, p. 131. “Los predicadores de los siglos XV y XVI censuraban constantemente los malos hábitos de los hombres jóvenes, que malgastaban su tiempo y su patrimonio visitando ‘burdeles, baños y tabernas’”. Matthews Grieco, 1993, p. 57. Aunque: “En la Baja Edad Media fueron comunes los burdeles de propiedad municipal o autorizados. No sólo se alentaba y se protegía la prostitución con el fin de satisfacer las necesidades de una cantidad cada vez mayor de adolescentes sexualmente maduros, aprendices libres y hombres que se casaban a edad cada vez más avanzada, sino que también se la estimulaba para combatir la homosexualidad, considerada como una de las mayores enfermedades sociales de la época y responsable de diversas manifestaciones de cólera divina, tales como la peste, la hambruna y la guerra”. Matthews Grieco, 1993, p. 76. “A ojos de las autoridades religiosas y seculares, había dos tipos básicos de comportamiento sexual: uno, aceptable, el otro, reprensible. El primero era conyugal y se practicaba en función de la procreación. El segundo estaba gobernado por la pasión amorosa y el placer sensual. Su producto era deforme o ilegítimo; su lógica, la de la esterilidad”. Matthews Grieco, 1993, p. 77.

Pero, “(…) mientras que la norma legal y la mentalidad castigaban a las adúlteras con la muerte, los esposos permanecían exentos de todo castigo. Y por lo que se refiere a las visitas a las ‘casas de mujeres’, es decir, al burdel público, que pueden encontrarse en todas las ciudades a partir de finales del siglo XIV, debían servir para canalizar las necesidades sexuales de los aprendices y artesanos solteros —excluyéndose a los eclesiásticos, a los casados y a los judíos—. Sin embargo, cuando se descubría a un hombre casado haciendo uso de las mismas se le penalizaba con el pago de una cantidad de dinero pequeña, mientras que a los ‘clientes’ judíos se les solía expulsar de la ciudad, generalmente de por vida. Porque, aunque el matrimonio fuera, de acuerdo con la doctrina de la Iglesia, el único lugar en el que podía practicarse la sexualidad de forma legítima, la ética laica permitía al marido una libertad mucho mayor que la concedida a la esposa. El fin del matrimonio era la concepción y crianza de herederos legítimos y, por ello, el cuerpo femenino debía ser cuidadosamente controlado; debía reservarse para la ‘fecundación’ por parte del marido, su amo y señor”. Opitz, 1992, pp. 307-308. “(…) en el siglo XVI, se condenaba a las madres solteras o adúlteras a la pena de muerte y, en concreto, a la muerte por ahogamiento”. Opitz, 1992, p. 309.

(23) “(…) la esposa ‘sirve a la fidelidad mejor que el marido’, pues está contenida por cuatro custodias, de las que sólo la primera afecta al marido: ‘El temor de Dios, el control del marido, la vergüenza ante la gente, el temor de las leyes’. La sensación de que la fidelidad, impuesta a ambos cónyuges, sea en realidad más obligatoria para la mujer, resulta evidente en los textos de inspiración aristotélica y en la literatura teológico-moral que enfrenta el tema del adulterio. (…) que la mujer deba estar ligada a un solo hombre se deduce (…) de una serie de motivaciones de carácter racional: la relación con más hombres subvierte la natural subordinación de la esposa al marido e impide el mantenimiento de la paz familiar, pero, sobre todo, perjudica a la prole; en efecto, por una parte, la frecuencia y la diversidad de las relaciones ‘obstaculiza la generación de los hijos, como se aprecia en las meretrices, que son más estériles que las otras mujeres’, y por otra parte, la promiscuidad sexual, como ‘todo lo que empaña la certeza de la paternidad, impide que los padres provean diligentemente de la herencia y la alimentación a los hijos’. Así pues, el bien de la prole se coloca en el centro del discurso que regula las relaciones entre marido y mujer, y la procreación de elemento de legitimación de la relación conyugal pasa a ser la llave de bóveda que rige todo el sistema de la ética familiar”. Vecchio, 1992, pp. 131-132.

Aunque: “A pesar de estas circunstancias desfavorables – ver (22) –, no todas las mujeres estaban dispuestas a renunciar a una relación que no fuera la conyugal – ver (21) –. Parecen haber mostrado una especial preferencia por los clérigos y sacerdotes. Al menos, las biografías de mujeres del último Medievo están llenas de anécdotas sobre sacerdotes viciosos que, pretextando una preocupación por el alma femenina, comienzan por ganarse la confianza de sus hijas espirituales obteniendo, finalmente, su amor. (…) en estos casos las mujeres trataban de ocultar sus relaciones extramatrimoniales (…) por miedo a ser descubiertas in fraganti y castigadas junto con sus amantes, en ocasiones, incluso a la pena de muerte”. Opitz, 1992, p. 309.

“(…) la fidelidad masculina asume caracteres sustancialmente distintos de la femenina, en la medida en que no es más que una contrapartida, fundada en justicia, del comportamiento sexual de la mujer. A la fidelidad casi obligada y ‘fisiológica’ de la mujer, que culmina en la reproducción legítima, corresponde una fidelidad menos vinculante, pero más virtuosa, de parte del hombre (…). Ya no es responsabilidad de Dios, sino del marido, la custodia del cuerpo femenino”. Vecchio, 1992, p. 133.

(24) Era deber de la mujer “cuidar de la familia, es decir, ocuparse de los hijos y de los sirvientes”. Vecchio, 1992, p. 139. “En la literatura pastoral, el amor materno, más que un deber, es un hecho (…). – Aunque, como hemos visto, esto no siempre era así en realidad; ver (21) – Amor (…) más fuerte, más manifiesto y más constante que el paterno, pero, por cierto, menos noble por menos racional (…). El padre ama menos, sin duda, pero con un amor intrínsecamente virtuoso. (…) la madre ejerce una función más de control de los comportamientos morales y de las prácticas religiosas que de auténtica y verdadera instrucción. A ella corresponde sobre todo la tarea específica de vigilar la conducta de las hijas (…). Pero cuando la iniciativa pedagógica va más allá de la simple custodia para llenarse de contenidos propiamente educativos, no puede ya ser prerrogativa femenina y se desplaza decisivamente a la figura paterna. (…) los padres son, por encima de todo, los responsables de la educación de los hijos varones, una vez que éstos han salido de la infancia (…). Christine de Pizan – ver (13) – (…) consigue reconducir una serie de funciones que terminan por reconocer en la mujer una especificidad pedagógica propia. De tal manera, para la princesa, la atención a los hijos se traduce en control de lo que hagan los maestros y los preceptores escogidos por el marido, control que (…) se extiende a los contenidos mismos de la doctrina (…). esta función no se limita a las mujeres nobles (…), las mujeres burguesas educarán personalmente a los hijos, las mujeres de los artesanos les enseñarán a leer y escribir y se cuidarán de que, apenas sea posible, aprendan un oficio, las mujeres de los trabajadores se ocuparán predominantemente de la moral controlando con atención sus comportamientos”. Vecchio, 1992, pp. 141-143.

“(…) para todo el siglo XV, en Italia y particularmente en Toscana, las problemáticas referentes a la familia ocuparán el centro de un interés muy amplio. (…) encuentra enorme resonancia en la producción humanista (…). Producida por hombres y casi siempre dirigida a otros hombres, la literatura humanista (…) toma los elementos de una concepción laica de la familia (…) las esposas fieles y púdicas del mundo grecolatino (Penélope, Alcestis, Andrómaca, Lucrecia) ocupan el lugar de las mujeres santas de la tradición judeocristiana. (…) los papeles de la mujer en relación con el marido, los hijos, la casa, enlazan con los topoi tradicionales”. Vecchio, 1992, pp. 147-148. El marido humanista “asumirá de modo exclusivo el cuidado de la educación de los hijos”. Vecchio, 1992, p. 149. Pero: “en los tratados del siglo XV (…) Aun sin poner jamás en tela de juicio el presupuesto de que el padre es el protagonista principal de la obra educativa (…) La esfera de la educación moral y el control del comportamiento, sobre todo del de las mujeres, prerrogativa tradicional de las madres, se amplía progresivamente y se llena de contenidos más concretos (…). De todos modos, sigue siendo cierto que, en la formación humanista ideal (…) la mujer, incluso en el ámbito de la familia, tiene muy poco que enseñar (…). Al padre es a quien corresponde el cuidado de los hijos, ya sea antes de la concepción, mediante la elección de una mujer robusta, idónea para la generación y de buenas costumbres, ya sea durante el embarazo, gracias a la vigilancia de la salud y el estado de ánimo de la gestante para que nada vaya a turbarla en un momento tan importante para la buena salud del hijo por nacer. Los primeros años de vida son el único momento en el que la madre interviene en la formación del pequeño, para rodearlo de afecto y de cuidados y, sobre todo, para desarrollar su misión específica, el amamantamiento”. Vecchio, 1992, pp. 152-154.

(25) “(…) la casa representa el espacio femenino por excelencia. Buena mujer es la que está en la casa y cuida de ella (…). La contraposición entre un espacio interior, cerrado, custodiado, en que se coloca a la mujer, y un espacio exterior y abierto, en que el hombre se mueve libremente, cobra mayor precisión en la contraposición de dos actividades económicas fundamentales: la producción, tarea del varón; y la conservación, tarea típicamente femenina. (…) conservar y administrar lo que el varón produce, gana, acumula, se convierte, para la mujer, en su contribución específica. (…) la casa se presenta como espacio de la actividad femenina; actividad de administración de los bienes y de regulación del trabajo doméstico confiado a sirvientes y criadas, pero también actividad laboral realizada directamente: el ama de casa hila y teje, se encarga de la limpieza de la casa, de los animales domésticos, cumple con los deberes de hospitalidad en relación con los amigos del marido, además de ocuparse, naturalmente, de los hijos y los sirvientes”. Aunque “(…) dentro de las paredes de la casa la autoridad recae en el marido, responsable de las personas y propietario de los bienes (…). La casa no constituye para la mujer sólo el ámbito en que se desarrolla su trabajo; antes que espacio económico es espacio moral. Con sus muros y sus puertas, la casa encarna y representa físicamente la custodia, circunscribe y aísla el interior, preservándolo de los contactos y de los riesgos que puedan venir del exterior, es lugar y símbolo de estabilidad que exorciza el fantasma de la vagatio y de los peligros que ella implica. (…) la casa evoca inmediatamente el campo metafórico de la seguridad y de la virtud femenina”. Vecchio, 1992, pp. 143-145.

“Comprometido en la administración de la casa y de los negocios, el marido debe encontrar en la esposa una colaboradora valiosa para el logro de un bienestar mundano; a ella solicitará sobre todo la perpetuación del linaje, trayendo al mundo un notable número de hijos legítimos, sanos, fuertes, bellos y varones; a ella encargará, pero sólo tras una minuciosa instrucción, la administración doméstica cotidiana; a su comportamiento irreprochable y a su buena reputación confiará la tutela de la honorabilidad de la familia; en cambio, conservará para sí la administración de las cuestiones más importantes, debidamente registradas en escrituras destinadas a permanecer secretas”. Vecchio, 1992, p. 149.

Para las mujeres, nos encontramos “en un mundo de mínima libertad y de máxima reclusión, de restricción del horizonte moral femenino ‘en una sociedad que había establecido una equivalencia entre honor familiar y honra femenina’, y que obligaba a las mujeres al recogimiento, al mundo interior – ver (11) –, al ámbito de lo doméstico, a la lectura de sólo libros devotos. (…) es en la esfera del hogar en la que únicamente las mujeres cumplen su misión (…)” y es “inconcebible su participación en la vida pública”. Flecha García, 1993, pp. 180-181.

(26) “(…)  la buena mujer es (…) una buena cristiana, irreprochable a los ojos de Dios. (…) el comportamiento cotidiano de la esposa se somete así al criterio de evaluación de un juicio doble: el juicio religioso, confiado a la conciencia de la mujer (…) y el juicio profano, delegado a las voces y a las habladurías de la gente, a la de la fama que, con o sin razón, constituye la caja de resonancia de vicios y de virtudes femeninas. Espejo de la mujer, y de la esposa en particular, la buena fama, como tantas veces ha afirmado la literatura laica, constituye el único verdadero adorno con el que se exhibe en la sociedad (…). Mostrarse irreprochable quiere decir (…) evitar toda posible insinuación o rumor sobre ella que, verdadero o falso, mancille su imagen propia y la de toda su familia”. Vecchio, 1992, p. 146.

(27) Ver (6). “Patrón, guía y maestro de la esposa, el marido ‘humanista’ es una figura obsesivamente presente y dominante, para la cual el matrimonio se aborda con la misma circunspección con que se concluye un buen negocio, y la esposa constituye el elemento más preciado del patrimonio”. Vecchio, 1992, p. 149.

(28) Ver (20). “(…) lo común era que el padre designara al futuro marido de sus hijas, matrimonio en el cual la opinión de la interesada era la que menos contaba; las edades de las mujeres en dichos matrimonios oscilaban entre los trece y los veinte años – prácticamente desde que empezaban a menstruar –  (…). El padre de la prometida tenía que dar a cambio del matrimonio una dote que en cierta forma representaba una manera de valuar a su hija y de pagar un equivalente en dinero por su diferencia sexual”. Hernández Réyez, 1992, p. 412.

“El matrimonio y la edad a la que solía celebrarse (…) dependían (…) de ciertas estrategias de concertación de alianzas propias de cada clase social practicadas por las familias. (…) a partir del siglo XIII es lícito hablar de un ‘modelo matrimonial cristiano’ que continuó vigente hasta muy entrada la edad moderna: un matrimonio de por vida, indisoluble y basado en la mutua inclinación de ambas partes, en el ‘consenso’ de los cónyuges”. Pero “La libre voluntad y la capacidad de decisión en el ámbito matrimonial (…) tenían pocas posibilidades de imponerse en una sociedad como la del último Medievo, autoritaria y centrada en la familia. La enorme importancia concedida a la concertación de matrimonios —como medio de adquirir y mantener estructuras de poder y bienes— impedía a las jóvenes influir en los planes de boda trazados por sus mayores, especialmente en las clases altas formadas por nobles y propietarios. A pesar de la doctrina del consenso entre los cónyuges defendida por la Iglesia, los padres, amigos y parientes se ocupaban de determinar el futuro de sus hijas, sobrinas y nietas, y tampoco los muchachos gozaban de un mayor grado de participación que sus coetáneos, especialmente los herederos. Únicamente en las clases socialmente más bajas tanto de la ciudad como del campo es posible encontrar una mayor libertad en este aspecto, así como decisiones libres y resistencia frente a la tutoría paterna”. Opitz, 1992, pp. 301-302.

“(…) debemos desechar, al menos en parte, la idea (…) de la contradicción existente entre la exigencia de basar la convivencia matrimonial en el amor y la costumbre, tan extendida en Europa, de los matrimonios concertados, pues el amor conyugal se consideraba más bien como el resultado de una vida en común que como fundamento del matrimonio. El amor constituía un don agradable que la providencia y el esfuerzo realizado en la convivencia diaria concedían, y no un presupuesto esencial para la buena marcha de una comunidad matrimonial”. Opitz, 1992, p. 313.

(29) “(…) los escritores del siglo XV insisten, más aún que en el pasado, en las obligaciones de sometimiento de la esposa al marido; Bernardino, Cherubino, Dionisio, hablan de los deberes femeninos en términos de temor y de servicio, y destacan la necesidad de una obediencia absoluta (…) con la única limitación unánimemente reconocida de la imposición forzosa de relaciones sexuales contra natura. (…) el marido es el amo del cuerpo de la mujer y, no obstante la reciprocidad de la deuda conyugal, puede disponer de mayores derechos que los que la esposa puede disponer sobre el cuerpo del marido (…) el alma de la mujer corresponde a Dios; el cuerpo, al marido”. Vecchio, 1992, pp. 149-150.

“(…) un buen matrimonio sólo era tal cuando en dicha sociedad formada por un hombre y una mujer el hombre ‘gobernaba’ y la mujer obedecía —incondicionalmente—“. Opitz, 1992, p. 304.

(30) Vecchio, 1992, p. 150; ver (29). Ese es el pequeño cambio que se produce en el siglo XV: el alma femenina, quizá por primera vez, parece escapar al dominio y al control del marido. (…) el desarrollo de una religiosidad femenina más intensa – ver (14) – y el surgimiento de la figura del director espiritual han sustraído de alguna manera al marido su función de intermediario, incluso religioso, ante la esposa, función que había ejercido durante tanto tiempo (…). La exigencia de dejar un espacio más amplio a la contemplación y a la plegaria, incluso en la vida matrimonial, y encontrar para esta necesidad de espiritualidad interlocutores distintos del marido, plantea el problema de compaginar prácticas religiosas y obligaciones familiares. (…) las tareas domésticas son vividas como obstáculos en el camino de la santidad, obligaciones a las cuales no es posible sustraerse, pero en las cuales la mujer no puede encontrar su verdadera realización y, por tanto, no se considera que deba demorarse demasiado en ellas”. Vecchio, 1992, pp. 150-151.

“Uno de los rasgos que caracterizaban a las mujeres casadas —y a las que iban a casarse— era no tener control sobre el propio cuerpo. (…) también las viudas casaderas estaban sometidas al control ejercido por la familia sobre su cuerpo (…). Únicamente las mujeres pertenecientes a estratos más modestos disfrutaban de un control menor; sin embargo, en este caso la línea que separaba la satisfacción de sus deseos sexuales y la prostitución inducida por la pobreza solía ser muy fina”. Opitz, 1992, p. 308. Ver (14).

(31) Ver (30). “Dominici recuerda que tampoco el cuerpo femenino pertenece únicamente al marido o a los hijos (…) sino también a Dios y al alma, a cuya voluntad debe someterse y a cuyas exigencias debe subordinar a veces incluso los deberes familiares”. Vecchio, 1992, p. 151. Este conflicto “plantea el problema de una conciliación práctica de las tareas femeninas (…). A la mujer (…) puede proponérsele también un nuevo tipo de castidad matrimonial, la que tiende, con la persuasión o incluso con el subterfugio, a reducir y, en el límite, a eliminar toda actividad sexual. (…) la vía de la santidad pasa por la mujer a través de la renuncia a toda actividad sexual”. Vecchio, 1992, p. 152. “En el momento en el que la familia asume una posición de primer plano en la cultura y en la ideología del siglo XV, la mujer, que en ella ha encontrado siempre su ubicación natural, ve en realidad debilitarse la consideración en que se tiene su papel, mientras que la esfera religiosa se confirma una vez más en el único ámbito en el cual, al menos en el plano teórico, se abren nuevos espacios para la iniciativa femenina”. Vecchio, 1992, p. 155.

(32) “Castidad, humildad, modestia, sobriedad, silencio, laboriosidad, misericordia, custodia: durante siglos, las mujeres han oído repetir estas palabras. Las han escuchado de los predicadores en las iglesias, las han oído de los familiares en las casas, las han encontrado en los libros que se escribían para ellas (…). El modelo, en resumen, aunque encontrara su inspiración y su realización más completa en la figura de la monja, daba muestras de una gran capacidad de adaptación ante un público femenino heterogéneo y multiforme. La capacidad del modelo de la mujer custodiada para absorber dentro de sí una serie de variantes sin por ello cambiar de naturaleza fue, sin duda, uno de los motivos principales de su prolongada duración”. Casagrande, 1992, pp. 120-121.

(33) Esta imagen de la mujer, es la que hemos visto anteriormente – ver desde (1) hasta (32) –. «Lo que ante todo constituye ‘la mujer’ —modelo o contraste de las mujeres, que son nuestro objeto— es la mirada que sobre ellas posan los hombres. Mucho antes de poder saber lo que las mujeres piensan de sí mismas y de sus relaciones con los hombres, debemos pasarlas por ese filtro masculino. Filtro realmente importante, pues transmite a las mujeres modelos ideales y reglas de comportamiento que ellas no están en condiciones de desafiar. (…) Los hombres tienen la palabra. No todos, por cierto: la inmensa mayoría guarda silencio. Los clérigos, los hombres de religión y de Iglesia, son quienes gobiernan el dominio de la escritura, quienes transmiten los conocimientos, quienes informan a su época, y más allá de los siglos, de lo que hay que pensar de las mujeres, de la Mujer». Klapisch-Zuber, 1992, pp. 14-15. Pero: “Desde el siglo XIII al XV, mujeres de todos los medios se atreven a hacerse oír: aun cuando haga falta aguzar el oído para captarla, apenas audible entre la inmensa algazara del coro de hombres, la parte que a esas voces corresponde en el concierto literario o místico adquiere una autonomía (…). Palabra de mujeres que, al mismo tiempo que asombro o admiración, provoca una desconfianza y un control crecientes de parte de los detentadores patentados del saber y del decir”. Esto “no significa (…) que las mujeres hayan adquirido el derecho a la palabra a partir de finales de la Edad Media. Sus discursos, o su grito, (…) nos permiten simplemente percibir cómo han madurado en ellas los modelos que les imponían los directores espirituales o los dueños del saber, las imágenes de sí mismas que los hombres les ofrecían, a veces su radical rechazo de esa visión deformada, y siempre la manera en que esas ‘imágenes’ se inscribieron en su vida y en su carne”. Klapisch-Zuber, 1992, pp. 18-19.

“En un artículo que con toda justicia se considera como modelo de la mirada crítica femenina, la historiadora norteamericana Joan Kelly planteaba en 1977 la siguiente pregunta: ‘¿Han tenido las mujeres un Renacimiento?’ Su respuesta, negativa, subvertía un esquema bien establecido. Se ha podido discutir el punto de vista exclusivamente cultural, según el cual Joan Kelly ha enfocado el problema que ella misma planteara; de cualquier modo, la información y la inteligencia de su argumentación aportaban la demostración de la utilidad de la pregunta. Al cuestionar un dogma histórico, el de un progreso de la condición femenina paralelo a los avances del derecho, de la economía o de las costumbres entre los siglos XV y XVII, mostraba la ceguera y el carácter reductor de las divisiones que los historiadores habían realizado cuando se veían obligados a enfrentar la presencia de las mujeres en la historia y lo que a partir de entonces se denomina relaciones entre los sexos. Y no cabe duda de que pensar de otro modo las relaciones sociales consagradas por la investigación de varias décadas no puede dejar de constituir un problema”. Klapisch-Zuber, 1992, pp. 12-13. “En ninguna sociedad, nacer hombre o mujer es un dato biológico neutro, una mera calificación ‘natural’, en cierto modo inerte. Por el contrario, este dato está trabajado por la sociedad: las mujeres constituyen un grupo social distinto cuyo carácter —nos recuerda Joan Kelly— invisible a los ojos de la historia tradicional, es ajeno a la “naturaleza” femenina. Lo que se ha convenido en llamar ‘género’ es el producto de una reelaboración cultural que la sociedad opera sobre esta supuesta naturaleza: define, considera —o deja de lado—, se representa, controla los sexos biológicamente calificados y les asigna roles determinados. Así, toda sociedad define culturalmente el género y sufre en cambio un prejuicio sexual (…). Desde este punto de vista, y en relación con la construcción simétrica de los roles masculinos, los roles atribuidos a las mujeres les son impuestos o concedidos no en razón de sus cualidades innatas —maternidad, menor fuerza física, etc.—, sino por motivaciones erigidas en sistema ideológico; esto es, mucho menos por su “naturaleza” que por su supuesta incapacidad para acceder a la Cultura”. Klapisch-Zuber, 1992, pp. 9-10.

(34) Sforza a menudo ha sido considerada como una mujer excepcional debido a su largo mandato, su astucia política y su voluntad de luchar personalmente contra sus enemigos. Sus talentos y logros sin duda contrastan con lo que la literatura prescriptiva moderna de la época medieval tardía y temprana dice a menudo sobre el personaje femenino, a saber, que es irracional, inconstante, poco inteligente y, por lo tanto, incapaz de liderazgo. Dejando a un lado estas nociones negativas de carácter, las mujeres sí servían como regentes, la mayoría de las veces por períodos cortos, como lo hizo Sforza cuando Riario todavía estaba vivo pero, por lo demás, no podían gobernar directamente. Otros ejemplos de este tipo de regencia a corto plazo fueron Eleonora de Aragón, Isabella d’Este, Beatrice d’Este, Lucrezia Borgia, Eleonora de Toledo y muchos más. La notoriedad de Sforza en comparación parece tener más que ver con sus habilidades para sobrellevar el conflicto y mantener su poder. Una mujer regente ejercía más poder si cumplía un período más largo después de la muerte de su marido, cuando luego actuó en función de los mejores intereses del heredero, generalmente su hijo. Los parientes masculinos, asesores y gobernadores locales, generalmente ofrecían consejo, pero la mujer regente era particularmente vulnerable a la maquinación de otros que querían el control del estado. Fácilmente podría ser usurpada bajo la acusación de que estaba poniendo en peligro el futuro del heredero o que de alguna manera era desleal a su familia matrimonial. Este fue el caso de Bona of Savoy, la madrastra de Sforza. La regente, para ser exitosa, tenía que mantener un equilibrio adecuado entre sus virtudes femeninas de madre leal y obediente y los requisitos más masculinos de la visión política y financiera, que se requerían de su posición. Sforza sobresalió en ambos reinos y equilibró cómodamente lo masculino y lo femenino, como lo revelan las huellas de archivo que dejó atrás. De Vries, 2013, pp. 168-169.

(35) A lo largo de la Historia, se han ocultado los logros de las mujeres gobernantes en el registro histórico. Los escritores y eruditos han condenado, despedido o ignorado a estas mujeres, o han promovdo versiones de su vida que enfatizaban roles femeninos más «tradicionales», o jugaban a resaltar «sus excepcionales cualidades masculinas, casi aberrantes». Las mujeres gobernantes eran vistas como amenazas al orden social patriarcal. A pesar de esto, algunas gobernantes, incluida Caterina Sforza – ver (34) –, nunca han estado lejos de la conciencia histórica. Las largas monarquías de Isabel I en Inglaterra e Isabel de Castilla son igualmente difíciles de ignorar. Los ejemplos en la península italiana no son tan buenos como los de los Alpes; Italia se rompió ciudades-estado y principados más pequeños, por lo que las reinas de las vastas tierras eran raras y prácticamente inexistentes en la era moderna. Sin embargo, Sharon Jansen anuncia a Sforza como la «madre» de otras mujeres italianas en el poder. De hecho, con el aumento de los estudios sobre la mujer y el género, los académicos han descubierto numerosos ejemplos de mujeres poderosas en la temprana Italia moderna. Muchas mujeres nobles sirvieron como regentes, la mayoría de las veces por períodos cortos y temporales, mientras que algunas mantuvieron regencias más largas o fueron gobernantes o gobernantes absolutos. El trabajo de archivo reciente ha revelado, de manera similar, casos de mujeres que asumieron roles de liderazgo o empresariales en otros ámbitos, como en actividades espirituales o empresariales. Hasta hace muy poco, la vida de todas estas mujeres ha permanecido en la sombra. Aun así, nuestra comprensión de estas mujeres sigue estando fundamentalmente vinculada a registros de archivo fragmentados y, a menudo, sesgados. De Vries, 2013, p. 166.

(36) Ver (11), (21) y (23).

(37) Ver (13).

(38) «(…) el discurso no explica la realidad de su presencia; ciego, sólo la ve a través de una imagen, la de la Mujer que corre el riesgo de volverse peligrosa por sus excesos, ella, tan necesaria por su función esencial de madre. El discurso no la muestra, la inventa, la define a través de una mirada sabia (por tanto, masculina) que no puede dejar de sustraerla a sí misma». Zemon Davis y Farge, 1993, p. 6. «Para construir en nuestros días una historia distinta de las mujeres, hay que desprenderse de un cierto pasado y dirigir una mirada diferente a las cosas: en lugar de dejarse invadir por los discursos y las representaciones, es menester articular lo mejor posible todos los conocimientos sobre la realidad femenina y los discursos que hablan de ella, sabiendo que unos y otros son completamente interactivos. En efecto, de nada serviría construir una historia de las mujeres que sólo se ocupara de sus acciones y de sus formas de vida, sin tomar en cuenta el modo en que los discursos han influido sobre sus maneras de ser, y a la inversa. Tomar en serio a la mujer equivale a restituir su actividad en el campo de relaciones que se instituye entre ella y el hombre; convertir la relación de los sexos en una producción social cuya historia el historiador puede y debe hacer». Zemon Davis y Farge, 1993, p. 7.  “Contar: no se trata de un relato clásico, ni de un relato cronológico de los acontecimientos (…), sino que las diferentes miradas dirigidas a la historia de las mujeres traten de hacer saltar el estereotipo habitual según el cual, en todas las épocas, las mujeres habrían estado dominadas y los hombres habrían sido sus opresores. La realidad es tanto más compleja, que es menester trabajar con más finura: desigualdad, sin duda; pero también un espacio móvil y tenso en el que las mujeres, ni fatalmente víctimas, ni excepcionalmente heroínas, trabajan por mil medios distintos para ser sujetos de la historia. En el fondo, (…) una manera de aprehender la mujer como partícipe de la historia y no como uno de sus objetos. Al nombrarla de esta guisa, se cambia el enfoque, se analizan las fuentes con mirada renovada, se leen multitud de intentos y de logros femeninos imposibles de entrever, y ni siquiera de suponer, para una mirada definitivamente obnubilada por los tópicos habituales que presentan a la mujer como eterna esclava y al hombre como eterno dominador. La diferencia de los sexos es un espacio: un lugar en que se racionaliza la desigualdad para superarla, un lugar de realidad que los acontecimientos modelan, un lugar imaginario e imaginado que cuenta a su manera las imágenes, los relatos y los textos”. Zemon Davis y Farge, 1993, p. 9. «Seguramente, los discursos nombran y controlan a la mujer, pero la realidad cotidiana y las ‘escapadas’ a la rigidez de la disciplina la señalan lo suficiente como para decidirse, en primer lugar, a instalarla entre el trabajo y los días, sin olvidar que el espacio en el que vive, aparece y piensa está marcado por normas e interdicciones, y que esto vale tanto para la campesina pobre como para la princesa de corte, a pesar de las grandes diferencias que hay entre ellas». Zemon Davis y Farge, 1993, pp. 10-11.


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