Llegar a un sitio que no conoces sin entender nada de lo que pone en los carteles, con un fusil en la mano y en un camión militar pone nervioso a cualquiera. Eso es una cosa, y otra es que además te puteen. Todos nos hemos encontrado alguna vez con un mapa en la mano intentando situarnos en algún lugar extraño. «Al menos nosotros vamos con guía» pensarían los brigadistas internacionales del Batallón Lincoln …
El bautismo de fuego de los voluntarios americanos del Batallón Lincoln en la Guerra Civil española (1) no supuso precisamente un alarde de buena organización. Si a la llegada a un sitio desconocido, de noche y en mitad de una batalla, le sumamos el no poder tirar de Google Maps… Y a eso un jefe permanentemente borracho y con problemas psiquiátricos, el resultado no va a pasar al top ten de las mejores puestas en escena.
Si bebes no conduzcas
A mediados de febrero de 1937 los camiones que transportan a los brigadistas americanos salen de la plaza de toros de Albacete (2) con dirección a Morata de Tajuña, en el sureste de Madrid.(3) Al mando, el capitán Harris; como de costumbre está borracho como una cuba.
Es noche cerrada cuando llegan a su destino. La oscuridad y la niebla propia del invierno castellano envuelven el paisaje. Los dos camiones que encabezan la marcha siguen la carretera hacia arriba en dirección al frente en vez de coger el desvío hacia el pueblo. Nadie se da cuenta del error. Los camiones frenan, literalmente, contra las trincheras enemigas. Todos los brigadistas del Batallón Lincoln que viajan en los dos primeros camiones mueren sin saber siquiera dónde están. Imposible organizar mejor una entrada en el campo de batalla… Pero los fallos en la organización solo acaban de empezar.
El resto de camiones llegan sanos y salvos al pueblo, pero no por ello van a librarse de tener su propia «aventura». Desde allí son llevados a pie y a oscuras hasta las posiciones que les toca defender entre los ríos Jarama y Tajuña.
En tiempo de guerra… cualquier agujero es trinchera
En mitad del paseo hacen su aparición varios tanques republicanos. El ruido atrae los disparos del enemigo obligando a todos a buscar a la carrera cualquier agujero donde esconderse. Rápidamente reciben la orden de cavar una trinchera para protegerse pero los brigadistas del Batallón Lincoln se miran entre ellos. No tienen ni picos ni palas. Así, con los cascos, los fusiles y todo lo que encuentran en su macuto, consiguen hacer una especie de zanja circular. Interesante lo que dicen las fuentes: era «una defensa perfecta para esperar un ataque de indios» (4). Al fin y al cabo, la mayoría son americanos.
¿El por qué de esta zanja circular? Muy sencillo. Imagínate de noche, sin ver nada, en mitad del monte y con la única orientación del sonido de las balas por encima de tu cabeza, ¿qué haces para protegerte?. Cavas una trinchera redonda; en alguna dirección acertarás con el enemigo…
Amanece. Con la luz del sol descubren que la noche no es la mejor compañera para llegar a un sitio desconocido en plena guerra. Han cavado su «trinchera modelo circular» en lo alto de un monte y a contraluz. Sus siluetas son perfectamente visibles para los francotiradores enemigos, que esa mañana se dedican a practicar el tiro al blanco sin tener que afinar demasiado la puntería. Nuestro amigo Harris es trasladado al hospital y los brigadistas respiran tranquilos. El Batallón Lincoln descansa, al menos por unas horas.
La «Moonlight March»
Dos días después aparece de nuevo el comandante Harris. En un nuevo ataque de locura, ordena a sus soldados salir de sus improvisados agujeros. Así comienza otra marcha del Batallón Lincoln, nocturna, de dos kilómetros por tierra de nadie y entre los olivares.
Esta especie de romería nocturna sin rumbo ha pasado a la Historia como la «Moonlight March«. La marcha acaba con los brigadistas del Batallón Lincoln, de nuevo, a escasos metros de las líneas enemigas. Cuando los centinelas franquistas empiezan a abrir fuego, el otro comandante del Batallón Lincoln exige a Harris a gritos que lleve a los chicos de vuelta al punto de donde habían salido. Probablemente esta decisión evitó otro buen puñado de bajas absurdas para el Batallón Lincoln. Ya habían sufrido lo suyo en solo tres días en el Jarama y sin apenas haber usado sus fusiles.
Tras esta nueva y desquiciada puesta en escena, a los brigadistas les toca por fin entrar en combate. Resisten el fuego enemigo pero a Harris no se le ve demasiado fino. Los documentos describen el estado del comandante como «todavía anormal«(5). Tan anormal que en mitad de la batalla sufre un más que probable ataque de pánico y es de nuevo evacuado en ambulancia. No volverá más al frente.
Nada nuevo bajo el sol
El Batallón Lincoln sigue con su particular via crucis los días siguientes. No tienen comida, no tienen agua y de las ocho ametralladoras que tienen, ninguna funciona bien.(5) Al no poder disparar -algo indispensable y necesario en cualquier guerra- matan el tiempo haciendo más profundos los agujeros que les sirven de trinchera. En ello están cuando aparece por allí un gran bidón de café. La sed aprieta. Uno de los voluntarios abandona su pala (sí, por fin habían llegado algunos picos y palas desde Madrid) y, con medio cuerpo al descubierto, tarda demasiado en beber. La bala de un francotirador le desparrama el cerebro sobre lo que quedaba en la taza. (6)
La guinda del pastel
Pero la acción que iba a suponer la guinda del pastel de la accidentada aparición del Batallón Lincoln en la Guerra Civil fue la que los propios brigadistas bautizaron como «La Matanza»(7): una obra maestra dirigida por los mandos más incompetentes, que muestra punto por punto todo lo que no hay que hacer en una guerra. Si al poco material y a la nula organización le sumamos unos mandos que han pasado a la Historia por expresiones como «no tengo ni puta idea de cosas militares» (8) el resultado solo puede ser un desastre.
Por quién doblan las campanas… por el Batallón Lincoln
A pesar de la penosa aventura que supuso su entrada en combate, son indudables el coraje y el valor que fueron señas de identidad del Batallón Lincoln desde el Jarama hasta su retirada en la Batalla del Ebro. Siempre utilizados como fuerza de choque, no se puede dudar de su compromiso con la II República. Un coraje, una valentía y un compromiso que acabaron formando parte de su mitología. Unos días después de «La Matanza», Hemingway -que se basó en el comandante Merriman (9) para el personaje de Robert Jordan en Por quién doblan las campanas– definió este último ataque como «una idiotez» y declaró que los historiadores del futuro iban a ver estas órdenes como «un acto de estupidez monumental».
Y en ello estamos… (10)
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