Tenía dieciocho años, rondaba la medianoche de un 24 de junio abrasador, y estaba con tres amigas en la playa. Solicas las cuatro, charlábamos y disfrutábamos de la brisilla nocturna, mientras se nos escapaba alguna que otra risa. Cuando, de repente y de la nada, apareció ante nosotras un desconocido que bien podría ser nuestro padre. Y, ya sabéis, lo típico: empezó a «regalarnos los oídos» con su fina prosa. Salvo que esto último no es ironía: realmente el hombre resultaba culto y hasta consiguió abrumarnos, llamándonos «nereidas».

A priori, y con los ojos de una jovenzuela a la que aún le quedaba un larguísimo camino por recorrer hasta convertirse en la mujer que hoy escribe estas líneas, bien parecía que aquel desconocido se había currado el «piropo». Además, su discurso estaba envuelto por un halo de misterio que nos dejó entre ensimismadas y acojonadas durante días. Pues bien, si hoy me leen las amigas a las que hago alusión les voy a romper los esquemas y un recuerdo, cuanto menos, curioso, enigmático y un tanto perturbador. Porque lo cierto es que aunque el misógino se vista de seda, misógino se queda. – Algo nos debimos oler, porque tardamos cero coma en largarnos de allí por patas y echando humo –.

¿Por qué califico a ese desconocido de misógino por llamarnos nereidas? Pues porque, con ello, abordándonos en plena noche, nos cosificó por toda la cara: nos vino a decir que éramos unas cositas, que pintábamos entre poco y nada, pero la mar de bellas. Y hablando de la mar, usó apropiadamente nereidas como halago porque estábamos a sus orillas. ¡Qué original! Seguramente no me estéis pillando el rollo. Bueno, es que para eso tendréis que viajar conmigo a través de la mitología griega. Así, descubriréis qué es eso de nereidas

La misoginia griega en la mitología

No se me ha ido la pinza. Esta anécdota personal que os acabo de exponer me sirve como medio para demostraros, con otro ejemplo más – pues no es la primera vez que abordo la misógina mitología griega con las gafitas moradas puestas –, cómo nos han colado el patriarcado desde tiempos antiquísimos, con cuentecillos y por todo el morro. Ya os hemos contado cómo la cultura de la violación está más que presente en estos mitos. También os hablé de dos figuras absolutamente transgresoras – y castigadas cruelmente por ello – que servían como contraejemplo de lo que debía ser una buena mujer: Casandra y Clitemnestra. Bien, en esta ocasión, a través del mito de las nereidas, me toca señalar la cosificación máxima de las mujeres que se marcaron estos gachones. Tampoco faltará la violencia sexual. ¿Objetivo? Educar; ni más ni menos.

Las Nereidas de Gaston Bussière (1902).
Las Nereidas (Gaston Bussière; 1902). Fuente.

Y es que los mitos no son simples cuentecillos, sin más relevancia. La mitología griega fue un vehículo más que apropiado para implantar el patriarcado en la sociedad. A través de las imágenes que los mitos mostraban de las mujeres, consiguieron que se aceptase que la mujer debía ser sumisa, un mero objeto invisible con el que el hombre hacía y deshacía como le daba la maldita gana. – De hecho, en el mundo griego, la mujer era, literalmente, propiedad del hombre y estaba recluida en la esfera doméstica – (1). Así, mostrando cómo debía comportarse cada quién según su sexo, la mitología legitimó la dominación y supremacía masculina (2). Es decir, que fue un instrumento ideológico básico para producir y perpetuar los roles y estereotipos de género: ese constructo sociocultural que nos impusieron los hombres, para dominarnos y someternos (3).

Las bellas atroces… (Cuando los atroces son ellos)

Las mujeres quedamos retratadas en la mitología griega como un terrible mal, aunque necesarioque hay que perpetuar la especie, Manoloy bello.  Tanto, que resultamos irresistibles para dioses y mortales (4). ¿De ahí a que nos violen? Solo hay un paso; y la mitología bien que lo refleja. Sí, somos malísimas, salvajes, humanas de segunda, pero les servimos para dejar su semillita en este mundo y para que se desfoguen con nosotras. Nuestra voluntad no importa absolutamente nada. El concepto machirulesco lo resumió en una frase Demóstenes:

“Tenemos hetairas para nuestro placer, concubinas para servirnos y esposas para el cuidado de nuestra descendencia” (5).

¿Alguien dijo misoginia? Pues eso… Pero, ¿qué imagen proyectaban las nereidas? En líneas generales, ya os adelanto que eran cositas bonitas y poco más. El estereotipo perfecto de la bella insulsa, sin ninguna cualidad más que su belleza. Pero si ponemos la lupa en casos concretos, la conclusión es clara: son simples objetos sexuales de los hombres. Pues, en la mitología, al igual que los dioses acosan y violan a las mujeres mortales, los hombres persiguen y violentan sexualmente a las nereidas y a otras divinidades acuáticas (6).

Las nereidas y su estrambótica familia

Efectivamente, a las nereidas (Νηρηίδες, del verbo Νáωfluir) (7) las encontramos en la mitología griega y son divinidades marinas (8). Concretamente, son ninfas del mar (9) y, por lo tanto, protectoras y buenrrolleras (10), que, seguramente, personificasen las innumerables olas (11). Su madre es Dóride – o Doris – (12), una de las hijas de Océano y Tetis. ¿Quiénes son la yaya y el yayo? Pues la benjamina y el primogénito de los Titanes (13) – los hijos de Gea (la Tierra) y Urano (el Cielo), hijo de Gea según la Teogonía de Hesíodo (14) –. Tetis personifica la fecundidad del mar y Océano el agua. Y juntos, estos hermanicos tienen una larguísima progenie: todas las Oceánides (como Dóride) y todos los ríos (15).

El padre de las nereidas es Nereo, “el Viejo del Mar”, hijo de Gea y Ponto (la Ola Marina). Este anciano marino es mucho más antiguo que el famoso Poseidón. Y esa imagen que a todas se nos viene a la cabeza de un Dios marino anciano y barbudo que cabalga sobre un tritón con tridente en mano, le pertenece y representa a él (16).

Dóride/Doris y Nereo
Dóride/Doris y Nereo.

La insignificancia de las ninfas del mar…

Con esta familia de postín, lo lógico sería que las nereidas fuesen divinidades importantísimas para los griegos… ¡Pues no! De eso nada. Eran muchas, eso sí: la lista de nereidas supera los 50 nombres (17). Por cuestiones de espacio, no os hablaré de todas ellas… ¡Que no, que me estoy cachondeando! Para qué engañarnos; lo cierto es que no tendría mucho que decir. Es absurdo petaros los sesos con cincuenta nombrecicos griegos, cuando su relevancia en la mitología griega es nula. Cantan, juguetean con delfines, bellísimas todas ellas, y poco más. Solo se salvan de esta regla cuatro de ellas: Anfítrite, Tetis (no confundir con la yaya-titana), Galatea y Psámate (18). Y a estas pobres desgraciadas, y sistemáticamente violentadas y maltratadas, sí les dedicaré su propio espacio posteriormente.

¿Cómo eran las nereidas?

Las nereidas eran apoteósicamente bellas – cualidad que se resalta una y otra vez en la mitología griega – (19), maravillosísimas, estupendas y amabilísimas (20). Vivían en el palacio de su padre, Nereo, situado en el fondo del mar, sentadicas en sus tronos de oro, que para eso eran diosas – para poco más –. ¿Cómo se entretenían estas deidades marinas? Pues hilaban, tejían, cantaban, y jugueteaban meciéndose en las olas con sus pelos al viento, o nadando entre delfines y tritones. – Cosas de chicas, ya sabéis… – (21). Casi todas ellas permanecieron vírgenes, viviendo junticas en el lujoso chamizo de sus papis (22).

Nereidas ninfas marinas mitología griega
Nereidas. Arte Romano (Pompeya. S. I). Fuente: Rodríguez López, 1998, p. 177.

Además, prácticamente siempre, intervienen en los mitos simplemente como espectadoras: pasaban por allí las muchachas y poco más. Actrices bastante segundonas, para que me entendáis (23). Vamos, que el estereotipo se cuenta solo: mujeres florero en toda regla; muñequitas bellas y “juguetonas” para el deleite de los machotes, que no pintan absolutamente nada más que para adornar. ¡Ole ese mensaje sexista y misógino a más no poder que transmitían los mitos!  – Da mucha grimilla, lo sé –.

Por norma general, las nereidas no eran inmortales – salvo excepciones –, aunque sí muy longevas. Y se cuenta que, al morir, gemían fuertemente (24).

Dibujando a las nereidas

¿Cómo se representaban? Pues, normalmente, sus cuerpos eran totalmente humanos (25) y se las representaba completamente desnudas – o cubiertas con poquísima ropa – (26). Era muy típico representarlas portando un espejo y flotando junto a un delfín u otro animal marino (27). Aunque, en ocasiones, se imaginaban como deidades híbridas: mujeres con cola de delfín (28) o medio peces (29). Plinio el Viejo, en el siglo I, las describió así en su Historia Natural:

“su cuerpo está totalmente erizado de escamas, incluso en la parte en donde tienen forma humana” (30).

De esta manera, con Plinio, las nereidas van tomando forma de pez (31).

nereidas ninfas marinas mitologia griega
Ilustración de Eva Sanjuán Iglesias.

¡Y poca broma con las nereidas! No os penséis que estos cuentecillos solo impresionaban en tiempos antiguos. Nada más lejos de la realidad, porque la peña estuvo creyendo en su existencia hasta bien entrado el siglo XVIII (32).

Bajo el mar, lalalala, bajo el mar, vives contenta, siendo ¿sirena? eres feliz

Pero, ¡un momento! Un palacio lujosísimo en el fondo del mar, un padre barbudo entrado en años y con tridente, tritones, delfines, melenas ondeando con las corrientes marinas, mujeres bellísimas sin piernas pero con cola, cancioncicas¿No os suena mucho la película? ¡Efectivamente! Ariel bien podría ser una nereida. Vale que el delfín sea un mamífero, pero que las nereidas tuviesen cola y/o escamas nos transmite perfectamente la idea de que eran medio peces (33).

Bueno, si no me creéis, leed este fragmento de La Sirenita – cuento de Hans Christian Andersen (1837); la peli de Disney llegaría en 1989 – (34):

“En el punto de mayor profundidad se alza el palacio del rey del mar (…). Hacía muchos años que el rey del mar era viudo; su anciana madre cuidaba del gobierno de la casa (…) era digna de todos los elogios, principalmente por lo bien que cuidaba de sus nietecitas, las princesas del mar. (…) Las princesas se pasaban el día jugando en las inmensas salas del palacio (…) Y los peces se acercaban a las princesas, comiendo de sus manos y dejándose acariciar” (35).

¿La Sirenita o la Nereida?

Sí, Andersen describiendo su reino del fondo marino se marcó un plagio por toda la cara del cuentecillo de las nereidas. Salvo que, para que no se notase tanto, a su protauna nereida en toda regla, tal y como la describe – la llamo “Sirenita”. Pero en Khronos ya os hemos contado que las sirenas de la mitología griega no tienen nada que ver con la imagen que nos proporciona Andersen: eran genios marinos, mitad mujer, mitad ave – y no mitad pez, como La Sirenita –. La leyenda más antigua sobre las sirenas las describe habitando una isla del Mediterráneo, donde, con su música, se dedicaban a atraer a los navegantes. Estos incautos se arrimaban peligrosamente a la costa de la isla de las sirenas, petada de rocas, y naufragaban. Entonces, las sirenas aprovechaban el viaje y los devoraban (36). No, nada que ver con la cándida Sirenita.

La misoginia también apesta en el mito de las sirenas: monstruos femeninos, peligrosísimos, que seducen a los pobres hombres para zampárselos después (37). Como contraparte, a las nereidas también se las relaciona con los marineros, solo que no buscan hacerles daño, sino protegerlos y asegurarles una buena pesca. Es más, solo subían a la superficie del mar para ayudar a estos hombretones (38). Apolodoro nos muestra esta oposición entre ambos seres clarísimamente:

“Tras las Sirenas la nave topó con Caribdis y Escila y las rocas Errantes, sobre las cuales se veía elevarse abundante fuego y humo. Pero Tetis y las demás Nereidas a petición de Hera ayudaron a la nave a pasar entre ellas” (39).

Así, la mitología griega nos ofrece dos figuras femeninas seductoras, cautivadoras de marineros (40): unas rollo femme fatale y otras, juguetitos sumisitos y, como no, ejerciendo el rol de cuidadoras. ¡Que viva la variedad sexista!

¿Cuándo las sirenas dejaron de tener plumas y se convirtieron en peces?

Pero, aunque ha estado bien bromear insinuando que Andersen llamó a su protagonista sirena para que no lo pillasen plagiando, en realidad, él no se inventó que las sirenas eran mitad mujeres y mitad peces. En el Liber Monstruorum de Diversis Generibus (Edad Media) ya se las describe con cola de pez (41). Además, si traducimos literalmente el título que Andersen le colocó a su cuento, no obtenemos La Pequeña Sirenita, sino La Jovencita del Mar. Y, dado el contexto en el que fue escrito el cuento (hablamos del romanticismo), “jovencita” debe entenderse como “doncella”: una princesa virgen que habita un palacio (42). Así que el título es lo suficientemente ambiguo como para suponer que bien podría referirse a una nereida, en lugar de a una sirena. Pues, recordemos, la gran mayoría de las nereidas permanecían vírgenes y vivían junticas en el palacio de sus papis.

Por otro lado, el cuento de Andersen se basa no solo en la mitología griega, sino también en la germánica. Y, en el caso de las sirenas nórdicas, nos encontramos con seres mitad mujeres, que tienen no una, sino dos colas de pez. – No pongáis caras raras, que las sirenas de dos colas las tenéis más que vistas: os acompañan siempre que disfrutáis de un famosísimo café –. Por lo demás, el mito se desarrolla de forma muy similar al caso griego: atraen con sus cantos a los marineros, hasta que los barcos se estrellan contra las rocas. Momento que las sirenas nórdicas aprovechan para arrastrar a los navegantes al fondo del mar y zampárselos (43).

sirena germánica de dos colas starbucks coffee

Entonces, La Sirenita iba de nereidas…

Así, La Sirenita de Andersen sería una mezcla de sirena nórdica y de nereida griega (44). Pero, teniendo en cuenta la bondad de las nereidas, siempre dispuestas a rescatar a los marineros en apuros, podemos afirmar, sin equivocarnos, que La Sirenita es más bien una nereida (45).

Cuando los de Disney versionaron el cuentecillo de Andersen, aparte de darle a la prota el nombre de Ariel – en el cuento no aparece con nombre propio: se la nombra simplemente como “la sirenita” – se debieron coscar de que algo no cuadraba con la mitología griega. – Digo yo, que no creo ni una mijita en las casualidades –. El caso es que tuvieron el detalle de llamar al padre de Ariel Tritón. ¿Quién es Tritón en la mitología griega? Pues un dios marino, muy similar a Nereo, hijo de Poseidón (46) y de Anfítrite, una de las nereidas que os presentaré después. Además, “tritones” también se les llama a todos los seres que forman el cortejo de Poseidón, cuya parte superior del cuerpo es la de un hombre y la inferior, la de un pez – tal y como vemos al rey del mar en La Sirenita – o  un delfín (47).

Ariel rey tritón la sirenita disney
Ariel y el rey Tritón.

Pero los tritones no eran los únicos que le bailaban el agua a Poseidón: las nereidas también formaban parte de este cortejo.  – Lógico: os acabo de chivar que el diosito será su cuñao –. Su triste misión era, básicamente, hacer bonito y poner cachondo al personal, mientras se las imaginaban jugueteando en el agua con sus cuerpos desnudos (48). Ellas representaban la gracia y la fecundidad del mar, mientras que los tritones simbolizaban la brutalidad del mismo (49). Ya sabéis, lo típico: lo femenino vs. lo masculino. ¡Esos estereotipos sexistas, que no falten!

De la cosificación a la violencia sexual: nereidas con nombre propio

Una vez repasada la historia de las nereidas en general, vamos a adentrarnos en los casos concretos que sí tienen relevancia en la mitología griega. Ojo que “relevancia” no quiere decir que las cuatro nereidas de las que os voy a hablar – Anfítrite, Tetis, Galatea y Psámate – fuesen súper diosas poderosas, ni nada que se le parezca. Lo cierto es que la misoginia y el patriarcado siempre pueden ser peores e ir más allá. Por si no teníamos suficiente con que en el imaginario griego se gestase ese estereotipo absolutamente denigrado y cosificado que acabamos de analizar, las cuatro nereidas más importantes se las vieron con la cara más hostil del patriarcado: todas fueron víctimas de la violencia sexual. Y si no me creéis, pasad y leed.

Anfítrite: reina del mar a la fuerza, ¡por el tridente de Poseidón!

Empezamos por la puerta grande con nuestra primera protagonista. Aunque Apolodoro la consideró hija de Océano y Tetis (la titana, no la nereida) (50), hay consenso general a la hora de afirmar que Anfítrite (’Αμφιτρίτη) era hija de Dóride y Nereo y, por lo tanto, una nereida de pura cepa (51). Y no una cualquiera, sino la que llevaba la batuta y orquestaba el coro de sus hermanas (52). Además, era la más bella (53) y eso no le podía traer nada bueno…

Dos versiones para un mismo despropósito

El caso es que la muchacha estaba un día danzando con sus sisters, por los lares de la isla de Naxos, cuando el todomachirulo Posidón le echó el ojo – recordemos que era terriblemente bella e irresistible, como no –. Y claro, a un dios olímpico no hay nada que le frene; no esperéis escrúpulos (54). El caso es que “la raptó”: entiéndase que la secuestró y la violó sin más miramientos (55).

Hay otra versión del mito que dulcifica la violación: cuenta que Poseidón amaba a Anfítrite desde hacía mucho tiempo, pero que la nereida, por pudor – mira tú –, lo rechazó y se escondió en las profundidades del Océano. – Que digo yo, si después de mandarlo a freír espárragos la muchacha tuvo que esconderse tan bien, igual no era pudor lo que sentía, sino miedo –. El caso es que, finalmente, unos secuaces de Poseidón dieron con ella y la condujeron, haciéndole un solemne cortejo, hasta el dios, quién la desposó. – Mucho cortejo y todo lo que quieras, pero esto es un secuestro en toda regla: la voluntad de Anfítrite ni se respeta ni se tiene en cuenta – (56).

Un reinado envenenado

Fuese violada a saco, o secuestrada y entregada en bandeja a Poseidón, el caso es que, desde ese momento, Anfítrite se convirtió – por cojones – en la reina del Mar, y pasó a ser la esposa de – igualito que Hera lo era de Zeus o Perséfone de Hades: ambas, historias de violencia sexual para no dormir también –. Se la suele representar sobre las aguas del mar, en un carro con forma de concha y arrastrado por delfines y cortejada por nereidas y tritones. Y suele simbolizar el mar en calma y ser la protectora de los marineros (57). Así, Anfítrite será la esposa oficial de Poseidón, a la que le pondrá los cuernos en repetidísimas ocasiones, en las que el dios hará alarde, una vez más, de la violencia sexual más vomitiva (58).

Anfítrite nereida diosa mitologia griega
Anfitrite (pinax corintio; 575–550 A.N.E.). La inscripción puede traducirse como “Soy Anfitrite, de Poseidón”… Fuente.

Anfítrite y Posidón tuvieron tres chiquillos – Tritón, Rodos (o Rode) y Bentesicima (o Bentesicime) – (59) y, colorín colorado, esta historia de violencia machista se ha acabado.

Tetis: la más célebre – y violentada – de las nereidas

Tetis (Θέτις) es considerada la nereida más célebre (60). – Pero no por ella misma, sino por ser la madre de; ¿qué os pensabais? No quiero hacer spoilers, ya llegaremos a saber quién fue su churumbel –. El caso es que ya era especialita desde chiquitina, pues no fue criada con sus hermanas, sino que la crio Hera (61), la esposa de Zeus (62), con quien mantiene en los mitos una relación cariñosa y afectiva (63). Y claro, Zeus, que no podía mantener el pajarito en la jaula (64), se encaprichó de la nereida y quiso llevársela al huerto. Pero Tetis, por lealtad a Hera, se negó en rotundo a yacer con el dios de dioses (65).

Hay otra versión del mito que nos cuenta que no solo Zeus acosaba día sí y día también a Tetis, sino que su hermanico Poseidón también estaba detrás de la nereida pico y pala. Los dos megadioses olímpicos perseguían a Tetis, fritos por abusar sexualmente de ella, sin tener en cuenta en absoluto sus negativas (66). Acoso sexual puro y duro en los mitos, como muestra de la dominación masculina a la que estaban sometidas las mujeres en la vida real (67). Por “suerte” para Tetis, estos dos mangurrianes no llegaron a violarla. Pero no os penséis que se frenaron por consideración hacia ella; ¡ni mucho menos! Dejaron de acosarla porque un oráculo (68) les chivó que, si conseguían violarla, Tetis quedaría embarazada y el hijo que nacería llegaría a ser más poderoso que su padre. Y esas ya eran palabras mayores: ¡con el poder ya no se juega! (69).

De esta manera, según los mitos, la que queda retratada como “peligrosa” es Tetis, no los dioses que la acosan y la intentan violar (70). Manda muchísimos ovarios, lo sé.

No te violaremos, pero te obligaremos a casarte…

Viendo peligrar su power, Zeus y Poseidón decidieron que no valía la pena violarla. Pero, como ambos eran conscientes de que eran violadores natos, para no caer en la tentación, decidieron que debían casar a Tetis con un mortal (71). Bueno, en verdad fue porque Tetis quedó marcada como peligrosa, y ya se sabe que a las mujeres que son un peligro hay que atarlas en corto y colocarlas, con su guardés correspondiente. Para que no provoquen a los hombres, ya sabéis…

Así que la pobre Tetis no tuvo suficiente con sufrir el acoso sexual por parte de los dioses, sino que también tuvo que aguantar que estos dos machirulos decidiesen su destino y le buscasen un marido. El caso es que Zeus, o bien por resentimiento ante las negativas de Tetis a acostarse con él si elegimos la primera versión del mito, o bien porque se acojonó por las predicciones del oráculo, le impuso a Tetis que debía casarse con un mortal. Y se decidió, en contra de la voluntad de Tetis (72), que el maridito sería Peleo – rey de Ptía, en Tesalia –, otro machote de cuidado. – Tranquilas, Peleo se verá las caras con otra nereida: Psámate – (73).

Peleo: un marido a la fuerza

A Tetis no le apetecía lo más mínimo convertirse en la esposa del tal Peleo. Así que, para escapar del inminente bodorrio,  usó su don de la transformación, cambiando de forma sucesivamente – fuego, agua, viento, árbol, pájaro, tigre, león, serpiente y jibia –, para sapearse y burlar a Peleo. Pero, al final, Peleo, con la ayuda del centauro Quirón, la venció: la «sujetó con fuerza» y Tetis retornó a su forma. – Sí, la confraternidad entre los personajes masculinos en los mitos griegos da gusto… – (74).

Tetis la más célebre de las nereidas madre aquiles peleo
Peleo dominando a Tetis (500 A.N.E.; Kylix ático de figuras rojas Antikenmuseen). Fuente: Pérez Miranda, 2011, p. 241.

Así que la boda forzosa se celebró y trajo cola. Por un lado, es el matrimonio más célebre de la Ilíada (75). Y transmitía un mensaje clarísimo para el sexo femenino: los hombres son superiores y dominan a las mujeres. Además, ¡prestad atención, mujeres!, porque si hasta un simple mortal como Peleo ha sido capaz de dominar y someter a una diosa como Tetis, ninguna podréis escapar del patriarcado, majas (76). Por otro lado, el bodorrio fue sonado porque, durante el enlace, tuvo lugar el famosísimo “juicio de Paris”, origen mítico de la guerra de Troya. Pero, como cabe esperar dadas las violentas circunstancias, no fueron un matrimonio feliz (77). Con los chiquillos, llegaron los problemas…

Al menos, déjame decidir con la prole, ¿no, Peleo?

Tetis y Peleo tuvieron unos cuantos chiquillos y Tetis, que, recordemos, era una diosa marina – y, explícitamente, ella sí era inmortal, cosa que no sucedía con todas las nereidas – (78), quería que, al menos, sus hijos fueran especiales. Vamos, que se obsesionó con hacerlos inmortales. Y no se le ocurrió otra manera de conseguirlo que a través del fuego – ideas de bombero, lo llaman –. Claro, no solo es que la cosa no funcionase, es que, además, los chiquillos cascaban. Cuando tuvo al último de sus hijos, Aquiles – he aquí porqué Tetis es tan célebre – (79), Peleo pensó que ya estaba bien de achicharrar a su progenie, y se lo arrancó de los brazos a Tetis, justo cuando ella estaba arrimándolo al fuego (80).

Entonces, Tetis, hasta el moño ya de tragar con los mandatos de los hombres, mandó a cagar a Peleo y se piró para no volver. ¿Dónde se marchó? Pues al que era su hogar: al mar, con sus hermanas nereidas (81).

De esta manera, los mitos retratan a Tetis como una malísima madre y a Peleo como a un héroe. Pasan por alto que Tetis estaba hasta donde no le daba el sol de que no se tuviese en cuenta su voluntad – además, tampoco se tiene en cuenta que su intención nunca fue cargarse a sus hijos, sino conservar un poco de su divinidad a través de ellos – y que Peleo, básicamente, era su secuestrador… Pero así es el patriarcado, amigas. El mensaje que mandan estos mitos es: no seáis como Tetis; decid que sí a todo lo que os ordenen los hombres y ni siquiera tratéis de salvaguardar ni un poquito de vosotras mismas. Vosotras calladitas y quietecitas, que estáis mucho más guapas (82).

Tetis y su hijo Aquiles

Pero es que aunque Tetis cogiese las de Villadiego y se diese el piro, la prueba irrefutable de que no era mala madre está en los propios mitos. Porque Tetis jamás se desentendió de Aquiles: ¿os acordáis del famoso talón de Aquiles? Bueno, pues viene de una leyenda que nos cuenta que Tetis bañó a Aquiles en un río que convertía en invulnerables a todos los que se sumergían en sus aguas. Pero, como lo sostuvo del talón, el agua no rozó dicha parte de su cuerpo y por eso era su punto débil. Además, Tetis fue siguiendo todas las aventuras de Aquiles durante la guerra de Troya, aconsejándole y tratando de salvarle la vida en innumerables ocasiones y, una vez muerto Aquiles – en su funeral, las nereidas acompañan a Tetis, cual plañideras –, también le brindó protección al hijo de este – su nieto – y le salvó el culete (83).

Es más, es precisamente a través de estas historias como Tetisha tenido un hueco y un pelín de protagonismo en la mitología griega: en su faceta como madre. Porque para eso sí servimos las mujeres: para sacrificarlo y darlo todo por nuestros hijos. Para que nos quiten hasta el sueño y nuestro universo gire en torno a ellos. – Porque eso es exactamente lo que sucede con Tetis una vez que Aquiles aparece en escena –. Es en este punto cuando la misoginia, digo, mitología griega  “redime” a Tetis, y la deja brillar un poco, cual accesorio de su hijo Aquiles, eso sí. Como buena madre dolorosa, siempre servicial y dispuesta para su hijo, y angustiada por todo lo que le compete. – No, María no fue el primer estereotipo con el que se nos impuso ese rol de madre abnegada; la cosa venía de más antiguo – (84).

Galatea: la Blancanieves de las nereidas

Galatea (Γαλάτεια) es conocida como la doncella blanca, porque su nombre evoca la blancura de la leche, y se asocia al mar en calma (85). Así la describía Luis de Góngora en pleno barroco español (86):

“Ninfa, de Doris hija, la más bella               

adora, que vio el reino de la espuma.                     

Galatea es su nombre, y dulce en ella                    

el terno Venus de sus Gracias suma.           

Son una y otra luminosa estrella                 

lucientes ojos de su blanca pluma;              

si roca de cristal no es de Neptuno,             

pavón de Venus es, cisne de Juno” (87).

Cuando un maldito cíclope te jode la vida

El caso es que Galatea estaba enamorada del bello Acis – un hijo del dios Pan y de una ninfa – (88), con el que pelaba la pava que daba gusto, pero tuvo la mala suerte de que un monstruo – literalmente – se encaprichó de ella. Este era Polifemo, un cíclope de cuerpo monstruoso y con muchísima mala leche. Lógicamente, Galatea no le correspondía, pues ella solo tenía ojitos para su Acis (89).

Un día, Galatea y Acis estaban tan agustico, acaramelados al borde del mar. Ella, como buena enamorada, reposaba sobre el pecho de su amante. ¡Qué bonito!… Hasta que llegó Polifemo a joder la marrana. El cíclope los vio y se dispuso a romper el momentazo más pronto que tarde. Entonces, Acis, que lo vio venir, salió huyendo por patas – muy valiente el donjuán no era –, con tal mala pata que el mamón de Polifemo le lanzó una roca gigante y lo aplastó. Muerto el perro, se acabó la rabia – pensaría el cabronazo –. Galatea, rota de dolor – imaginaos la estampa –, hizo por Acis lo único que, dadas las circunstancias, estaba en su mano: lo convirtió en un río de aguas puras y cristalinas (90).

Polifemo y Galatea
Mosaico Polifemo y Galatea (alrededor del año 200; Córdoba). Fuente: Blanco Freijeiro, 1959.

Pero las leyendas de Galatea no acaban aquí, pues se le atribuyen tres hijos con Polifemo: Gálata, Celto e Ilirio (91). Así que debemos deducir que, finalmente, el cíclope Polifemo se salió con la suya y consiguió violar a Galatea. Puesto que, obviamente, si ella nunca le correspondió, después de lo sucedido con Acis su decisión de rechazar al maldito ciclope no iba a cambiar. ¿Alguien se traga que se enamoró de Polifemo? ¡Eso no es verosímil! (92).

Psámate: violada por Éaco y profundamente herida por Peleo

Psámate (Ψαμάθη) era otra nereida, bellísima como todas, que tampoco pudo escapar de la violencia sexual de los machotes. Éaco – un hijo bastardo de Zeus – (93) se encaprichó de ella, y ya sabéis cómo de mal acaban estas cosas… Psámate, para escapar de este mamón, fue adoptando diferentes formas – pues, como su hermana Tetis, también poseía el don de la transformación –, sobre todo, la de una foca. Pero todo fue en balde; finalmente, Éaco consiguió su propósito y la violó. De dicha violación, nació un vástago: Foco – llamado así porque Psámate, cuando huía de su violador, se transformó en foca – (94).

Pero Foco no era el primer hijo de Éaco, sino que tenía dos hermanastros mayores: Peleo – sí, uno de los mamones que le jodió la vida a la hermana de Psámate, Tetis – y Telamón. Y estos dos eran unos envidiosos de cuidado. Así que, celosos perdidos, decidieron darle matarile al pobre Foco. – En otras versiones del mito, es la esposa legítima de Éaco la que instiga a sus hijos a cargarse a su hermano ilegítimo; ¡mujer tenía que ser! –. Fuera como fuese, el caso es que asesinaron a Foco (95).

Psámate, que ya bastante tenía con haber sido violada, no iba a dejar pasar esta afrenta. Así que no le tembló el pulso y se vengó de Peleo. ¿Cómo? Pues enviándole un lobo monstruoso, para que se zampase a sus rebaños. ¡Chúpate esa, Peleo! Sin embargo, la leyenda cuenta que su hermana Tetis se apiadó de Peleo, y le rogó a Psámate que transformase el horrendo animal en piedra (96).

La historia de Psámate termina cuando abandona definitivamente a su violador, Éaco, para casarse con Proteo, un rey de Egipto. Con él tuvo dos hijos – Teoclímeno e Idótea – y, colorín colorado, el cuento de Psámate se ha acabado (97).

No me llames nereida, que no respondo…

Después de este paseico por las leyendas generales y concretas de las nereidas, ya habréis entendido mi cabreo con aquel desconocido que osó abordarnos en plena noche a mis amigas y a mí. La misoginia debía estar en oferta cuando los mitógrafos se cebaron con las pobres nereidas. Porque no sé qué es peor, si pasar por las leyendas sin pena ni gloria, cual muñequita de porcelana, o destacar por ser violentada sistemáticamente por los machos cabritos. El caso es que si a día de hoy me llamasen nereida, respondería ipso facto: ¡a mí llámame Hécate (98), cabrón! – O no me llames, que siempre es la mejor opción –.

Y sí, lo sé, soy responsable de que jamás volváis a ver La Sirenita con los mismos ojos. – Y eso que no he entrado a valorar en sí la obra, que también tiene lo suyo –. Bueno, no me odiéis y recordad que ejercer el pensamiento crítico siempre es positivo y ayuda a evolucionar en la vida. Porque, al final, la literatura – ya sea en forma de mito, de novela, de teatro o cuales formas fuese – está para leerse e interpretarse, no para tragarla a pies juntillas. Por supuesto, tampoco para censurarse – estupidez fascistoide que no sirve para absolutamente nada –.



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Referencias y bibliografía

Referencias

(1) “La mitología clásica ofrece el primer vislumbre de las relaciones hombre-mujer en la civilización griega. Los mitos no son mentiras, lo que ocurre es que a menudo los hombres intentan imponer un orden simbólico en el universo. (…) Estos mitos, desarrollándose a partir de hechos históricos reales fueron más tarde relatados y sistematizados por los poetas. Una investigación sobre cómo los mitos nacen y su relación con realidades externas y psicológicas constituye un preludio esencial a la historia de las mujeres, pues los mitos del pasado moldean las actitudes de generaciones sucesivas y más sofisticadas y preservan la continuidad del orden social”. Pomeroy, 1999, p. 15. “(…) esta índole de violencia, constante universal que ha condicionado lo femenino desde tiempos remotos. Las narraciones [los mitos] muestran que la mujer no estaba segura afuera, en el territorio masculino, en el éxō; tampoco adentro, en el éndon. Podían ser mancilladas en sus mismos hogares o en un templo, sin importar su condición social, por extraños o parientes, con presencia o ausencia de dioses o humanos cómplices, casi nunca aliados de las violadas, con gestación de hijos o sin ella, con sanciones posteriores varias – destierro, muerte por suicidio o asesinato, esclavitud –. Con fines normativos, controladores y punitivos, los relatos míticos conforman un sistema operativo regulado, escuchado desde la infancia en los círculos femeniles, con consabidas y habituales repeticiones… y con efectos psicológicos, afectivos y volitivos previsibles”. Difabio de Raimondo, 2012, pp. 48-49. “En la Grecia arcaica, las mujeres pertenecían al varón como propiedad. El valor asignado a las mujeres en el sistema patriarcal griego las considera como objeto de intercambio entre los hombres (…). La escasez de evidencia e información sobre la vida de las mujeres griegas se encuentra en relación con la invisibilidad que las caracterizaba. Aisladas de la esfera pública y recluidas la mayor parte del tiempo en el hogar, las mujeres atenienses se definían en función de sus parientes masculinos y como tal su estatus era un reflejo de ellos. La condición de dependencia y subordinación estaba ligada a su condición legislativa como menor de edad permanente (…). Las mujeres se encontraban sujetas al control masculino desde su infancia. El kyrios, en su función de padre, esposo, abuelo, hijo, tío o tutor legal tenía potestad de decidir sobre las mujeres de la familia o el Estado”. Álvarez Espinoza, 2015, p. 165.

(2) “La mitología que, aunque por supuesto es reflejo de la ideología imperante en la sociedad que la creó, también influyó de manera notable en su transmisión y transformación (…) Los mitos (…) permitían (…) una manipulación ideológica de la realidad, mostrando cómo debía comportarse cada uno en función de su posición social, su status o su sexo. Servían pues para mantener y legitimar el orden dominante”. “La educación griega, de la que los mitos formaban una parte fundamental, reforzaba estas diferencias jerárquicas de un orden patriarcal”. “En los mitos griegos, lejos de encontrar –como a veces se pretende– el rastro de poderosas diosas, sacerdotisas, o reinas matriarcales, encontramos mujeres sumisas, violentadas, física y moralmente, por dominadores varones, o mujeres terribles que actúan de manera reprobable, recibiendo un duro castigo por ello”. Pérez Miranda, 2014, pp. 118, 120-121 y 126. En los mitos cualquier artimaña violenta es buena para convertir a las mujeres en meros objetos invisibles, a los que los hombres manejan a su antojo: “En tales relatos, la situación de indefensión social de la mujer es recurrente: es incesante el desfile de repudios, abandonos, maltratos, matricidios, muerte a manos de miembros del mismo oikos, raptos, incluso préstamos y ‘ginecofagia’ por parte del esposo, castigos varios como la exclusión del rito o mutilaciones – incluida la ceguera –, negación de los padres a darlas en matrimonio o abuso de las hijas de manera pública y sin disimulo, rechazos múltiples, alumbramientos a escondidas para impedir el infanticidio y la propia muerte, donación de los hijos para salvarles la vida e incluso el filicidio para evitarles males mayores”. “El varón tiene todos los privilegios y toma todas las iniciativas, incluida una de las más lamentables: la violación”. Difabio de Raimondo, 2012, pp. 38-39 y 49. “(…) toda la violencia que los dioses y héroes griegos y romanos ejercían sobre las mujeres en los mitos, servían para que los hombres —de carne y hueso— sometiesen a las mujeres, legitimando y naturalizando la violencia sexual”. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 15. “La violencia física, sexual y simbólica ejercida sobre la identidad femenina, a partir del estudio de las relaciones de poder y de la perspectiva de género, señala la perpetuación del orden patriarcal construido desde la imposición, el orden simbólico y la legitimación del poder (…) El análisis de la violencia simbólica contra las mujeres en los textos del mundo antiguo contribuye a identificar y visibilizar conductas que se han aceptado como normales en función de una cultura occidental donde las ‘ciudadanías femeninas’ fueron inexistentes a lo largo de la historia”. Álvarez Espinoza, 2015, p. 159-160.

(3) Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 28. “(…) la importancia de los mitos, concretamente de la mitología griega, como una herramienta ideológica fundamental para la creación y mantenimiento de los roles de género, entendidos estos no como una realidad biológica, sino como una construcción sociocultural que impone, a los varones y a las mujeres, el rol, la división del trabajo en la economía, y en el hogar, el estatus, así como los desequilibrios de poder en la participación en la toma de decisiones, sirviendo también para legitimar la sexualidad admitida frente a aquellas consideradas reprobables”. Pérez Miranda, 2014, p. 117.

(4) “Algunos autores, como Hesíodo (“un austero y amargo poeta, un granjero que vivía en Beocia, aproximadamente 700 años antes de Cristo”; Pomeroy, 1999, p. 15), presentan a las mujeres como un mal necesario para la reproducción, para dar continuidad a los linajes de los varones, de ahí la importancia que tendrá el modelo de madre, único modelo femenino que se privilegiará en Grecia junto con el de la virginidad (teniendo una gran pervivencia a lo largo del tiempo). Las mujeres, descendientes de Pandora, son retratadas como un bello, terrible y necesario mal. Un bello mal, pues son irresistibles para dioses y mortales; un terrible mal por su insaciabilidad y desmesura. Su naturaleza salvaje solo puede ser domada, como se nos dice en repetidas ocasiones, mediante la institución del matrimonio. Y un mal necesario, en definitiva, debido a su capacidad reproductora, que las hace imprescindibles para dar continuidad al linaje del esposo. (…) pese a la innegable y evidente importancia de las mujeres en la reproducción, su papel será considerado pasivo, siendo el padre el verdadero engendrador del hijo, mientras que la madre es meramente un fértil campo de cultivo en el que la semilla paterna es depositada. Es precisamente la pasividad uno de los principales rasgos asociados al sexo femenino durante toda la Antigüedad (y también posteriormente)”. Pérez Miranda, 2014, pp. 118-119.

(5) Pérez Miranda, 2014, p. 119.

(6) “Al igual que sucede con las mujeres mortales – sean doncellas o mujeres casadas –, las ninfas, las náyades y las nereidas sufren la persecución sexual del sexo masculino. Pero, mientras las primeras son acosadas por las divinidades, las segundas lo son por los hombres. Otra diferencia es que ninguno de los embarazos de las ninfas y náyades concluye en matrimonio. Parece que el tema del honor perdido y la necesidad de protección que las mortales requieren no tienen ninguna relación con las divinidades del agua”. Molas Font, 2002, p. 162. “Tanto los dioses del Olimpo como las diosas menores tenían relaciones con los mortales, que podían ser eróticas o de inspiración poética. (…) En estos casos puede distinguirse una doble pauta para los inmortales: las hembras inmortales no deben fornicar sino con machos de similar rango —o sea, dioses—, mientras que los machos inmortales pueden disfrutar de las mujeres de rango inferior o mortales. Al igual que ocurría entre los humanos, un hombre tenía acceso sexual a una esposa legítima o a las esclavas de su casa, mientras que se esperaba que su esposa le fuera fiel. Cuando las relaciones entre una diosa y un mortal eran de inspiración o protección, encontramos a menudo que la diosa era virgen. (…) Las diosas maduras eran menos útiles para los hombres que las vírgenes. Como Calipso y Circe, preferían, probablemente, retener a los héroes mediante su magia sexual. O, como las monstruosas Harpías y Sirenas podían realmente devorarlos. No obstante, Hera guia a Jasón y las diosas ayudan a sus hijos mortales. Así, Tetis auxilia a Aquiles en Troya, y Afrodita ayuda a Eneas. Con la excepción del rescate de Ariadna por Dionisios, no encontramos situaciones inversas, o sea, un dios macho apartándose de su camino para ayudar a una hembra mortal. (…) El análisis de los amores entre los dioses y las mujeres mortales, revela la vulnerabilidad femenina. (…) Los dos dioses más frecuentemente enredados en líos sexuales con mujeres mortales fueron Zeus y Apolo, los más poderosos personajes en el panteón griego. Pero las discrepancias entre el estatus del hombre y su «partenaire» femenina ha conducido a la explotación y destrucción del más débil por el más poderoso. El inacabable catálogo de violaciones en los mitos griegos incluye algunas meras tentativas y otros ataques de los dioses, enteramente consumados, y no siempre contra mujeres mortales sino también contra diosas. Este oscuro cuadro, podríamos presumir que fue pintado por hombres”. Pomeroy, 1999, pp. 23-26.

(7) Etimológicamente, Nereo y Nereidas proceden “del verbo griego Νáω (Náoo), correr, fluir”. Salas-Moya y Salas-Moya, 2017, p. 119. “La mayor parte de los autores clásicos que narran la descendencia de Nereo (…) mencionan únicamente, siguiendo a Hesíodo o bien a los poemas homéricos, sus numerosas hijas que forman el coro de las llamadas Nereidas”. Bermejo Barrera, 1980, p. 127.

(8) Gallardo López, 1995, p. 167. Grimal, 1989, p. 377. Según Heródoto de Halicarnaso, las Nereidas son propias de la cultura griega y no bebe de tradiciones anteriores (como la egipcia, cosa que sí sucede con la mayoría de deidades): Heród. II, L (Heródoto de Halicarnaso, 2000, pp. 32-33).

(9) “Las Nereidas son ninfas [divinidades de la Naturaleza (…) jóvenes, bellas, esbeltas, ágiles, risueñas, cantarinas, juguetonas] del mar (Alberro, 2002, p. 11)”. García Gual, 2004, p. 162. “Nereo desposó a la oceánide Dóride y la pareja tuvo una gran familia de ninfas marinas, las Nereidas, que vivían con sus padres en las profundidades del mar”. “Algunas de las figuras más atractivas de la mitología y el folclore antiguos son la multitud de ninfas (Nymphai), de las que se creía que habitaban en la naturaleza como espíritus de praderas y montes, de árboles y grutas, de arroyos, torrentes y del mar. Su nombre significa literalmente «jóvenes casaderas» (y son “unas divinidades de carácter menor”; Camino Carrasco, 2013, p. 154), o algo parecido. Algunas de ellas entraron dentro del catálogo de ninfas, aunque en realidad se trataba de diosas bastante relevantes, como sucede con algunas Oceánides y Nereidas (por ejemplo, Anfítrite o Tetis), pero, por lo común, el grueso de las ninfas eran semidiosas con un estatus comparativamente menor. Tenían cierta importancia en el culto popular, precisamente porque resultaban más accesibles que las grandes divinidades del panteón de las ciudades griegas, y porque se les suponía una vinculación mayor con los problemas cotidianos de los mortales, especialmente los de las mujeres. Aparecen muy a menudo en los mitos, aunque su papel no sea protagonista, sino de acompañamiento o incluso decorativo”. Hard, 2008, pp. 92 y 280.

(10) “Ya fueran náyades, nereidas, dríadas, ondinas u oceánidas, estas ninfas acuáticas generalmente se tenían por espíritus benefactores”. Repollés Llauradó, Perandones Serrano y Alemany Sánchez-Moscoso, 2014, p. 93.

(11) Grimal, 1989, p. 377.

(12) “DÓRIDE (Δωρίς)”. Grimal, 1989, p. 142. “Doris o Dóride. Madre con Nereo de las Nereidas”. Gallardo López, 1995, p. 164. Hard, 2008, p. 78. Jünger, 2006, p. 13. Rodríguez López, 1998, p. 176. Hesíodo la llama Doris: “Adorables y divinas hijas nacieron en el ponto estéril de Nereo y Doris de hermosos cabellos hija del Océano río perfecto”. Hes., Teog., 240-243 (Hesíodo, 1978, p. 81).

(13) “OCÉANO (’Ωκεανός) (…) es el primogénito de los Titanes, hijo de Urano y Gea (…). Forma pareja con Tetis, su hermana”. “TETIS (Τηθάς) (…) Nacida de los amores de Urano y Gea, es la más joven de las Titánides”. Grimal, 1989, pp. 385-386 y 512.

(14) “GEA (Γαια). Gea es la Tierra, concebida como el elemento primordial del que surgieron las razas divinas. El papel que desempeña en la Teogonia hesiódica es grande, pero nulo en los poemas homéricos. (“la «Teogonia» se convirtió en la versión griega, comúnmente aceptada de la evolución divina”; Pomeroy, 1999, p. 16). Según Hesíodo, Gea nació en segundo lugar, después de Caos e inmediatamente antes de Eros (el Amor). Sin intervención de ningún elemento masculino engendró al Cielo (Urano), que la recubre, y las Montañas, así como Ponto, personificación masculina del elemento marino. Después del nacimiento del Cielo, se unió a él; por eso sus hijos no fueron ya simples potencias elementales, sino dioses propiamente dichos. Primero hubo los seis Titanes ; Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y Crono, y las seis Titánides: Tía, Rea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis, que son divinidades femeninas. Crono es el más joven de esta estirpe. (…)”. “URANO (Ούρανός). Urano es la personificación del Cielo como elemento fecundo. Desempeña un papel importante en la Teogonía hesiódica, en la cual es hijo de Gea (la Tierra). Otros poemas lo presentan como hijo de Éter (…), sin que en esta tradición, que se remonta a la Titanomaquia, se nos dé el nombre de su madre. Esta era sin duda Hémera, la personificación femenina del Día. En la teogonía órfica, Urano y Gea son hijos de la Noche. Las leyendas de Urano más conocidas son aquellas en que interviene como esposo de Gea (…)”. Grimal, 1989, pp. 211-212 y 534-535.

(15) “El Océano es la personificación del agua, que, en las concepciones helénicas primitivas, rodea al mundo. Se le representa como un río que corre alrededor del disco llano que es la Tierra. (…) Como divinidad, el Océano es el padre de todos los ríos (…) que engendró con Tetis (“Los mitógrafos, entre ellos Hesíodo [en su Teogonía], [propusieron] que el origen de la Naturaleza fuera la unión entre los dioses acuáticos Océano y Tetis, padres de los 25 ríos principales y de otros 3000 ríos menores”; Ruiz de Arbulo, 2011, p. 11). También con Tetis engendró a igual número de hijas, las Oceánides (“Las océanides representan en los ríos mismo papel que las nereidas en el mar. Incluso hay coincidencia en algunos de los nombres”; Gallardo López, 1995, p. 163), que se unieron con muchísimos dioses, y a veces con mortales, para dar vida a numerosos hijos. Personifican los arroyos, las fuentes, etc. Hesíodo menciona cuarenta y una, siendo la mayor Éstige y siguiendo luego Peito, Admete, Yante, Electra, Dóride, (…) Forma pareja con Tetis, su hermana, que representa la potencia fecunda (femenina) del mar”. “Tetis es una de las divinidades primordiales de las teogonías helénicas. Personifica la fecundidad «femenina» del mar. Nacida de los amores de Urano y Gea, es la más joven de las Titánides (…). Casó con Océano, uno de sus hermanos (…), de quien tuvo gran número de hijos, más de tres mil, que son todos los ríos del mundo. (…) La morada de Tetis suele situarse en el extremo occidental, más allá del país de las Hespérides, en la región en donde cada atardecer el Sol termina su curso”. Grimal, 1989, pp. 385-386 y 512.

(16) Hes., Teog., 240-243 (Hesíodo, 1978, p. 81). Virg., Geórg., IV, 390-394 (Virgilio, 1990, p. 377). Salas-Moya y Salas-Moya, 2017, p. 119. “Nereo. El mayor de los hijos de Ponto y Gea. Tuvo considerable importancia. (…) En época posterior, cuando se fijó el panteón clásico, fue casi eclipsado por Posidón. En contraste con el desagradable carácter de Posidón, se suele representar a Nereo como un amable anciano de blanca barba, sabio y servicial. Con su esposa, la oceánide Doris, fue padre de las nereidas”. Gallardo López, 1995, p. 25. “Nereo, dios marino más antiguo que Neptuno, era, según Hesíodo, hijo del Océano y la Tierra. Había casado con Doris, su hermana, de quien tuvo cincuenta hijas, las Nereidas. Se le representa como un anciano amable y pacífico, lleno de justicia y moderación”. Commelin, 2017, p. 77. “NEREO (Νηρεύς). Nereo es uno de los «Viejos del Mar», a veces el «Viejo del Mar» por antonomasia. Es hijo de Ponto (la Ola marina) y de Gea (la Tierra), y, por consiguiente, hermano de Taumante, Forcis, Ceto y Euribia (…). Tuvo por esposa a Dóride, otra hija de Océano, con la cual engendró a las Nereidas (Hard, 2008, p. 91; Jünger, 2006, p. 13) (…). Además, la leyenda conoce un hijo suyo, Nerites (“una tradición marginal, conservada por Eliano, según la cual una bella concha marina en espiral perteneciente a un crustáceo fue, en su tiempo, un bello joven hijo de Nereo que poseía el nombre de Nérites (…). Contaban los marineros que Nereo tenía un hijo llamado Nérites, que era el joven más bello entre los hombres y los dioses, por lo cual fue amado por Afrodita (…). Esta es la primera versión de la historia de los marineros. La segunda dice que Nérites era apreciado por Posidón, al que también el joven amaba. (…) los nombres de Nérites, Nereo y Nereidas pueden asociarse al nombre del monte corintio Νήριτον, por lo cual es posible que ‘exista una tradición corintia como fuente de estos cuentos marineros’”; Bermejo Barrera, 1980, pp. 127-128). (…). Nereo es una de las figuras que con más frecuencia interviene en el folklore marino de Grecia. Más antiguo que Posidón (“Era un dios anterior a los olímpicos a quien luego Poseidón, yerno suyo, ha sustituido como gran señor de los mares”; García Gual, 2004, p. 160), que pertenece a la generación de los dioses olímpicos, Nereo figura entre las divinidades de las fuerzas elementales del Mundo. Como casi todos los dioses marinos, Nereo tiene el don de metamorfosearse en toda clase de animales y seres. (…). Generalmente se considera a Nereo como un dios bienhechor y benévolo para los marinos. Se le representa barbudo, a menudo con barba cana, cabalgando un tritón y armado con el tridente”. “PONTO (Πόντος). Ponto, la «Ola», es la personificación masculina del mar. No posee leyenda propia, y sólo figura en las genealogías teogónicas y cosmogónicas. Es considerado como hijo de la Tierra (Gea) y del Éter. Pero, unido a Gea, engendró a Nereo, Taumante, Forcis, Ceto y Euribia (…). A veces se le atribuye también la paternidad de Briareo y de los cuatro Telquines: Acteo, Megalesio, Órmeno y Lico”. Grimal, 1989, pp. 377-378 y 446.

(17) “Generalmente son cincuenta (García Gual, 2004, pp. 160-162; Graves, 1985, Tomo I, p. 140), pero a veces su número se eleva hasta ciento (Ruiz de Arbulo, 2011, p. 12). Poseemos cuatro listas de Nereidas, que se completan mutuamente. He aquí, por orden alfabético, la relación que resulta de la comparación de nuestras fuentes : Acteea, Agave, Amatea, Anfínome, Anfítoe, Anfitrite, Apseudes, Autónoe, Calíanasa, Calinira, Calipso, Ceto, Cimatolege, Cimo, Cimódoce, Cimótoe, Clímene, Cranto, Dero, Dexámene, Dinámene, Dione, Dóride, Doto, Erato, Espeo, Éucrate, Eudora, Eulímene, Eumolpe, Eunice, Eupompe, Evágora, Evarne, Éyone, Ferusa, Galatea, Galene, Glauce, Glaucónome, Halimede, Halio, Hipónoe, Hipótoe, Laomedea, Liágora, Limnorea, Lisianasa, Mélite, Menipe, Mera, Nausítoe, Nemertes, Neomerís, Nesea, Neso, Oritea, Pánope, Pasítea, Plexaura, Polínoe, Pontomedusa, Pontoporea, Prónoe, Porto, Proto (Πρωτώ), Protomedea, Psámate, Sao, Talía, Temisto, Tetis, Toe, Yanasa, Yanira, Yera, Yone. Esta lista global, que contiene setenta y siete nombres (Gallardo López, 1995, p. 167), muestra la diversidad de tradiciones, sometidas al capricho individual de los mitógrafos y los poetas. Las pinturas de los vasos citan aún otras Nereidas, como, por ejemplo, Nao, Pontómeda, Cálice, Coro, Iresia, Cimatótea, Eudia, etc.”. Grimal, 1989, p. 377. Apolodoro nos ofrece su lista en su Biblioteca Mitológica: Apd., Bibl., I, 2, 6 (Apolodoro, 1985, pp. 43-44). Hesíodo, en su Teogonía: Hes., Teog., 240-264 (Hesíodo, 1978, pp. 81-82; “a Hesíodo le gustaba asignar nombres propios a cada uno de los miembros de los grupos de dioses, lo hace incluso con las Nereidas y las Oceánides; Hard, 2008, p. 72; en el “Catálogo Nereidas” de  Hesíodo: “Todas las diosas designan cualidades marinas, y prácticamente todas son adjetivos morfológicamente femeninos. Todos ellos podrían ser características del Mar, o una región del mar”; Santoro, 2008, pp. 102-103). Higinio, en sus Fábulas: HIG., Fab., pref. 8 (Higinio, 2009, p. 68). Homero, en su Ilíada: Il. XVIII, 39-49 (Homero, 1996, pp. 467-468; “El Catálogo de la Ilíada tiene un campo semántico más restringido y consistente que el de Hesíodo, quien parece haber añadido otros nombres femeninos y marinos hasta completar la cifra redonda de 50”; Santoro, 2008, p. 104). Virgilio, en Geórgicas: Virg., Geórg., IV, 336-345 (Virgilio, 1990, p. 374). A modo de curiosidad: “El 92% de los nombres de las nereidas ha sido empleado para nombrar especies marinas, ya sea con el nombre completo o con las raíces de los nombres de ellas”. Salas-Moya y Salas-Moya, 2017, p. 118.

(18) “Estas Nereidas, en general, no desempeñan individualmente ningún papel en las leyendas; sin embargo, algunas tienen una personalidad más relevante que sus hermanas. Así, en primer lugar, Tetis, madre de Aquiles (…), luego Anfitrite, esposa de Posidón, Galatea”. Grimal, 1989, p. 377. Tenemos un ejemplo de ello en la Odisea: “Y del mar surgió tu madre con las diosas marinas al escuchar la noticia”: Od. XXIV, 46-48 (Homero, 2008, p. 462).

(19) Grimal, 1989, p. 377. Eran “extraordinariamente bellas según nos cuentan los versos de Hesíodo”. Rodríguez López, 1998, pp. 176. Se resaltan también su belleza, por ejemplo en: Apd., Bibl., II, 5 (Apolodoro, 1985, p. 95); HIG., Fab., LXIV 1 (Higinio, 2009, p. 148). También lo refleja Propercio en Prop., El., II, 26, 15-16 (Propercio, 1989, p. 158).

(20) Rodríguez López, 1998, pp. 176. Rodríguez López, 1993, p. 218.

(21) Commelin, 2017, p. 77. García Gual, 2004, p. 160. Grimal, 1989, p. 377. Jünger, 2006, pp. 13-15. “Suelen representarse, al igual que ocurría con las oceánides, como hermosas jóvenes, sólo que en el mar. Las bellas nereidas frecuentemente forman parte del cortejo del dios del mar, a veces van montadas en caballitos marinos y suelen sostener el tridente o una corona”. Gallardo López, 1995, p. 167. “Todas las nereidas eran jóvenes bellísimas que pasaban el tiempo cantando o tejiendo”. Ruiz de Arbulo, 2011, p. 12. “Las nereidas vivían en el fondo del mar, en el palacio de su justo padre, y sentadas en tronos de oro, pasaban el tiempo hilando, tejiendo y cantando (comportamiento típicamente femenino)”. Rodríguez López, 1998, p. 177. “(…) las nereidas, que atravesaban las aguas montadas en caballos de mar, tenían los cabellos sembrados de perlas. Sus cabelleras, sueltas y ondeadas, repetían el movimiento de las aguas”. Gache, s.f., p. 1.

(22) “Con unas pocas excepciones, permanecieron todas juntas sin contraer matrimonio y sólo salían de su morada para competir con las bestias marinas entre las olas o para bailar en la costa”. “(…) las Nereidas, que preferían vivir una vida despreocupada como vírgenes en compañía de sus padres y sus muchas hermanas”. Hard, 2008, pp. 92 y 155.

(23) “Por lo general intervienen en las leyendas en calidad de espectadoras, raras veces como actrices (“Pasan a primer plano en el episodio de la muerte de Aquiles, a quien lloran al lado de su hermana Tetis, o en el momento en que indican a Heracles cómo logrará de Nereo la información precisa sobre el camino del país de las Hespérides. También se hallan presentes cuando Perseo libera a Andrómeda [ofrecida al monstruo para aplacar la cólera de Poseidón, queriendo vengar el amor propio de las nereidas, con las que Casiopea, la madre de Andrómeda, había intentado rivalizar en belleza]. No menos conocida es su presencia en el rapto de Tetis o en la escena de la entrega de las armas a Aquiles”; Rodríguez López, 1998, pp. 177-179). Lloran, con su hermana Tetis, la muerte de Aquiles y la de Patroclo. Indican a Heracles cómo logrará de Nereo la información precisa sobre el camino del país de las Hespérides (…). Se hallan presentes cuando Perseo libera a Andrómeda, etcétera (…)”. Grimal, 1989, p. 377. “Las Nereidas apenas desempeñan un papel específico como grupo en las narraciones míticas”. Hard, 2008, p. 92. “Son divinidades muy populares y, aunque solo protagonizan mitos de manera excepcional (como el caso de Anfitrite, esposa de Poseidón; Galatea, la nereida deseada por el cíclope Polifemo; Calipso, enamorada de Odiseo; ….), sí que participan en muchos de ellos acompañando a otras divinidades como parte de su cortejo –Pan, Hermes, Apolo, Ártemis, Dioniso… – y ayudando a algunos héroes”. Camino Carrasco, 2013, p. 154.

(24) “No son inmortales, salvo algún caso excepcional, pero su longevidad es bastante notable”. Camino Carrasco, 2013, p. 154. “En el momento de su muerte, las nereidas emitían un fuerte gemido lastimero”. Morrone y Fortino, 1996, p. 64.

(25) Alberro, 2002, p. 11.

(26) Rodríguez López, 1998, p. 177.

(27) Aparecen portando un espejo “ya en la pintura de vasos apulios y campanos de finales del siglo IV a.C., donde suelen flotar junto al animal, generalmente un delfín, sobre cuyo lomo se apoyan con un antebrazo mientras sostienen en la otra mano el mango de un espejo. Sin embargo, el número más significativo de nereidas portando un espejo se concentra en la musivaria romana”. Blázquez Martínez, 2007, pp. 558-559. En los mosaicos romanos de la Antigüedad Tardía aparecen representadas flotando al lado o sobre la “cola pisciforme de un monstruo marino o variedad de tritón”. Neira Jiménez, 1997, pp. 364-365.

(28) Mayor Ferrándiz, 2012, p. 29.

(29) “Alguna vez son representadas mitad mujeres y mitad peces”. Commelin, 2017, p. 77. “(…) las oceánides o nereidas, a las que al asociarlas al mar les colocan cola de pez”. Camino Carrasco, 2013, p. 155.

(30) Plin., NH., IX, 9 (Plinio El Viejo, 2003, pp. 229-230). “Hacia el año 77 d.C.”. Morrone y Fortino, 1996, p. 64. “Plinio nació entre el año 23 y 24 en una colonia romana conocida con el nombre de Nouum Comum (actual Como en la Lombardía, Italia). Pertenecía a una familia acomodada de la burguesía provincial. (…) Se sabe que escribió obras de gramática a finales del reinado de Nerón (…) Pero la más conocida, sin lugar a dudas, (…) es Naturalis Historia o Historia Natural”. Camino Carrasco, 2013, pp. 145-146.

(31) Camino Carrasco, 2013, p. 155.

(32) La creencia en seres híbridos (cuerpo de animal coronado por una cabeza humana), como nereidas, tritones y sátiros, “perduró hasta bien entrado el siglo XVIII, y en numerosos tratados de teratología la presencia de estos seres casi mitológicos era constante”. Así, “En la Edad Moderna se mantuvo vigente la creencia en seres híbridos de diversas formas cuyo origen se encontraba en la antigüedad clásica”. Flores de la Flor, 2011, pp. 144 y 150.

(33) “(…) en demasiadas ocasiones, las sirenas han sido confundidas con las nereidas”. Camino Carrasco, 2013, p. 153. “Las Nereidas resultan lo más parecido a nuestras sirenas”. García Gual, 2004, p. 160. “Si las Nereidas eran una especie de sirenas según la concepción arcaica —aunque hay que señalar que carecían de cola de pez—, su nombre ha terminado señalando a las ninfas marinas y a las hadas en la Grecia moderna, en el lugar que ocupaban las Dríadas, Melias y otras. Mediante un cambio de significado semejante, el nombre gorgona ha terminado siendo aplicado a las sirenas”. Hard, 2008, p. 92.

(34) “Escrita en 1836, pero publicada hasta un año después, La Sirenita fue concebida originalmente para ser un ballet, cuyo desenlace sería su suicidio o inmolación lanzándose a las olas del mar, otrora su espacio vital; hoy, convertida en mortal, su propia tumba. (…) En términos generales, la mayoría de los cuentos infantiles poseen su referente en la antigüedad griega o en los relatos populares, patrimonio de la rica pluralidad cultural de los pueblos europeos”. “Más adelante, la sirenita ha sido interpretada y adaptada, tanto visualmente como desde el punto de vista literario, de una forma libre, convertida en un cuento infantil de contornos más sencillos, donde se enfatiza un manejo del relato que se aviene más a una visión positiva y optimista. El caso más ilustrativo y reciente es el de la interpretación animada de Walt Disney en la década del noventa, en la cual se interpreta y adapta el argumento con un inevitable final feliz, adecuado para la audiencia infantil”. González, 2013, pp. 13-14 y 20.

(35) Andersen, 2010, p. 1.

(36) García Fuentes, 1973, pp. 108-110. Grimal, 1989, pp. 483-484. Esta imagen de “sirena-pájaro” se mantuvo hasta el Románico. Martos García, 2016, p. 186.

(37) “Las primeras referencias escritas en relación a las sirenas se remiten al siglo VIII aC y corresponden a la Odisea de Homero, el cual las describe, en boca de la maga Circe, como hechiceras capaces de atraer a todo aquél que escuche su dulce canto, dejándolo para siempre en sus prados, donde, sin lugar a dudas, hallará su final (Homero, Od.: XII, 36 y ss.). Así pues, remarca enérgicamente el peligro mortal que encarnan sin mencionar, no obstante, la apariencia física de tan temibles criaturas (…) Consideramos que, en ese momento, dicha descripción formal de las sirenas no era necesaria puesto que los griegos y las griegas de la época ya conocían el aspecto físico de los monstruos que el poeta hace aparecer en su relato. Ello se debe a las numerosas representaciones de figuras mitad humanas mitad pájaros que aparecen, por ejemplo, en los agarraderos de las asas de los peroles de bronce de finales del siglo VIII aC, provenientes del norte de Siria y del reino de Urartu (Anatolia oriental), a los cuales deben sumarse las posteriores imitaciones griegas. La coetánea presencia de piezas tan cargadas de significado permite apuntar a la transmisión de conocimientos – y, claro está, de imaginario – mediante las rutas comerciales entre el Próximo Oriente y el Mediterráneo Oriental. En Época Clásica tiene lugar un notable auge descriptivo e iconográfico de las sirenas, especialmente destacable a lo largo del siglo VI aC por lo que respecta a las producciones cerámicas. De forma paralela, a partir de este momento la literatura y la plástica presentan la evolución de unos seres cuyas características formales van adquiriendo, paulatinamente, la apariencia de jóvenes doncellas –aparecen primero los brazos, después el torso con los pechos bien definidos y, posteriormente, la cintura y los muslos–, a la vez que sus actitudes se tornan más ambiguas y amenazantes, remarcándose su vileza, astucia y caprichosa seducción, siempre orientadas en contra del sujeto masculino. Así pues, observamos cómo desde sus primeras referencias escritas e iconográficas las sirenas son presentadas como criaturas femeninas monstruosas, extremadamente peligrosas para los hombres – al igual que el mar que les da cobijo –, pero cuya maldad y hechizo pueden ser contrarrestados mediante la inteligencia y la razón inherentes en los hombres”. Jordana Marín, Martínez Bonfill, Santiago y Yúfera, 2011, pp. 199-200.

(38) “Las Nereidas tienen la apariencia de hermosas mujeres (…) pero protegen a los marinos y no buscan su muerte”. Mayor Ferrándiz, 2012, p. 28. “Las Nereidas (…) salen a saludar a los navegantes, nadadoras ágiles, blancas y espumosas, aunque sin cola de pez”. García Gual, 2004, p. 160. “Las cincuenta Nereidas parecen haber sido un colegio de cincuenta sacerdotisas de la Luna cuyos ritos mágicos aseguraban una buena pesca”. Graves, 1985, Tomo I, p. 142. “Heródoto señala que los persas llegaron a hacer un sacrificio en honor de las Nereidas, de acuerdo con el uso de los griegos, cuando su flota fue golpeada por una fuerte tormenta junto a las costas de Grecia”. Hard, 2008, p. 92. “En las fuentes originales aparecen como seres que vivían en las profundidades del océano, que de vez en cuando emergían a la superficie para ayudar a marineros”. González, 2013, p. 17. “Las riquezas del mar y los peligros de la navegación se fusionaban en un mito de gran fama narrado como el cortejo de las bodas de Poseidón (…) y la nereida Anfitrite”. Ruiz de Arbulo, 2011, p. 12. “Junto a la amable visión que ofrecen las nereidas, el mar fue también símbolo de destrucción. Así, el monstruo marino por antonomasia, el Ketos, era la personificación de la fuerza destructora de las inundaciones y catástrofes marinas”. Rodríguez López, 1993, p. 219.

(39) Apd., Bibl., I, 25 (Apolodoro, 1985, p. 80).

(40) “Las sirenas, por su parte, solían atraer con sus cantos a las naves hacia los escollos para que los marinos perecieran y así, devorar sus cadáveres. Estas, junto con las ninfas y las nereidas, dedicaban su tiempo a cautivar a los hombres, ya sea desde el mar o desde fuentes, cascadas y manantiales. Todas ellas eran hermosas y tenían especial cuidado en cuanto a su aspecto se refiere”. Gache, s.f., p. 1.

(41)

“Aunque no se conocen las razones, en los países meridionales de Europa el nombre de sirena pasó a designar a seres marinos mitad humanos mitad peces, originarios de Europa septentrional, pues no existen en la mitología griega ni en la romana”. Alberro, 2002, p. 11. “Las Sirenas (…) el paso en la Edad Media a la forma con que hoy son conocidas, como seres mitad mujer, mitad pez. (…) «Eurínome, madre de las Gracias, según el testimonio de Pausanias, VIII, 41, 6, poseía forma híbrida, de mujer hasta los muslos y el resto de pez. Esta figura, que es la que las Sirenas tienen a partir del siglo vi de nuestra era, y que parece haber sido adscrita alguna vez (nunca en la literatura) a las Nereidas y a los Tritónides, es propia sólo de divinidades marinas masculinas, los Tritónides y Glauco; Eurínome es, pues, el único precedente casi seguro de esa figura híbrida en divinidad femenina, nada menos que en una imagen del culto y venerada en un templo famoso (…) la cola de pez se adscribió a las Sirenas en el siglo VI d. C.”. García Fuentes, 1973, p. 108. “Es en el siglo VI después de Cristo, en el anónimo Liber Monstruorum de diversis generibus cuando empiezan a aparecer las Sirenas con cola de pescado: Las Sirenas son doncellas marinas, que seducen a los navegantes con su espléndida figura y con la dulzura de su canto. Desde la cabeza hasta el ombligo, tienen cuerpo femenino, y son idénticas al género humano; pero tienen las colas escamosas de los peces, con las que siempre se mueven en las profundidades. (“Sirenae sunt marinae puellae quae navigantes pulcherrima forma et can tus decipiunt dulcitudine, et a capite usque ad umbilicum sunt corpore virgi 20 nali et humano generi simillimae , squamosas tamen piscium caudas habent, quibus in gurgite semper latent”; Haupt, 1863, p. 7). La figura de las Sirenas con cuerpo de mujer y cola de pez no aparece en ningún relato antiguo (…) En la Edad Media coexisten ambas representaciones iconográficas y, así, vemos Sirenas-ave en algunos capiteles, mientras, simultáneamente, en otros su imagen es la de una mujer-pez”. Mayor Ferrándiz, 2012, pp. 28-29. “Durante el desarrollo de todo ese acopio visual en la Edad Media, se denominaron bestias a esos seres fantásticos, de aquí el término bestiario para titular esta especie de manuales reproductores de todo ser y fenómeno bizarro, extraño e inexplicable, producto de los caprichos de la naturaleza en la tierra creada por Dios”. González, 2013, p. 16. “No hay una teoría fundada que explique de forma fehaciente el paso de la representación de la sirena-ave a la sirena-pez, lo que tenemos es una profusión de fuentes clásicas y neohelénicas, que asimilan las sirenas a otros númenes y a sus respectivos atributos, ya sean ninfas, nereidas, oceánides, o como hijas de un dios-río como Aquelóo, o númenes concretos como Escila o Tritón. (…) Más allá del mito odiseico, es normal que hayan acabado siendo identificadas con las náyades o las nereidas, en suma, con damas de agua vinculadas bien a las costas (…) o bien a los cursos de agua dulce, y que se hayan ido también confundiendo sus atributos. (…) Y aquí es donde se ratifica con toda lógica el cambio de la prosopografía de la sirena-ave a la sirena-pez, del espíritu tutelar y necromántico de aquella a la mujer con cola de pez, cercana a la iconografía de las nereidas, y unidas ambas representaciones por el nexo de lo hibrido. Incluso se producen confusiones entre las sirenas y las arpías. (…) Vicente García de Diego (1958) habló de un mecanismo que viene a cuento de estas interpenetraciones: la transpersonificación. En las leyendas, a menudo, hay a menudo un intercambio de personajes siempre y cuando desarrollen una función equivalente. (…) se produjo un auténtico cambio en el programa iconográfico de la tradición clásica al reemplazar la sirena-ave por la sirena-pez, de la mano de una cosmovisión que sustituía la naturaleza funeraria de la sirena homérica por una visión mucho más erotizada y delicuescente”. Martos García, 2016, pp. 184-185. “Durante la Edad Media hubo cierta ambigüedad acerca del cuerpo de las sirenas, hasta que Richard de Fourni, en su Bestiaire d’Amour, determinó la existencia de dos tipos de sirenas: una, mitad mujer y mitad pez, y la otra, mitad mujer y mitad ave. Ambas hacían música, ya sea con trompeta, con arpa o mediante su voz. Otros bestiarios medievales también tuvieron por protagonistas destacadas a las sirenas”. Morrone y Fortino, 1996, p. 65. En la Edad Media y la Edad Moderna, los monstruos híbridos formados por la mezcla de humano y animal “ocupaban un significativo lugar dentro de los libros de teratología y eran citados como ‘monstruos multiformes’ al estar formados por elementos anatómicos dispares de diferentes especies”. Flores de la Flor, 2011, p. 143.

(42) “(…) el título de este cuento que ha sido universalmente conocido como el de: La pequeña sirenita (para el ámbito hispanoparlante). Presenta interesantes problemas en su traducción, ya que el término en inglés, alemán y en danés, no coincide con lo que se desea designar. Andersen denominó su cuento Den lille havfrue, el cual, traducido al español, significa exactamente ‘La pequeña sirenita’. (…) cuando hacemos una traducción literal del título y obtenemos lo siguiente: lille es ‘pequeña’; hav significa ‘mar’ y frue, ‘mujer’. Al componer estas palabras obtenemos el siguiente título: La jovencita del mar. Tanto en alemán Die kleine Meerjungfrau como en inglés The Little Mermaid, se hace clara alusión, no tanto a la generalización del concepto de jovencita, sino más bien al de doncella, aspecto que cambia radicalmente el significado del personaje, particularmente para el tiempo en que fue escrito el cuento y las connotaciones que tenía el término doncella; ya que para el siglo XIX, y muy en particular dentro del sentimiento y la percepción romántica, este término encarna a una princesa que habita un palacio y es poseedora de un atributo esencial dentro de la moral cristiana del siglo XIX: una virginidad que es objeto de pasiones y tragedias amorosas, derivadas del sentido profundamente historicista del romanticismo que equivalía a su amor y redescubrimiento del ideal medievalista”. González, 2013, pp. 15-16. “Gustav Klimt (1862-1918), pintó siempre nereidas desnudas que describían ornamentales volutas hídricas, pero el origen de su imaginario no estaba tanto en las artes decorativas como en el alegorismo medieval de una doncella sublimada como una naturaleza en flor, a la manera del panteísmo vegetal de Guillaume de Lorris y Jean de Meung (2003) en el Roman de la Rose, 1237-1277”. Repollés Llauradó, Perandones Serrano y Alemany Sánchez-Moscoso, 2014, p. 94.

(43) “Los contornos y personificaciones desplegados por el autor danés, se encuentran influidos por dos tradiciones principales: la primera se remite a la griega y la segunda, a la germánica. Si resumimos ambas obtenemos lo siguiente: Las Sirenas son un grupo particular de ninfas, inicialmente con cuerpo de ave y rostro humano, terminaron con el paso de los siglos en ser hermosas mujeres con la parte inferior de pez (asemejándose a las nereidas). En Inglaterra se las conoce como Mermaids y en Escandinavia como Merminnes; estas sirenas nórdicas, en vez de una cola poseen dos. Por lo general, las sirenas atraen con sus bellos cantos hipnóticos a marinos en sus barcos, hasta que las naves chocan contra las rocas; luego las sirenas arrastran bajo las aguas a los marinos y pasajeros para devorarlos […] Hay tres sirenas famosas en el norte europeo; la primera, Loreley, habita en una roca en el poderoso río Rin y con sus cantos atrae a los marineros y los ahoga en aguas del poderoso río. Las otras dos sirenas eran hermanas y un día salieron del profundo mar Báltico. La primera, muy niña todavía, se quedó en Dinamarca; la sirenita, como se le conoce, aún se le puede ver sentada frente a las costas de Copenhague; lugar donde enamoró al joven Hans para que contara una historia de amor (Bestiario mitologico y medieval)”. González, 2013, p. 17. “En el manuscrito vikingo El espejo del rey (Konungs Skuggsja) del siglo XIII, se describió una sirena como una criatura con aspecto humano, de gran tamaño y carente de manos, que emergía erguida de las aguas precediendo a una tormenta”. Morrone y Fortino, 1996, p. 65.

(44) “Es probable que las fuentes de Andersen se tornan en una mezcla de sirenas, mermines y, desde la óptica griega, se acerca más a la definición de la nereida griega que al concepto tradicional de sirena en esta última cultura”. González, 2013, p. 17.

(45) “El carácter benéfico de las nereidas y el vínculo etimológico de la palabra con las lenguas germánicas (el inglés, el alemán y el danés) hace que no dudemos en sospechar que la ‘sirenita’ de Andersen era en realidad una nereida”. González, 2013, p. 17.

(46) “POSIDÓN (Ποσειδών). Posidón, el dios que reina sobre el mar, es uno de los Olímpicos (“Con el derrocamiento del padre de Zeus, los Olímpicos tomaron el poder”; Pomeroy, 1999, p. 18), hijo de Crono y Rea. Según las tradiciones, es considerado ora el hermano mayor de Zeus, ora el menor. (…) Desde los tiempos de la Ilíada, Posidón tiene asignado el dominio sobre el mar, como Hades reina en los Infiernos, y Zeus en el Cielo y la Tierra. (…) Posidón tiene una esposa «legítima », la diosa Anfitrite (…), una nereida, (…). Se representaba a Posidón armado con el tridente, que es el arma por excelencia de los pescadores de atún, y montado en un carro arrastrado por animales monstruosos, mitad caballos mitad serpientes. Este carro se hallaba rodeado de peces, delfines, animales marinos de toda clase, de nereidas, y genios diversos, como Proteo, Glauco, etc.”. Grimal, 1989, pp. 447-448.

(47) “TRITÓN (Τρίτων). En sentido estricto, Tritón es un dios marino análogo a Nereo, Glauco, Forcis, etc. Generalmente se considera que es hijo de Posidón y de Anfitrite (…). Tiene por hermana a Rode (…). Aunque su morada habitual sea el mar, Tritón se considera a veces, en las leyendas tardías, como el dios del lago Tritonis, en Libia. (…) (“Hijo de Neptuno y Anfítrite, era un semidiós marino; la parte superior de su cuerpo, hasta los riñones, figuraba un hombre nadando, y la inferior un pez de cola larga. Era el trompeta del dios de la mar, a quien precedía siempre, anunciando su llegada al son de su retorcido caracol. Aparece algunas veces en las superficies de las aguas, y va otras en un carro que arrastran caballos azules”; Commelin, 2017, p. 80). El nombre de Tritón se aplica con frecuencia no a una sola divinidad, sino a toda una serie de seres que forman parte del cortejo de Posidón (“Se representa a Posidón como una figura majestuosa, parecido a Zeus en su aspecto general. Suele llevar el tridente y a veces va montado en su carro acompañado de un cortejo de seres marinos tales como peces, delfines, tritones, nereidas, etc.”; Gallardo López, 1995, p. 74; “Aunque aparentemente sólo había un único Tritón en la tradición más antigua, su nombre llegó a aplicarse en sentido general a toda una raza de seres marinos con cola de pez que acompañaban a Poseidón por el mar y que jugaban con las Nereidas”; Hard, 2008, p. 157). Tienen la parte superior del cuerpo parecida a la de un hombre; su parte inferior es la de un pez. Generalmente, se les representa soplando en conchas que les sirven de trompa”. Grimal, 1989, pp. 524-525. Así describe también a los tritones Plinio el Viejo: Plin., NH., IX, 9 (Plinio El Viejo, 2003, pp. 229-230). “Los tritones son otros monstruos vinculados a los mares, y que en ocasiones se presentan como el equivalente masculino de las sirenas – las que son mitad pez –, o de las oceánides o nereidas, a las que al asociarlas al mar les colocan cola de pez. Estos seres, mitad pez mitad hombre, eran en su origen un hijo del dios Poseidón y la nereida Anfitrite, cuyo nombre era precisamente Tritón”. Camino Carrasco, 2013, p. 155.

(48) Gallardo López, 1995, p. 74. Hard, 2008, p. 157. “Las ménades («mujeres posesas») son las bacantes divinas que siguen a Dioniso para personificar los espíritus orgiásticos de la naturaleza, y sus desenfrenadas costumbres fueron imitadas en los ritos por las bacantes humanas entregadas al culto del dios. (…) Su paralelo en el «thíasos» marino son las figuras de las nereidas, pero en esta comparación es preciso señalar que las formas orgiásticas que se revelan en todo momento en el rito dionisíaco, no estuvieron presentes en ningún caso en las procesiones marinas”. “(…) el originario carro de la pareja [Posidón y Anfítrite] se desliza sobre la superficie del mar, y los corceles de su tiro pasan a ser caballos marinos o delfines; es entonces cuando los dioses del mar aparecen precedidos por un tritón, que anuncia su llegada con el sonido de su aulos, y su presencia se celebra con el júbilo de un tropel marino formado por tritones, hipocampos, nereidas, ictiocentauros y toda suerte de animales fabulosos. Este tema, conocido como la Apoteosis de Poseidón y Anfítrite, fue muy habitual en el mundo helenístico, desde donde pasó a Roma; su origen hay que buscarlo, muy probablemente, en el carro triunfal de Dioniso y Ariadna”. Rodríguez López, 1998, pp. 162 y 170.

(49) “Son diosas inmortales, las princesas del Mediterráneo, que forman parte del «thíasos» marino como la personificación de la fecundidad y la gracia del mar, constituyendo el espíritu y carácter femenino del mismo, frente a la brutalidad y aspecto masculino que, (…), se personifica a través de los tritones o ictiocentauros”. Rodríguez López, 1998, p. 176. “El prototipo de Tritón dio paso, asimismo, a la figuración de los ictiocentauros, seres concebidos como los centauros, pero con las extremidades traseras propias de los animales marinos, y de las tritonisas (mujeres con extremidades inferiores pisciformes), que no fueron muy frecuentes en las representaciones antiguas, posiblemente porque los artistas prefirieron la curiosa contraposición de naturalezas que se daba entre los monstruosos cuerpos de los tritones, y las exquisitas y delicadas formas de las nereidas”. Rodríguez López, 1993, pp. 218-219.

(50) “Apolodoro clasifica a Anfitrite, la consorte de Poseidón, como una oceánide, en lugar de como una nereida como aparece en la Teogonia (Apd., Bibl., I, 2, 2 [Apolodoro, 1985, p. 42]; Hes., Teog., 244 [Hesíodo, 1978, p. 81]”. Hard, 2008, p. 79.

(51) Commelin, 2017, p. 78. Grimal, 1989, p. 30. Sanjuán Iglesias en Khronos Historia, 2020, p. 71. “Anfítrite aparece por primera vez en Homero (Od. 3.91, 5.422 y 12.60), pero como el nombre del mar, no como una diosa (“En los poemas homéricos, Anfítrite es citada como sinónimo del mar (), «la que rodea el mundo», una simple abstracción no personificada; sin embargo, la Odisea ya la menciona como esposa del dios marino”; Rodríguez López, 1998, p. 169). Hesíodo (Theog. 243, 254, 930) la convertirá en una nereida, esposa de Poseidón, presente en el nacimiento de Apolo (Himno Homérico a Apolo 94).”. Diez del Corral Corredoira, 2011, p. 1.

(52) Gallardo López, 1995, p. 169. Grimal, 1989, p. 30.

(53) Sanjuán Iglesias en Khronos Historia, 2020, p. 71.

(54) Tenéis la enorme lista de violaciones y demás salvajadas cometidas por los dioses y héroes griegos contra las mujeres en la mitología griega en nuestra obra: Khronos Historia, 2020.

(55) Grimal, 1989, pp. 30-31. Hard, 2008, p. 156.

(56) Hard, 2008, p. 156. “Se cuenta también que Posidón la amaba desde hacía mucho tiempo, pero que por pudor la joven lo rechazó y se ocultó en las profundidades del Océano, más allá de las Columnas de Hércules. Descubierta por los Delfines, fue conducida por éstos, en medio de un solemne cortejo, a Posidón, quien la hizo su esposa”. Grimal, 1989, p. 31. “Anfitrite (…) huyó al monte Atlas para eludirlo, pero él mandó mensajeros tras ella; entre ellos se’ hallaba Delfino, quien defendió la causa de Posidón tan bien que ella cedió y le pidió que arreglara el casamiento. Posidón, agradecido, puso la imagen del mensajero entre las estrellas como una constelación, el Delfín”. Graves, 1985, Tomo I, p. 62. Commelin, 2017, p. 78. Sanjuán Iglesias en Khronos Historia, 2020, p. 71.

(57) La consorte de Posidón “es la nereida Anfitrite, divinidad escasamente importante”. “Anfitrite (…) no tiene la importancia que esperaríamos de la esposa del señor supremo del mar, al igual, por ejemplo, que Perséfone junto a Hades”. “Anfitrite es una divinidad menor, escasamente importante en la Mitología, y de ninguna manera representa al lado del dios del mar el preponderante papel que esperábamos de su esposa, al igual que lo representa Hera en el Cielo, junto a Zeus; o Perséfone en el mundo subterráneo junto a Hades”. Gallardo López, 1995, pp. 76, 168 y 169. “Desempeñaba junto al dios del mar el mismo papel que Hera junto a Zeus y que Perséfone cerca del dios de los muertos. Se la solía representar rodeada de un numeroso séquito de divinidades marinas”. Grimal, 1989, p. 31. Para conocer las terribles historias de Hera y Perséfone: Khronos Historia, 2020, pp. 32-35 (Morillas Cobo) y 84-87 (Sanjuán Iglesias), respectivamente. “Generalmente se pinta a Anfítrite paseándose sobre las aguas en un carro en forma de concha arrastrado por delfines o caballos marinos. Tiene algunas veces un cetro de oro, emblema de su autoridad sobre las olas. Nereidas y Tritones forman su cortejo”. Commelin, 2017, p. 80. “Anfítrite posee atributos propios asociados al mar, como un pez o la compañía de otras nereidas, la identificación de colectivos femeninos en el arte griego es un asunto espinoso y normalmente será a través de la presencia de Poseidón como podamos reconocerla”. Diez del Corral Corredoira, 2011, p. 1. “En su acepción de divinidad marina, la iconografía de Afrodita se entremezcla y confunde, en muchas ocasiones, con la de Anfítrite o Tetis, particularmente en la estatuaria, cuando estas divinidades muestran un delfín a sus pies como atributo distintivo”. “La Odisea ya la menciona como esposa del dios marino, y, de esta suerte, estaría llamada a desempeñar el mismo papel que Hera junto a Zeus y que Perséfone junto a Hades. La diosa «de los ojos azules», simboliza la calma y la tranquilidad del mar, su potencia maternal y femenina frente al poder viril de Poseidón. Ella es la protectora de los navegantes: «Mater Anfítrite», heredera de las antiguas diosas del Mediterráneo prehelénico. El sosiego marino que representa Anfítrite está igualmente simbolizado por los delfines, servidores de la diosa y animales consagrados a Poseidón (…), porque los delfines son fieles amigos de todos aquellos que surcan los mares. Anfítrite tuvo un papel muy discreto en las representaciones artísticas. Como norma general, aparece en ellas ocupando el papel de consorte de Poseidón”. Rodríguez López, 1998, pp. 165 y 169.

(58) Sanjuán Iglesias en Khronos Historia, 2020, pp. 69-81. Poseidón “le causó casi tantos celos como Zeus a Hera con sus amoríos con diosas, ninfas y mortales. Le disgustó, especialmente, su apasionamiento por Escila, hija de Forcis, a la que transformó en un monstruo ladrador con seis cabezas y doce pies arrojando hierbas mágicas en el estanque en que se bañaba”. Graves, 1985, Tomo I, pp. 62-63. Hard, 2008, p. 156.

(59) Graves, 1985, Tomo I, p. 62. Sanjuán Iglesias en Khronos Historia, 2020, p. 71.  “Hijo de ambos fue Tritón [ver (47)] que apenas tiene mitología propia, aunque aparece frecuentemente en mitos de otros dioses marinos y, desde luego, en el arte. Apolodoro menciona otras dos hijas de la pareja Posidón-Anfitrite, pero de escasísima importancia”. “En Hesíodo la pareja Posidón-Anfitrite tienen como hijo a Tritón -divinidad también de escasa importancia- y como hija a Rode, esposa de Helio (“RODE (‘Ρόδη)”; Grimal, 1989, p. 468). Es difícil distinguirla de Rodo, considerada también esposa de Helio (Hes., Teog., 930-935 [Hesíodo, 1978, pp. 110-111]”. Gallardo López, 1995, pp. 76 y 169. Bentesicime: Grimal, 1989, p. 183. “Se dice que fue también la madre de los Cíclopes”. Commelin, 2017, p. 78.

(60) Gallardo López, 1995, p. 168. Grimal, 1989, p. 511.

(61) Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, p. 131. «Ηρα, es la más grande de todas las diosas olímpicas. Es la hija mayor de Crono y Rea y, por tanto, hermana de Zeus”. Grimal, 1989, pp. 237-239.

(62) Ζεύς “es el más grande de los dioses del Panteón helénico. Es esencialmente el dios de la luz, del cielo sereno y del rayo, pero no se identifica con el Cielo”. Grimal, 1989, pp. 545-549.

(63) “En la leyenda varios episodios se explican por los lazos de afecto que unen a la nereida con la esposa de Zeus. Por ejemplo, Tetis recoge a Hefesto al ser éste arrojado por Zeus desde lo alto del Olimpo por haber querido intervenir en favor de Hera (…). Tetis, por orden de Hera, se hace cargo del timón de la nave Argo durante la travesía de las Simplégades. Finalmente, según ciertos mitógrafos, se negó al amor de Zeus, cuando éste quiso unirse a ella, para no disgustar a Hera”. Grimal, 1989, p. 511.

(64) Sobre los múltiples episodios de violaciones y demás violencia sexual cometidas por Zeus: Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, pp. 27-62.

(65) Gallardo López, 1995, p. 168. Grimal, 1989, p. 511. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 38. Esta versión del mito “aparece en las Ciprias, el primer poema épico del llamado Ciclo troyano, (…). Zeus se mostró tan enojado por la negativa de Tetis que juró que sería un mortal quien la desposara. Aparentemente ésta es la versión que aparecía también en el Catálogo de Hesíodo”. Hard, 2008, p. 94.

(66) Gallardo López, 1995, p. 168. Grimal, 1989, p. 511. Hard, 2008, p. 93. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 38. “Los problemas de la libre Tetis empiezan cuando Zeus y Posidón desean poseerla sexualmente. Pero estos dioses, conocidos por su amplia actividad sexual con mujeres reales o de la esfera imaginaria, no consiguen su propósito, y son rechazados por Tetis, que utiliza sus cualidades de nereida para escapar de ellos”. Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, p. 132.

(67) “El acoso sexual en estos mitos es otra expresión de la relación de poder que poseían los hombres sobre las mujeres, un símbolo más de violencia sexual y de dominación masculina”. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 38.

(68) Oráculo o de Temis (quien también fue esposa de Zeus) o de Prometeo. Gallardo López, 1995, p. 168. Grimal, 1989, pp. 511-512. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 38. También existe “una inusual versión del mito del cortejo de Zeus a Tetis en la que es la Noche y no Themis (…) la que le aconseja que no despose a Tetis”. Hard, 2008, p. 58.

(69) Apd., Bibl., III, 13, 4-5 (Apolodoro, 1985, p. 183). Gallardo López, 1995, pp. 40-41, 168 y 241. García Gual, 2004, p. 44. Graves, 1985, Tomo I, p. 62 y Tomo II, p. 102. Grimal, 1989, p. 511. Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, pp. 133 y 136-137. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 38.

(70) “Tetis posee un poder superior y peligroso, ya que está destinada a tener un hijo extraordinario capaz de alterar el equilibrio del universo. Para evitar el riesgo de que engendre tal hijo los dioses la obligan a casarse con un mortal, Peleo”. Esteban Santos, 2020, p. 377. “Hay que añadir el peligro potencial que suponía Tetis, en sí misma, por pertenecer al importante grupo de divinidades del agua, vinculadas al origen de las cosas, cuyo papel se desvela cada vez más notorio en el entramado cosmogónico griego. En este sentido, cabe recordar que el nombre de Tetis, como divinidad maternal y marina, se lee frecuentemente en los jeroglíficos de los sellos cretenses, lo cual evidencia una notoria antigüedad de su culto. Vemos, pues, acentuada la importancia de Tetis en la esfera divina, motivo que convierte su sometimiento a Peleo en una gesta aún más relevante, con un valor añadido, digna de ser recordada y representada artísticamente durante siglos”. Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, p. 145.

(71) Graves, 1985, Tomo I, p. 304. Grimal, 1989, pp. 511-512. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 38. “Zeus consigue siempre satisfacer sus deseos sexuales y lo hace a cualquier precio, excepto en el caso de Tetis”. Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, p. 72.

(72) “Tetis es obligada, manifiestamente en contra de su voluntad, a contraer matrimonio con Peleo por decisión de los dioses. Peleo deberá luchar contra Tetis para conseguirla y convertirla en su esposa y madre de sus hijos, para lo cual éste contará con la ayuda del centauro Quirón”. “Tampoco los antiguos escritores dejan de recordar a la derrotada Tetis. Con estas palabras la cita Hesíodo: «En cuanto a las hijas de Nereo, viejo del mar, Psámata, divina entre las diosas, alumbró a Foco, unida amorosamente a Eaco, por mediación de la dorada Afrodita, y la diosa Tetis, de pies de plata, sometida a Peleo, engendró a Aquiles, de corazón de león, que rompe las filas de los enemigos»”. [Hes., Teog., 1004-1009 (Hesíodo, 1978, p. 113]. Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, pp. 132 y 147. “La voluntad de la Nereida no es tenida en cuenta, aunque existe otra versión en la que ella, por haber sido criada por Hera, se niega a tener relaciones con el dios. Ese intento de resistencia a la voluntad del Crónida es castigado pues Zeus, indignado, la obligó a convivir con un mortal”. Pérez Miranda, 2011, p. 240.

(73) Πηλεύς “rey de Ptía, en Tesalia, es sobre todo célebre por haber sido el padre de Aquiles. Es hijo de Éaco y Endeis, hija’de Escirón. Tiene un hermano, Telamón, y un hermanastro, Foco, hijo de Éaco y de la nereida Psámate. (…) Telamón y Peleo, envidiosos de la destreza de Foco en todos los ejercicios físicos, resolvieron dar muerte a su hermano y echaron suertes para saber cuál de los dos debía asesinarlo. La suerte designó a Telamón, que mató a Foco lanzándole el disco a la cabeza. Otras tradiciones afirman que se trató de una muerte accidental, o bien que el principal culpable fue Peleo. Sea de ello lo que fuere, Éaco descubrió el fratricidio y desterró a sus dos hijos lejos de Egina. (…) Peleo fue perseguido por la ira de Psámate, madre de Foco. Ésta envió un lobo, que devoró sus rebaños; pero a petición de Tetis, accedió espontáneamente a cambiar la fiera por una estatua de piedra. (…) Peleo casó con Tetis, hija de Nereo. El origen de esta unión es el siguiente: Zeus y Posidón se habían disputado la mano de Tetis, pero Temis (o Prometeo) les predijo que el hijo de Tetis sería, por voluntad de los Hados, más poderoso que su padre. Inmediatamente, las dos divinidades renunciaron a su pretensión y pensaron en casar a la nereida con un mortal, para quien el cumplimiento de esta profecía no significaba ningún inconveniente. Versiones ligeramente distintas dicen que fue Prometeo quien anunció a Zeus que si Tetis le daba un hijo, éste lo destronaría y pasaría a ser señor del cielo. O bien, que Tetis se negó a unirse a Zeus por consideración a Hera, la cual la había criado (…). Irritado entonces Zeus, decidió, para castigarla, casarla, de grado o por fuerza, con un mortal. Los dioses resolvieron darle por marido a Peleo, pero ella lo rehusó (Graves, 1985, Tomo I, p. 304)”. Grimal, 1989, pp. 414-415. “A sugerencia de Themis, el héroe tesalio Peleo (…) fue el elegido para tal honor por lo excepcional de su piedad. Ésa es la versión que nos da Píndaro, que en otra parte cuenta que Zeus entregó a Tetis a Peleo como recompensa por su rectitud al rechazar las proposiciones de la esposa de Acasto”. Hard, 2008, p. 93.

(74) Hard, 2008, pp. 94-95. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 39. Tetis huyó metamorfoseándose (don que poseía por su condición de divinidad marina; Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, p. 135) porque “considera eso como algo deshonroso y trata de evitarlo, (…). Sin embargo, Peleo la agarra con fuerza, no soltándola hasta que la diosa recupera su forma original. La escena fue largamente representada, y de manera especial en los vasos cerámicos”. Pérez Miranda, 2011, p. 240. “Peleo, aleccionado por el centauro Quirón, la sujetó fuertemente, y al final volvió a convertirse en diosa y mujer”. “Quirón, el centauro, lo supo y se apresuró a aconsejar a su protegido Peleo que aprovechase esta ocasión para casarse con una divinidad. Ésta, empero, opuso muchas dificultades: como todas las divinidades marítimas, tenía el don de transformarse y lo utilizó. Sin embargo, Peleo logró vencerla y casarse con ella (Commelin, 2017, pp. 180-181)”. Grimal, 1989, pp. 415 y 512. “Tetis ha agotado ya todas sus fuerzas y sus poderes de transformación, y recobra su forma de mujer. Un ánfora de gran calidad artística ilustra este momento, en el que Peleo alza a la nereida para llevársela y coloca una de sus manos en la ingle de la diosa”. “La presencia del centauro Quirón, que observa la lucha y la captura final de Tetis, o bien acoge en su cueva a la pareja, o bien asiste a la boda, indica, una vez más, la convergencia de intereses, la unidad de acción y la solidaridad entre los seres del género masculino que protagonizan la historia. Recordemos, en este punto, que es Quirón quien enseña a Peleo la forma de capturar y apresar a la escurridiza nereida: sin sus enseñanzas no lo habría conseguido, tal como lo explica Apolodoro [Apd., Bibl., III, 13, 5 (Apolodoro, 1985, p. 183)]”. Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, pp. 138 y 145.

(75) Molas Font, 2002, p. 157.

(76) “El mensaje pedagógico que encierra el casamiento entre la nereida Tetis y el guerrero aqueo Peleo, y que está especialmente dirigido a las mujeres, es una de las razones de que ésta sea la boda mítica más veces representada en los vasos áticos de figuras negras y de figuras rojas (siglos VI-IV aC). Al igual que la tragedia, estas representaciones transmitieron la idea de la dominación y la supremacía masculina sobre el sexo femenino”. “El enlace matrimonial mítico entre Tetis y Peleo se convierte en un prototipo deseable, una boda perfecta, (…) digna de ser admirada y emulada por las parejas humanas”. “La historia de Tetis es, pues, la historia de un triunfo del sexo masculino sobre el femenino, con el agravante de que además es un mortal el que vence a la divinidad. Tetis lucha, se defiende, utiliza sus poderes de nereida, pero todo resulta en vano. Es un claro ejemplo de cuál era la mentalidad de los griegos respecto a las mujeres, a las cuales podían y debían cazar, domesticar y poner al servicio de sus intereses, empleando para ello todo tipo de violencia. El mensaje que transmiten las imágenes es claro: no existe escapatoria posible al dictado patriarcal, incluso las diosas pueden ser sometidas por un hombre, mítico y mortal”. Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, pp. 90, 146 y 147. “El hecho de que una diosa sea obligada, no solo a tener relaciones con un mortal, sino a casarse con él, es algo impensable para una divinidad masculina”. Pérez Miranda, 2011, p. 241.

(77) “La boda se celebró en el monte Pelión, y a ella asistieron los dioses (“(…) menos Discordia”; “En las bodas de Tetis y Peleo, Juno, Venus y Minerva [Hera, Atena y Afrodita] se disputaron la manzana de oro de Discordia, y pidieron jueces. Júpiter [Zeus], temiendo comprometerse, envió a las tres diosas conducidas por Mercurio [Hermes], para someterse al juicio de Paris. La manzana fue adjudicada a Venus [Afrodita], y Juno [Hera] y Palas [Atenea] se unieron jurando venganza y trabajaron la ruina de Troya”; Commelin, 2017, pp. 180-181 y 216; “Durante el banquete se presentó y arrojó la llamada «manzana de la discordia» para que fuera recogida por la más bella de las diosas presentes. Atenea, Hera y Afrodita creían tener derecho a ella. Como las divinidades que debían decidir no se ponían de acuerdo, determinó Zeus que las tres bellas acudieran al monte Ida de Frigia y se sometieran al juicio del joven troyano Paris. Como es sabido, en el juicio, Paris concedió la victoria a Afrodita”; Gallardo López, 1995, p. 168; Graves, 1985, Tomo II, p. 186; Pérez Miranda, 2011, pp. 91-92, 159-160, 212 y 240); las Musas cantaron el epitalamio, y todos ofrecieron un regalo a los recién casados. Entre los más notables se citan una lanza de fresno, ofrecida por Quirón, y dos caballos inmortales, Balio y Janto, obsequio de Posidón. Más tarde, estos corceles reaparecerán uncidos al carro de Aquiles. El matrimonio no fue feliz”. Grimal, 1989, p. 415.

(78) “De este enlace nacieron varios hijos que murieron de corta edad, y más tarde, Aquiles”. Commelin, 2017, p. 181. “Tetis es una divinidad y su vida no corre ningún peligro”. Fernández Deagustini, 2020, p. 57. “Tetis (…). Es una nereida marítima, inmortal”. Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, p. 131.

(79) “Tetis vivió en Ftía con Peleo y fue, efectivamente, madre de un hijo más fuerte que su padre: fue madre del gran Aquiles”. Gallardo López, 1995, p. 168. “El motivo de la diosa que busca sin éxito la inmortalidad para un varón mortal se repite frecuentemente, apareciendo en los casos de Medea y las hijas de Pelias, Altea y Meleagro, Tetis y Aquiles, etc.”. Pérez Miranda, 2011, p. 231.  Άχιλλεύς: “La leyenda de Aquiles es una de las más ricas y antiguas de la mitología griega. Debe su celebridad, ante todo, a la llíada, cuyo tema no es la conquista de Troya, sino la cólera de Aquiles, que, en el curso de la expedición, estuvo a punto de producir la pérdida del ejército griego. Así, el poema épico más leído de toda la Antigüedad contribuyó a popularizar las aventuras del héroe”. Grimal, 1989, pp. 39-43. “Aquiles, el séptimo hijo de Peleo. Tetis, la madre de Aquiles había dado muerte a los otros hermanos de éste quemándoles sus partes mortales, y él habría perecido de la misma manera si Peleo no le hubiera arrancado del fuego y reemplazado su hueso del tobillo chamuscado con otro tomado del esqueleto desenterrado del gigante Damiso. Pero algunos dicen que Tetis lo sumergió en el río Estigia, de modo que solamente el talón por el que lo sostuvo no quedó inmortalizado – ver (83) –”. Graves, 1985, Tomo II, p. 193. “Podemos resumir así los rasgos característicos de la Nereida Tetis: diosa marina relevante, esposa de un mortal, madre amorosa y doliente de un hijo mortal”. Esteban Santos, 2020, p. 377. “Tetis es una nereida y, como tal, tiene derecho a contraer matrimonio con alguien acorde a su rango, o sea, inmortal, y concebir de esta forma una descendencia, un linaje conforme a su naturaleza eterna. La preocupación de Tetis por el devenir de su descendencia es una circunstancia crucial para entender parte de la negativa rotunda de la nereida al matrimonio con Peleo. Son conocidos los intentos infructuosos que efectuó la diosa para convertir en inmortales a sus hijos y la constante ayuda que proporcionó a Aquiles durante la guerra de Troya”. Molas Font, Guerra López, Huntingford Antigas y Zaragoza Gras, 2006, p. 143.

(80) Graves, 1985, Tomo II, p. 193. Hard, 2008, p. 95. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 39. “Tetis, por ser diosa, había formado con el mortal Peleo una unión que no podía ser duradera; demasiadas diferencias separaban a los esposos. Aquiles — dicen — era el séptimo hijo del matrimonio, y Tetis había intentado eliminar de la naturaleza de cada uno de ellos los elementos mortales aportados por Peleo. Para ello los sometía a la acción del fuego, el cual los mataba. Pero cuando nació el séptimo hijo, Peleo se puso al acecho y sorprendió a Tetis en el momento de efectuar su peligroso experimento. Arrancóle el niño, que salió con sólo los labios y el huesecillo del pie derecho quemados”. “Es verdad que Tetis dio hijos a Peleo, pero los mataba al tratar de hacerlos inmortales (…). Asi, cuando Peleo, para salvar a Aquiles, el nacido en último lugar, se lo arrancó de las manos cuando ella lo ponía al fuego”. “Estas tentativas provocaron la ruptura del matrimonio de Tetis y Peleo, aunque no por ello Tetis dejó de interesarse por su hijo”. Grimal, 1989, pp. 40, 415-416 y 512.

(81) Gallardo López, 1995, p. 169. Grimal, 1989, pp. 40 y 416. Hard, 2008, p. 95. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, p. 39.

(82) Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, pp. 39-40.

(83) Commelin, 2017, pp. 203-204. Gallardo López, 1995, pp. 168-169. García Gual, 2004, pp. 44-46. Graves, 1985, Tomo II, pp. 193-234. Grimal, 1989, pp. 40-43 y 512. Jünger, 2006, pp. 80-82. Morillas Cobo en Khronos Historia, 2020, pp. 39-40. Pérez Miranda, 2011, pp. 130-131. Homero es quien dice que las nereidas “acudieron a la costa junto a su hermana Tetis para llorar las muertes de Patroclo y de Aquiles”. Hard, 2008, pp. 93-94. “El breve canto funeral de Tetis ocupa un lugar clave en el poema. (…). El discurso de Tetis, (…) instala una contradicción incómoda y en cierta medida irónica en el seno del poema, la de la inmortalidad de la gloria y la mortalidad del ser humano y, junto a ella, una coyuntura perturbadora, coherente con la lógica del mito pero inquietantemente angustiante: la experiencia de una madre que sobrevive la muerte de su hijo”. “Y había otras Nereidas bajo la profundidad del mar. Ciertamente, la gruta resplandeciente de blancura se llenó de ellas. Y estas, todas, se golpeaban simultáneamente el pecho, y Tetis dio comienzo al góos”. Fernández Deagustini, 2020, pp. 54 y 56.

(84) “La maternidad tras su matrimonio es la faceta que determina su función característica en el mito. Tetis es la madre del gran héroe Aquiles, participante en la guerra de Troya, héroe destinado a morir en ella, como bien sabe su madre clarividente. Tetis es, por tanto, el prototipo de la mater dolorosa. (…) la Ilíada, que da a Aquiles el papel principal. Y a Tetis, como madre de este, le otorga también gran significación, aunque sus apariciones en la obra no destaquen en cantidad”. “Tetis es la madre por excelencia: amorosa, solícita siempre, angustiada por los sufrimientos del hijo, que se convierten en los suyos propios. Tetis en la Ilíada es casi más característica como madre que las madres mortales (Hécuba, Andrómaca). Otras madres divinas encontramos en la Ilíada: Afrodita, Dione y Leto, en las que se revela una relación de afecto con sus hijos, protectoras; pero en ninguna de manera tan esencial. En ellas predominan otros rasgos, pero en Tetis es casi exclusivo el de la maternidad, asociada al amor y al dolor”. Esteban Santos, 2020, pp. 377-378 y 384-385.

(85) La etimología de su nombre “evoca la blancura de la leche (en griego, γάλα)” (Hard, 2008, p. 96). Galatea “desempeña un papel en las leyendas populares de Sicilia” (Gallardo López, 1995, p. 168; Hard, 2008, p. 93). “La doncella blanca que habitaba en el mar en calma”. Grimal, 1989, p. 209.

(86) Góngora fue “la personalidad más influyente y controvertida de toda la lírica barroca (…) la difusión y calidad de uno de sus poemas mayores, la Fábula de Polifemo y Galatea, dé origen a una serie de imitaciones, unas de estilo paródico y otras tamizadas por el sentir religioso, que abarcan una amplia etapa de la cultura barroca. (…) el tema de los amores de Polifemo, Galatea y Acis aparece contaminado de gongorismo en la mayoría de los autores que tratan la narración mitológica después del poeta cordobés”. Cruz Casado, 1990, p. 51.

(87) Góngora, 1612, XIII.

(88) Gallardo López, 1995, p. 168. “El mito de Galatea y Polifemo debe su nacimiento a un poema titulado El Cíclope, compuesto por Filoxeno de Citera en menosprecio de Dionisio el Viejo de Siracusa, que le había castigado por sus amores con Galatea, su flautista favorita. En éste poema perdido, el taimado Ulises, disfraz de Filoxeno, seducía a la amante del cíclope, que personificaba a Dionisio. (…) Los poetas helenísticos vieron en el poema de Filoxeno la posibilidad de humanizar al cíclope antropófago de La Odisea haciéndole víctima de la aflicción de amor. El ditirambo se convirtió en idilio, y lo cantaron, entre otros, Bión, Calímaco, Teócrito, Ovidio”. Blanco Freijeiro, 1959, pp. 175-176. “Polifemo, en la versión de Ovidio, tiene un rival, un bello joven llamado Acis (Ov., Met., XIII, 738-897 [Ovidio, 1982, pp. 256-257]), hijo de Fauno (una divinidad local itálica semejante a Pan) y de una ninfa acuática también local llamada Simetis”. Hard, 2008, p. 97. Acis (‘Αxις) “es el dios del río del mismo nombre, en las proximidades del Etna. Pasaba por ser hijo del dios itálico Fauno y de la ninfa Simetis. Antes de ser río, estuvo enamorado de la ninfa Galatea, la cual, a su vez, amaba sin esperanza al ciclope Polifemo. Éste, violento y celoso, había tratado de aplastar con unas rocas a su rival, pero Acis se transformó en río, y de este modo escapó al gigante”. Galatea “está enamorada del bello Acis, hijo del dios Pan (o Fauno, en la tradición latina) y de una ninfa”. Grimal, 1989, pp. 4 y 209.

(89) Gallardo López, 1995, p. 168. Polifemo (Πολύφημος) “es el Cíclope que desempeña un papel en la Odisea. Es hijo de Posidón y de la ninfa Toosa, hija, ésta, de Forcis. La narración homérica lo presenta como un horrible gigante, el más salvaje de todos los Cíclopes”.  Grimal, 1989, pp. 209 y 440. “(…) el ogro de un ojo que apresa a Odiseo y devora a algunos de sus compañeros”. Hard, 2008, p. 96.

(90) Grimal, 1989, p. 209. “La fábula del Cíclope Polifemo ha inspirado a más de un pintor, entre ellos a Aníbal Carrache y a Le Poussin”. Commelin, 2017, p. 89. “Galatea hace que la sangre de Acis, que fluye por las rocas, se convierta en agua, creando así el arroyo del Etna que lleva ese nombre, y Acis pasa a ser desde entonces el dios del arroyo. Él mantuvo sus rasgos originales, a excepción de su tamaño, ahora mayor, y de su rostro, que se volvió azul oscuro. La historia de esta transformación, que reaparece en pocas fuentes latinas sin grandes variaciones, pudo haber sido una creación del propio Ovidio (Ov., Met., XIII, 738-909 [Ovidio, 1982, pp. 256-258])”. Hard, 2008, p. 97.

(91) “Epónimos, respectivamente, de los gálatas, los celtas y los ilirios”. Grimal, 1989, p. 209.

(92) “A veces se atribuye a los amores de Polifemo y Galatea el nacimiento de tres héroes: Gálata, Celto e Ilirio, (…). Es, pues, posible, que una versión de la leyenda de Galatea haya narrado los amores de Polifemo y la nereida, pero no nos ha llegado de ellos ningún testimonio directo”. “Con posterioridad a los poemas homéricos, Polifemo se convierte, de un modo harto singular, en el protagonista de una aventura amorosa con la nereida Galatea. Un idilio de Teócrito nos ha conservado el más célebre cuadro del Cíclope galante, enamorado de una hembra coqueta que lo encuentra demasiado palurdo. Ovidio trata el mismo tema. Existe una tradición según la cual Galatea se enamora del Cíclope y le da hijos”. Grimal, 1989, pp. 209 y 441. “Existía una versión del mito que transparece en el diálogo de Doris y Galatea y se refleja en algunos cuadros, en la que Galatea correspondía al amor de Polifemo, o al menos se sentía halagada por él”. Blanco Freijeiro, 1959, p. 177. “Se trata de una escena poética casi cómica, en la que el espantoso gigante declara su amor apasionado a una gentil ninfa marina, Galatea. Como enamorado, Polifemo, rústico inflamado por el impulso erótico, resulta un personaje entre ridículo y patético. Un idilio del poeta helenístico Teócrito está en la base de esa escena, que luego han recreado otros poetas del Barroco, como nuestro Góngora en su sutil y retorcido Polifemo [Góngora, 1612]”. García Gual, 2004, p. 187.

(93) Psámate: “la de la buena playa”. García Gual, 2004, p. 161. Éaco (Αιακός): “el más piadoso de todos los griegos, es hijo de Zeus y de la ninfa Egina, hija del río Asopo”. Grimal, 1989, p. 144.

(94) Apd., Bibl., III, 12, 6 (Apolodoro, 1985, p. 180). Gallardo López, 1995, pp. 168 y 419. Graves, 1985, Tomo I, p. 302. Grimal, 1989, p. 458. Hard, 2008, p. 684. Φώκος “epónimo de Fócide, presenta al héroe como un hijo de Éaco y de Psámate (…).Le había sido dado el nombre de Foco en recuerdo de la metamorfosis de su madre, hija de Nereo y, por tanto, hermana de Tetis. Para escapar a los abrazos de Éaco, Psámate, que, como todas, las divinidades marinas, poseía el don de la metamorfosis, se transformó en foca. Pero ello no impidió a Éaco lograr su objeto y darle un hijo. Este Foco, al llegar a la edad viril, se embarcó y abandonó Salamina, la tierra de su padre, para trasladarse a la Grecia central. Conquistó un país al que llamó Fócide, y se alió luego con un indígena Yaseo (de quien nada se sabe), y casó con Asteria, hija de Deyón y Diomedes que, por su abuelo Juto, pertenecía a la raza de Déücalión (…). Asteria le dio dos hijos gemelos, Criso y Panopeo”. Grimal, 1989, p. 205. “De la misma manera que Peleo sometió a Tetis, actuaron otros héroes con respecto a divinidades acuáticas que trataban de cambiar de forma, así su propio padre, Éaco someterá a Psámete (hermana de Tetis)”. Pérez Miranda, 2011, pp. 240-241.

(95) “Eran hermanastros suyos Peleo y Telamón, hijos de Éaco y Endeis. (…) Posteriormente, Foco regresó a Egina, donde fue muerto por sus hermanastros, celosos de él, y tal vez por instigación de la esposa legítima de Éaco”. Grimal, 1989, p. 205. Ver (73).

(96) Graves, 1985, Tomo I, p. 306. “Psámate vengó su muerte enviando un lobo que diezmaba los rebaños de Peleo, en Tesalia, donde éste se había refugiado al ser desterrado por su padre. Sin embargo, accediendo a los ruegos de Tetis, Psámate consintió en convertir en piedra al animal. Se mostraba la tumba de Foco en Salamina, al lado de la de Éaco”. “Cuando su hijo Foco fue muerto por sus hermanastros, Telamón y Peleo, Psámate envió contra los rebaños de éste un lobo monstruoso”. Grimal, 1989, pp. 205 y 458. “Las Nereidas Psámate y Tetis también intervendrían en el enfrentamiento entre sus maridos pues Psámate, tratando de vengarse de la muerte de su hijo Foco, enviaría un lobo para eliminar los rebaños de Peleo. Tetis intervendría petrificando al lobo”. Pérez Miranda, 2011, p. 240. Ver (73).

(97) “Después abandonó a Éaco y se casó con Proteo, rey de Menfis, en Egipto”. Gallardo López, 1995, p. 168. Eurípides, en su Helena, narra que “Proteo (Πρωτεύς) no es ya rey de Menfis, sino de Faros. Su mujer se llama Psámate y es hija de Nereo (…). Tiene dos hijos, Teoclímeno e Idótea. Mientras Paris se lleva a Troya un fantasma de Helena hecho por Hera, la verdadera Helena es confiada por Hermes al rey Proteo. También se decía que era éste quien, por artes mágicas, había formado el fantasma de Helena y lo había dado a Paris”. “Más tarde [Psámate], abandonó a Éaco para casarse con Proteo, rey de Egipto”. Grimal, 1989, pp. 457 y 458.

(98) Hécate (‘Εκάτη) “es una diosa afín a Ártemis y no posee mito propiamente dicho. Queda siempre bastante misteriosa, y la caracterizan más bien sus funciones y atributos que las leyendas en que interviene. Hesíodo la presenta como engendrada por Asteria y Perses y como descendiendo directamente de la generación de los Titanes (…). Es, pues, independiente de las divinidades olímpicas, pero Zeus le ha mantenido, y aun acrecentado, sus antiguos privilegios. Extiende su benevolencia a todos los hombres, concediendo los favores que se le piden; otorga principalmente la prosperidad material, el don de la elocuencia en las asambleas políticas, la victoria en las batallas y en los juegos. Procura abundante pesca a la gente de mar y hace prosperar o menguar el ganado, a voluntad. Sus prerrogativas se extienden a todos los dominios, contrariamente a como ocurre, en general, con las divinidades. Es invocada particularmente como «diosa nutricia» de la juventud, con igual título que Ártemis y Apolo. Tales son las características de Hécate en la época antigua. Poco a poco, la diosa ha sufrido una especialización en un sentido diferente. Se la considera como la divinidad que preside la magia y los hechizos. Está ligada al mundo de las sombras. Se aparece a los magos y a las brujas con una antorcha en la mano o en forma de distintos animales: yegua, perra, loba, etc. Le es atribuida la invención de la hechicería. Finalmente se ha visto introducida por la leyenda en la familia de los magos más reconocidos, Eetes y Medea dé Cólquide (…). Tradiciones tardías le dan por hija a Circe (…). O bien Circe es tía de Medea, e incluso pasa a veces por ser su madre. Hécate, como maga, preside las encrucijadas, los lugares por excelencia de la magia. En ellas se levanta su estatua, en forma de una mujer de triple cuerpo o bien tricéfala. Estas estatuas eran muy abundantes, antiguamente, en los campos, y a su pie se depositaban ofrendas”. Grimal, 1989, p. 225.


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Estudiante de filosofía y escritora. Mis áreas de mayor interés - como comprobaréis si me leéis - son la Historia de la Mujer, la Historia de las Religiones, la Filosofía Política y la Antropología. Como buena cinéfila y melómana, me encanta practicar la miscelánea cuando escribo (llamadme friki). Amante de los animales, defensora del medio ambiente, y de firmes posiciones feministas y marxistas.