¡Qué bonito es morir de amor! Los amantes participan de la misma muerte (la petite mort, llaman los franceses al orgasmo) y luego resucitan abrazados. Sublime… Pero hay amores malditos, imposibles, que matan. Relaciones prohibidas que cuanto más deseo carnal, más pronto llega el fatal desenlace. Y el paraíso terrenal se convierte rápido en infierno real. Así, en esta historia, nadie desciende al mundo de los muertos, ni viaja al séptimo cielo junto a su amada. Tampoco hablamos de un suicidio romántico alentado por la rivalidad entre familias. Todo es mucho más prosáico, pues no me refiero a Dante y Beatriz (1), ni a Romeo y Julieta, aunque ambas parejas también sean italianas, sino a Benito Mussolini y a Clara Petacci.

Se abre el telón. Comienza una tragedia griega en versión italiana, que aún escuece…

Hitler – Mussolini, salvando las distancias

Adolf Hitler y Benito Mussolini fueron los chulos de Europa (2), y creyeron ser los amos del mundo, hasta que ese mundo reaccionó. Los dictadores, los tiranos y sus injusticias, tienen los días contados. No obstante, Mussolini no es Hitler, ni mucho menos. Esta frase de perogrullo encierra una verdad a medias: el Duce, el conductor en italiano, era padre de familia numerosa y tenía un gran corazón en el que cabían su esposa y su colección de amantes.

Es decir, que a simple vista, no nos parece tan cruel y sanguinario. Además, los judíos no fueron perseguidos con saña. No cometió genocidio (3), y eso le convierte en un dictador de rostro amable. Aunque la brutalidad se le veía en la cara.

Las guerras y la erótica del poder

Pero la Historia le juzga. Al menos un millón de italianos (4) murieron en campañas bélicas en Libia, Etiopía, Albania y España. Tres guerras sucesivas entre 1935 y 1939 (5) era demasiado para un país empobrecido que, finalmente, se convirtió en un aliado de la Alemania nazi (6) en la II Guerra Mundial. Rompiendo la no beligerancia (7) y formando parte del eje del mal: Berlín-Roma-Tokio. Fracaso total. Italia no estaba preparada para una gran guerra con potencias importantes. Su ejército estaba oxidado y Mussolini carecía de los conocimientos militares de Hitler.

Al Führer le temía y admiraba a la vez. Y como fanfarrón que era, no quería que su Italia fuera considerada “la puta de Europa” (8) si Alemania ganaba la guerra.

Como en un in crescendo, vamos a pasear por la gloria y el fracaso, la paz y la guerra, el amor y la muerte, de esta pareja tan emblemática como desdichada: Benito Mussolini y Clara Petacci.

Benito Mussolini, el dictador con ínfulas de emperador romano

El Duce se miraba al espejo y veía un césar reloaded. Un nuevo emperador romano en el siglo XX, solo que, en vez de toga blanca, engalanado con camisa negra, la prenda oficial de los matones fascistas que él adoctrinó con su retórica histriónica y teatral. Tan metido en su papel estaba, que necesitaba que el Mediterráneo perteneciera a los italianos nuevamente. Esto es, volviera a ser lo que expresa la etimología: mare nostrum en latín, o sea, mar nuestro. De ahí, las campañas militares en África y las ambiciones expansionistas por los Balcanes.

Benito Mussolini il duce
Il Duce a caballo, con gorro de pluma y surtido de medallas varias. Discreto y elegante.

Un nuevo Imperio romano fascista (9)… delirios de grandeza.

El Duce, pater familia y latin lover

Mussolini era periodista. Llegó a dirigir el famoso periódico socialista ¡Avanti! (10); y eso le dio gran popularidad. Luego se cambió de chaqueta y fundó el fascismo. Pero sobre todo, era un gran seductor. Un latin lover, como buen italiano. Aunque realmente, entra dentro del concepto español de pichabrava o depredador sexual. Insaciable y brutal.

La oficial era Rachele Guidi, la madre de sus cinco hijos. Ella tenía 17 años y él 24 cuando, una tarde lluviosa, él fue a recogerla a su casa lleno de pasión e ímpetu diciéndole a Pina, la hermana mayor: “¡dile a Rachele que baje, he encontrado casa y quiero que venga a vivir conmigo y que sea la madre de mis hijos!” (11).

Y Rachele se entregó a él con devoción, en cuerpo y alma. Esposa y madre abnegada, a pesar de los celos y los cuernos. Porque Mussolini la compartió con otras. Con muchas. Aunque Rachele  fue muy digna: siempre en silencio (12).

Lo curioso es que, tanto ella, como la amante favorita del Duce, Clara Petacci, escribieron sendos diarios para dejar constancia y legado de sus experiencias y anécdotas con el dictador italiano.

Aunque romanticismo, lo justo… Si se casó con Rachele fue porque, una vez nacida su hija Edda, una mujer austriaca se presentaba cada día en su casa y en la redacción del periódico gritando como una loca. Decía ser la verdadera esposa de Mussolini y que tenía un hijo de él (13). Ida Dalser, la austriaca, reclamaba sus derechos y consiguió que Mussolini reconociera al niño. Pero, para evitar esos disgustos a Rachele y dejar las cosas claras, el Duce decidió legalizar su unión, casarse sin más dilación (14). De un plumazo, se acabaron las habladurías: Rachele era su legítima esposa, por más amantes que tuviera.

¿Qué les das, Benito?

Clara Petacci, la niña pija enamorada de Mussolini hasta las trancas

Clara Petacci, Claretta, como la llamaban todos cariñosamente, tuvo el privilegio de ser la preferida del harén del Duce. Hija del médico del Vaticano, era la clásica niña de papá, que ni estudiaba ni trabajaba (15), y que su vida cobra sentido cuando conoce al hombre que la deslumbra: Benito Mussolini.

Clara Petacci
Claretta leyendo el diario de Mussolini.

Desde pequeña lo admiraba. Es más, tenía su foto en la mesita de noche (16). Era su ídolo; y ella, su fan número uno. Algo casi patológico…

Cierto día de primavera, deciden los señores de Petacci ir a pasar una jornada a la playa de Ostia con sus hijas Myriam y Claretta y el novio de esta última, un joven teniente de aviación. De repente y a toda velocidad, les adelanta un flamante Alfa Romeo (17). Claretta mira por la ventanilla y enseguida le reconoce: ¡es Mussolini! Pide al chófer que lo siga, y cuando ve parado el coche del Duce, se baja alborozada y llena de emoción. Corre a saludarle. Y él, más ufano que un pavo real, se interesa por ella y ya le echa el ojo.

Hablan solos frente al mar, hasta que llega el novio teniente y se cuadra ante el Duce. Les corta el rollo.

Este encuentro alimentó aún más el ego de Mussolini, pues ¡a sus 50 años se sintió adorado por una preciosa chica veinteañera! El sueño de todo hombre maduro… No desaprovechó la oportunidad, y a los dos días la llamó por teléfono rogándole que fuera a verle a su despacho, en el Palazzo Venezia.

Al principio, iba a visitarle con la madre de carabina. Luego, sola, y entraba por una puerta trasera, había que ser discretos. Su mujer, Rachele, era muy celosa y posesiva. De este modo, para impedir el escándalo, Mussolini aconsejó a Clara Petacci que se casara (18) con su novio. Y ella escribe en su diario: “os amo cada día más, no puedo soportar que me toque” (19)…

El todopoderoso Duce no vaciló ni un segundo en quitarlo de en medio y lo destinó a Etiopía. O sea, lo que se suele decir, cornudo y apaleado. ¡Pobre hombre!

Follar en tiempos revueltos

El Palazzo Venezia, en Roma, era un auténtico folladero. También un lugar multiusos. En su despacho dirigía la nación, desde el balcón arengaba a las masas, y en la sala contigua se instaló un picadero para descargar tensiones (20). No le faltaba detalle. Contaba con una cama reforzada -el Duce era un hombre corpulento-, un espejo -pues en estos momentos erótico-festivos las damas solían despeinarse-, y un bidé para el aseo de las partes bajas. Pero, ¿y los sobacos? Hubiera sido más práctico instalar una ducha. Todo muy sórdido…

Benito Mussolini y Clara Petacci amantes
Los amantes del Palazzo Venezia.

A algunas de sus amantes ni siquiera se las llevaba a la cama, se las tiraba en su mismo despacho: encima de la mesa, sobre la alfombra, o directamente contra la pared (21). Es lo que tiene ser un hombre tan ocupado. Y, a pesar de sus muchos quehaceres, aún tenía tiempo -y ganas- de darse un garbeo por los burdeles de Via Giulia (22). ¡Qué potencia viril!

El año 1936 es especialmente glorioso para Mussolini, ya que conquista Etiopía y proclama el Imperio italiano, y la relación con Clara Petacci va viento en popa. Pero, simultáneamente, es un año aciago para España: comienza nuestra Guerra (in)Civil.

Para el Duce y Claretta, la vida era color de rosa. Sensu contrario, en nuestro país predominaba el negro pesimismo.

El padre, en los brazos de Claretta. Y el hijo lanzando bombas en España

La Italia fascista apoya sin pensarlo dos veces al bando de los rebeldes, dirigidos por el general Franco. Mussolini envía 70.000 soldados para entrar en combate y 764 aviones, entre cazas y bombarderos (23). También la Alemania nazi apoya a Franco con la Legión Cóndor.

Benito Mussolini y su hijo Bruno Mussolini
Mussolini orgulloso de su hijo Bruno.

Inclusive, su hijo Bruno, tan entusiasmado como su padre, fue como voluntario a nuestra guerra fraticida. Como aquí todo quisqui escribe su diario, cuenta Rachele, la esposa, en el suyo: “Bruno quiso compartir la suerte de los voluntariosFue el propio Franco quién advirtió a mi marido de la conveniencia de que nuestro hijo regresase a Italia” (24).

Con apenas 19 años, Bruno Mussolini tuvo su bautizo de fuego. Participó en numerosos combates, sorteando el peligro. Salió ileso. No obstante, perdió la vida cuatro años después en un accidente aéreo, al poco de entrar Italia en la II Guerra Mundial. No se libró del infortunio.

Eran, como vemos, tiempos revueltos, convulsos. Pero Mussolini y Clara Petacci vivían su tórrida historia de amor al margen de un mundo que se hacía pedazos.

Claretta lo anota todo. Tiene la necesidad de contar sus secretos al diario, de levantar acta de los sentimientos que le profesa su Ben (25), como ella llamaba a Mussolini en la intimidad. Y escribe lo que le dice el Duce entre las sábanas: “quería destruírte, hacerte daño, ser brutal contigo. ¿Por qué mi amor se manifiesta con esa violencia?” (26).

Las perlas de Mussolini

Aunque carecen de calidad literaria, los textos de Clara Petacci tienen gran interés histórico. En ellas el Duce nos regala perlas con respecto al desarrollo de nuestra contienda: “los españoles son indolentes y perezosos, tienen muchos rasgos de los árabes” (27). Mussolini estaba muy cabreado, la guerra celere -guerra rápida-, como él quería, no fue posible porque “los españoles tienen otra naturaleza, comen y duermen mucho. Nuestro pueblo italiano es el mejor del mundo” (28). ¡Mamma mía!

Y la más acertada, para mi gusto: “Franco es un idiota” (29).

El Duce en la intimidad… presumido y morboso

Entre líneas, Clara Petacci también nos revela la personalidad del Duce. Un hombre muy presumido y arrogante. Una vez, después de un revolcón, se le planta en pelotas y le pregunta: “¿Te gusta mi cuerpo? Me han dicho que tengo uno de los más bellos de Italia(30)… Para Clareta, desde luego. Lo idolatraba. Y le montaba unas escenas de celos antológicas. Una amiga la consolaba con sabias palabras cuando la veía sufrir por los escarceos del dictador italiano: “los hombres tienen el corazón entre las piernas” (31)…

Mussolini le correspondía sin fidelidad, pero con lealtad absoluta. También con sexo duro. Algo es algo. Si un día no estaban juntos, la llamaba una docena de veces para tranquilizarla (32).

En cierta ocasión, montando a caballo en Villa Borghese (33), a ella se le caía la baba al verlo, literalmente. Y él le suelta: “si hubiese podido, hoy te hubiera penetrado con el caballo” (34). ¡Qué bestia! Y no lo digo por el equino.

Leyendo a nuestra grafómana Clara Petacci, percibimos que la confianza de los enamorados da asco. Sobre todo, con la siguiente duda morbosa que le formula el Duce: “¿piensas en mí incluso cuando haces pipí?” (35). Mira, Mussolini, te voy a contestar yo, extemporáneamente: estoy segura de que Claretta pensaba en ti en el water o retrete. Pero también lo estoy, de que los catalanes se jiñaban en tu nombre bajo los bombardeos indiscriminados (36) de tu Aviación Legionaria.

¡Porca miseria! (37)

La pareja más odiada de Italia

¡Duce, Duce, Duce! Ese clamor popular se le subió a la cabeza. Y como todo dictador ególatra, hacía lo que le daba la gana, escudándose en el eslogan político que él mismo se inventó, a saber: “Mussolini siempre tiene razón” (38).

Al principio, el pueblo le obedecía ciegamente, orgulloso de su líder. Luego, el enorme coste en vidas humanas de la II Guerra Mundial, la sangre derramada de las víctimas, le pasó factura. Y es que el Duce tomó la decisión de entrar en la guerra porque, con la derrota de Francia, quería pillar cacho de la nueva Europa que Hitler estaba creando (39).

Pero la opinión pública era contraria a la guerra y a esa alianza con el demonio de Hitler. Tampoco el rey (40),  los mandos del ejército y el ministro de Exteriores (su yerno, el conde Galeazzo Ciano) deseaban participar en el conflicto bélico. Ni siquiera consultó al Gran Consejo Fascista (41).

Claretta Petacci
Claretta en su esplendor.

Su fuerte personalidad se impuso. Todos de rodillas, metafóricamente hablando. Ya no servía a su patria. Y la admiración desapareció.

Por estas difíciles circunstancias, Benito Mussolini y Claretta Petacci se convirtieron en la pareja más odiada de Italia (42). Ambos eran los culpables de la situación que vivía el país. De hecho, se pensaba que era ella quien movía los hilos de la agresiva política del Duce (43). El mal siempre viene de la mujer… Prejuicios infundados. Además, por esa época, la frágil Claretta sufrió un embarazo extrauterino que la hundió física y emocionalmente: ya nunca podría tener hijos (44).

Las desgracias nunca vienen solas…

La caída. El Duce funda la “República Independiente de mis Cojones” y fusila a su yerno

Los italianos tienen hambre y sufren los intensos bombardeos de los Aliados, que entran por Sicilia e invaden la Península. Había que eliminar al principal colega de Hitler (45). Todo estaba perdido. Son las mismas fuerzas vivas del Partido Fascista las que exigen la destitución de Mussolini como Jefe del Gobierno. Y queda arrestado por los carabinieri o policía italiana. Con el avance de la II Guerra Mundial, el odio y resentimiento del pueblo italiano iban en aumento (46). Salvo para su incondicional Claretta Petacci…

Un hotel en los Apeninos (47) lo convierten en la prisión de Mussolini. A pesar de toda la vigilancia, no estuvo mucho tiempo. Hitler ordena rescatarlo: un comando de paracaidistas de la Luftwaffe (48) lo hace con total impunidad. En los últimos estertores de su poder, y aupado por los nazis, proclama “la República Independiente de mis Cojones” o República de Saló (49), último bastión fascista.

En Roma, el nuevo Jefe de Gobierno (50) había pactado con los Aliados, decididamente antifascista. Un Mussolini empoderado nuevamente mostró su lado más cruel: fusiló a los que le  traicionaron. Ni tan siquiera tuvo piedad por el conde Ciano, su yerno, marido de su hija Edda y padre de sus dos nietecitos. Edda le rogó clemencia, pero ni caso. Ciano murió desangrado por siete balazos (51).

No era tan buen padre como parecía…

Hasta que la muerte nos separe

Nos acercamos al último acto de este drama.

Los americanos y los partisanos iban ganando posiciones y cercando al Duce. La fuga era la única opción.

La familia de Claretta tenía la intención de llegar a España y salir de aquel horror. Pero ella lo tenía claro: no abandonaría a su Ben. Al final, los Petacci al completo y un Mussolini derrotado parten hacia Suiza en un convoy con soldados alemanes. Había controles de partisanos (52) en la carretera  y les dan el alto. Mussolini llevaba puesto un casco con el águila de la Luftwaffe para disimular, pero es reconocido: demasiado gordo y más mayor que los demás (53). ¡Qué mala suerte! Estaban en la localidad de Dongo (54), cerca del lago Como, a tan solo 20 kilómetros de la frontera Suiza.

Se los llevaron a todos detenidos a punta de pistola. Clara Petacci repetía sin descanso a sus captores: “¡no me separéis de él!” (55). Y cumplieron su deseo… Bajo el control de un jefecillo comunista (56) llamado Walter Audisio, pasaron su última noche juntos en una casa de campo. Un joven socialista, Sandro Pertini, futuro presidente de la República italiana, anuncia por la radio la detención del Duce. Y con inmensa alegría, comunica a la audiencia: “merece morir como un perro sarnoso” (57).

Recuerdo de la pareja en el lugar donde fueron asesinados.

No dejó de llover en toda la noche; tampoco ella de llorar. La almohada quedó llena de lágrimas (58).

Cuando Clara Petacci le decía a Mussolini: “quiero morir contigo” (59) y “he nacido para ti, de tu aliento, estoy unida a ti, como la sangre a la vida” (60)… era absolutamente verdad. Lo comprobaremos.

Fusilados a la española, en una cuneta, pero abrazados

Como en toda tragedia, los protagonistas luchan contra su destino. Pero, indefectiblemente, el desenlace siempre es catastrófico.

Crónica negra: el 28 de abril de 1945, Dongo se tiñe de luto.

Encañonados, sacan a la pareja de la cama y les “dan el paseíllo”. Es decir, en un Fiat negro 1.100 les llevan a la tapia de una villa de veraneo (61) y allí les asesinan. A la española (62), en una cuneta. Seguro que el autor de los disparos, el mencionado Walter Audisio, aprendió este tipo de fusilamiento cuando estuvo de voluntario en las Brigadas Internacionales, en nuestra Guerra (in)Civil. El arma se le encasquilló, lo que ralentizó la ejecución para más sufrimiento de ambos.

Si Clara Petacci murió antes fue porque, en el último momento, se abrazó a Mussolini para protegerlo con su cuerpo (63). Unos minutos atrás, los partisanos escucharon cómo ella le preguntaba: ¿”estás contento de que te haya seguido hasta el final” (64)?

La infancia perdida de los sobrinos de Claretta; ultraje y profanación de los cadáveres

La infancia siempre nos marca, que se lo pregunten a los sobrinos de Clara Petacci. Ellos tuvieron la desgracia de ser testigos oculares de la barbarie, como ángeles en el infierno.

La pesadilla continúa. También en Dongo asesinaron a su hermano Marcello Petacci que viajaba con ellos, y violaron a su esposa Zita. Y todo en presencia de sus dos hijos pequeños, Benghi y Ferdinand, de seis y tres años respectivamente. El mayor estuvo en schock durante mucho tiempo. Nunca lo superó. Traumatizado de por vida. Su desarrollo cognitivo se le paró en ese luctuoso momento: llegó a adulto con una edad mental de seis años (65). Tremendo.

Posteriormente, los cadáveres de Benito Mussolini y Claretta Petacci y de otros quince dirigentes fascistas fueron expuestos como trofeos en la Plaza de Loreto de Milán. Ultrajados y vejados con furia por la multitud. Los colgaron por los pies, boca abajo, en la marquesina de una gasolinera (66). Estuvieron muchas horas… El pueblo envilecido y lleno de ira les insultaba, escupía, apaleaba, les lanzaba piedras y excrementos (67). Una locura colectiva.

La dignidad póstuma de Mussolini y Claretta

Acabaron convertidos en una masa sanguinolenta. Irreconocibles. Al comenzar a redactar este artículo, tenía la impresión de estar frente a una «tragedia griega en versión italiana». Ahora, en perspectiva, el espantoso final se me figura como la peor película gore. ¿Dónde está la humanidad? Menos mal que solo morimos una vez…

Cadáveres de Mussolini y de Claretta Petacci
Mussolini y Claretta, muertos y colgados en Milán.

Cuentan que un alma caritativa se subió a una escalera para sujetar con un cable eléctrico la falda de Claretta, pues enseñaba las bragas (68).

¿Era necesaria semejante orgía macabra? Decididamente, no. La dignidad es un valor universal, para vivos y muertos. Pero los dictadores suelen olvidar que la violencia engendra violencia. Y esta lección fundamental está inscrita en la Historia, con sangre.

Cae el telón. Estupefactos por la memoria de los hechos, apreciamos aún más la lucidez y el grandioso amor de Claretta por su Ben: “no te sobreviviré, acabaré contigo” (69)… Y así fue.

Escarnio en la red

Hace unos meses, un tuit del actor y humorista canadiense Jim Carrey sobre el final de Mussolini y Claretta, incendió Twitter. Acto seguido, la nieta del Duce (70), sumamente ofendida, le contestó sin pelos en la lengua. El tema aún duele. La polémica está servida y se hizo viral.

Jim Carrey: «Si te estás interrogando qué es lo que conlleva el fascismo, pregunta a Benito Mussolini y a su amante Claretta». Alessandra Mussolini: «Eres un bastardo».

Que cada uno opine libremente… Para eso pusimos fin al fascismo.


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Referencias y bibliografía

Referencias

(1) Alusión a La divina comedia, del poeta Dante Alighieri.

(2) Pérez-Reverte, 2019, p. 212.

(3) La humanidad y civilización de un pueblo tan antiguo como el italiano, hizo imposible que el ejército y los funcionarios acataran leyes raciales antisemitas. A pesar de todo y presionado por Alemania, Mussolini promulgó medidas legislativas contra los judíos. Pero con tantas excepciones, que la gran mayoría vivió tranquilamente. Arendt, 2014, p. 260. También en  Payne, 1995, p. 487.

(4) Los militares italianos cometieron grandes atrocidades en África, además de la muerte de decenas de miles de libios. Payne, 1995, p. 480.

(5) Casanova, 2008.

(6) El llamado Pacto de Acero, firmado en 1939.

(7) Italia entró en la II Guerra Mundial tras la caída de Francia, el 10 de junio de 1940.

(8) Payne, 1995, p. 482.

(9)Payne, 1995, p. 480.

(10) ¡Adelante!

(11) Mussolini, 1964, p. 12.

(12) Mussolini, 1964, p. 14.

(13) Mussolini, 1964, p. 35.

(14) Mussolini, 1964, p. 35.

(15) Petacci, 2010, p. 9.

(16) Infiesta, 1995, p. 136.

(17) Infiesta, 1995, p. 139.

(18) Claretta se casa con Riccardo Federicci en 1934.

(19) Petacci, 2010, p. 37.

(20) Eslava, 2016, p. 52.

(21) Eslava, 2016, p. 54.

(22) Eslava, 2016, p. 203.

(23) Fusi, 2015, p. 222.

(24) Mussolini, 1964, p. 105.

(25) Infiesta, 1995, p. 140.

(26) Petacci, 2010, p. 103.

(27) Petacci, 2010, p. 116.

(28) Petacci, 2010, p 116.

(29) Petacci, 2010, p. 226.

(30) Petacci, 2010, p. 94.

(31) Petacci, 2010, p. 192.

(32) Petacci, 2010, p. 8.

(33) Precioso jardín ubicado en el centro de Roma.

(34) Petacci, 2010, p. 205.

(35) Petacci, 2010, p. 128.

(36) Los bombarderos italianos arrojaron miles de bombas explosivas e incendiarias sobre la población civil de Barcelona, entre 1937 y 1939. Un Mussolini conmocionado da la noticia a Claretta de que una de sus bombas ha caído sobre una escuela y ha matado a 150 niños que había dentro. Petacci, 2010, p. 183.

(37) ¡Maldita sea!

(38) Infiesta, 1995, p. 136.

(39) Fusi, 2015, p. 50.

(40) Víctor Manuel III fue el penúltimo rey de Italia. Vencido el país en la II Guerra Mundial, no tuvo más remedio que abdicar en su hijo Humberto II: el pueblo no le perdonó el apoyo a Mussolini en sus comienzos. Aun así, la monarquía estaba siendo muy cuestionada. Un referéndum en 1947 expresó la voluntad del pueblo italiano, que decidió a favor de un sistema republicano. ¡Los Saboya al exilio! Ejemplares… Sin embargo, la desmemoria de los españoles es asombrosa, pues nuestra monarquía es herencia del franquismo. Es decir, del fascismo español.

(41) Fusi, 2015, p. 50.

(42) Infiesta, 1995, p. 136.

(43) Infiesta, 1995, p. 141.

(44) Infiesta, 1995, p. 140.

(45) Fusi, 2015, p. 131.

(46) Infiesta, 1995, 138

(47) Montañas rocosas que recorren Italia de Norte a Sur.

(48) Fuerza aérea alemana.

(49) Saló es un pueblecito de Lombardía, en el norte de Italia. La efímera República de Saló inspiró Saló o los 120 días se Sodoma (1975), del cineasta Pier Paolo Pasolini. Tal vez la película más pornográfica y obscena de toda la historia del cine.

(50) El general Badoglio.

(51) Casanova, 2008.

(52) Movimiento armado antifascista, la 52 Brigada garibaldina de la Resistencia.

(53) Eslava, 2016, p. 659.

(54) Fusi, 2015, p. 198.

(55) Eslava, 2016, p. 659.

(56) Walter Audisio,  apodado por los partisanos como “el coronel Valerio”. Eslava, 2015, P. 659.

(57) Eslava, 2015, p. 659.

(58) Eslava, 2015, p. 660.

(59) Infiesta, 1995, p. 141.

(60) Petacci, 2010, p. 454.

(61) En la tapia de Villa Belmonte.

(62) Infiesta, 1995, p. 141.

(63) Infiesta, 1995, p. 141.

(64) Infiesta, 1995, p. 141.

(65) Petacci, 2010, introducción escrita por el sobrino de Claretta, Ferdinand Petacci, p. 13.

(66) Fusi, 2015, p. 198.

(67) Infiesta, 1995, p. 141.

(68) Infiesta, 1995, p. 141.

(69) Eslava, 2016, p. 664.

(70) Alessandra Mussolini es eurodiputada por el Partido Forza Italia, de corte neofascista.


Bibliografía

  • Arendt, H., 2014, Eichmann en Jerusalén, Lumen, Barcelona.
  • Casanova, J., 2008, “El día que cayó el Duce”, EL PAÍS, [En línea]  Disponible en: https://elpais.com/cultura/2008/07/19/actualidad. (20 de junio de 2019).
  • Eslava, J., 2016, la Segunda Guerra Mundial contada para escépticos, Planeta, Barcelona.
  • Fusi, J. P., 2015, El efecto Hitler, Espasa, Barcelona.
  • Infiesta, J. L., 1994, “Claretta y Mussolini, la pareja odiada”, Historia y Vida, 79, pp. 136-141.
  • Mussolini, R., 1964, Benito, mi hombre, Plaza y Janés, Barcelona.
  • Payne, S., 1995, Historia del Fascismo, Planeta, Barcelona.
  • Pérez-Reverte, A., 2019, Una historia de España, Alfaguara, Madrid.
  • Petacci, C., 2010, Mussolini Secreto, Crítica, Barcelona.