Estaban a las puertas del siglo XX, y las mujeres inglesas, entre ellas Emily Davison, empezaban a estar hasta los ovarios. Sí, hasta los ovarios de ser consideradas seres inferiores. Hartas de no poder participar en la vida política, de no poder acceder a una educación digna. En definitiva, ya no tenían «el chichi para farolillos». Se habían cansado de vivir tuteladas y a la sombra de los señores machos. Su objetivo estaba claro: tenían que conseguir la igualdad, costase lo que costase. Ningún precio sería demasiado alto, pues estaba en juego su propia felicidad, ¡qué narices! Y así, amigas y amigos, surgió ese maravilloso movimiento feminista del que seguro habéis oído hablar: el sufragismo (1).

Unas mujeres muy sabias y muy guerreras
Conscientes, muy listas ellas, de que no hay libertad que valga sin cultura, concentraron sus fuerzas en la educación. Así, inauguraron las primeras universidades europeas femeninas (2). ¡Ahí es nada! Pero, viendo que por las buenas estaban consiguiendo más bien poco (3), las féminas más radicales decidieron que había llegado el momento de hacer más ruido (4). ¡A tomar por culo el miedo y las buenas formas! Que era su libertad, su dignidad y su igualdad lo que estaba en juego, no era moco de pavo. ¿Os suena el eslogan “Votes for Women”? Pues gritándolo se tiraron a protestar a las calles. Y ojo, porque sus manifestaciones y sus quejas, sonaron bien sonado en todo el Reino Unido. Cabrearon a las autoridades hasta tal punto, que empezaron a darles caza. ¡Acabaron con sus huesos en prisión en muchas ocasiones (5)!

Eran de armas tomar nuestras amigas. Tanto es así, que, tras cabrear aún más al Gobierno, porque se inventaron la huelga de hambre como forma de protesta (6), tuvieron que seguir trabajando desde la clandestinidad (7).
Para chula, chula… Emily Davison
El ejemplo más radical y pintoresco de estas sufragistas radicales es, sin duda, nuestra protagonista: Emily Davison (8). Si de dar la vida por defender los propios principios de trataba, ella lo tomó al pie de la letra. Eso de “prefiero morir de pie a vivir de rodillas” (9), se ve que le pegó fuerte a la mujer.

Nuestra Emily, era una señorita bien educada, de clase social media y muy culta. Gracias a los trabajillos que hacía como maestra, pudo pagarse sus estudios en Oxford ni más ni menos, aunque en aquél entonces, las mujeres no podían optar a conseguir un título universitario (10). De ahí que nuestras amigas dieran tanto la vara en aras de lograr una educación idéntica a la masculina. Cabreada y muy harta de aguantar tanta desigualdad, decidió unirse a las feministas radicales (11) y empezar a luchar por todo aquello que le pertenecía.
Encima de presas, obligadas «a tragar»
Emily puso todo su empeño en ello: participó sin ningún pudor en todas las protestas, haciendo más ruido que un elefante en una cacharrería. Y claro, tanto dar por saco tiene sus consecuencias: nuestra colega pasó ocho veces por prisión (12), que se dice pronto. Durante sus “vacaciones” en la cárcel, no dejó de lado su espíritu sufragista ¡ni mucho menos! Se dedicó a hacer huelga de hambre en señal de protesta, al igual que hicieron las demás sufragistas detenidas. Esto tocó los bemoles aún más a las autoridades, y decidieron alimentarlas a la fuerza. Claro, era más lógico forzarlas a comer (no fuese a ser que alguna la diñase, ¡no veas tú que escándalo!), que reconocer los derechos femeninos y aceptar una sociedad más igualitaria. A nuestra Emily, la obligaron a comer en cuarenta y nueve ocasiones (13).
Como era de esperar, este nuevo golpetazo autoritario no frenó a Emily Davison: ni corta ni perezosa, para protestar por las condiciones (y las atrocidades) que sufrían ella y sus compañeras en prisión, se llegó a tirar por unas escaleras, provocándose serias fracturas en la cabeza y en la espalda (14). Lo de la alimentación forzada no se podía consentir. Pensareis “¡vaya bruta! ¡Qué cabezota!”. Pues sí amigos, a tozuda no había quien le ganase. Da gusto ver ese ímpetu en alguien que lucha por sus derechos.
Emily Davison a los pies de los caballos…
Así, con este espíritu arrabalero y este ambiente tan caldeado, llegamos al día del Derby (15) en el hipódromo de Epsom Downs, donde los mejores caballos purasangres de Inglaterra competían en una carrera que, sin duda, pasaría a los anales de la historia. En medio del espectáculo y del jolgorio que se vivía, nuestra Emily Davison se lanzó a la pista y trató de sujetar las riendas del caballo del rey (16), seguramente, para colgarle una bandera sufragista (17) y reivindicar así su causa.
No, no era una loca del coño que intentaba suicidarse (18). Desgraciadamente, no consiguió su cometido: el caballo la arrolló y Emily Davison resultó gravemente herida. Sufrió una fractura craneal, una grave conmoción cerebral y varias lesiones internas (19). Emily Davison falleció cuatro días después (20), convirtiéndose en la mártir del sufragismo (21). “La sufragista del Derby”, o “el Derby de la sufragista” (22), ya son todo un hito.

Su funeral, se convirtió en un precioso acto feminista, y tuvo un impacto internacional grandioso (23). Cinco mil mujeres, la mayoría con vestidos blancos y brazaletes negros, marcharon en el cortejo fúnebre por las calles de Londres (24). Fue todo un espectáculo sufragista. Las imágenes hablan por sí solas.
Sin embargo, la muerte de Emily Davison y el maravilloso despliegue femenino que ello provocó, tampoco fueron suficientes para que el Gobierno británico atendiese las demandas sufragistas (25). Para la llegada del voto femenino habría que esperar a la Primera Guerra Mundial. Las sufragistas se volcaron en colaborar a favor de la causa bélica y, en recompensa, el rey les concedió la amnistía (26), y el Parlamento Británico aprobó el derecho al voto a las mujeres mayores de 30 años (27).
Epílogo. Emily Davison, una mártir por la igualdad
Pero, ¿por qué, si al fin y al cabo, se trató de una muerte accidental, se considera que Emily fue una mártir? Muy sencillo: esta mujer no dejó de luchar por todo aquello en lo que creía ni un solo día desde que se subió al carro de las sufragistas. Peleó siempre, con uñas y dientes, y con todo su cuerpo si me apuráis, hasta las últimas consecuencias. No flaqueó ni se rindió jamás, por muy feas y dolorosas que se tiñesen las circunstancias. Su objetivo estaba claro: la mujer debía tener las mismas oportunidades y los mismos derechos que el hombre, y nada la frenaría en su empeño. Más valía la muerte que seguir amarrada al yugo de la subordinación.
Emily Davison fue una mujer valiente y desmedida, y no fue la única (28). El ejemplo de todas estas jabatas que lucharon para conseguir todos los derechos de los que gozamos hoy en día, se nos debería grabar a fuego en la memoria. No hagamos que la muerte de Emily Davison haya sido en vano, señoras mías.
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