¿Hasta dónde puede llegar el amor de un padre? Esa es la pregunta. Para muchos de nosotros, la respuesta solo comprendería sentimientos relacionados con el amor, afecto y protección. Pero, ¡cuidado! porque la línea entre estas emociones y la oscuridad de la locura es muy fina. Así le ocurrió al Dr. Velasco.

Si queréis conocer más sobre una de las historias más siniestras y morbosas sobre el amor paternal, ¡sigue leyendo!

¿Cuándo y dónde? El madrileño Dr. Velasco

La historia del Dr. Velasco y su hija es, como veremos, realmente escalofriante a la vez que tierna. Escalofriante porque refleja lo que la muerte de un hijo/a puede provocar en la mente de un padre: locura, paranoia, sufrimiento extremo. Y tierna porque recoge el más profundo amor de un padre hacia su hijo/a. Nos muestra el intento atormentado por rescatar a un familiar querido de las garras de la muerte. Evitar, de forma desesperada, que esa persona no abandone este mundo y siga estando entre nosotros, aunque sea en silencio, fría. Aunque sea desde el más profundo sueño del que jamás despertará.

Para ello retrocedemos hasta el siglo XIX, en la ciudad de Madrid. Donde el Doctor Velasco decide instalarse junto a su familia. Un hombre sin duda inteligente, místico y, como no, extraño. Entenderéis en breve porqué.

¿Quién era el Dr. Velasco?

Pedro González de Velasco nació en un pueblecito de Segovia en 1815, donde se crió junto a sus padres, agricultores de profesión, en una casita muy humilde. A la edad de 12 años, perdió a su padre, lo que provocó que tuviese que ayudar a su madre trabajando como voceador callejero, vendedor de mercancías o porquero. (1)

Dr. Velasco de Madrid
El Dr. Velasco. Fuente.

Sin embargo, nunca dejó de lado su idea de formarse y recibir unos estudios sobre medicina, cosa que en la época era un completo privilegio. Mucho le costó alcanzar su sueño, pero lo consiguió, eso sí, tras pasar por seminarios y recibir una fuerte formación religiosa y en Humanidades. Tras estas experiencias, marchó a Madrid, donde se matriculó en la universidad de Medicina de tercera clase. Allí, despertó su pasión por la anatomía, a la vez que colaboraba en el Hospital Militar de Madrid. (2) En este hospital, Pedro se lo pasó pipa diseccionando cadáveres, aprendiendo anatomía humana, y practicando cirugía, otra pasión de nuestro doctor. (3) Todo esto le vendrá de maravilla posteriormente, ¡recordadlo!

Poco a poco y con mucho esfuerzo, el Dr. Velasco consiguió hacerse con gran fama en la capital, llegando a ser reconocido como uno de los mejores doctores del momento. (4) Esto le otorgó prestigio, pero también dinero, lo que le ayudó a conseguir otro de sus sueños: construir un museo.

El Museo del Dr. Velasco

Nuestro protagonista intentó en varias ocasiones montar su propio museo anatómico humano, pero su idea no caló muy bien y fue descartada. Hasta que lo consiguió. El que la sigue la consigue y eso hizo el Dr. Velasco, perseguir su ilusión. Este afán por los museos y el mantenimiento de «piezas» nació durante su estancia en el Hospital Militar, al tener que conservar muestras anatómicas o realizar moldes. (5)

Así, levantó un fabuloso museo de anatomía y patología médica además de sumar piezas de Historia Natural, Arqueología, Prehistoria y Antropología. (6) El museo era lo más parecido a lo que entendemos hoy en día como un bazar chino. Es decir, podías encontrar de todo. Desde objetos zoológicos, botánicos o geológicos hasta restos etnográficos (7) o antropológicos, como el cadáver de un gigante o los restos de un mamut. También se podían observar deformaciones humanas, fetos de todas las edades o vísceras.

Sin embargo, a pesar de lo curioso que podía parecer este museo al público, no le dio grandes beneficios económicos. Era bastante reducido por encontrarse en su propio domicilio y no resultó atrayente. (8)

¡A la tercera va la vencida!

Afortunadamente, con el museo que levantó en la calle de Atocha sí que consiguió mucha más fama, ¡llegando a visitarlo el mismísimo rey Amadeo I! (9) Este museo continuaba siendo del mismo estilo morboso. Incluso el Dr.  Velasco consiguió que un conocido, Manuel Tarín, donara el cuerpo de su hija momificado al museo. Esta niña se llamaba Carmen y falleció con 13 años. (10) Esta momia fue muy importante en la historia que nos ocupa. ¡Después sabremos el motivo!

Su verdadero éxito en su lucha museística viene con la inauguración por parte del rey Alfonso XII del Museo Antropológico Nacional. (11) Aquí, el Dr. Velasco ¡tocó el cielo!

Conozcamos a la hija del Dr. Velasco, su Concha

El ojito derecho de nuestro doctor era su hija, Concepción González Velasco y Pérez. Bueno, ojito derecho e izquierdo porque tampoco tenía más hijos para elegir. El caso es que la relación entre ambos era magnífica.

Fue una niña nacida fuera del matrimonio, lo que denominaríamos bastarda o ilegítima, ya que el Dr. Velasco, cuando la engendró, estaba casado. Así que su apellido no se lo pudo dar hasta que, divorciado de su primera esposa, contrajo matrimonio con la mamá de Concepción, legalizando su paternidad para con ella. (12) La jovencísima Concepción era delicada, enfermiza, de pelo dorado y piel muy clara. Una muñequita frágil y bella a la que su padre protegía y amaba profundamente. (13)

La hija del Dr. Velasco, Concepción. 
La hija del Dr. Velasco, Concepción.

Sin embargo, esta unión y felicidad familiar que tanto le costó conseguir duró muy poquito, dos años para ser exactos. La joven adquirió una enfermedad muy típica en aquellos tiempos, el tifus, y poco se pudo hacer para salvarla.

El doctor se recorrió cielo y tierra para conseguir un buen tratamiento que salvase a su hija de la muerte, pero no lo encontró, no existía. Todos los doctores le aconsejaban que dejase a la enfermedad seguir su curso y que rezara. Rezar, ese fue su tratamiento. Algunos con suerte se curaban de las fiebres tifoideas, pero la gran mayoría no. La hija del doctor formó parte de este segundo desafortunado grupo y falleció el 12 de mayo de 1864, con la edad “de la niña bonita”: 15 añitos. (14)

Como podemos intuir, esto sumergió al Dr. Velasco en una profunda tristeza y desesperación. Su hija se había marchado para siempre. Nunca más volvería a oír su voz, oler su aroma, tocar su pelo… ¿O sí?

Del dolor a la locura, ¿fue muerte natural o provocada por su padre?

Lo que os he contado hasta ahora es cierto, el doctor estuvo desesperado buscando una solución a la enfermedad de su hija. Sin embargo, dada la pasividad del resto de médicos y la ausencia de un remedio efectivo, Velasco decidió actuar por su cuenta.

El padre del Nobel, Jacinto Benavente, contó en su momento que el Dr. Velasco fue a verle muy angustiado una mañana. Necesitaba  buscar alguna salida que ahuyentara a la muerte de su hija. Benavente, al igual que el resto de médicos, le aconsejó no hacer nada y dejar a la enfermedad elegir si se llevaba o no a su hija Concepción (15). Como nos podemos imaginar, el Dr. Velasco dijo que tararí que te vi y le comentó lo siguiente:

“No quiero más médicos del agua. Mira, yo voy a probar si, dándole un vomitivo, hace crisis la enfermedad” (16)

Tristemente, esto tuvo un efecto completamente contrario a lo deseado por Velasco, provocando la inmediata muerte de su adorada hija. Evidentemente, esto sumó muchísimo más dolor al corazón de nuestro doctor. Él había terminado de conducir a su hija a la muerte. Ya no había más oportunidades de salvarla. Concepción se había ido para siempre y esto fue imposible de asumir por el Dr. Velasco. Así que, demostrando que él no iba a rendirse, decide que va a conservar a su hija impidiendo su corrupción. Es decir, la embalsamará y hará el proceso solo, sin ayuda de nadie. Él evitará que su hija se marche para siempre. Eso sí, tras el embalsamamiento, Concha fue enterrada en el cementerio de San Isidro, en un nicho familiar. (17)

El Dr. Velasco ante su hija fallecida
El Dr. Velasco ante su hija fallecida

Comienza la locura del Dr. Velasco. Concepción regresa de la muerte

Once años más tarde, el Dr. Velasco consigue que trasladen el cadáver de su hija a su museo. Allí estará mejor junto a él. Gracias al testimonio de Ángel Pulido, uno de los mejores discípulos del doctor, podemos saber cómo fue ese espeluznante y estremecedor momento en el que Velasco abre el ataúd de su hija. ¡Por fin se reencuentran! (18)

“Muy pálido, muy silencioso y, al parecer, muy sereno, procedió el Dr. Velasco al acto de abrir las dos cajas, apareciendo en el interior los restos de su hija vestidos con el hábito de la Concepción. ¡Podía estar orgulloso de su embalsamamiento, porque la ciencia había vencido a las leyes de la descomposición, y el cuerpo aparecía exactamente igual…

Sacudiéndose de aquella contemplación procedió a palpar el cadáver; cogió sus miembros, los dobló comprobando su elasticidad, y exclamó con acento extraño: ¡Todavía están flexibles! ¡Podría sentarse!” (19)

¡Bienvenida a casa, hija!

Tras este impresionante momento, el cuerpo de Concepción estuvo cubierto por un sudario durante un verano entero para que los líquidos se evaporasen y el cadáver se momificara. Ya estaba lista para “darse una manita de pintura” y quedar como nueva. Asimismo, el doctor encargó a una modista unos vestiditos nuevos para su hija, le tomó las medidas y encargó que fuese de raso blanco. Vistió también sus manos y pies con unos caros y elegantes zapatos de raso y guantes, le sumó joyas, colocó una peluca sobre su cabeza y le dio unas capitas de maquillaje para disimular las facciones de la muerte en su rostro, mucho más remarcadas tras la deshidratación del cadáver.

Tanto se creyó el regreso de su hija que el doctor intentó sentarla en la mesa, menos mal que su mujer se negó rotundamente. ¡Hubiese sido una comida para morirse! (20)

Recuperó todos los recuerdos que tenían que ver con su hija. Los revivía una y otra vez en su mente. Aprendió a tocar las canciones que su hija tecleaba en su piano. Se envolvió entre los libros, trajes, decoraciones, muñecas y objetos de su hija. Todas las mañanas lo primero que miraba era a ella, a su Concha. (21)

Por otro lado, en lo económico, el doctor tampoco estaba para tirar cohetes. Probablemente por su depresión o simplemente por mala suerte, su museo no le estaba dando los frutos deseados y necesarios. La deuda que contrajo fue tal, que llegó a proponer la venta de su museo al Estado, compra que no se formalizó hasta después de su fallecimiento. (22)

¿Dónde están los restos de Concepción? ¿Qué hizo su padre, el Dr. Velasco con ellos?

La leyenda apunta a que el cuerpo de Concepción nunca salió del museo de la mano de su padre. Se dice, se cuenta y se rumorea, que ese cuerpo es el mismo que está en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid y que, a veces, su espíritu ronda por los pasillos de la susodicha. Sin embargo, ¿es esto cierto? Pues va a ser que no. ¿Recordáis la donación que hizo un amiguete del Dr. Velasco al museo? ¡Si, la del cuerpo momificado de la hija de Manuel Tarín! Pues esa es la famosa momia de la facultad, no la de Concepción. (23)

La famosa momia de la Facultad de Medicina, Carmen Tarín
La famosa momia de la Facultad de Medicina, Carmen Tarín

El cuerpo de la hija del Dr. Velasco descansa junto al de su padre y madre en la sacramental de San Isidro, en el panteón familiar. (24) Fue su propio padre el que, en un momento de lucidez o tras esa locura transitoria, decidió sacar los restos de su queridísima hija de la urna de cristal donde se encontraban, quitarle los vestidos al cadáver y demás adornos, y enterrarla en dicha sacramental. (25) En la lápida podemos leer lo siguente:

“D.O.M.

A SU ADORADA HIJA MARIA DE LA CONCEPCION G. VELASCO Y PEREZ CONSAGRAN ESTE RECUERDO DE ETERNA MEMORIA SUS DESCONSOLADOS PADRES P. G. VELASCO Y ENGRACIA PEREZ FALLECIO EL 12 DE MAYO DE 1864 A LA EDAD DE 15 AÑOS Y MEDIO” (26)

Fin de la historia…

Al fin, padre e hija volvieron a estar juntos, aunque sea en muerte. Es increíble cómo un hombre que no estaba en absoluto loco ni tenía ningún tipo de problema mental, tuvo que experimentar un dolor tan sumamente fuerte para llegar a desvariar de esa manera. Es grande el sacrificio que tuvo que hacer para dejarla ir. Le costó, pero finalmente lo logró al ser él mismo el que sacase de esa vitrina de cristal los restos de su Concha y lo dejase descansar en un camposanto. ¿Hasta dónde llega el amor de un padre? ¿Qué supone la muerte de un hijo/a para la mente humana? Ojalá que nadie tenga que experimentar esta tragedia antinatural. Con todo ello, seguiremos recordando al Dr. Velasco por su triste y tétrica historia, y no por haber sido uno de los mejores médicos de su época.



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Referencias y bibliografía

Referencias

(1) AAVV, 2010, p. 11.

(2) AAVV, 2010, pp. 11-13.

(3) Sánchez Gómez, 2014, p. 267.

(4) AAVV, 2010, p. 14.

(5) Sánchez Gómez, 2014, p. 267.

(6) Baratas, 2016, pp. 54-56.

(7) Baratas, 2016, p. 68.

(8) Sánchez Gómez, 2015, p. 4.

(9) Sánchez Gómez, 2015, p. 9.

(10) Sánchez Gómez, 2015, p. 10.

(11) Sánchez Gómez, 2015, p. 13.

(12) AAVV, 2010, p. 17.

(13) Callejo, 2001, p. 89.

(14) AAVV, 2010, p. 17.

(15) AAVV, 2010, p. 18.

(16) AAVV, 2010, p. 18.

(17) AAVV, 2010, p. 18.

(18) AAVV, 2010, p. 19.

(19) AAVV, 2010, p. 19.

(20) AAVV, 2010, p. 19.

(21) AAVV, 2010, p. 20.

(22) AAVV, 2010, p. 16.

(23) Sánchez Gómez, 2015, p. 12.

(24) AAVV, 2010, p. 21.

(25) AAVV, 2010, p. 19.

(26) AAVV, 2010, p. 22.

Bibliografía

  • CALLEJO, J., 2001, Un Madrid insólito. Guía para dejarse sorprender, Ed. Complutense S.A, Madrid.
  • A.A.V.V, 2010, La momia de la hija del doctor Velasco. Disección de una leyenda, Revista de la Escuela de Medicina Legal, nº 13, pp 10-30.
  • SÁNCHEZ GÓMEZ, L. A., 2014, El Museo Antropológico del doctor Velasco (anatomía de una obsesión), Anales del Museo Nacional de Antropología, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Madrid.
  • SÁNCHEZ GÓMEZ, L. A., 2015, Una momia en el salón. Los museos anatómicos domésticos del doctor Velasco (1854-1874), ASCLEPIO: Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, nº 62.
  • BARATAS DÍAZ, L. A., 2016, El Museo Antropológico del Doctor Velasco (1854-1892). Auge y descomposición de un proyecto museológico-docente, Llull: Revista de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, vol.39, nº83, pp. 45-72.