Si digo Vietnam, a muchos os vendrá a la mente imágenes de bombardeos de fuego, de niños corriendo llorando totalmente desnudos o soldados americanos fumando en la jungla con la mirada perdida. Historias de horror de una de las guerras más abominables de la historia, en el contexto de la Guerra Fría. El relato que sigue es la historia de un hombre que, ante la adversidad, realizó una de las misiones más increíbles de la historia militar contemporánea. Os prometo que cuando acabéis de leer, os preguntaréis porqué no han hecho una película sobre él.

La leyenda de Carlos Hathcock , el Whitefeather

¿Qué haríais si os asignan una misión y os aseguran que es suicida? A esta disyuntiva, se enfrentó nuestro protagonista, Carlos Hathcock (1).

Despliegue en Vietnam

Despliegue aerotransportado de marines norteamericanos. Fuente

En la década de los 60 (2), en el auge del amor libre, los hippies y el «flower power«, Carlos Hathcock tuvo la idea de alistarse para luchar en Vietnam. Así acabó como francotirador del cuerpo de marines. Poco a poco, se fue granjeando un nombre debido a la precisión de sus disparos y a su habilidad en el camuflaje. Tan eficaz era que el Ejército de Vietnam del Norte llegó a poner precio a su cabeza. Ya no sólo por la bajas entre los soldados, sino porque Carlos acabó con todos los francotiradores vietnamitas que intentaron matarle. Vamos, que Carlos Hathcock era un auténtico Rambo.

Tras un año en Vietnam, nuestro protagonista era conocido entre amigos y enemigos como Whitefeather (3), por la pluma que llevaba en la cinta de su sombrero a modo de adorno. Se convirtió en una leyenda viva.

Un viaje solo de ida al corazón de la selva de Vietnam

Tras seis meses en Vietnam, ejerciendo como instructor y francotirador, Carlos Hathcock tenía en su haber 80 bajas confirmadas. Además, había instruido personalmente un nutrido grupo de francotiradores, para desesperación de los vietnamitas, que veían como una generación de «superfrancotiradores» era entrenada por su archienemigo «whitefeather». Ahora contaba los días para su nuevo destino, incorporarse a la policía militar y abandonar la zona de combate.

Carlos Hathcock
Carlos Hathcock ajustando la mira de su rifle. Fuente

Estando en esta espera, un día es llamado por un Capitán, pues sus mandos le habían hablado de sus excelentes cualidades como francotirador y tenía que proponerle una misión. El único problema es que la misión era extremadamente peligrosa; casi sin posibilidades de sobrevivir. Por ello, era de carácter voluntario. Carlos Hathcock no dudó y contestó:

“Señor iré, no podría mirarme en un espejo si otro tuviera que ir en mi lugar” (4).

La misión era infiltrarse en un campamento del ejercito vietnamita, cruzar diversas líneas de seguridad en el interior de la brutal jungla, y acabar con un general enemigo. Sin grupo de escolta, en solitario. En definitiva, una condena a muerte.

Preparativos de un muerto viviente

Carlos Hathcock cogió el mapa y las fotografías de reconocimiento que su mando le había proporcionado, y empezó a planificar. Lo primero fue plastificar el mapa para impermeabilizarlo. Después, tras estudiarlo atentamente, trazó una ruta a seguir. Luego se dedicó a preparar su material de combate, oscureció cada fragmento de metal con betún, limpió su rifle y, por último, quitó la pluma blanca de su sombrero. Al día siguiente, un grupo de soldados lo dejó en la linde de la jungla. Tras revisar que su rifle y su cuchillo estaban en su sitio, se aplicó en el rostro unas últimas capas de pintura de camuflaje. Comenzaba su misión más difícil, una auténtica historia de película pero, en este caso, cualquier error acabaría con una tumba anónima en el barro de Vietnam.

Víboras, patrullas y un blanco difícil

Nuestro protagonista empezó a aproximarse a la zona del objetivo, siempre fundiéndose con el entorno. Mejoró su camuflaje usando vegetación de la propia selva, incorporándola en su uniforme. Al rato, divisó la primera patrulla enemiga. Se arrastró centímetro a centímetro y siempre procurando avanzar cuando soplara viento, para que el movimiento de la vegetación no lo delatase. Finalmente, logró esquivar a la patrulla y avanzar. Todo este proceso le llevó un día entero. Había veces que avanzaba un metro por hora, para evitar ser descubierto, arrastrándose como una criatura más de la jungla. El gran problema era descansar: quedarse dormido era potencialmente letal. Recurrió a micro sueños de 10 minutos para minimizar el riesgo de ser descubierto cuando dormía. 

Víbora del bambú
Víbora del bambú. Fuente

Precisamente descansando, sufrió un incidente que casi le cuesta la vida. Tras abrir los ojos después de una de sus “siestas”, descubrió horrorizado que una víbora del bambú (5) estaba encima de su brazo. Haciendo gala de unos nervios de acero, Carlos no movió ni un solo músculo y esperó pacientemente a que la serpiente buscara otro lugar de cobijo. Esto le costó varias horas de retraso y, a pesar de que su provisión de agua era abundante debido al entorno, el hambre empezaba a producirle los primeros pinchazos en el estómago.

El cazador encuentra a la presa

Tras dos días en territorio enemigo, Carlos avistó un puesto de control. ¡No cabía de gozo! Las defensas, eran mayoritariamente antiaéreas, por lo que el enemigo no esperaba un ataque terrestre. Tras rodear el puesto de guardia, continuo arrastrándose para poder llegar a la zona del objetivo.

Pero otra patrulla en marcha le obligo a detenerse. La preocupación del francotirador ya no sólo era que lo vieran, sino que el fuerte olor corporal que despedía podía traicionarlo también. La patrulla se fue acercando lentamente hacia su zona y el ritmo cardíaco de Carlos fue en aumento. Un soldado vietnamita que iba tranquilamente hablando, poco a poco, se dirigió a donde estaba nuestro protagonista. Carlos acercó la mano a su cuchillo y rezó para sus adentros para que se alejara. Las botas se detuvieron a unos centímetros de su mano, casi lo pisaron, finalmente dieron media vuelta. Carlos respiró aliviado mientras se alejaban. Había tenido suerte y no pensaba malgastarla.

Bien está lo que bien acaba

Habían pasado cuatro días y, por fin, Carlos llegó a su destino. Se acomodó junto a una línea de árboles y montó su rifle. Al rato, oyó un motor de coche y se puso en alerta: su presa había hecho acto de presencia. El general vietnamita bajó, rodeado de sus ayudantes, y empezó a caminar hacia una tienda. Carlos respiró profundamente para bajar sus pulsaciones. El blanco estaba a unos 600 metros y sólo había una oportunidad. El general empezó a discutir con sus ayudantes, un obstáculo de última hora, pues éstos obstruían la línea de tiro. Ahora, había que tomar una decisión: disparar a través de un ayudante o esperar a que hubiera un blanco limpio. Y sólo había unos segundos disponibles.

Francotirador en Vietnam
Francotirador estadounidense efectuando un disparo en la jungla de Vietnam. Fuente

Finalmente, un ayudante se aparta, Carlos aprieta el gatillo y el proyectil impacta en el pecho del general, atravesándole el corazón y provocándole una muerte instantánea. El caos se desata en la base, cosa que Carlos aprovecha para desaparecer en la jungla como un fantasma.

Vuelta a casa

Un grupo de reconocimiento de marines lleva esperando a Carlos 2 días en una zona de evacuación acordada. Están nerviosos por la posibilidad de una emboscada, y no hay señales de vida del hombre que tienen que llevar de vuelta a la base. De repente, un soldado detecta movimiento y sonríe. De la jungla sale un exhausto Carlos. Lo dirigen a un helicóptero para llevarlo de vuelta a su base. El marine que lo vio primero le dice que ha sido un poco descuidado. Carlos esboza un sonrisa y contesta tranquilamente que llevaba media hora observándolos, sólo quería asegurarse de que no eran “Charlies” (6).

Carlos Hathcock sobrevivió a la guerra de Vietnam con 93 bajas confirmadas. Fue condecorado con un Corazón Púrpura y una Estrella de Plata por su heroísmo. Había salvado a 8 marines de un vehículo en llamas, quedando herido y descartado para el servicio. Aun así, continuó su labor enseñando a nuevas generaciones de francotiradores, hasta que debido a una esclerosis múltiple tuvo que jubilarse. No era un santo, pero prefirió arriesgar su vida múltiples veces antes de dejar esa horrible decisión en otro compañero. Y es que hasta en los conflictos más horribles, podemos encontrar valores humanos.

PD: Cómo es costumbre os dejo una canción relacionada con el artículo, en este caso War Pigs de Black Sabbath, una canción protesta contra la guerra.


Referencias y bibliografía

Referencias

(1) 20 de mayo de 1942 – 23 de febrero de 1999.

(2) 1966

(3) Pluma blanca.

(4) Henderson, C., p.198.

(5) La picadura de la víbora del bambú es hemotóxica y puede producir daños severos a los seres humanos.

(6) Mote que pusieron los americanos a los miembros del ejército vietnamita.


Bibliografía

  • Bujeiro, R., 2001, The elite snipers since 1914, Osprey, Oxford.
  • Henderson, C., 2001, Marine Sniper: 93 Confirmed Kills, Berkley Books, N.Y.
  • National Technical Information Service,  U.S. Departement of Commerce, 1983, Sniper Operations and Equipement,  documento desclasificado 30 noviembre 1983.