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Necrópolis romanas, ciudades de muerte
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La muerte, ¡ah!, un tema apropiado para conversar en el interior de un ascensor… Parece que va a llover. Sí, mala tarde para ir al cementerio. El repelús habitual en la sociedad occidental actual no era tanto en época romana (1). El ciclo de la vida: el nacimiento, el matrimonio (incluidos todos los emparejamientos que imaginéis) y la muerte, no tenían tanta relevancia en el mundo antiguo. Primero al lado de casa y más tarde fuera del casco urbano (2), la muerte reclamaba un lugar propio. Tener un terrenito en una necrópolis romana era una de las prioridades de todo buen ciudadano.

Los inicios del “postureo”

Hay quien piensa que el afán de notoriedad, de hacerse un hueco en las redes sociales o de copar los primeros puestos en las búsquedas de Google es un fenómeno actual. Pues no. En las grandes civilizaciones del Mundo Antiguo: Mesopotamia, Grecia o Roma existían ya estas prácticas. Los etruscos, por poner un ejemplo (un pueblo con una gran potencia naval con origen en la Toscana, Italia), guardaban las cenizas en una urna de cerámica, algunas con forma de casita (3).

Los griegos tampoco perdían la oportunidad de destacarse. Tras la muerte, organizaban una procesión nocturna hasta el lugar de descanso del finado junto a una gran comitiva. Lo que brindaba a la familia la oportunidad de ostentar sus riquezas y su posición social. Hay pruebas de que los muertos más adinerados realizaban este viaje en carro. Nada ha cambiado desde entonces.

Los romanos con posibles encargaban estatuas, organizaban juegos en los circos y grandes festejos en sus casoplones de campo con el único objetivo de hacerse notar. La figura del influencer estaba ya inventada. Este afán de notoriedad, en el caso de Roma, se prolongaba hasta el ultimo día; de forma literal. Toda ciudad romana que se preciara estaba dotada de un espacio funerario, es decir, una necrópolis romana.

Quiero una “parcelita”

Como sucede en la actualidad, las ciudades romanas estaban dotada de, al menos, un espacio funerario. Es lo que denominamos necrópolis romana. Para un habitante de cualquier urbe, la necrópolis romana –normalmente ubicadas al pie de las vías de acceso a la ciudad y en áreas bien delimitadas– eran el escaparate perfecto. Por eso todos deseaban tener una parcelita.

A través del nombre del difunto, de su clase social (esclavos, libertos, libres) y, sobre todo, del tipo de monumento escogido por los herederos, cualquier viajero podía hacerse una idea de la ciudad a la que llegaba. Un coste elevado del monumento garantizaba un lugar preferente. Así, en la necrópolis romana se alternaban las fosas comunes con sencillos sepulcros de incineración en urnas cerámicas, apenas advertidas al exterior por pequeñas estelas inscritas; con los suntuosos monumentos funerarios familiares al alcance de los más ricos.

El calendario romano reservaba determinadas fechas para las ceremonias de veneración de los difuntos. Se ofrendaban objetos (fiestas de feralia), o rosas (fiestas de rosalia), y  se celebraban banquetes. De ahí nuestro Día de difuntos. Esto convertía a la necrópolis romana en un espacio en el que convergían el mundo de los vivos y el de los muertos.

Crédulos o incrédulos

monumento en la necrópolis romana
Necrópolis romana. Fuente

Mucho se ha hablado sobre la aparente incredulidad de los romanos en el Más Allá (4). Algo extraño si visitamos cualquier necrópolis romana de las que, gracias a la arqueología, han sido recuperadas hoy en día. Unos por convicción y otros por falta de reflexión, imaginaron la muerte como “La Nada” (me recuerda a la amenaza de La Historia Interminable). Un sueño sin despertar. Entonces, ¿por qué se perdían en complejos rituales? ¿Por qué semejante complicación de la arquitectura funeraria? ¿Es verdad que la muerte nos iguala a todos? Vayamos por partes… como dijo un amiguete.

Mitología de la muerte

Todos sabemos que los romanos se apropiaban de todo lo interesante de los pueblos que conquistaban. La muerte, los mitos o los dioses no iban a ser menos. Destacaba su preferencia por los mitos griegos.

Uno de los mitos que más nos acerca a la vida de ultratumba es el de Orfeo. Músico y poeta valiente. Este se arriesgó a adentrarse en la morada de los muertos para rescatar a su mujer, Eurídice. El hombre era tan majete que se ganó el favor de las deidades infernales. Estas permitían que se llevase a su mujer, si no la miraba. Pero, ¡ya sabemos cómo es el amor! Solo un vistazo, y la pobre se quedó en el inframundo.

Orfeo y Euridice
Orfeo y Eurídice. Fuente

Las almas de los difuntos viajaban por el mundo subterráneo, como en el metro. Conducidas por Mercurio (Hermes, para los amiguetes de los griegos), cruzaban la laguna Estigia en una barca. Algo así como un paseo en góndola por Venecia, previo pago a un tal Caronte que hacía de barquero, pero sin camisa a rayas (recordad a los Hombres G). El lado oscuro estaba custodiado por el Can Cerbero, un perro de tres cabezas que hoy habría aparecido en el Libro del Record Guiness.

Siete eran las zonas del mundo de los muertos. La primera para los nonatos. La segunda para los inocentes juzgados injustamente (debía estar llena). La tercera era para los suicidas. La cuarta el Campo de lágrimas, donde permanecían los amantes infieles. La quinta, para los héroes crueles… tiene guasa. La sexta, el Tártaro, algo así como el Infierno católico. Y la séptima, Los Campos Elíseos; eso sí, no había cruasanes.

Pasos a seguir una vez muerto

Las innumerables fuentes y testimonios que se conservan nos hablan de un complejo ritual. (5) El funeral comenzaba en casa del difunto. Antes de morir, la familia acompañaba y le daba un último beso para retener el alma que escapaba por su boca. Una vez producida la muerte, le cerraban los ojos y se le llamaba tres veces por su nombre (cuatro en caso de ser duro de oído), para comprobar que había muerto. Luego lavaban el cuerpo, lo ungían con perfumes y lo vestían.

Por ley estaba prohibido el lujo en los funerales. Estaba permitido colocar sobre la cabeza del fallecido las coronas que había recibido, algo así como las medallas de los generales. Seguían la costumbre griega de dejar una moneda para Caronte (hay fuentes en que se menciona que las monedas se colocaban sobre los ojos). El cadáver quedaba expuesto en una litera con los pies hacia la entrada de la casa y lo dejaban allí. Según su condición social ¡¡¡de tres a siete días!!! En la puerta de la casa se colocaban ramas de abeto o de ciprés, imagino que para paliar el pestazo: el que avisa no es traidor.

El último paseíllo

Si el difunto era de buena clase, el ritual hacia la pira funeraria o la tumba era solemne: esclavos, cítaras, plañideras, portadores de antorchas, tambores, familiares, amigos y parientes lejanos.

Plañideras. Fuente.

La necrópolis romana no era oscura ni tenebrosa. Las hileras de tumbas, ya fueran de cremación o de inhumación se alzaban a los lados de los caminos. Eso de que la muerte nos iguala… Hay que especificar que los ricos se enterraban en primera fila, o lo que es lo mismo, al lado de las vías de entrada a la ciudad; y los pobres en segunda, tercera, o cuarta fila de la necrópolis romana. Los epitafios podían ser vistos y leídos por mucha gente y así no caían en el olvido. Los había que incluso interpelaban al caminante con un: ¡Oye, detente y lee! (6)

El descanso eterno: un derecho

La voz cementerio significa lugar de descanso. La necrópolis romana se consideraba un lugar sagrado. Muy importante: solo era sagrado el lugar en el que estaba enterrada la cabeza, lo aclaro por los descuartizamientos.

Podían tener jardines, escalinatas o bustos. La ley permitía que un individuo empleara un camino de acceso a la tumba a través de una propiedad ajena, cuando fuera necesario; eso sí, la bronca estaba asegurada. Al final resultó más cómodo colocar las tumbas cerca de vías de uso público y organizar verdaderos camposantos. Esto permitía a la ciudad ejercer una protección efectiva del espacio funerario. Surgieron así las grandes necrópolis romanas extraurbanas que encontramos a la salida de todas las ciudades. Ejemplos significativos son Roma, Ostia o Pompeya.

Un ejemplo cercano de necrópolis romana: Carmona, tumbas romanas en la Bética

El municipio sevillano de Carmona alberga una de las necrópolis romanas más importantes de España. Entre sus diferentes cámaras funerarias destaca una muy especial: la tumba del elefante. Se llama así porque en ella se encontró una escultura en piedra de este animal.

El yacimiento está datado en torno al siglo I a. C. hasta el siglo II de nuestra era. Las urnas son de distintos materiales, se piensa que dependiendo del poder adquisitivo de las familias. ¡Qué novedad!

Tumba del elefante en la necrópolis romana de Carmona
Tumba del elefante en la Necrópolis Romana de Carmona. Carmona, Sevilla. Fuente

En la necrópolis romana de Carmona, el acceso a las tumbas se realizaba por una especie de pozos, algunos con  escaleras. En el interior encontramos una pequeña habitación, de uno o dos metros cuadrados, con pequeños nichos excavados en la pared donde se colocaban las urnas (7). Había además un especie de banco o mesa donde se colocaban las ofrendas funerarias.

Estatua de Servilia en la necrópolis romana de Carmona
Estatua de Servilia. Fuente.

Junto con el difunto eran enterrados objetos materiales que le habían pertenecido en vida. Además de estatuas con su imagen o caras funerarias. En esta necrópolis romana destacan: la tumba de Servilia, la del Elefante y la tumba Circular. Nombres dados por su forma, por lo que han encontrado en ellas o por la familia que allí se encontraba. La tumba de Servilia es en realidad una estatua de figura de mujer a la que le falta la cabeza. Señalaba un enterramiento familiar.

Así que, cuando paseéis cerca de un cementerio, necrópolis, camposanto, osario y demás, fijaos además en las inscripciones. Algunas tan interesantes como esta:

H.S.E.S.T.T.L.

Hic Situs Est Sit Tibi Terra Levis

Aquí Yace. Que la tierra te sea leve.


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Referencias

(1) Abascal, 1991.

(2) “Ningún cadáver podrá ser enterrado o quemado dentro de la ciudad”. Se tienen noticias de esta disposición anteriores al 260 a. C., aunque en esta fecha el Senado romano volvió a emitirla y después Sila, Augusto, Adriano y Severo. Se debía ante todo a una lógica sanitaria y para prevenir incendios con el descontrol en las piras funerarias.

(3) Las urnas funerarias etruscas están modeladas en terracota; algunas son de pasta negra y suelen tener forma de cabaña de planta circular. Algunas recuerdan, sin embargo, a casas de planta rectangular con un techo a dos aguas. Carecen de aberturas, salvo la que permite la deposición de las cenizas, y que se cierra con una tapa parecida a una puerta y sujeta por una varilla de madera o una cuerda. Se  consideran imágenes de la cabaña del difunto. Para más información Martínez Pinna – Nieto,1990.

 (4) La incredulidad de los romanos Perea 2012.

(5) Ritual: Couliano, I.P., 1993. 

(6) “Detén un poco tus pasos, te lo ruego, joven pío, peregrino, de modo que puedas conocer por mi inscripción mi suerte funesta” (CIL XII, 533)

(7) A juzgar por las necrópolis de otras ciudades romanas, no faltarían en ella monumentales altares funerarios o monumentos colectivos de notable envergadura que, tal vez, todavía esperan a los arqueólogos.


Bibliografía

  • Abascal Palazón, J.M., 1991, “La muerte en Roma: fuentes, legislación y evidencia arqueológica” en Vaquerizo, D. (coord.) Arqueología de la muerte: metodología y perspectivas actuales, Fuenteobejuna 1990, pp. 205-245, Córdoba.
  • Couliano, I. P., 1993, Más allá de este mundo, Paraísos, purgatorios e infiernos. Un viaje a través de las culturas religiosas, . Ed. Paidós, Barcelona.
  • Fernandez Uriel, P. y Mañas Romero, I., 2013 .Civilización romana, UNED, Madrid.
  • Martínez Pinna-Nieto, J., 1990, El pueblo etrusco, Historia del Mundo Antiguo Akal, Madrid.
  • Perea Yebenes, S., 2012, La idea del alma y el más allá en los cultos orientales durante el imperio romano, Signifer, Salamanca.

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