Erase una vez en el lejano y Antiguo Egipto, vivía Ramsés III (D. XIX, 1184-1153 a.C.), un famoso faraón que, en sus años mozos, fue capaz de salvar a su país de los feroces ataques de los “malvados” Pueblos del Mar (1). Ese grupo de gente que tuvo la genial idea de atacar y arrasar varios reinos de Oriente y del Mediterráneo en torno al 1200 a.C.
Sin embargo, en Egipto no cundió el pánico. Ellos tenían a su valeroso rey para defenderlos de todo mal. Como era un rey «humilde», hizo grabar su hazaña en su templo de Medinet Habu, para que todo el mundo se enterase. En esa época no existía Twitter, Instagram o Facebook.
Ahora bien, aunque Ramsés III lo dio todo en su juventud, en sus últimos años se volvió un poco pasota y algo disoluto. La cosa no acabó muy bien para él.
Todo Egipto hasta el moño de Ramsés III
Todo indica que Egipto tenía muchos problemas y que la gente estaba bastante harta de él. Tanto dentro del palacio, como fuera. Pero él seguía a lo suyo. De hecho, en torno a su trigésimo segundo año de reinado, ni corto ni perezoso, celebró su fiesta Heb Sed (2) para renovar su poder antes los dioses.
Aunque, debe ser que los dioses tampoco querían mucho a Ramsés III porque a los pocos días lo asesinaron, víctima de una conjura maquinada desde el harén (3). Nada de renovaciones celestiales, a los campos de Osiris con pasaporte directo, que ya estás mayor.
Así, después de tres décadas en el trono, cual faraón vitalicio, decidieron que había llegado su hora. Su presencia ya no interesaba y decidieron quitarlo del medio. ¡A faraón muerto faraón puesto! , Anubis y Osiris te esperan en el Más Allá Ramsés III.
Crónica de una muerte anunciada
Lo interesante de este suceso fue cómo se desarrolló, pues gracias a las malas lenguas (4) y a los estudios realizados en 2012 sobre dos momias (5), se pudo averiguar que dicho complot del harén no fue la invención de un escriba aburrido. Tiyi, una de sus esposas reales, fue la autora intelectual y la que se dedicó a comerle la cabeza a media Corte, aprovechando la fama de «juergista» que se había ganado su amantísimo esposo y la tensión que reinaba en la Corte.
Ramses III tuvo la ocurrencia de nombrar dos esposas reales, Isis y Tiyi, con dos hijos varones, Ramsés y Pentauret, y no establecer una línea sucesoria clara. Ya tenemos el lío montado. Ramsés III debió de ser muy espabilado para cuestiones militares, pero muy poco avispado para los temas familiares.
De esta forma, el panorama que había en la Corte era el siguiente: dos esposas y madres que querían que su hijo llegara a ser faraón y un harén dividido según intereses. El perfecto caldo de cultivo para una muerte anunciada, que la propia víctima no vio venir. Se aferró al poder, en vez de jubilarse, irse a Benidorm y dejar paso a las juventudes.
¡Por mi hijo ma-to!
Aprovechando las visitas al harén por parte del faraón y su escasa vista para darse cuenta de las cosas, Tiyi pasó a la acción y comenzó a urdir su plan para investir a su hijo Pentauret como faraón. Convenció a parte de los funcionarios y a las mujeres del harén para participar en la conjura.
Una vez hechas las gestiones pertinentes, Tiyi y el resto de conjurados llevaron a cabo su plan. En una de sus tantas visitas al harén, degollaron a Ramsés III, que murió días después.
Hasta ahí todo iba sobre el plan establecido, pero Ramsés (“el otro”), descubrió la trama, la destapó, arrestó a los sospechoso y se inició un juicio sobre ellos. Eso sí, primero se coronó como Ramsés IV, que las cosas no estaban para tonterías y la corona de Egipto era muy golosa.
La cuadrilla participante
Sabemos que en esta trama estuvieron implicadas unas treinta personas cercanas al difunto faraón Ramsés III (6): Tiyi, Pentaueret, varias concubinas reales, guardias, funcionarios (el chambelán Pabakkamen, el copero mayor Mesedsure…), sacerdotes, un general, el ministro del Tesoro, el director de la Cámara del Rey del harén, familiares del exterior… Lo que viene siendo medio Palacio.
Pero, por si fuera poco, también decidieron meter a un mago, ya que el faraón era un dios viviente y también había que combatirlo con magia. Ya sabemos que los egipcios tenían soluciones para todo y ya que se hacen las cosas, se hacen bien.
“… Se puso a hacer escritos mágicos para desorganizar y causar confusión, haciendo algunos dioses de cera para dejar sin fuerzas miembros humanos, y a entregarlos a Pabakkamen…” (7)
En resumen, al rey difunto le tenían un cariño especial y lo querían matar de todas las formas posibles. Algo que finalmente benefició al que menos había puesto, Ramsés IV. Es decir, que Tiyi hizo el trabajo sucio para regalárselo al “otro” y meter a media Corte en un proceso judicial.
Litigio a la egipcia y variedad de sentencias
El regicidio era uno de los delitos más penados en Egipto y, en este caso, Ramsés IV, jueces de por medio, no tuvo piedad: habían matado a su queridísimo padre Ramses III y tenía que hacer limpia de buitres para cubrirse las espaldas. Pues nunca se sabe si te pueden apuñalar mientras que estás de ocio y recreo en el harén (8).
Ya sabemos que los egipcios eran únicos para todo y para castigar no eran menos. Pues, en el caso que nos ocupa, tuvieron el enorme detalle de castigar el delito cometido en función de la clase social e implicación. Las clases son las clases, y ante todo se castiga con clase.
De esta forma, tras la “sentencia de culpabilidad” de casi toda la cuadrilla, se dieron condenas para todos los gustos:
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Sordo y sin olfato por ser malo : para aquellos que fueron chantajeados por Tiyi (9).
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Humillación por ser requetemalo (10): Lo que viene siendo la hoguera para la ideóloga del plan y allegados.
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Te condeno a pena de muerte, pero con caridad: suicidio privado para el faraón fallido (11): “…Pentauret, él a quien le había sido dado este otro nombre. Fue traído por haber coludido con Tiyi, su madre, mientras ella preparaba el complot con las mujeres del harén para rebelarse contra su Señor. Se le puso delante de los jueces y lo encontraron culpable. Lo dejaron en su sitio. Él se ha dado muerte a sí mismo…”(12).
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Ya que estamos, nos ensañamos y te condenamos al olvido: a todas penas se sumó otra, la damnatio memoriae: te borro del mapa para que nadie se acuerde de ti (13).
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Te tuneo el nombre: en lo que respecta a la conspiración de Ramsés III, los jueces se cebaron, pues a algunos de los culpables no sólo se les condenó al olvidó, sino que se les muto el nombre. Dándole un significado negativo para que en el Más Allá la persona sufriera mucho (14).
Las momias también hablan: la momia gritona y la momia muda
Pasados unos añitos, en concreto unos 3000, el caso de la conjura se reabrió, pese a que los jueces egipcios ya habían hecho su trabajo. En 2012, un grupo de arqueólogos estudiaron al detalle dos momias masculinas que fueron halladas en el s. XX (15). El estudio se basó en la realización de tomografías computarizadas y en análisis de ADN (16).
La momia muda, la del faraón, evidenciaba que era un anciano de unos 60/70 años con artrosis, con un corte en la garganta de 7 cm que le separó la tráquea de la laringe y que le provocó la muerte. Lo curioso es que los embalsamadores le cubrieron la herida con vendajes y le introdujeron un amuleto del ojo de Horus, para que el faraón no sufriera en el Más Allá. Después de todo, los egipcios tenían su corazoncito y querían que su faraón no llegara mudo a los campos de Osiris.
Por otro lado, la momia gritona (17), fue hallada en un sarcófago blanco, sin ningún nombre. Estaba envuelta en una piel de cabra, elemento impuro para los egipcios, con el que enterraban a los traidores. Su momificación era inusual: los órganos vitales no fueron extraídos del cuerpo.
Esta pertenecía a un hombre joven de unos 20 años sin lesiones graves, salvo en el cuello. El escáner mostró que murió estrangulado. El cuello presentaba irregularidades causadas por una fuerte presión hecha posiblemente por una cuerda y una caja torácica dilata. Señales que mostraban que el individuo murió por asfixia. Observando su cara, no debió de tener una muerte plácida.
Los resultados del CSI del s.XXI
Con los análisis de ADN, los arqueólogos pudieron demostrar que ambas momias compartían más de un 50% del ADN. Eran padre e hijo. Así, la momia gritona pasó a ser Pentauret, uno de los participantes en el asesinato de su padre Ramsés III.
De esta forma, la trama narrada en los papiros, se pudo verificar al casi al 100% cuando se realizó un estudio detallado de las momias. Así como las peculiaridades que presentaba el enterramiento de Pentauret. Mostraba a un personaje que debió ser repudiado y sometido al olvido eterno como castigo. No le aplicaron más castigos porque ya no había más en el catálogo de los jueces egipcios.
En definitiva, Tiyi, Pentauret y su cuadrilla no consiguieron su objetivo y Egipto fue reinado por Ramsés IV. Comenzando el declive de una de las dinastías más brillantes de la historia del Antiguo Egipto y del Reino Nuevo.
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