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En el siglo XXI vemos la magia, la brujería y la hechicería como prácticas excéntricas y desfasadas (como vemos la ropa de los 90 también, vaya), pero no podemos olvidar que el pensamiento mágico es más primitivo que el religioso y, por tanto, que todavía quedan posos de esas ancestrales creencias en nuestra condición cultural, pues la mentalidad humana no evoluciona tan rápido como los modelos de iPhone. A grandes rasgos, se puede diferenciar entre dos tipos de magia: una magia pública, que se practicaba con fines favorables, por ejemplo, para tratar problemas de salud; y una magia maléfica, perversa y demoníaca, que es la que trataremos. El morbo siempre gana. ¡Que se lo digan a Goya!

Como una imagen vale más que mil palabras, orbitando en torno a la obra de Francisco de Goya es más fácil ilustrar el fenómeno de la brujería en España. El genio aragonés nace a mediados del siglo XVIII y alcanza a vivir buena parte del siglo XIX, una época convulsa para nuestro país: una monarquía impopular, una profunda crisis económica, una política corrupta basada en privilegios y mercedes, una sociedad cerrada y añeja anclada en ideas antiguas, un fanatismo religioso exacerbado, una ignorancia generalizada… nos hacemos una idea, ¿no? Con este dantesco panorama no queda muy claro si la Ilustración llegó a España o se perdió por el camino, pero de ser lo primero, Goya sería el ejemplo español de hombre ilustrado. El contexto sociocultural del momento le chirriaba y, como artista comprometido que fue, plasmó su descontento en su producción, y salvando la censura y la Inquisición hábilmente, criticó más que un tertuliano.

Se cuenta que de joven tuvo curiosidad por los embrujos y los sortilegios de una bruja local, Bárbara. Y parece que, a petición propia, participó en algún modesto aquelarre (1). Sea o no cierto el episodio, el caso es que en Goya siempre ha habido cierta atención por los temas de brujas y aquelarres. Siempre cautivado por lo grotesco y lo macabro, plasmó con su pincel a las criaturas de la noche que conformaban la realidad folclórica de aquella España. Su fascinación por el ocultismo y la magia negra, la brujería y la hechicería, no se basaba en la creencia, el aragonés era un escéptico.

Ni temo a brujas, duendes, fantasmas, valentones, gigantes, follones, malandrines, etc. Ni ninguna clase de cuerpos temo sino a los humanos. (2)

Es paradójico, pero a los ilustrados españoles del siglo XVIII les resultaba muy estimulante el tema de la brujería; es como si en la actualidad alguien sintiera una afición enfermiza por el cine de terror sin creer realmente en criaturas y monstruos. Los ilustrados vieron en este asunto un símbolo muy atractivo de la superstición en la cultura, pero no fue así para los crédulos. Para la masa, las brujas eran tan reales como los gatos en los que se transformaban, y el negar su existencia suponía un castigo póstumo. Como en la tómbola, siempre tocaba premio, y si renegabas de estas creencias, quién sabe, unos brujos voladores chuparían tu sangre, unas brujas feas y con verrugas se relamerían con los huesos de tu retoño o le transformarían en perro, o tu criada pactaría con el demonio para apagar la vela de tu vida. Mejor no arriesgarse a no creer en todas las estampas grotescas que recoge Goya en sus Asuntos de brujas.

Brujas y Aquelarre Goya
Vuelo de brujas y El aquelarre. Goya. 1798. Fuente. Fuente

Goya realizó seis cuadros específicamente para los duques de Osuna: los Asuntos de brujas. Uno de los participantes de su círculo intelectual fue Leandro Fernández de Moratín, amigo de Goya y autor de una edición de 1811 del Auto de fe celebrado en la ciudad de Logroño en los días 7 y 8 de noviembre del año 1610 (3), texto que influyó a Goya en sus obras relacionadas con la brujería. En este acto inquisitorial se condenaron las profanaciones llevadas a cabo en el aquelarre de Zugarramurdi, episodio nacional que ha saltado a la gran pantalla de la mano de Álex de la Iglesia con Las brujas de Zugarramurdi (2013).

Brujas Zugarramurdi
Escena de Las brujas de Zugarramurdi, Á. de la Iglesia, 2013. Fuente.

Los Asuntos de brujas tienen un curioso punto a considerar: ninguno de los seis cuadros, a pesar de ser obra de un genio creador de tal talla, puede tomarse en serio. A ninguno de ellos le corresponde la misma seriedad que sí merecen otras obras del autor de la misma época. ¿Por qué? Porque son una burla. Goya se mofa de las supersticiones y de los que creen en ellas, pero con discreción, Francisco siempre fue muy elegante para eso. Tratan temas que a buen seguro espantarían a una persona del siglo XVIII, pero no transmiten el auténtico y profundo terror que transmite su obra posterior.

Berganza y Cañizares y El conjuro. Goya. 1798. Fuente. Fuente

Todas estas imágenes goyescas tienen un propósito relacionado con el contexto sociocultural y político de la España del siglo XVIII. Cuanto más ilusoria e irracional es la escena que va a representar, más grotescos son sus protagonistas. Con sus engendros pretende simbolizar al monstruo de la ignorancia y de la superstición que reina en esta época en España, en la sociedad, en el gobierno y en la Iglesia, que se ocupa de alimentar este mal.

No hace más que plasmar un concepto que a día de hoy se ve claro, y es que el fenómeno de la brujería no se puede analizar desde un punto de vista racional, porque no lo es. Su análisis debe llevarse a cabo sumergiéndose en los oscuros estados de la conciencia de las brujas y los embrujados, porque padecen misteriosos trastornos de carácter psíquico. En todas estas obras relacionadas con el tema de la brujería, Goya no sólo ejerce como artista, sino también como psiquiatra y sociólogo. Es un hombre moderno adelantado a su época, y por eso se burla y se lamenta a partes iguales de la sociedad en la que vive.

El hechizado por la fuerza y El convidado de Piedra o El burlador de Sevilla. Goya
El hechizado por la fuerza y El convidado de Piedra o El burlador de Sevilla. Goya. 1798. Fuente. Fuente

¿Existieron de verdad, o existen, las brujas? Quién sabe, pero, aunque no vayan volando en escoba, todos conocemos a alguna mujer de características semejantes. Y otra pregunta todavía más terrorífica ¿ha cambiado mucho la España de Goya?


Referencias

(1) Vaca de Osma, 2003, p. 38.

(2) Carta de Goya a su amigo Martín Zapater fechada en febrero de 1782. Canellas López, 1981, p.252.

(3) ValleNajerrilla.

*Imagen de portada. Fuente


Bibliografía  

  • Bozal Fernández, V., 1994, Goya y el gusto moderno, Alianza, Madrid.
  • Canellas López, Á., 1981, Francisco de Goya. Diplomatario, Cooperativa de Artes Gráficas Librería General, Zaragoza.
  • Caro Baroja, J., 1966, Las brujas y su mundo, Alianza, Madrid.
  • Heckes, F. I., 2003, «Goya y sus seis asuntos de brujas», Goya: revista de arte, nº 295-296, pp. 197-214.
  • Helman, E., 1983, Trasmundo de Goya, Alianza, Madrid.
  • Hughes, R., 2004, Goya, Círculo de Lectores, Barcelona.
  • Lisón Tolosana, C., 1996, Las brujas en la historia de España, Temas de hoy, Madrid.
  • Vaca de Osma, J. A., 2003, Francisco de Goya. El arte, el amor y la locura, Espasa Calpe, Madrid.
  • ValleNajerilla, «Auto de Fe celebrado en la ciudad de Logroño en los días 6 y 7 de noviembre de 1610», ValleNajerilla.com. Disponible en: http://www.vallenajerilla.com/berceo/gildelrio/autodefe.htm [8-12-2016]

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