Posiblemente, el nazismo sea uno de los temas más manidos de la Historia. Todos conocemos anécdotas increíbles sobre él: la búsqueda del Santo Grial, del Martillo de Thor, las «proezas» médicas de Mengele, los cazadores de nazis, las dotes artísticas del führer, Hydra (¿o esto era cosa de Marvel?). Y yo, que ya pensaba que nada podía sorprenderme, descubrí recientemente una de esas obras que hacen que te vuelvas a dar cuenta de lo que realmente fue el movimiento nazi: Tregua para la orquestalas memorias de Fania Fénelon, una mujer francesa de origen judío que acabó formando parte de la orquesta de Auschwitz .

La orquesta de Auschwitz

Todos habréis oído hablar de este campo de concentración (sin duda el más famoso de todos). Los más leídos sabrán que incluso tenía una zona reservada solo para mujeres. Pero, ¿cuántos habíais oído hablar de la orquesta de Auschwitz compuesta por mujeres?

Entrada del campo de la orquesta de Auschwitz
Entrada del Campo de Concentración de Auschwitz. Fuente

Esta historia comienza cuando Fania Fénelon , la autora de estas memorias que tanto impacto me han causado, llega a Auschwitz (1), temiendo sufrir el mismo destino que tanta gente en aquel cruel lugar: la muerte. Un día, una oficial polaca buscaba a alguien que pudiese interpretar Madamme Butterfly, y Fania Fénelon , pianista, compositora y cantante, fue elegida para entrar en el «paraíso». De los fríos y lúgubres barracones a los que estaba acostumbrada, pasó a una zona en la que había luz y calefacción, ocupada por un puñado de jóvenes bien vestidas y nutridas. Le limpiaron la sangre reseca que manchaba sus ropas, le ofrecieron comida, la sentaron ante un piano, e interpretó la mencionada obra de Puccini.

A pesar del cansancio y la debilidad, sabía que estaba ante un examen y se esforzó por aprobarlo. Una vez superada la prueba, le informaron de que había sido admitida en el barracón de la música. Le dieron un vestido, al que cosieron un triángulo amarillo (2), ropa interior, un abrigo y ¡hasta zapatos! En el barracón, tenía su propia piltra, con una sábana y un cobertor de lana. Junto a ella, se agruparon hasta 47 mujeres de 10 nacionalidades distintas.

Nazis melómanos

La orquesta de Auschwitz fue creada (3) para acompañar la marcha de las deportadas que trabajaban fuera del campo, cuando salían y cuando volvían, y también para los oficiales que visitaban el campo. El único problema al que se enfrentaba la orquesta de Auschwitz era que, en plena Segunda Guerra Mundial, nadie componía música ni sabía orquestar. Un nuevo golpe de suerte para Fania Fénelon , que sí sabía.

Zapatos en Auschwitz
Zapatos que les quitaban a los prisioneros al llegar al Campo de Concentración. Fuente

La primera vez que tuvo que tocar ante las deportadas no se atrevió a mirarlas a los ojos. Sentía vergüenza por tener que tocar música mientras que ellas marchaban a realizar trabajos forzados. Notaba cómo la miraban con odio, e incluso recibía insultos. De vez en cuando, las mujeres de la orquesta de Auschwitz tenían que tocar para los oficiales de las SS. También para médicos, enfermeros, enfermos y aristócratas con triángulo negro. Algunas deportadas se atrevían a cantar, y los nazis, lejos de reprobarlas, asentían con la cabeza. Realmente, creían estar haciendo algo bueno.

Mujeres al borde de un ataque de nervios, Fania Fénelon y sus compañeras

La directora de la orquesta de Auschwitz (4) las trataba casi tan mal como los alemanes. Las chicas la temían y odiaban, pero ella siempre se escudó en la misma escusa: hacía lo que era necesario para salvar la vida de las demás. Y es que si no hacían todo lo que les pedían, tal y como se lo pedían, morirían todas.

Fania Fénelon
Fotografías de Fania Fénelon y portada de sus memorias. Fuente

Un día, dos deportadas ante las que estaban tocando se separaron de la fila para coger hielo que chupar. Las SS azuzaron a los perros, que las destrozaron, de manera literal. Sus compañeras tuvieron que recoger los pedazos y  lanzarlos al «montón de las muertas» (5). Mientras todo esto ocurría, la orquesta de Auschwitz no paró de tocar.

En otra ocasión tocaban ante el pabellón de enfermería. Creían estar ayudando a los enfermos, pero más tarde se enteraron de que, tras el concierto, todos fueron gaseados. Ellas eran conscientes de la situación en la que vivían y se preguntaban qué harían si eran capaces de sobrevivir a aquel infierno; si serían capaces de volver a vivir en sociedad.

Fania Fénelon , rebelde por naturaleza, hizo todo lo que pudo por molestar a sus captores. Grabó «made in England» en sus lapiceros, y arregló una canción con un foxtrot compuesto por un judío. Los alemanes no se dieron cuenta, pero muchas judías sí, y asintieron complacidas.

El final del Apocalipsis (6)

¡Por fin llegaron noticias de que París había sido liberada! La pregunta que seguía a esta afirmación, es obvia: ¿cuánto tardarían en ser rescatadas? La situación en Auschwitz se volvió caótica: los nazis estaban inquietos, y continuamente, se escuchaban aviones de los aliados sobrevolando el campo. Un día, sin casi mediar palabra, las separaron y metieron a nuestra protagonista en un tren, junto con otras compañeras. Su destino fue el campo de Bergen-Bersel (7), donde coincidirán, sin saberlo, con Ana Frank (8). Finalmente, estaban convencidas: se había acabado la orquesta de Auschwitz . Estaban en primavera y no sabían si llegarían al verano.

Fania Fénelon enfermó, al igual que gran parte de sus compañeras. Muchas murieron, y tanto ella como las demás que lograron sobrevivir, estaban a punto de sufrir un fatídico destino. Conocedores de la derrota del Tercer Reich, las SS ordenaron destruir el campo, prenderle fuego y acribillar a todas las reclusas. Todo ello debía pasar a las tres de la tarde pero, por suerte, sus salvadores, los soldados británicos, entraron en el campo a las once de la mañana.

Era un 15 de abril, y la primera pregunta de Fania Fénelon fue si habían exterminado a los alemanes. Ante la negativa del soldado inglés, le imploró que les hiciesen sufrir tanto como ellas habían sufrido. Ese era el grado de odio que sentía hacia los nazis y, aun así, tras ser liberada y enferma de tifus, entonó la Marsellesa, God Save the Queen, e incluso La Internacional.


Referencias y bibliografía

Referencias

(1) Aunque tradicionalmente utilizamos Auschwitz refiriéndonos a un campo de concentración, la realidad es que se trataba de un complejo en el que podemos destacar Auschwitz I (el original) , Auschwitz-Birkenau (donde se concentraron las cámaras de gas), Auschwitz-Monowitz (campo de trabajo) y hasta cuatro decenas más de campos satélite.

(2) En los campos de concentración existía un método para categorizar a los prisioneros, basado en triángulos invertidos. El amarillo representaba a los judíos, el rojo a los prisioneros políticos, el verde a los criminales comunes, el negro para las inadaptadas. En ocasiones también se podía colocar una letra que indicaba la procedencia.

(3) La orquesta fue creada por Rudolf Franz Ferdinand Hoss (1900-1947), miembro de las SS y comandante del Campo de Concentración de Auschwitz.

(4) Alma Rosé (1906 – 1944), violinista y sobrina del compositor Gustav Mahler. Murió en Auschwitz probablemente debido a un envenenamiento. Su figura es la que más controversia provocó la publicación de Tregua para la orquesta por la dureza con la que se le retrató.

(5) La anécdota completa puede encontrarse en Fénelon, 1976, p. 120.

(6) Título del último capítulo del libro; Fénelon, 1976, pp.  236-244.

(7) Denominadas las Marchas de la muerte, fueron movimientos de prisioneros desde los campos más cercanos al frente hacia el interior de Alemania con el fin de evitar que fueran descubiertos los campos de exterminio.

(8) Fénelon, 1976, p. 227


Bibliografía

  • Fénelon, F., 1976, Tregua para la Orquesta, Noguer, Barcelona.
  • Friedländer, S., 2009, El Tercer Reich y los judíos (1939-1945). Los años del exterminio, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona.
  • Levi, P. , 2005, Trilogía de Auschwitz, El Aleph Editores, Barcelona.
  • Plant, R., 1988, The Pink Triangle : The Nazi War Against Homosexuals, Owl Books, New York.
  • Rees, L., 2005, Auschwitz. Los nazis y la «solución final», Crítica, Barcelona.