Si os mezclo posesión demoníaca con un convento de monjas, os hacéis pis encima. Dad las gracias al spin off de Expediente Warren (1). Película que os resultará un mojón después de leer estas líneas sobre la posesión diabólica colectiva más famosa de la Historia (2). Además, si la cosa va de cine, las endemoniadas de Loudun cuentan con un par de películas propias (3). Una de ellas, Los demonios, de 1971 (4), considerada como una de las películas más polémicas de la historia del cine y altamente censurada (5). Por ello, me reafirmo: La monja del universo Warren es un juego de niños.

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Escenas censuradas de «Los Demonios».

Las posesiones demoníacas acojonan al personal desde tiempos inmemorables. Esto es así. Los más crédulos se cagan encima en cuanto oyen hablar de movimientos espasmódicos, vueltas de cabeza y monólogos en lenguas muertas. Pero los más escépticos tenemos la manía de cortar el rollo y encontrarle una explicación racional a todo. Porque haberla, siempre hayla. Y os aseguro desde ya que el diablo no fue quien la lió pardísima en Loudun. Suma un cura seductor y tocapelotas, una monja caprichosa con afán de protagonismo e intereses eclesiásticos y políticos varios, y tienes el escenario perfecto para cuajarte una posesión de las buenas. ¿El late motiv? Quitarse del medio al cura molesto, con gusto y con saña, porque el pobre hombre acabó en la hoguera. Bastante desmedido todo.

Pero no voy a pecar más de adelantarme a los acontecimientos. Pasen, póngase cómodos y lean. Bienvenidos a la historia de las monjas ursulinas de Loudun, que fueron poseídas por el mismísimo diablo. O eso hicieron creer…

Urbain Grandier, el pájaro espino. ¡Ay, omá, que rico!

Situémonos a principios del siglo XVII, en Loudun, una bonita ciudad Francesa (6). Allí llegó como párroco de una de las principales iglesias un jovenzuelo llamado Urbain Grandier (7). Terriblemente culto y con un don para el palique más que especial, el cura resultó ser todo un dandy. Estaba muy bueno. Buenísimo. Y sus artes como seductor hacían el resto. El morbo que despertaba el hábito, también ayudaba (8). Total, que se llevaba de calle al público femenino (9). ¡Las tenía locas! Jamás tanta feligresa disfrutó de una buena misa. Y claro, este éxito con las damas tuvo su contrapunto: los feligreses le tenían un asco que no lo podían ni ver (10). Inteligente, talentoso, atractivo, con don de palabra y de gentes… ¿cómo no iba a despertar Urbain los celos más terribles? (11). Hasta sus más férreos detractores tenían que admitir que dando sermones no tenía rival (12).

Así que desde que Grandier puso un pie en Loudun, tuvo a la opinión pública dividida (13). Unas le amaban, otros le detestaban. Por lo que nuestro pájaro espino se fue ganando una gran cantidad de enemigos nada más llegar, con los que entraba al trapo que daba gusto (14).

Además, para rizar el rizo, el apuesto sacerdote estaba en contra del celibato (15). Hasta tuvo los santos bemoles, diez años después de su llegada a Loudun, de escribir un tratado al respecto (16). A Grandier le iba la marcha, está claro. Lógicamente, el hombre, fiel a sus principios, se sentía en la libertad de gozar del sexo siempre que una dama estuviese dispuesta (17). Imaginad lo contentos que tenía a los machotes de Loudun y a las altas esferas católicas… (18). Y es que, aunque no publicó su polémico tratado, sí puso en práctica eso del «amor libre» (19).

Richelieu: el enemigo más terrible de Urbain Grandier 

El día a día de Grandier era de lo más entretenido. Cumplía con sus obligaciones eclesiásticas, tenía encuentros discretos y furtivos con las viudas más bellas de Loudun y le daba cera de la buena a sus enemigos (20). ¡Tenía para todos! Iba tan sobrado, que, sin sospechar el alcance de su chulería, se ganó un enemigo terrible: el mismísimo Richelieu (21). Nuestro cura y el en aquel entonces prior de Coussay y obispo de Luçon se enzarzaron en una absurda guerra de egos. El resultado fue que Grandier puso fino a Richelieu, que estaba en horas bajas (22). Pero el ofendidísimo Richelieu, al tiempo, se recuperó y empoderó más que nunca: se convirtió en cardenal y primer ministro del rey (23). En definitiva, Richelieu iba a cortar el bacalao, y Grandier le había tocado las narices de lo lindo.

«Gratuitamente, por el mero placer de hacerse valer, Grandier había ofendido a un hombre que muy pronto se convertiría en gobernante absoluto de Francia. Tiempo después, el párroco tendría motivos para lamentar su exabrupto» (24).

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Urbain Grandier. Fuente. Cardenal Richelieu. Fuente.

Las amantes de Urbain Grandier, ¡qué pillín!

A todas éstas, Grandier, que era de bragueta inquieta, tuvo la brillante idea de seducir a la hija del fiscal. Mientras, entre confesión y confesión, se seguía calzando a toda viuda que se le pusiese a tiro (25). Y no contento con la conquista, la dejó embarazada y más tirada que un felpudo (26). Cuando el fiscal, antiguo amigo de Grandier, se dio cuenta del bombo que le había hecho a su hija y del desprecio con el que la había tratado, montó en cólera (27). El embarazo fue la comidilla de Loudun, y el fiscal le hizo el lío a una amiga de su agraviada hija para que asumiese la maternidad (28). Pero la gente siguió largando y el fiscal enfiló a Grandier. Otro enemigo para lista (29). ¡Suma y sigue!

El follador de la pradera que era Grandier siguió haciendo de las suyas. Pero entre escarceo y escarceo, se enamoró de verdad de la buena. ¿Y quién era ella? Pues la mojigata y devota más distinguida de Loudun (30). Grandier donde ponía el ojo, ponía la bala. Así, la monogamia le poseyó y el deseo por casarse con su amada le llevó a escribir el tratado en contra del celibato del que os hablé (31). Y hay que reconocer que el hombre le puso ganas y empeño, porque hasta se curró una ceremonia nupcial, en la que fue al mismo tiempo sacerdote y novio (32). ¡Qué fantasía! Aunque para los habitantes de Loudun, ella seguía siendo su concubina (33).

El escándalo y los cotilleos no cesaban, y los familiares de la amada de Grandier decidieron que ya era hora de echar el freno (34). Pero no fueron a por el curita pecaminoso, sino a por el boticario del pueblo, ¡por chismoso! (35).

Grandier juzgado por indecente

Los enemigos de Grandier, que ya eran unos cuantos y no dejaban de llegar, se dieron cuenta de que para lanzarle un nuevo ataque, debían dejar aparte a su amada – era de una familia de postín, mejor dejarla tranquila (36) –. Así que empezaron a confabular, a ver de qué manera podían putear de lo lindo al chulo del cura. Los cuchillos empezaron a volar y Grandier también asestaba sus puñaladas. Una guerra en toda regla había estallado (37). Y mientras nuestro cura se fue a París, a quejarse al rey del por saco que le estaban dando, los conspiradores se dirigieron al señor obispo, a ponerle verde (38). Y se quedaron a gusto: le acusaron de corromper a toda damisela que se le pusiese a tiro, de ser un impío, de fornicar dentro de la iglesia… (39). La «conducta inmoral» de Grandier quedó más que denunciada.

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Fotograma de «Los Demonios». Fuente: Espinof.

Resulta que la mala fama de Grandier ya había llegado a las altas esferas eclesiásticas. Por lo que la denuncia de sus enemigos fue recibida con los brazos abiertos (40). El obispo lo tuvo clarísimo: había que darle una lección a ese cura tan soberbio. Y sin pensárselo dos veces, emitió una orden para encerrar a Grandier en la prisión episcopal (41). Gracias a este movimiento, las quejas que Grandier llevó hasta el rey se quedaron en nada (42) y su conducta fue juzgada oficialmente en Loudun. Las acusaciones de todo tipo no dejaban de saltar como ranas. Todo hijo de vecino quería participar de la cacería, excepto sus amantes, que no dijeron ni pío (43). Finalmente, apresaron a Grandier y lo encerraron en un calabozo (44). Pero cuando el juicio en su contra se celebró, los que quedaron en evidencia fueron sus enemigos (45).

Una flor en el culo y el segundo asalto vs. Richelieu

Los detractores de Grandier no pudieron aportar pruebas en su contra. Además, si el fiscal quería pisar a fondo e ir a por todas contra Grandier, tendría que sacrificar la honra de su hija. También saldrían a la luz su inquina y sus malas artes en todo este asunto. Así, optó por cerrar el pico, lo que supuso la absolución de Grandier (46). El fiscal se retiró de la vida pública y apañó un matrimonio de conveniencia para su hija – pobrecita – (47). Por esta vez, Grandier se había salvado de la hoguera y podía volver tranquilamente a ejercer como sacerdote (48). Pero Grandier no era de calmarse y estarse quieto. Además, ni siquiera se planteó abandonar Loudun para empezar de cero en otro lugar (49). Así, regresó a la ciudad, al mismo tiempo que llegó un enviado muy especial del cardenal Richelieu (50).

Loudun estaba plagada en aquel entonces de protestantes calvinistas – los llamados hugonotes – (51) y Richelieu, que ya había ascendido y defendía el catolicismo con guante de acero, pretendía aplastar el poder de éstos en toda Francia. Así, había persuadido al rey para demoler todas las fortalezas del reino. Incluido el castillo de Loudun, misión a la que había enviado a este comisionado (52). A las gentes de la ciudad no les hizo ni pizca de gracia, pues Loudun quedaría desprotegida y se convertiría en una simple aldea (53). ¿Y qué hizo Grandier? ¡Pues defender el castillo de Loudun (54)! Hasta ordenó a los soldados formar un cordón para proteger la ciudadela interior (55). ¡Con un par! Minipunto para Grandier. Pero de nada sirvió, porque el castillo fue demolido, como veremos. Eso sí, Grandier consiguió que Richelieu echase humo (56).

Y mientras tanto, en un convento de monjas ursulinas en Loudun… Las endemoniadas de Loudun

Como hemos visto, la mayor parte de la población de Loudun era protestante (57). Claro, a los católicos esto no les gustaba ni un pelo, y decidieron colocar en la ciudad un convento «de los suyos», para tener un poco más de protagonismo en la zona, que nunca está de más (58). Competiciones religiosas por ver quien gana más adeptos, ya sabéis. Así, fundaron este convento de monjas ursulinas – dedicadas a la enseñanza principalmente – que tanto dará que hablar (59). Las residentes eran diecisiete religiosas, casi todas muy jóvenes (60). Y no habían acabado allí por su apasionada vocación, sino porque en sus casas no había pan para ellas (61). Y qué queréis que os diga, el convento para ellas era un auténtico muermo (62).

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Fotograma de «Los Demonios». Fuente: Filmaffinity.

La vida para ellas era dura. Habían llegado sin dinero a una ciudad en ruinas y protestante para más inri. Además, cumplían con sus obligaciones por resignación, no con entusiasmo (63). Solo pudieron alquilar un edificio cochambroso, que nadie quería habitar porque se decía que había fantasmas allí. Y tenían que dormir en el suelo, porque no les alcanzaba ni para muebles. Las alumnas eran escasas, por lo que no podían aumentar sus ingresos y tenían que malcomer (64). Vamos, que las monjitas estaban muertas del asco literalmente.

Pero en cuanto se corrió la voz de que las muchachuelas de Loudun podían recibir clases de unas monjas de postín – como la prima segunda del cardenal Richelieu –, les llovieron las alumnas (65). Así, les llegó la buena vida. Al año, una nueva monja superiora llegó para partir la pana y convertirse en nuestra protagonista absoluta: Juana de los Ángeles (66).

Juana de los Ángeles, una ambiciosa mentirosilla

Juana de los Ángeles rondaba los 25 años y venía de buena familia. Era bonita pero diminuta y un pelín deforme (67), lo que hacía que su carácter fuese más que agrio. Y me quedo corta, porque Juana era la reina del sarcasmo y veía un enemigo potencial en todo bicho viviente (68). La monja era conocida por partirse el culo de risa, pero de la manera más cínica posible y siempre de – no con – los demás (69). ¡No la aguantaba nadie, ni su familia! Por lo que acabó ingresando en un convento de ursulinas y tomando los votos (70). Allí, se la tuvieron que comer con patatas, pues su familia era rica e influyente, por lo que no les quedó otra (71). Pero oye, fue poner un pie en Loudun y Juana de los Ángeles se transformó. De repente, era obediente, muy devota y trabajadora (72). Unbelievable!

La madre superiora, que iba a retirarse, asombradísima por la conversión de Juana, la nombró sus sucesora (73). ¿Fue todo una artimaña de Juana para trepar puestos y convertirse en la mandamás del convento? Todo apunta a que sí. Juana mintió como una perra, fingió y manipuló a su antojo a la superiora. Era toda una maestra del engaño (74). La mujer tenía un complejo de superioridad importante y encontró delicioso eclipsar a las demás monjas del convento (75). Así que aprendió a dar el pego, y «parecía» ser toda una erudita en teología, una auténtica experta en espiritualidad (76). ¡Todo mentira cochina! Porque los asuntos de fe se la traían al pairo. Pero, como excelente actriz que era, todos la tomaron en serio, salvo en el único momento crucial de esta historia en el que tuvo la decencia de decir la verdad (77).

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Fotogramas de «Madre Juana de Los Ángeles» (1961).

Su pequeño ejército y su fijación con Urbain Grandier

Así, con 25 añitos, Juana se convirtió en la jefa de 17 monjas que le debían obediencia absoluta y sumisión (78). Desde que llegó a Loudun no había dejado de escuchar los chismes y habladurías sobre Grandier, que se había convertido en todo un mito erótico. Y la mujer empezó a fantasear de forma bastante impura con aquel curita que se las llevaba a todas al huerto. Y al mismo tiempo que deseaba pasarse por el arco del triunfo a Grandier, empezó a odiar a aquella mujer que había logrado conquistar el corazón de tan ansiado sacerdote (79). Envidia y lujuria, ¡que mezcla! Así, la madre superiora, víctima de su propia imaginación, empezó a obsesionarse de mala manera con Grandier (80), ¡a quien ni siquiera conocía aún! Juana estaba on fire solo de pensar en aquel hombre que había seducido a medio Loudun.

Cuando llevaba cinco años como madre superiora, murió el director de las Ursulinas. Y la muerte de este sacerdote desencadenó toda una serie de catastróficas desdichas (81). Juanita vio la oportunidad perfecta para – ¡por fin! – atraer a Grandier hasta su puerta. ¡Le faltaron dedos y tiempo para escribirle una carta, pidiéndole que fuese su nuevo guía y director espiritual (82)! Pero Grandier rechazó la oferta (83). ¡En qué mala hora! Porque el deseo de Juana se transformó en rabia y en furia ante la declinación del sacerdote. Se había hecho tantas pajas mentales, que lo asumió como un rechazo en toda regla (84).

¡Quería venganza! Pero para poder vengarse, se lo iba a tener que currar, porque aún no había tenido contacto físico alguno con Grandier (85). Se desquitó un poquito con la amada de Grandier, quien acudió al convento a visitar a su sobrina. ¡Juana la puso de puta para arriba y hasta le escupió (86)!

Tejiendo un plan para hundir al curita engreído

Juana, que estaba muy puesta al día de todo lo que se cocía en Loudun, era conocedora de la marabunta de enemigos que se había ganado Grandier en todo este tiempo. Y decidió conchabarse con ellos (87), ¡a tomar viento! Así que buscó al clérigo que más envidia y desdén sentía hacia Grandier: el canónigo Mignon (88). Decidida, le ofreció el puesto de director espiritual y confesor de las ursulinas, y él aceptó encantado (89).

Mignon estaba dispuesto a aprovechar la mínima oportunidad para sacudir a Grandier, y ella seguía obsesionada perdida, con una explosión de rabia y deseo dentro de sí (90). Juana hasta soñaba con Grandier haciéndole las proposiciones más indecentes, y a la mañana siguiente hacía partícipes a las demás monjas de tan atrevidos sueños. Con ello, ya estaba condicionándolas, pues éstas también empezaban a tener visiones con el clérigo de lo más impertinentes (91). Pero la cosa fue a peor…

Cuando una simple broma se convierte en histeria colectiva y un envidioso aprovecha el viaje

Si sumamos que la casa donde vivían tenía fama de estar encantada más la reciente muerte de su director, tenemos como resultado que las monjas estaban más que sugestionadas y cagadas de miedo (92). Y para acojonar a las alumnas más pequeñas, a las monjas y a las alumnas más mayores se les ocurrió la brillante idea de bromear con la presencia de fantasmas y duendes. ¿El resultado de tanta tontería? La destrucción absoluta de Urbain Grandier (93).

Las monjas empezaron a ver sombras deslizándose en la oscuridad de la noche, y una figura envuelta en una sábana blanca. Para protegerse, cerraron las habitaciones con cerrojos, pero las fantasmales figuras se seguían colando por las ventanas y las paredes (94). Amanecían con las sábanas desgarradas, y se quejaban de que unos dedos helados tocaban sus caras. Además, escuchaban como se arrastraban cadenas en los desvanes (95). Todo ello era producto de estas monjas tan chistosas, pero, desde entonces, en el convento y en la escuela se tuvo un pánico constante (96).

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Fotograma de «Los Demonios». Fuente: Mundodvd.

El canónigo Mignon vio una oportunidad en esta chiquillada, y les pidió a las bromistas que cerrasen la boca a cal y canto (97). Además, se dedicó a convencer a todo el convento de que aquello que veían no eran «aparecidos», sino demonios. Así, tanto Juana como las demás monjas, asumieron que esas ensoñaciones calentorras que tenían con Grandier, también eran cosa de Satán (98).

Una vez que sugestionó y convenció a todas las mujeres del convento, partió en busca del antiguo fiscal, enemigo íntimo de Grandier, acompañado de otros adversarios de éste. En aquella reunión, expuso cómo aquella situación “paranormal” podía usarse en contra del cura que los traía fritos. Así, urdieron un plan perfecto para hundirle (99).

Unas monjas poseídas por el mismísimo diablo: las endemoniadas de Loudun

Mignon se hizo no con uno, sino con tres exorcistas, ¡para que no le faltasen! Los cuatro clérigos se pusieron a currárselo, con tanto empeño que en pocos días, casi todas las monjas «recibían la visita noctura» de Grandier (100). En un abrir y cerrar de ojos, los rumores sobre los fantasmas y las posesiones demoníacas que estaban sufriendo las pobres monjas corrieron como la pólvora por Loudun. Y el culpable de todo tenía un nombre: Urbain Grandier (101). Éste, al principio, ante las acusaciones de estar aliado con el diablo y andar molestando a las monjas, casi se descojona (102).

Mientras tanto, los exorcismos en el convento no cesaban, y Mignon «pidió refuerzos». Hizo llamar a dos párrocos más. Uno, con mucha influencia en las altas esferas de la Iglesia, para asegurarse de que se tomaran las posesiones en serio. Y el otro, un ferviente creyente en el demonio, que veía pezuñas y olía a azufre por todas partes (103). ¡Qué mejores aliados! Ambos aceptaron la invitación encantados y éste último acudió con su séquito de feligreses fanáticos. A su llegada, las puertas del convento se abrieron de par en par, y los exorcismos pasaron a realizarse en público (104). ¡Aquel espectáculo dantesco se convirtió en un reallity show orquestado!

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Fotogramas de «Los Demonios».

Durante los exorcismos, Juana sufría convulsiones, rodaba por el suelo y se contorsionaba. Rugía alaridos, y rechinaba los dientes con tanta fuerza que hasta se le partieron dos. ¡Al público le faltó sacar pipas! Era el mejor espectáculo que habían visto en su vida. ¡Y encima, gratis (105)!

En unos días, los exorcistas obtuvieron «su primera victoria» contra el maligno. Consiguieron expulsar del cuerpo de Juana a Asmodeo, uno de los siete demonios que la poseían (106). Pa’ mear y no echar gota, lo sé.

Urbain Grandier, el cura que «pactó con el diablo»

Aquel show fue tan sonado, que aprovecharon para emprender una acción oficial y dieron parte de todo lo ocurrido a las autoridades, que se personaron en el convento (107). Ante su presencia, Juana hizo un despliegue extraordinario «de su posesión»: gritaba como un cochinillo, se movía violentamente, se contorsionaba… Y los exorcistas procedieron a realizar su parte (108). La conclusión de éstos fue que Juana había sido poseída como consecuencia de dos pactos con el diablo:

«el primero, por tres pinchos de oxiacanto; el segundo,
por un ramo de rosas que había encontrado en la escalera y guardado dentro del
corsé» (109).

Cuando le preguntaron a Juana quién había enviado esas flores, ella dio un nombre: Urbain (110). Es decir, que llegaron a la conclusión de que las «artes mágicas» empleadas por el cura habían causado la posesión demoníaca que sufrían las monjas (111). Así, todo quedó dispuesto para acusar a Urbain Grandier de brujo y hechicero y llevarlo a juicio (112). Y ojo, porque en aquel entonces una acusación por brujería no era moco de pavo. Cualquiera que hiciese tratos con el diablo, estaba cometiendo un crimen gravísimo (113). Y los juicios que se celebraban también se las traían: se admitía cualquier testigo, aunque fuese un claro enemigo del acusado, y cualquier clase de evidencia. Chismes, rumores, sueños, testimonios de «endemoniados»… ¡todo valía! (114). ¿Que querían arrancar una buena confesión? ¡Pues tortura al canto! (115). Así que la suerte para Grandier pintaba muy oscura.

Por supuesto que la gente más culta de la época ponía muy en entredicho las posesiones. Es más, hasta defendían la inocencia de Grandier (116). Incluso entre el alto clero había discrepancias. El mismísimo Richelieu cabalgaba entre el escepticismo absoluto y la fe ciega (117). Pero la verdad y la razón no siempre son suficientes.

Pruebas lo que se dice pruebas… ¡ni una!

Las autoridades de Loudun se echaron las manos a la cabeza ante tanta tontería, prohibieron los exorcismos y toda difamación contra Grandier. Pero Mignon alegó que solo respondía ante sus superiores eclesiásticos, ya que era un asunto espiritual (118). Mientras tanto, los síntomas de las monjas se manifestaban con mayor intensidad. ¡Aquello era de locos (119)! Así que los médicos más eminentes de la ciudad fueron a examinarlas. Hicieron un informe, donde reconocían que las monjas sufrían alucinaciones, pero negaban todo signo de posesión demoníaca. Pero ni Mignon ni los demás exorcistas quedaron conformes (120).

La bola cada vez se hacía más grande, así como los enfrentamientos entre los defensores y los detractores de Grandier, hasta que el asunto llegó a oídos del Arzobispo. Éste, inmediatamente, envió a investigar a su médico personal, un escéptico de manual. Y oye, ante su presencia las monjas no mostraron signos de posesión alguna (121). ¡Qué cosas! Así que el Arzobispo le echó el freno a Mignon y le ordenó que parase los exorcismos más pronto que tarde (122). Además, dejó a las monjas en evidencia, y éstas fueron repudiadas hasta por sus familias, por haberlas afrentado. Como consecuencia, volvían a estar sin un puto duro, pues hasta les retiraron las pensiones que les tenían asignadas (123).

La sensatez y la coherencia parecían haber ganado la batalla. Grandier, además, por estas fechas, había conseguido frenar las intenciones de Richelieu de demoler el castillo de Loudun (124). ¡La fortuna parecía sonreírle! Pero un año después, todo dio una vuelta de tuerca, que dejó al cura a los pies de los caballos. El Rey cambió de opinión y el comisionado de Richelieu se personó de nuevo en la ciudad, con órdenes de demoler el castillo. Ante esto, los enemigos de Grandier se frotaron las manos (125).

Con Richelieu no se juega…

Grandier era un estorbo para los intereses del cardenal Richelieu. Y eso, sí que era un problema. Los enemigos del cura le chivaron al enviado del cardenal todo el asunto de las posesiones de las monjas, y se quejaron de lo injusto que había sido el Arzobispo. Así que le suplicaron que usase su influencia ante Richeliey y ante el Rey, para que se «hiciese justicia» y se le diese caza al brujo que era Grandier (126). Para suerte de todos ellos, el mayor «pelota» de Richelieu – un príncipe – también se presentó en Loudun cuando se enteró del revuelo que había con las monjas poseídas (127). Y ante tan eminente público, el circo de las posesiones volvió a ponerse en marcha. Juana y «sus chicas» volvieron a hacer de las suyas blasfemando, rodando por el suelo, convulsionando… No cabía duda, ¡había que informar de aquello a Richelieu (128)!

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Fotograma de «Madre Juana de los Ángeles». Fuente: Cine Divergente.

Para echar más leña al fuego, los enemigos de Grandier también le acusaron de haber escrito unos años atrás un violento ataque contra Richelieu. Tampoco había pruebas irrefutables de ello, ¡pero qué importaba (129)! Y oye, a Richelieu las posesiones demoníacas le podían importar tres pepinos, pero si a algún insensato se le ocurría ponerle verde, ¡le faltaban pies para correr (130)! Así que el comisionado triscó todos los documentos que pudo que inculpaban a Grandier de lo más grande, y se fue a París a enseñárselo a su jefe. Richelieu lo tuvo claro: el caso era tan grave que debía estudiarse en el Consejo de Estado (131). Allí, ante el mismísimo Rey de Francia, se decidió que debía reabrirse la investigación de las endemoniadas de Loudun. Ésta vez, el comisionado de Richelieu estaría al mando (132).

Una auténtica «caza del brujo»

Cuando éste llegó de nuevo a Loudun, el jefe de policía avisó a Grandier para que huyese. Pero el hombre creía que ante su clara inocencia, no tenía que temer. Se equivocó, clarísimamente. A la mañana siguiente, fue detenido ante la atenta mirada de sus enemigos (133). Confiscaron todos sus libros y papeles, entre los que no había ni rastro de brujería, pero sí su tratado en contra del celibato y una copia de aquel documento que atacaba a Richelieu (134). Ambos textos eran suficientes para quemarlo en la hoguera (135). Así, el juicio contra Grandier se reabrió y los testigos en su contra, que contaban miles de chismes, salían de hasta debajo de las piedras. Al cura se le encarceló y no se le permitió ni tener defensa ni poder apelar (136).

La noticia sobre las poseídas de Loudun llegó hasta el extranjero y curiosos de medio mundo acudían para ver los exorcismos públicos. Cosa que para el turismo de la ciudad y para las arcas de las ursulinas vino de perlas (137).

Ahora, el objetivo era probar que Grandier había pactado con el diablo. Para ello, buscaron «marcas» en su cuerpo – alguna tetilla extra, insensibilidad… –. Supuestamente, el contacto con Satán «dejaba huella». Juana dijo que tenía cinco, ni más ni menos (138) – cabe recordar que cura y monja jamás habían tenido contacto físico, ejem ejem –. Así que sometieron al pobre hombre a toda clase de vejaciones y exploraciones más que dolorosas y humillantes, en busca de la marca perdida. Dijeron que encontraron dos de ellas. ¡Suficientes (139)! ¡Ya tenían su prueba! Además, aparecieron misteriosamente por el convento una serie de «pactos», «responsables» de la posesión de las monjas. Por supuesto, estos pactos estaban firmados por Grandier y el diablo (140).

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Fotograma de «Los Demonios». Fuente: Otro-Cine.

Y las monjas se empezaron a romper

A todas estas, Juana, en el apogeo de «su posesión», hablaba fatal el latín y el griego, y si se le pedía levitar alegaba que había pactado literalmente con Grandier no hacerlo (141). Se ve que no se ponían tan exquisitos a la hora de comprobar la veracidad de las posesiones – si es que tal disparate es comprobable –. En cualquier caso, un par de monjas petaron ante tanta presión y la brutalidad de los exorcismos. Intentaron huir, imploraban al público que las salvasen de los exorcistas, reconocían entre lágrimas que todas las acusaciones que habían vertido sobre Grandier eran calumnias… Pero los exorcistas afirmaban que esto solo probaba que Satán hablaba por sus bocas, por lo que las posesiones demoníacas eran reales (142).

Juana de los Ángeles llegó a ponerse una soga al cuello e imploró que la escuchasen y la perdonasen, por todas las mentiras que había volcado sobre el inocente Grandier. Acto seguido, procedió a colgarse de un árbol del patio del convento, pero las demás monjas impidieron que se suicidase (143). Por fin la madre superiora confesaba y reconocía la verdad, pero nadie la creyó. No interesaba. Tanto la confesión de Juana como su intento de suicido, en lugar de exculpar a Grandier, sirvieron para reforzar su culpabilidad (144). Habían llevado todo a tal extremo que era impensable la opción de dar marcha atrás (145). ¡Hasta convencieron a las monjas endemoniadas de Loudun de que el arrepentimiento que sentían era obra del diablo (146)!

Finalmente, el obispo garantizó la autenticidad de las posesiones. Reunieron a trece magistrados y un fiscal, elegidos a dedo, para formar el equipo que iba a juzgar a Grandier (147). El pescado estaba más que vendido.

El juicio contra Urbain Grandier

Aquel juicio fue una auténtica pantomima. Todo hijo de vecino sabía de antemano qué iba a suceder, menos el iluso de Grandier (148). De hecho, turistas venidos de todas partes no dejaban de llegar a Loudun, para presenciar la ejecución (149). Aquel proceso no tenía que ver con los hechos, la verdad o la lógica. Era una venganza personal de Richelieu, y su marcada de paquete, para demostrar hasta dónde podía llegar su poder (150). Grandier se declaró inocente de todas las acusaciones ante aquel jurado nada imparcial (151). Pero de nada sirvió. Los jueces, tras ver tres veces al acusado, dictaron sentencia: Grandier sería quemado en la hoguera (152). Siguiendo las órdenes del tribunal, desnudaron a Grandier y le afeitaron de la cabeza a los pies (153). Lo vistieron con un camisón y calzado roído, y lo llevaron al Palacio de Justicia (154).

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Supuesto pacto de Urbain Grandier con el diablo. Fuente: National Geografic.

Obligaron a Grandier a arrodillarse y lo trataron con vil desprecio. Tratando de agarrarse a un clavo ardiendo, volvió a implorar clemencia y a reivindicar su inocencia (155). Inmediatamente, obligaron a todo el mundo a salir de la sala, donde solo quedaron Grandier, los guardias y los jueces (156). Trataron de obligarle a confesar, primero, por las buenas (157). Pero Grandier no cedió y se mantuvo en sus trece (158). Así que procedieron por las malas, y lo llevaron hasta una sala de tortura (159). Lo ataron, le aprisionaron las piernas entre tablas y se las machacaron de mala manera (160). ¡Y ni por esas! Grandier siguió defendiendo su inocencia hasta el final (161). ¿Conclusión? ¡Grandier no sentía dolor porque le protegía Satanás (162)!

¡A la hoguera con él!

Siguieron presionándole para que firmase una confesión – les vendría genial para justificar sus actos –, pero el cura no cedía. Así que se dieron por vencidos y llamaron a los verdugos (163). Éstos llegaron, le pusieron a Grandier una camisa impregnada en azufre, le ataron una soga al cuello y lo llevaron hasta la plaza del mercado de Loudun, que estaba abarrotada de gente (164). Allí estaba la pira. Como Grandier ya no podía ni tenerse en pie, tuvieron que añadir un asiento al poste, donde lo ataron (165). Cada vez que el cura intentaba hablar, se lo impedían rociándole con agua bendita o golpeándole con un crucifijo (166). Ni siquiera tuvieron la decencia de ahorcarle antes de prenderle fuego a la pira, y eso que se lo habían prometido (167). Grandier fue quemado vivo y con sus últimas palabras imploró el perdón para sus asesinos (168).

ejecucion en la hoguera ejecuciones en la hoguera el diablo en el convento
Fotograma de «Los Demonios». Fuente: Imdb.

Tras la horrible agonía, el verdugo esparció por el suelo las cenizas, y la multitud se abalanzó sobre ellas, tratando de rescatar algún diente u otro pedazo del padre Grandier, a modo de amuleto (169). El morbo en esta historia no tiene límites.

¿Muerto el perro se acabó la rabia?

Tras la ejecución de Urbain Grandier, las posesiones y los exorcismos en el convento de las ursulinas no cesaron. Más bien todo lo contrario (170). Para sumar misterio al asunto, varios de los implicados en los exorcismos y en el proceso contra Grandier murieron en los meses siguientes; llamémoslo justicia poética (171). «El hechicero» había muerto, pero el espectáculo demoníaco seguía teniendo público y estaba en pie de guerra, con Juana de los Ángeles como la gran protagonista. Aproximadamente un año después de que Grandier ardiese en la hoguera, cuatro curas jesuítas llegaron a Loudun. Uno de ellos, era el padre Surin (172), que llegó convencido de la veracidad de las posesiones, y el primer contacto que tuvo con las monjas, durante uno de los exorcismos públicos, confirmó sus creencias (173). – Cosa rara en un jesuíta (174) –.

Llegados a este punto, lo que queda por contar de esta historia es surrealismo en estado puro. Juana de los Ángeles estaba ahora poseída por Isacaaron, un demonio de la concupiscencia – ¡que hasta la había preñado! –, y Surin puso todas sus energías en sacárselo (175). La madre superiora, desesperada, incluso trató de librarse del embarazo cuchillo en mano (176), pero durante uno de los exorcismos públicos, de repente, cesaron todos los síntomas de su preñez (177). Para Surin aquello fue un auténtico milagro (178), y durante los exorcismos le insistía al demonio que le tomase a él y dejase libre a Juana (179). El cura se obsesionó hasta límites insospechables con sufrir el mismo tormento que sufría Juana, a quien perseguía para tratar de ocupar su lugar. Juana llegó a tenerle verdadero pánico, ¡pero a ver quien era la guapa que a estas alturas admitía que todo era mentira (180)!

las poseidas de loudun el caso de las monjas endemoniadas de loudun las monjas de loudun
Fotogramas de «Los Demonios».

Quiero ser Santa…

Tal fue la sugestión de Surin, que acabó «poseído» y Juana, por fin, liberada (181). Pero a Juanita le gustaba el show business y ahora había decidido convertirse en Santa (182). Sí, sí, ¡como Alaska (183)! Juana hasta se flagelaba las veces que hiciesen falta, para ahuyentar a los demonios para siempre y continuar su camino hacia la perfección (184). Así, Juana dejó de ser la reina de las endemoniadas y se hallaba en vías de inmediata canonización (185). ¡Hasta hacía milagros (186)!

Su lucha contra los demonios que la poseían continuaba, siempre con la ayuda de su ya fiel Surin; esta vez, era Balaam quien estaba haciendo de las suyas (187). Antes de abandonar su cuerpo durante los exorcismos, el demonio dejó escritos en su mano izquierda los nombres de José, Jesús, María y San Francisco de Sales (188). Aquello tenía que ser divino: ¡eran unos estigmas como Dios manda!

Los «nombres sagrados» permanecían en la mano de Juana, como un auténtico milagro que exhibir ante los turistas (189). Entonces, cayó enferma: tenía fiebre, le dolía el costado y esputaba sangre. La sangraron y le hicieron lavativas, hasta que le anunciaron que su enfermedad era mortal. Fue empeorando y hasta le fue administrada la Extremaunción (190). Pero, ¡oh sorpresa!, se recuperó «milagrosamente». Juana aseguró que San José la había visitado y había derramado aceite sobre su costado, sanándola (191). Aquella camisa manchada de aceite y los estigmas la convirtieron en todo un icono de la época. Hasta el punto de que se marcó una gira por Francia – con la excusa de tener que visitar la tumba de San Francisco de Sales –, y fue recibida por Richelieu y por los reyes. Y como buena ídolo de masas, hasta escribió sus memorias (192).

Réquiem por un hombre vilipendiado

Con sesenta años, Juana de los Ángeles ya estaba cascada y se retiró de la farándula (193). Falleció tres años después, y los supervivientes de esta farsa la decapitaron y expusieron su cabeza, junto con su camisa «sagrada» y una pintura que encargaron sobre uno de los exorcismos, en el convento de las ursulinas. Allí permaneció durante ochenta años, siendo objeto de devoción del pueblo. Después, el convento de las ursulinas se clausuró y nada se sabe de la localización de las tres «reliquias» (194).

Y así acaba esta historia, en la que una mentira miles de veces contada se transformó en verdad (195). Tan verdad que arrastró a un hombre a la hoguera. Desde luego, Urbain Grandier le había tocado las pelotas a mucha gente, pero el destino que sufrió arrastrado por los caprichos de una mentirosa – ¡con la que no se había tomado ni un cafelillo! –, no merece calificativo alguno. Las conciencias de todos los malnacidos que se subieron al carro de las posesiones y echaron leña al fuego para joderle la vida, tampoco merecen descanso. Porque los únicos demonios de esta historia fueron la envidia, los celos, las ansias de «marcar paquete» y el afán de protagonismo.

Lo sobrenatural está muy bien para divertirse y pasar el rato disfrutando de un buen bol de palomitas y un refresco tamaño tanque, pero recordad que es ficción. Así que cuidado con la credulidad y los fervores. Tened deferencia también cuando se os ocurra difamar a alguien, porque el coste de un rumor puede ser demasiado alto.


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Referencias y bibliografía

Referencias

(1) The Nun (La Monja), 2018. Es un “spin-off del Universo ‘Expediente Warren (The Conjuring)’ tratará los desmanes en el pasado del infatigable demonio Valak, tomando cuerpo en una aterradora monja demasiado alta, demasiado rápida y demasiado feroz”. Tones, 2018. Ver también: Loser, 2018.

(2) Álvarez, 2017. Noguera, 2015. En 1950 el escritor y filósofo inglés Aldous Huxley realizó un viaje por Europa. Uno de los países que visitó fue Francia; aprovechó para acercarse “a (…) Loudun. La intención de Huxley era ver in situ el escenario de un curioso episodio histórico que pensaba plasmar en el que a la postre fue uno de sus libros más exitosos, Los demonios de Loudun (Huxley, 1973). Se trata de una narración al detalle del considerado el caso de posesión diabólica colectiva más famoso de la Historia (…) desarrollado a lo largo de seis años que comenzaron en 1632 y terminaron en 1637. (…) Huxley no se limitó a contar los hechos sino que ofreció una explicación racional de lo ocurrido, aportando contundentes argumentos de diversa naturaleza dejando al descubierto las miserias morales de la época: represión sexual, histeria colectiva, fanatismo religioso, falsa devoción, corrupción del Estado, debilidad de la mente humana e ignorancia popular, entre otras, aparte de un común denominador que constituía la siempre incómoda presencia de hugonotes; de hecho, al término de cada proceso, siempre con ejecuciones, se multiplicaban las conversiones al catolicismo”. Álvarez, 2017. Para la realización de este artículo, he contado con dicho trabajo de Huxley. Huxley comparó los hechos de Loudun con la situación política que le tocó vivir. Golovacheva, 2005, p. 194.

(3) Madre Juana de los Ángeles (1961) y Los demonios (1971). Madre Juana de los Ángeles “se basa en las endemoniadas de Loudun, y la historia de estas monjas Ursulinas que condujeron a la quema del libertino Padre Urbain Grandier en la hoguera en Loudun, en Francia en 1634. El tema también fue abordado por (…) la histérica película de Ken Russell Los demonios, que merece también su lugar en podio de monjas perturbadas. La película es todo un estudio de la fe, la superstición, los dogmas, la represión sexual, o el lugar de una mujer en el mundo dominado por los hombres, pero el espectáculo gótico de monjas entrando en estados de locura contorsionista preceden incluso a El exorcista”. Loser, 2018. “… más contenida, pero igualmente escandalosa, ‘Madre Juana de los Ángeles’ (‘Matka Joanna od Aniołów’, 1961), film polaco de 1961 dirigida por el veterano Jerzy Kawalerowicz. Su aproximación al caso es la de reflejar lo que pasó después de la quema del sacerdote, ya que las monjas endemoniadas de Loudun siguieron poseídas nada menos que cuatro años más. La película cuenta con un gusto y una imaginería oscura exquisita los abundantes exorcismos que tuvieron lugar en el convento”. Tones, 2018.

(4) “Los demonios (The Devils, 1971) es una película enraizada en la religión católica, una historia de posesiones demoníacas. Pero, al contrario que en otros ilustres ejemplos del horror demoníaco, aquí el demonio tiene muy poco de sobrenatural y mucho de obsesión. El guión parte de dos fuentes literarias, una novela de Aldous Huxley y una obra de teatro de John Whiting, ambas centradas en un hecho histórico ocurrido en Loudun, una pequeña localidad francesa, en el siglo XVII. Se trata de uno de los casos más conocidos de posesión diabólica colectiva, implicando al párroco local y a un convento completo de monjas ursulinas. Ken Russell subraya esta condición histórica nada más abrir la película, asegurando que se basa en un hecho real y que tanto los personajes principales como los eventos mostrados están documentados”. Rego, 2018. “La película, dirigida por un Ken Russell al que aún le quedaba mucha guerra que dar, es una maravilla rebasante de escenas de impacto, escenografía extrema y provocación sin fin”. Tones, 2018. “De entre todas las libertinas películas de Ken Russell, ‘Los demonios’ (The Devils, 1971) es indiscutiblemente la más grande y escandalosa y además, una de las producciones británicas más significativas de los años setenta. El paso del tiempo no sólo la erige como una pieza artísticamente imperecedera, es también una obra maestra de la transgresión”. Loser, 2017. La obra de Huxley, también se llevó al teatro; ver: Gioffi, 2003. “La posesión de Loudun ha provocado una producción histórica, literaria, médica y artística numerosa”. Griguer, 1992, p. 156. ”… el caso Grandier y la historia de las ursulinas poseídas de Loudun han llamado siempre poderosamente la atención de todo tipo de creadores artísticos y ensayistas. Ya en el momento en que tuvieron lugar los hechos se produjo un aluvión de publicaciones, unas intentando demostrar la realidad de la posesión y la culpabilidad de Grandier y otras defendiendo su inocencia”. Mira Benavent, 2014, p. 4.

(5) “Aunque el tema del deseo sexual reprimido en un convento de monjas no era nada nuevo —recordemos, por ejemplo, la igualmente exuberante Narciso negro (Black Narcissus, 1948)—, Russell lo llevó a un terreno en el que resultó inadmisible para muchos. La explicitud de algunas escenas provocó que la película fuese censurada. Incluso con los obligados recortes, fue prohibida en 17 administraciones británicas, y muchos ayuntamientos fueron presionados por organizaciones conservadoras para que no permitiesen su estreno. Algunas salas de cine tuvieron que aguantar a fanáticos religiosos rezando y cantando con sus guitarras en la puerta, intentando espantar a los espectadores. En Estados Unidos, fue clasificada X incluso después de que la distribuidora americana cortase más escenas. (…) La crítica acusó a la película de ser sadomasoquista y pura paja mental, comparándola con una gangbang y soltando contra el director insultos tan imaginativos como «Goebbels travestido». Durante su estreno en Italia, la dirección del cine canceló el evento en el último minuto por miedo a la policía y al Vaticano. En España, no llegó a los cines hasta 1978. Al final, resulta que el demonio era Ken Russell”. Rego, 2018. “… la mejor película de monjas perdiendo los estribos sea también una de las más perturbadoras y prohibidas. (…) En su día solo pudo ser estrenada con clasificación X, y eso eliminando dos escenas absolutamente inconcebibles para los cánones del momento (una orgía de decenas de monjas desnudas con un crucifijo gigante y la masturbación de la protagonista con el fémur de su amado). Alucinógena, expresionista y muy moderna en lo plástico, extrema en lo visual y canon absoluto de las monjas-diavolo en el cine”. Tones, 2018. “De la mano a su capacidad de provocación lleva el estigma de ser también una de las películas más censuradas de todos los tiempos. Existen al menos cinco versiones diferentes, distintos cortes infames que no incluyen la versión definitiva, con todo el metraje original, que, como tal, aún no existe. Sin embargo, la más extensa de ellas, actualmente, es la de 117 minutos, mientras que el completo se habría contado en unos 158”. Loser, 2017. Podéis ver las escenas eliminadas en: Silvestre, 2018.

(6) La ciudad de Loudun está situada 300 kilómetros al suroeste de París. National Geographic, 2016. Era “una pequeña ciudad sobre una colina, dominada por dos altas torres: el chapitel de San Pedro y el torreón medieval de su gran castillo”. Tenía unos catorce mil habitantes. Huxley, 1973, p. 4. Era “un pequeño pueblo en la diócesis de Poitiers”. Bourret, 2016, p. 14.

(7) Urbain Grandier (1590-1634; Noguera, 2015) llegó a Loudun en 1617. National Geographic, 2016. Álvarez, 2017. Era párroco de St-Pierre-du-Marché (San Pedro del Mercado). Álvarez, 2017. Tenía 27 años. National Geographic, 2016. Nació en Bouére en 1590 y era un religioso singular. Álvarez, 2017. Fue instruido en el Colegio de Jesuítas de Burdeos, famoso centro donde pasó más de diez años “primero como simple escolar, después como aspirante a grado, luego como estudiante de teología y, después de su ordenación en 1615, como jesuita novicio”.  Huxley, 1973, p. 4. Alienor – Conseil des Musées, s.f. De Certeau, 2012, pp. 67-78. Figuier, 2005, pp. 14-19.

(8) Algarabel, 2014, p. 133. Vásquez, 2012, p. 2. “… era un hombre en la primera juventud, alto, atlético, con aire (…) vestido con hábito de clérigo no exento de fantasía de grave autoridad y hasta (en opinión de un contemporáneo) de majestad. Sus ojos eran grandes y oscuros, y bajo el solideo podían vérsele los mechones de pelo abundante, negro y ondulado. Su frente era alta, su nariz aguileña, sus labios rojos, carnosos y ágiles. Una elegante barba a lo Van Dick remataba su mentón, y en su labio superior lucía un fino bigote cuidadosamente atusado y suavizado con delicadas pomadas, de modo que sus enruladas puntas se confrontaban a ambos lados de la nariz (…). A esta apariencia seductora, Grandier añadía las virtudes sociales de las buenas maneras y de la animada conversación. (…) Era obvio que el nuevo párroco se tomaba por sus feligreses un interés que no era meramente pastoral”. Huxley, 1973, p. 5. Era un excelente orador, muy elocuente. Huxley, 1973, p. 11. “… un joven cura discípulo de los jesuitas, culto y agradable, que escribía bien y hablaba mejor aún”. Michelet, 1862, p. 159.

(9) Michelet, 1862, p. 159. Mira Benavent, 2014, p. 9. “En opinión de las señoras mojigatas de la congregación, las inclinaciones amorosas del nuevo párroco venían a constituir el más horrible de los escándalos. Pero las mojigatas se hallaban en minoría. Para el resto, inclusive para aquellas que tenían intención de permanecer virtuosas, había algo placenteramente excitante en la situación creada por la incumbencia de un hombre de la figura, hábitos y reputación de Grandier”. Huxley, 1973, p. 9. “Elegante, culto, atractivo y dotado de una capacidad oratoria poco común, adquirió pronto una gran popularidad, especialmente entre el sexo femenino. Sus sermones dejaban extasiadas a las damas de la ciudad, que competían por atraerlo a sus reuniones sociales o tenerlo como confesor”.  National Geographic, 2016.

(10) “La popularidad de Grandier con las mujeres era suficiente, en sí misma, para volverle extremadamente impopular entre los hombres. Desde el primer momento los maridos y padres de sus feligresas, sospecharon de este inteligente joven dandy, de finas maneras y atrayente conversación”. Huxley, 1973, p. 9.

(11) “Los estúpidos le desconfiaban porque era inteligente, los ineptos le envidiaban porque era apto, los incultos le aborrecían por su talento, los patanes por su buena crianza y por su propia falta de atractivo y poco éxito entre las mujeres: ¡qué tributo a su superioridad universal!”. Huxley, 1973, p. 10. Además: “Tratándose de un hombre de gran ingenio y de vasta cultura, Grandier fue recibido, desde el primer momento, por los personajes más aristocráticos y cultos de la ciudad. Las puertas que siempre habían permanecido cerradas para los ricos patanes, para los toscos funcionarios, para los zafios bien nacidos, que constituían la alta —pero no la más alta— sociedad de Loudun, fueron abiertas de inmediato a este joven mequetrefe venido de otra provincia. Amargo fue el resentimiento de los notables excluidos”. Huxley, 1973, p. 9.

(12) La gente se agolpaba para oír sus sermones. Michelet, 1862, p. 159. “… inclusive los más descontentos tenían que admitir que Grandier podía predicar sermones extraordinarios y que era un párroco muy capaz, pleno de doctrina ortodoxa y de erudición en lo profano”. Huxley, 1973, p. 9. “Los feligreses de la parroquia de San Pedro del Mercado podían congratularse de poseer en su reverendo Grandier un soberbio virtuoso, capaz de improvisar divertidamente acerca del tema que se le ofreciese, lo mismo sobre el misterio más sublime del cristianismo que sobre la anécdota más delicada, más atrevida o más escabrosa de la vida parroquial. ¡Con qué facilidad denunciaba los abusos, con qué intrepidez reprendía hasta a las más altas jerarquías! La mayoría, afectada de aburrimiento crónico, estaba encantada. Su aplauso servía, meramente, para incrementar la furia de cuantos habían sido víctimas de la elocuencia del párroco”. Huxley, 1973, p. 11.

(13) “Desde el primer momento, los sentimientos públicos con respecto al nuevo párroco estuvieron intensamente divididos. La mayor parte de sus feligreses lo aprobaba”. Huxley, 1973, p. 5. “En poco tiempo hizo pelear fundamentalmente a toda la aldea: las mujeres estaban de su parte, los hombres contra él (por lo menos casi todos). Se volvió magnífico, insolente e insoportable”. Michelet, 1862, p. 159.

(14) “La enemistad de que hacían gala los indeseables no dejaba de ser casi tan satisfactoria como la amistad de aquellos espíritus elegidos. (…) El odio no era unilateral: Grandier odiaba a sus enemigos tan profundamente como sus enemigos le odiaban a él (…). Casi desde el primer momento de su llegada a Loudun, Grandier se vio envuelto en una serie de disputas indecorosas aunque, por lo que a él respecta, plenamente gozosas (…). En vez de procurar llegar a un acuerdo con sus enemigos, el párroco de Loudun se dedicaba a exacerbar su hostilidad por todos los medios a su alcance. Y su alcance, en este sentido, casi llegaba a la genialidad”. Huxley, 1973, pp. 10-11.

(15) Algarabel, 2014, p. 133. Bourret, 2016, p. 14. “… no se sentía comprometido por el voto de castidad”. National Geographic, 2016. “A lo largo de la Edad Media y a principios de la Moderna, el abismo existente entre la doctrina profesada por la Iglesia Católica y la manera de conducirse individualmente sus clérigos no había podido ser salvado y, al parecer, era insalvable”. Huxley, 1973, p. 5. “… el abismo existente entre la teoría y la conducta pública, aunque un poco más angosto que en los tiempos medievales de la fe, era enorme todavía”. Huxley, 1973, p. 8. “En el caso de Grandier las obligaciones habían sido asumidas y los votos pronunciados con reservas mentales, que haría públicas —y, en ese momento, para un único lector— en un pequeño tratado acerca del celibato de los sacerdotes, escrito alrededor de diez años después de su llegada a Loudun”. Huxley, 1973, p. 9.

(16) Ver (15). Noguera, 2015. Mira Benavent, 2014, p. 9. Escribió “un estudio contra el celibato clerical por considerarlo un mero formulismo impuesto e imposible de cumplir”. Álvarez, 2017. “Grandier utiliza dos argumentos fundamentales en contra del celibato. El primero puede ser resumido en el siguiente silogismo: «Toda promesa de cumplir lo imposible, carece de fuerza obligatoria. Para el varón joven, la continencia es imposible. Luego, toda promesa que involucre tal continencia carece de fuerza obligatoria». Si esto no fuera suficiente, he aquí un segundo argumento, basado en la máxima, universalmente aceptada, de que no estamos atados a promesas impuestas por la fuerza: «El sacerdote no acepta el celibato por amor al celibato, sino porque sólo de esa manera es admitido en las sagradas órdenes». Su voto «no procede de su voluntad; le es impuesto por la Iglesia, que le compele, de buen o mal grado, a aceptar esa pesada condición, sin la cual no puede ejercer funciones sacerdotales»”. Huxley, 1973, p. 9.

(17) “El resultado final de todo esto fue que Grandier se sentía en perfecta libertad de contraer matrimonio y, en tanto no se casase, de gozar de la vida plena con alguna bella mujer que estuviese dispuesta a colaborar con él”. Huxley, 1973, p. 9.

(18) “Quizá no era el mejor momento para escribir algo así, con la Iglesia reformada por los dictados del Concilio de Trento, que más o menos habían puesto fin a los hasta entonces habituales escándalos de los papas”. Álvarez, 2017.

(19) Álvarez, 2017.

(20) “El plan de vida de Grandier en Loudun había quedado establecido. Cumplía con sus deberes eclesiásticos y en los intervalos frecuentaba discretamente a las viudas más atractivas de la ciudad, pasaba las tardes en las casas de sus amigos intelectuales y discutía con un círculo de enemigos cada vez más amplio”. Huxley, 1973, p. 13. “…en su máximo apogeo se pasaba por el hábito a toda feligresa que le pusiese ojitos”. Noguera, 2015. “Su popularidad entre las mujeres le llevó primero a mantener relaciones con algunas viudas”. Álvarez, 2017.

(21) Richelieu fue uno de los hombres más poderosos de la Francia de su tiempo. “A lo largo de su gobierno, de 1624 a 1642, desarrolló una gran obra política, que abarcó múltiples aspectos: reformas judiciales y administrativas, decisivas para la centralización del Estado; desarrollo del comercio exterior; o bien el impulso de la cultura francesa, que culminó con la fundación de la Academia en 1635. Pero su fama de dureza, incluso de crueldad, no fue tampoco una invención de los autores románticos. Prisión, exilios, ejecuciones públicas, revueltas duramente reprimidas, marcaron sus años de gobierno”. Villanueva, 2018.

(22) “A principios de 1618, en una convención religiosa a la que concurrieron todos los dignatarios eclesiásticos de la vecindad, Grandier se excedió al ofender al prior de Coussay por la manera grosera de solicitar prioridad sobre él en una solemne procesión que tendría lugar en las calles de Loudun. Desde el punto de vista de un procedimiento regular, la posición del párroco era inexpugnable; en una procesión que tiene origen en su propia iglesia, un canónigo de la Santa Cruz tenía derecho a marchar delante del prior de Coussay. Era un derecho que mantenía su fuero aun en el caso, como acontecía en esta ocasión, de que el prior fuese además obispo. Pero una cosa es la cortesía y otra la circunspección. El prior de Coussay era el obispo de Luçon, y el obispo de Luçon era Armand-Jeandu Plessis de Richelieu. En ese momento —y ésta era una razón más para conducirse con generosa cortesía—, Richelieu había caído en desgracia. En 1617 su protector Concini, el gángster italiano, había sido asesinado. Este coup d’état había sido maquinado por Luynes y aprobado por el joven rey. Richelieu fue excluido del poder y arrojado de la Corte sin miramientos. Pero ¿había alguna razón para suponer que este exilio sería perpetuo? No había razón alguna”. Huxley, 1973, p. 13. “Nombrado ministro en 1617 (aunque en función meramente consultiva), dos años después cayó en desgracia junto a su protectora, enfrentada al favorito de turno del joven rey. La experiencia le sirvió a Richelieu para medir las nefastas consecuencias de la lucha de facciones y lo precario del favor real”. Villanueva, 2018.

(23) “En efecto, un año más tarde, después de un breve destierro en Avignon, el indispensable obispo de Luçon fue llamado nuevamente a París. Hacia 1622, fue designado primer ministro del rey y cardenal”. Huxley, 1973, p. 13. “Una reconciliación entre el rey y la reina madre permitió su retorno a la corte. Cada vez más influyente, en 1622 fue nombrado cardenal, y dos años después entraba de nuevo en el gobierno, esta vez como ministro efectivo”. Villanueva, 2018.

(24) Huxley, 1973, p. 13.

(25) A Philippa Trincant, a quien daba clases. Álvarez, 2017. Bourret, 2016, pp. 22-23. National Geographic, 2016. “El fiscal era un viudo de mediana edad que tenía dos hijas casaderas; la mayor, Philippe, era tan hermosa y atrayente que, durante el invierno de 1623, el párroco se encontró mirando cada vez más frecuentemente en su dirección”. Huxley, 1973, p. 14. “Las viudas ofrecían un gran consuelo y él no encontraba razón alguna para renunciar a sus martes – ver (20) –. Ahora bien, las viudas no eran vírgenes, las viudas sabían demasiado, las viudas empezaban a ponerse demasiado gordas. Por el contrario, Philippe aún tenía los delicados y lindos brazos de una doncella, los pechos redondos como dos manzanas y el cuello esbelto y pulido como el de una adolescente. (…) Philippe no sólo era joven y virginal: pertenecía, además, a una buena familia y la habían educado en la piedad con el mayor esmero. Bella como una imagen, pero conocía su catecismo; tocaba el laúd, pero iba regularmente a la iglesia; tenía la prestancia de una dama, pero gustaba de la lectura y hasta sabía un poco de latín. La captura de un botín como aquél tenía que halagar la propia estimación del cazador y, sin duda alguna, sería considerada por todos como una grande y memorable conquista. (…) La viuda continuaba disfrutando de sus martes. Los martes, porque los demás días de la semana Grandier solía encontrarse en casa del señor fiscal. Françoise se había casado y Philippe continuaba en el hogar paterno haciendo grandes progresos en el estudio del latín”. Huxley, 1973, pp. 15-17.

(26) La dejó embarazada para luego abandonarla, aunque la paternidad era vox populi. Álvarez, 2017. National Geographic, 2016. “Un día, en medio de un relato (…) Philippe le interrumpió con el escueto y frío anuncio de que iba a tener un hijo. (…) Grandier (…) saltó sin más (…) a las amonestaciones clericales, advirtiéndole que debía soportar su cruz con cristiana resignación. (…) Después de aquello, él ya no se hallaba en disposición de darle ninguna lección más. A no ser como penitente, Philippe nunca volvió a verle a solas (…) Y cuando ella hacía referencia a su pasado amor, él la increpaba con una indignación de tono profético, satisfaciéndose así en revolcarla en su impureza. Cuando ella le preguntaba desesperadamente qué era lo que tenía que hacer, él le contestaba lleno de unción que, como cristiana que era, no sólo tenía el deber de resignarse a la humillación, pues era designio de Dios que hubiese de sufrir, sino que tenía que aceptarlo y desearlo vivamente. De la parte que a él le correspondía en su desgracia, no le permitía que hablase. (…) El espectáculo de aquella desolación no suscitaba en el párroco piedad o remordimiento, sino tan sólo un sentimiento de agravio. El asedio había sido tedioso, la conquista la había realizado sin gloria, el subsiguiente placer fue apenas moderado. Y ahora, con su precipitada e inoportuna fecundidad, estaba amenazando su honor, su verdadera existencia”. Huxley, 1973, pp. 19-20. “El señor Trincant, que no sospechaba nada y que todavía bramaba de indignación, si alguno se aventuraba a insinuarle la verdad o lanzaba una palabra contra el párroco, manifestaba su opinión explicando, con celo paternal, autorizadas teorías sobre la debilidad de un organismo o la posibilidad de una tisis. (…) Casi todo Loudun hacía la vista gorda, o, guiñándose unos a otros, intercambiaban sus intencionadas risitas o bien se ofrecían a sí mismos el placer de la más justa y honrada indignación”. Huxley, 1973, p. 21.

(27) “… finalmente, hasta los mismos ojos de Trincant se abrieron a la verdadera naturaleza de la indisposición de su hija. Sometida a un apremiante interrogatorio, la joven terminó por confesar. De ser el mejor amigo del párroco, Trincant se convirtió, de la noche a la mañana, en el más implacable y peligroso de sus enemigos. Grandier había forjado, por sí mismo, otro eslabón muy importante en la cadena que iba a arrastrarle a su ruina”. Huxley, 1973, p. 21.

(28) “Marthe le Pelletier había asumido públicamente la maternidad de la pequeña. Era ella la que había pecado, la que se había visto forzada a esconder su vergüenza. Philippe era, simplemente, la amiga buena y generosa que le había ofrecido el seguro refugio de su casa. Desde luego, nadie creyó ni una palabra (…) el fiscal, para poner silencio a aquel impúdico escepticismo, apeló a una estratagema legal, singularmente detestable: hizo arrestar en plena calle a Marthe le Pelletier y la hizo conducir a magistratura. Allí, bajo juramento y en presencia de varios testigos, la instaron a firmar un acta en la cual reconocía oficialmente a la criatura como suya y aceptaba la responsabilidad de su futura crianza. Movida por el entrañable afecto que sentía por su amiga, Marthe la firmó. Una copia del acta quedó depositada en el archivo y el señor Trincant guardó triunfalmente la otra”. Huxley, 1973, p. 21.

(29) Ver (27). El fiscal juró vengarse del párroco. National Geographic, 2016. “Inclusive sus amigos (del fiscal, el señor Trincant), después de haber leído el acta en voz alta, de haber visto la firma con sus propios ojos y palpado el sello con sus propios dedos, no le respondían de otro modo que con la leve insinuación de una sonrisa muy cortés”. Huxley, 1973, p. 21.

(30) Alienor – Conseil des Musées, s.f. “… la piadosa Madeleine de Brou, cuyo padre era uno de los nobles más acaudalados de la provincia y de la que se enamoró sinceramente, considerándola su esposa de manera extraoficial – ver (31) y (32) –”. Álvarez, 2017. “… el párroco seguía atendiendo a sus habituales ocupaciones y continuaba regodeándose en sus acostumbrados esparcimientos. De pronto, los más extraños rumores empezaron a zumbar en los oídos del boticario: el párroco prodigaba cada vez más tiempo a la señorita Brou, la más distinguida mojigata y dévote de la ciudad. Madeleine era la segunda de las tres hijas de Rene de Brou, hombre de acaudalada fortuna y noble nacimiento, emparentado con las mejores familias de la provincia. Las hermanas de Madeleine estaban casadas, una con un médico, la otra con un terrateniente; pero ella, a sus treinta años, todavía se hallaba soltera y sin compromiso. Pretendientes no le faltaban, pero ella los rechazaba uno tras otro, prefiriendo permanecer en casa para cuidar a sus padres, ya de edad, y acunarse en sus propios pensamientos. (…) murió su padre. Poco después su madre enfermó de cáncer. Durante su larga y penosa enfermedad Grandier había encontrado tiempo, en los intervalos que mediaban entre las lecciones a Philippe Trincant y las asistencias a la viuda del tabernero, para visitar a la pobre señora y llevarle los consuelos de la religión. En su lecho de muerte, la señora Brou encomendó su hija a su pastoral cuidado. El párroco le prometió cuidar de los intereses materiales y espirituales de Madeleine como si se tratase de los suyos propios. Y desde luego —a su modo—, trató de cumplir su promesa”. Huxley, 1973, p. 23. “Por vez primera en su vida Grandier se sintió enamorado de verdad: no enamorado con la mera ansiedad de satisfacer sus apetitos, ni por la satisfacción de seducir a una inocente cuya humillación hubiera de constituir su triunfo, sino enamorado de una mujer a quien se considera como persona y a la cual se ama por lo que realmente es”. Huxley, 1973, p. 24.

(31) “Destino del libertino de convertirse a la monogamia. Era un paso adelante, pero un paso adelante que un sacerdote de la Santa Iglesia Romana no podía dar sin quedar envuelto él mismo en infinitas dificultades éticas, teológicas, eclesiásticas y sociales. Para zafarse de algún contratiempo de esa especie fue que escribió Grandier su pequeño tratado sobre el celibato de los clérigos”. Huxley, 1973, p. 24.

(32) National Geographic, 2016. “Y así fue que un día, a media noche, en la vacía iglesia, cuyos ecos resonaban sordamente, Grandier cumplió su promesa a la señora Brou, mediante una ceremonia de casamiento con la huérfana que había sido confiada a su cuidado. Como sacerdote se preguntó a sí mismo si tomaba a esa mujer por esposa. Como contrayente contestó diciendo que sí, y le puso el anillo a la novia. Como sacerdote invocó la bendición del Señor. Y como novio, se arrodilló para recibirla. Fue una ceremonia de verdadera fantasía, un desafío a la ley y a la costumbre, a la Iglesia y al Estado, y de cuya validez se sentían seguros él y ella. Amándose mutuamente, ellos sabían que a los ojos de Dios estaban realmente casados”. Huxley, 1973, p. 24.

(33) “En opinión de la gente de orden de Loudun, Madeleine no era otra cosa que la concubina más reciente que se había agenciado el párroco: su concubina actual”. Huxley, 1973, p. 25.

(34) “Hablaron a tantas gentes y en términos tan insultantes, que los parientes de Madeleine decidieron que no había más remedio que tomar una determinación. Lo que pensaban de las relaciones de Madeleine con su confesor nos es desconocido”. Huxley, 1973, p. 25.

(35) “Lanzándose a la acción bajo la inspiración de esta máxima, persuadieron a Madeleine para que plantease una querella por calumnia contra Adam. Fue planteado el caso ante un tribunal de París que declaró culpable al boticario. Entonces un terrateniente del país, que no era amigo de los Brou y que detestaba a Grandier, pagó fianza por Adam y promovió apelación. Se celebró, en consecuencia, una segunda vista, y la decisión del tribunal quedó confirmada. El pobre Adam fue condenado a pagar seiscientas cuarenta libras de indemnización, a sufragar las costas de los dos juicios, a arrodillarse, con la cabeza descubierta, en presencia de los magistrados de la ciudad y de Madeleine de Brou”. Huxley, 1973, p. 25.

(36) “Los mismos jurisconsultos, el señor fiscal y el Lieutenant Criminel – enemigos íntimos de Grandier – admitieron la derrota. Se daban cuenta que si habían de lanzar más adelante un nuevo ataque contra Grandier, tendrían que dejar en paz a Madeleine. Después de todo, su madre había sido una Chauvet y su primo era de Cerisay; por otra parte, de Brou había emparentado con los Tabarts, los Dreux, los Genebaux. Hiciese lo que hiciese, una joven cuyos parientes tenían tan alto rango, no podía ser otra cosa que una filie de bien et d’honneur. (…) Dos nuevos reclutas se incorporaron a la tertulia de intrigantes contra el párroco Grandier. El primero era un letrado de cierta importancia llamado Pierre Menuau, abogado del rey. Años antes había importunado a Madeleine con propuestas de matrimonio (…). Trincant, muy complacido, (…)  le ofreció un puesto en el consejo de guerra. La invitación fue aceptada inmediatamente y desde ese momento Menuau se constituyó en uno de los miembros más activos de la confabulación. El segundo de esos dos nuevos enemigos de Grandier era un amigo de Menuau, llamado Jacques de Thibault, un hacendado que había sido soldado y era a la sazón suboficial agente del cardenal Richelieu y se hallaba comprometido en la politiquería provinciana”.  Huxley, 1973, p. 25.

(37) Ver (36). Los enemigos de Grandier empezaron a hablar con amigos influyentes de éste, y a ponerles en su contra. El ambiente se empezó a calentar y Grandier y Thibault hasta llegaron a las manos. “El primero en actuar fue Grandier. Jurando venganza contra Thibault (…) los miembros de la confabulación (…) acordaron un plan de contraataque”. Huxley, 1973, p. 26.

(38) “Al mismo tiempo que el párroco se hallaba camino de París con el propósito de elevar su queja al Rey, ellos irían a Poitiers a quejarse al Señor Obispo”. Huxley, 1973, p. 26.

(39) “En el más perfecto estilo legal redactaron un documento en el que Grandier era acusado de haber corrompido a un número considerable de mujeres casadas y de muchachas solteras, de ser irreverente e impío, de no leer el breviario y de haber cometido fornicación dentro del recinto de su iglesia. Transformar en verdad legal un escrito como ése fue fácil”. Huxley, 1973, p. 26. “… personajes de la ciudad que también tenían inquina al atildado cura lo acusaron ante la justicia episcopal por su conducta inmoral”. National Geographic, 2016.

(40) “Grandier ya estaba incluido en la lista negra diocesana; los rumores y las aventuras amorosas del párroco habían llegado a oídos de sus superiores. Y no sólo se le había acusado de lubricidad y de indiscreción, sino también del grave pecado de soberbia. (…) Aquellos caballeros habían llegado de Loudun en el momento más oportuno”. Huxley, 1973, p. 26.

(41) “El párroco era un engorro y había que darle una lección. Con apremiantes consignas fue despachado inmediatamente su secretario a Poitiers, donde se firmó y selló una orden para encerrar a Grandier en la prisión episcopal. El documento fue entregado a Trincant y al Lieutenant Criminel para que hiciesen uso de él a discreción”. Huxley, 1973, p. 27.

(42) “Luis XIII, profundamente afectado por el relato que de los agravios recibidos le había hecho el párroco Grandier, dio las órdenes oportunas a fin de que se hiciese justicia sin dilación alguna. De acuerdo con tales órdenes, Thibault recibió una citación requiriéndole a presentarse sin demora ante el Parlamento de París. Thibault, cumpliendo la orden, se puso inmediatamente en camino, cuidándose de llevar consigo la orden de arresto contra Grandier. El pleito siguió su curso. Todo parecía favorecer al párroco, cuando Thibault, con gesto dramático, sacó la orden de prisión contra Grandier y se la entregó a los jueces. Los jueces la leyeron y suspendieron la vista hasta que Grandier hubiese aclarado la situación con su superior. Fue un triunfo para los enemigos del párroco”. Huxley, 1973, p. 27.

(43) “… se llevó a cabo en Loudun una investigación oficial sobre la conducta de Grandier, primero bajo la dirección imparcial del Lieutenant Civil, Louis Chauvet, y más adelante, una vez que éste renunció contra su voluntad, bajo la parcialísima dirección del fiscal. Desde aquel momento se amontonaron las acusaciones que de todas partes iban cayendo (…). Las únicas personas que no testimoniaron contra el párroco fueron precisamente aquellas cuyo testimonio hubiera sido el más convincente. Las bonachonas muchachas de servicio, las esposas descontentas, las viudas demasiado consolables, Philippe Trincant y Madeleine de Brou”. Huxley, 1973, p. 27.

(44) Grandier “fue arrestado por un alguacil del Rey que lo condujo protestando, pero sans scandale ès prisons episcopales du dict Poitiers. Las prisiones episcopales de Poitiers estaban situadas en una de las torres del Palacio de su señoría. Allí fue puesto Grandier bajo el cuidado del carcelero Lucas Gouiller, encerrado en un calabozo húmedo y casi sin luz. Era el 15 de noviembre de 1629. No había pasado un mes desde la reyerta con Thibault – ver (37) –”. Huxley, 1973, p. 27. “… en 1629 se le arrestó acusado de inmoralidad en un proceso impulsado por el ofendido fiscal Trincant”. Álvarez, 2017.

(45) “A lo largo del juicio no apareció evidencia alguna contra el párroco; en cambio, quienes quedaron en evidencia fueron sus acusadores. Totalmente desacreditado, el fiscal público se vio en un dilema. Si decía la verdad con respecto a las relaciones de su hija con Grandier, éste sería condenado, a la vez que quedaría explicada y en parte excusada la vergonzosa manera de conducirse él en todo aquel asunto. Pero decir la verdad equivalía a exponer a Philippe a la deshonra y a él mismo al desprecio de todos o a una piedad burlona e irrisoria. Optó por mantener su paz. Cierto es que Philippe se salvó de la ignominia, pero Grandier, el objeto de todo su odio, fue absuelto y en cambio él y su reputación de verdadero caballero, de letrado y de hombre público, quedaron mancillados para siempre”. Huxley, 1973, p. 29.

(46) Ver (45). Álvarez, 2017.

(47) “En el curso de aquel verano de 1631, el señor Trincant se retiró a la vida privada (…). Un hombre que, movido por venganza personal, se hallaba dispuesto a cometer perjurio, a sobornar testigos, a falsificar testimonios escritos, estaba incapacitado, sin duda, para ocupar una posición legal responsable. Cediendo a la presión serena pero persistente, Trincant renunció. En lugar de vender los derechos de ejercicio de su empleo como podía haberlo hecho, los traspasó a Louis Moussaut. Pero con una condición: el joven letrado no se convertiría en fiscal público de Loudun sino después de haberse casado con Philippe Trincant (…). Después de una ceremonia nupcial sencilla, Philippe se retiró a cumplir la sentencia: cuarenta años de matrimonio sin amor”. Huxley, 1973, p. 31.

(48) “En el mes de noviembre Grandier fue llamado a la Abadía de Saint-Jouin-de-Marnes, una de las residencias favoritas del rico Arzobispo de Burdeos. Allí le notificaron que su apelación a la sentencia del señor de la Rochepozay había tenido un éxito completo. La interdicción a divinis había quedado sin efecto y podía, desde entonces, ejercer sus funciones sacerdotales en San Pedro”. Huxley, 1973, p. 31.

(49) “En Loudun tenía Madeleine su residencia, y sería muy difícil para ella abandonar la ciudad. También allí tenía él a su amigo Jean D’Armagnac, que en aquel momento necesitaba a Grandier tanto como éste había tenido necesidad de él. Dejar Loudun en medio de la lucha ya entablada sobre la existencia del castillo – batalla contra Richelieu que veremos – sería lo mismo que desertar en el combate frente al enemigo”. Huxley, 1973, pp. 31-32.

(50) “Grandier fue arrestado y juzgado, pero contaba con apoyos influyentes y, tras ser absuelto, volvió triunfalmente a Loudun”. National Geographic, 2016. “Un día o dos después del triunfal retorno de Grandier, llegó a la ciudad un distinguido viajero que se alojó en «El Cisne y la Cruz». Era Jean de Martin, barón de Laubardemont, primer Presidente del Tribunal de Apelación de la Guayana, miembro del Consejo de Estado y en esta ocasión, comisionado especial der Su Majestad para la demolición del castillo de Loudun”. Huxley, 1973, p. 32. “…llegó a Loudun Jean de Laubardemont, un juez que traía el encargo de Richelieu de arrasar el castillo de la ciudad e imponer la autoridad de la monarquía”. National Geographic, 2016. De Certeau, 2012, pp. 79-92.

(51) Era una población donde los protestantes hugonotes eran mayoría. Huxley, 1973, p. 4. National Geographic, 2016. “Los hugonotes fueron un colectivo perseguido y aislado por la sociedad francesa durante el siglo XVII. El apodo se lo dieron los católicos franceses a los protestantes calvinistas durante las Guerras de Religión de Francia (1562-1568). Su creencia era la de que la autoridad de Dios estaba por encima de todas las cosas, es decir, la premisa básica del calvinismo. Se trasladaron a las colonias y fueron vitales para el desarrollo de las nuevas naciones, gracias a su mentalidad frente al trabajo”. Muñoz Fernández, 2013. Los exorcismos/posesiones también fueron un arma de los católicos en su lucha contra los hugonotes. Luria, 2007, pp. 26-27. “Los cuerpos de las ursulinas se convirtieron en el campo de batalla donde los demonios «protestantes» competían con los católicos exorcistas”. Luria, 2007, p. 28. Para saber más sobre la relación de católicos y protestantes en Loudun: Legué, 1880, pp. 1-15.

(52) “Durante todo este tiempo, la revolución nacionalista iniciada por el cardenal Richelieu había ido asegurándose sólidos progresos y, casi súbitamente, empezaba a afectar la vida privada de los personajes que se hallaban envueltos en aquel insignificante drama provinciano. A fin de quebrar el poder de los protestantes y de los señores feudales, Richelieu había persuadido al Rey y al Consejo para que ordenasen la demolición de todas las fortalezas del reino. Eran innumerables las torres ya demolidas, los fosos terraplenados. Le tocaba su turno al castillo de Loudun”. Huxley, 1973, p. 30. Bourret, 2016, pp. 24-25.

(53) “En Loudun el sentimiento público se oponía a la demolición del castillo. En aquellos tiempos la paz interna era todavía una precaria novedad. Privada de su fortaleza, la población de una ciudad, católica o protestante, daba la impresión de hallarse, según las palabras de D’Armagnac, «a merced de toda especie de soldadesca y sometida al pillaje». Además, se rumoreaba por doquier acerca de las secretas intenciones del Cardenal. De cumplirse sus designios, la pobre y vieja ciudad de Loudun quedaría reducida a una simple aldea y, peor aún, a una aldea semidesierta”. Huxley, 1973, p. 31.

(54) Bourret, 2016, p. 14. Brach, 2016, p. 12. “Grandier, se hallaba del lado de la mayoría a causa de su amistad con el Gobernador. Sus enemigos declarados eran, casi sin excepción, partidarios del Cardenal. Les tenía sin cuidado el futuro de Loudun; lo único que les interesaba era la adulación de Richelieu”. Huxley, 1973, p. 31.

(55) “Por propia iniciativa y bajo su personalidad, el párroco se dirigió a los soldados que dependían del Gobernador y les dio orden de formar un cordón alrededor de la ciudadela interior”. Huxley, 1973, p. 32.

(56) “Grandier y D’Armagnac se apuntaron su última y ruinosa victoria en el verano siguiente, de 1632. (…) el Rey le escribía otra vez a su comisionado: «Señor de Laubardemont: teniendo conocimiento de vuestra diligencia… escribo esta carta para expresaros mi satisfacción. Y puesto que la torre de homenaje todavía permanece en pie, tomaréis las providencias necesarias para que sea demolida enteramente sin que quede ni una piedra». Como era de rigor, el Cardenal se había salido con la suya”. Huxley, 1973, p. 33.

(57) Ver (51). Alienor – Conseil des Musées, s.f. Brach, 2016, p. 11.

(58) Pretendían reforzar la presencia del catolicismo en esa población. National Geographic, 2016.

(59) El convento se fundó en 1626. Álvarez, 2017. Huxley, 1973, p. 50. Legué, 1880, pp. 40-55. National Geographic, 2016. Eran monjas consagradas a la educación. Michelet, 1862, p. 159. Vásquez, 2012, p. 2.

(60) Huxley, 1973, p. 50. National Geographic, 2016.

(61)  “La mayoría de sus diecisiete monjas eran jóvenes pertenecientes a la nobleza que habían abrazado la vida monástica, no por un anhelo imperioso de seguir los preceptos del Evangelio y de alcanzar la perfección cristiana, sino porque en casa no había bastante dinero para proporcionarles la dote debida a su alcurnia y que resultara aceptable para los pretendientes del correspondiente rango”. Huxley, 1973, p. 50. “La vida conventual, en el siglo XVII, representaba el destino fatal para muchas jóvenes pertenecientes a la pequeña nobleza provinciana que abrazaban el estado monástico no por una vocación religiosa, sino simplemente porque en sus hogares no había los recursos necesarios para proporcionarles una dote de acuerdo a su alcurnia”. Vásquez, 2012, p. 2.

(62) “En el siglo XVII, para todo aquel que carecía de vocación, la vida en un convento era una mera sucesión de aburrimiento y frustraciones, mitigada, aunque en grado mínimo, por algún ocasional Schwärmerei – fanatismo –, por los chismes con los visitantes en el locutorio y por la entrega, durante las horas de ocio, a algún inocente y totalmente tonto entretenimiento”. Huxley, 1973, p. 50.

(63) Huxley, 1973, p. 50.

(64) “La única casa que les fue posible alquilar era un edificio viejo y sombrío que nadie quería habitar, ya que, según la voz pública, había fantasmas en él. No tenían mobiliario y, durante algún tiempo, se vieron obligadas a dormir en el suelo. Las alumnas con las que contaban para organizar económicamente su vida, se incorporaban muy lentamente y, durante algún tiempo, las monjas de sangre azul de Sazilly y de Escoubleau, las de Barbezières y de la Motte, las de Belciel y de Dampierre, hubieron de acudir a trabajos manuales y abstenerse de carne, no solo los viernes, sino también los restantes días de la semana”. Huxley, 1973, p. 50. Michelet, 1862, p. 159.

(65) “Al cabo de unos meses la vanidad vino en su auxilio. Cuando la burguesa ciudad de Loudun descubrió que sus muchachas podían, por una módica cuota, aprender el francés y adquirir los más corteses modales con profesoras tales como una prima segunda del cardenal Richelieu, o con una aún más próxima parienta del cardenal de Sourdis, o con la hija menor de un marqués, o con una sobrina del Obispo de Poitiers, cayeron alumnas y pupilas de inmediato y en gran número. Con toda aquella andanada llegó la prosperidad. Se contrató personal de servicio para los trabajos más penosos; en la mesa del refectorio reaparecieron la carne de vaca y de cordero; los colchones desaparecieron del suelo para ir a ocupar su lugar en camas de madera”. Huxley, 1973, p. 50. “… lograron una cierta prosperidad dedicándose a la educación de las hijas de la burguesía local”. Vásquez, 2012, p. 2.

(66) “En 1627, la superiora de la comunidad fue trasladada y una nueva superiora la reemplazó en su puesto. Su nombre religioso era Juana de los Ángeles”. Huxley, 1973, p. 50. Vásquez, 2012, p. 2. Para saber más sobre el convento: Figuier, 2005, pp. 6-13.

(67) Álvarez, 2017. Vásquez, 2012, p. 2. “Se llamaba en el mundo Juana de Belciel y era hija de Louis de Belciel, barón de Coze, y de Charlotte Goumart d’Escillais, la que procedía de una familia tan antigua y eminente como la de su marido. Nacida en 1602, rondaba los veinticinco años y su cara era, más bien, bonita. No así su cuerpo, diminuto hasta casi ser enana y un tanto deformado, quizás a causa de alguna afección tuberculosa”. Huxley, 1973, p. 50. “Jeanne de Belcier, en religión Juana de los Ángeles. Nacida en una familia de la baja nobleza de Poitou, de niña había padecido una enfermedad que la dejó encorvada y de talla diminuta”. National Geographic, 2016. Pasó a llamarse Juana de los Ángeles el 26 de septiembre de 1623. Bourret, 2016, p. 20.

(68) Álvarez, 2017. “… su temperamento y su carácter venían a resultarle, lo mismo con relación a los demás que con respecto a sí misma, su peor enemigo. Porque su deformidad promovía, en su ánimo, un resentimiento permanente que le impedía sentir afecto alguno ni consentirse a sí misma el ser querida. Aborreciendo y siendo aborrecida, vivía como en una fortaleza inexpugnable de la cual apenas salía para atacar a sus enemigos —y toda persona viviente era, a priori, un enemigo— con súbitos sarcasmos”. Huxley, 1973, pp. 50-51.

(69) National Geographic, 2016. “… las carcajadas de Juana eran de sarcasmo o de cinismo. Dirigidas contra los otros y nunca contra sí misma, la primera de esas dos modalidades, o sea, la de sarcasmo, era síntoma de ese enconado deseo del jorobado de vengarse del destino, procurando en lo que puede, jorobar a los demás”. Huxley, 1973, p. 51.

(70) “Las personas que poseen un carácter semejante al de Juana, están propensas a ocasionar grandes trastornos, tanto a sí mismos como a los demás. En el caso de Juana, sus padres, incapaces de soportar a una muchacha tan poco cordial, decidieron enviarla a vivir con una anciana tía, superiora de una abadía del contorno. Al cabo de dos o tres años la enviaron nuevamente a la casa paterna por motivos que en absoluto la honraban: las monjas habían fracasado en sus intentos de que ella pudiera hacer carrera. La vida en el castillo de sus padres le pareció tan odiosa que concluyó prefiriendo el claustro. Ingresó en el convento de ursulinas de Poitiers, cumplió su noviciado e hizo los votos”. Huxley, 1973, p. 51.

(71) “Juana no se comportó como una verdadera monja, pero su familia era rica e influyente y la superioridad consideró que lo más conveniente era aguantarla como fuera”. Huxley, 1973, p. 51.

(72) “Repentinamente, se produjo un maravilloso y favorable cambio. Desde que llegó a Loudun, la hermana Juana se había conducido con ejemplar piedad y diligencia. La joven monja que en Poitiers había sido tan insubordinada, que había manifestado tan poco celo, que estado tan negligente en el cumplimiento de sus obligaciones, se había transformado en una perfecta religiosa: obediente, trabajadora, devota”.  Huxley, 1973, p. 51.

(73) National Geographic, 2016. “Profundamente impresionada por aquella conversión, la madre superiora, al retirarse de su puesto, recomendó a la hermana Juana como la persona más idónea para ocupar su lugar”. Huxley, 1973, p. 51.

(74) “Cincuenta años más tarde, la propia convertida dio su versión de este episodio. «Tuve muy buen cuidado —escribe— de hacerme indispensable a todas en lo que respecta a la autoridad y como había pocas monjas, la superiora se sintió obligada a encomendarme toda suerte de trabajos de la comunidad. No era que no se pudieran realizar sin mí, pues había monjas más capaces y mejores que yo; era simplemente que me imponía a ellas por mil pequeñas complacencias, por lo cual yo misma venía a hacerme necesaria para la superiora. Aprendí a adaptarme a su humor y a prevalecer sobre ella de tal modo, que al fin no encontraba nada bien hecho si no estaba hecho por mí. Hasta llegó a pensar que yo era buena y virtuosa. Una opinión de tal calidad sobre mi persona envaneció tanto mi corazón que ya no encontré dificultad para llevar a cabo acciones que parecían dignas de estimación. Aprendí a disimular y a manejar la hipocresía tan bien que mi superiora pensaba de mí lo mejor y encontraba siempre aceptables mis inclinaciones. Me concedió muchos privilegios, de los que yo abusaba, y como era buena y virtuosa y creía que yo trataba de acercarme a Dios con cristiana perfección, me invitaba frecuentemente a conversar con venerables monjes, y yo le seguía el humor para contentarla y así pasar el tiempo»”. Huxley, 1973, p. 51.

(75) “Si leía a los místicos, si hablaba con los visitadores carmelitas a propósito de la perfección, no era por razón de su ascensión progresiva en el camino de la vida espiritual, sino por aparentar mayor suficiencia y eclipsar a las otras monjas en todo momento y ocasión. El atosigante complejo de superioridad que tenía había encontrado un escape: un nuevo y atrayente campo en que operar”. Huxley, 1973, pp. 51-52.

(76) “Aunque todavía estallaba en ocasionales carcajadas de sarcasmo y de cínica bufonería, en los momentos que consideraba más graves la hermana Juana se había transformado en una experta en espiritualidad, en una erudita investigadora de los asuntos de la teología mística. Avisada por sus conocimientos podía hacer bajar la vista a sus hermanas con una fruición realmente deliciosa que era, a la vez, de satisfacción y piedad”. Huxley, 1973, p. 52.

(77) Álvarez, 2017. “… en su condición de consumada actriz—, sor Juana tuvo la desgracia de ser tomada en serio siempre, excepto, como ya veremos, en el único momento en que se esforzó cuanto pudo para decir la verdad”. Huxley, 1973, p. 53.

(78) “Profundamente impresionada por la santa conversación de su joven pupila y por su conducta ejemplar, la buena madre no había tenido la menor duda en recomendar el nombramiento de Juana como superiora. El nombramiento ya estaba hecho y ella, con sus veinticinco años, estaba al frente de toda una casa de oración. Era la reina de un diminuto imperio cuyos diecisiete súbditos se hallaban obligados por ley de santa obediencia a cumplir sus órdenes y a escuchar sus consejos”. Huxley, 1973, p. 54.

(79) Bourret, 2016, p. 20. Mira Benavent, 2014, p. 10. Vásquez, 2012, p. 2. Juana estaba muy resentida con su familia y “Pensó con envidia en Madeleine de Brou: ni un padre colérico ni una madre espía; mucho dinero y dueña de sus actos; libre para hacer lo que quisiese… Y ahora era de Grandier. Y ella con una envidia que oscilaba entre la aversión y la complacencia (…). Para ella Grandier era simplemente un nombre, pero un nombre de prestigio, un nombre que evocaba en sueños inconfesables, en íntimos e impuros deseos, un demonio de curiosidad, un íncubo de concupiscencia. Una reputación de tenorio es el equivalente mental de las insinuaciones de carácter puramente fisiológico que se dan en los animales durante sus sesiones matinales: gritos, olores olfateados y, en el caso de ciertas polillas, hasta radiaciones infrarrojas. Para una mujer, un nombre en promiscuidad constituye una permanente invitación al chismorreo con los hombres. ¡Qué fascinante el seductor profesional, el curtido destructor de corazones, hasta para las damas más respetables! Las aventuras amorosas de Grandier adquirían un valor de proporciones heroicas en la imaginación de sus feligresas. Grandier quedó convertido en una figura mítica, en parte Júpiter, en parte sátiro, lujurioso hasta la bestialidad y, no obstante, o tal vez por eso, extraordinariamente atractivo”. Huxley, 1973, p. 55.

(80) National Geographic, 2016. “Grandier se convierte en el objeto de unas afecciones que van más allá del límite de la experiencia, afecciones que era imposible que nadie sintiera y que, sin embargo, sentía ella en toda su monstruosa y perversa enormidad. El recuerdo del párroco la asediaba constantemente. Sus meditaciones, que deberían haber sido para ella como un ejercicio de la presencia de Dios, fueron un ejercicio, desde luego, pero de la presencia de Urbain Grandier o, más bien, de la imagen fascinante y obscena que había ido cuajando en su imaginación alrededor de su nombre. (…) Detrás de las rejas, la madre superiora se sentía como la víctima de un monstruo insaciable de verdad: su imaginación”. Huxley, 1973, pp. 55-56.

(81) “Al cumplir cinco años en sus funciones como superiora se produjeron una serie de acontecimientos que, aunque en sí mismos no tenían importancia, estaban destinados a tener repercusiones enormes. El primero de estos sucesos fue la muerte del director de las Ursulinas, canónigo Moussaut. Muy digno sacerdote, el canónigo se había entregado de corazón a la nueva comunidad pero, a pesar de toda su buena voluntad, desde el momento en que comenzó a entrar en la senilidad, no pudo influir positivamente. Ni él comprendía nada de sus penitentas ni sus penitentas prestaban atención a nada de lo que él decía. Con la noticia de la muerte de Moussaut, la priora dio la impresión de hallarse abrumada por una gran tristeza. La impresión, nada más, pues lo cierto era que se sintió colmada de un íntimo y efervescente júbilo”. Huxley, 1973, p. 56.

(82) Álvarez, 2017. Bourret, 2016, p. 20. National Geographic, 2016. Vásquez, 2012, p. 2. “Tan pronto como el viejo caballero fue inhumado con el ceremonial correspondiente, la superiora despachó una carta destinada a Grandier. Comenzaba con un párrafo sobre la irreparable pérdida que aquella muerte significaba para la comunidad; consideraba después la necesidad que tenían, ella misma, y todas las hermanas, de encontrar la guía espiritual de algún director no menos sabio y santo que el querido difunto y terminaba con una invitación al propio Grandier a seguir tras las huellas del canónigo”. Huxley, 1973, p. 56.

(83) Álvarez, 2017. Bourret, 2016, p. 21. National Geographic, 2016. Vásquez, 2012, p. 2. “… la respuesta de Grandier fue una atenta declinación. No sólo no se consideraba digno de tan alto honor, sino que, además, se encontraba sumamente atareado con sus obligaciones de la parroquia”. Huxley, 1973, p. 56.

(84) Bourret, 2016, p. 21. Vásquez, 2012, p. 2. “… la priora sufrió una desilusión en la cual la pena iba mezclada con el amor propio herido, dando lugar a que fuera creciendo, según pensaba, tras el amargo resquemor de la derrota, una rabia persistente y furiosa unida a una firme y maligna voluntad de odio”. Huxley, 1973, p. 56.

(85) “… no le resultaba fácil dar satisfacción a ese deseo, ya que el párroco vivía en un mundo en el cual no podía penetrar una monja de clausura. Ella no podía ir hasta él, y Grandier no quería acudir a su llamada”. Huxley, 1973, p. 56.

(86) “Madeleine de Brou se presentó en el convento para visitar a su sobrina, que era una de las pupilas. Al entrar en el locutorio, Madeleine se encontró con la superiora frente a la reja. La saludó gentilmente, pero la priora le respondió con insultos que se fueron haciendo más agrios y violentos conforme iban resonando en el locutorio. — ‘¡Barragana! ¡Ramera! ¡Prostituta! ¡Corruptora de sacerdotes! ¡Delincuente de los peores sacrilegios!’ Y, como remate de aquella andanada furibunda y terrible, la priora, acercándose cuanto pudo a su rival, le lanzó a través de las rejas un inesperado escupitajo. Madeleine dio media vuelta y desapareció sin decir palabra”. Huxley, 1973, p. 56.

(87) “… podía conchabarse ella misma —y toda la comunidad con ella— con los enemigos declarados de Grandier”. Huxley, 1973, p. 56. Michelet, 1862, p. 160.

(88) Álvarez, 2017. Michelet, 1862, p. 160. Vásquez, 2012, p. 2. “Poco favorecido, cojo de nacimiento, vacío de talento no menos que de atractivo, el canónigo Mignon había envidiado siempre la arrogante figura del párroco, su vivaz ingenio y sus frecuentes éxitos. A esa antipatía general tenemos que añadir, a lo largo de los años, un gran número de razones de aversión, por ejemplo: el sarcasmo de Grandier, el haber seducido éste a Philippe Trincant, prima de Mignon, y el episodio más reciente del pleito entablado por la propiedad de una parcela que se disputaban la Iglesia colegial de la Santa Cruz y la parroquia de San Pedro”. Huxley, 1973, pp. 56-57.

(89) Álvarez, 2017. Bourret, 2016, p. 21. National Geographic, 2016. Vásquez, 2012, p. 2. “… ella le invitó a ocupar el cargo vacante desde la muerte de Moussaut y le propuso aceptase ser el confesor de las monjas. El ofrecimiento fue aceptado inmediatamente. Ni que decir tiene que un nuevo aliado se había unido a las fuerzas confederadas contra Grandier”. Huxley, 1973, p. 57.

(90) “… él se hallaba preparado a aprovechar la primera ocasión en cuanto se presentase. Entretanto, en lo más íntimo y recóndito del alma de la madre superiora, ese nuevo odio que le acuciaba contra Grandier no había eliminado, ni siquiera mitigado, la obsesión de su antiguo deseo”. Huxley, 1973, p. 57.

(91) Urbain Grandier, en sus sueños, “le habló de amor, le suplicó con caricias no menos atrevidas que indecentes y la apremiaba a concederle aquello de lo cual ya no disponía ella, aquello que por sus propios votos había consagrado a su divino desposado». Por la mañana, la madre superiora les contaba a las monjitas sus aventuras nocturnas. Aquellos cuentos no perdían nada en el relato. De tal modo que súbitamente, dos señoritas, la hermana Claire de Saizilly, sobrina del cardenal Richelieu, y otra Claire, una hermana seglar, eran víctimas también de fantásticas visiones de impertinentes clérigos y oían también una voz atrevida que les cuchicheaba las proposiciones más escandalosas”. Huxley, 1973, p. 57.

(92) Bourret, 2016, p. 15. “La casa en que se hallaban alojadas las monjas y sus pupilas estaba considerada por el vulgo —según ya hemos dicho— como una casa encantada. Por tal razón, poco después de la muerte del canónigo, las habitantes de la casa, naturalmente predispuestas a los cuentos de fantasmas, quedaron como atenazadas por un terror glacial”. Huxley, 1973, p. 57.

(93) “El inmediato y definitivo acontecimiento en la larga serie que culminó con la aniquilación del párroco, fue una inocente pero pesada broma. Proyectada por un conjunto de monjas jóvenes en combinación con sus alumnas mayores y con la intención de amedrentar a las más pequeñas; la broma consistió en un espectáculo de aparecidos y duendes”. Huxley, 1973, p. 57. Michelet, 1862, p. 160. Todo comenzó la noche del 21 al 22 de septiembre de 1632. Bourret, 2016, p. 15.

(94) Huxley, 1973, p. 57. National Geographic, 2016. También veían “una bola negra”. Bourret, 2016, p. 15. González-Sanz, 2016, p. 56.

(95) Huxley, 1973, p. 57. National Geographic, 2016.

(96) Huxley, 1973, p. 57. Michelet, 1862, p. 160.

(97) Vásquez, 2012, p. 2. “Mignon se dio cuenta de que alquel caso típico de miedo e histeria podía utilizarse para sus designios”. National Geographic, 2016. “Sentado en su banco del confesonario, el canónigo Mignon se fue enterando de muchas cosas: de íncubos dentro de las celdas, de espíritus deambulando por los dormitorios, de bromistas que se paseaban por los desvanes. En fin, lo supo todo: había alboreado una luz de verdad y parecía apuntar sobre aquellos hechos el dedo de la Providencia. Los episodios que acontecían allí actuaban como conjugados a conseguir entre todos ellos un resultado bueno; él también colaboraría. Con tales propósitos, lo primero que hizo fue una severa reconvención a las bromistas, al propio tiempo que les ordenó que no dijesen nada a nadie de sus jugarretas”. Huxley, 1973, p. 57.

(98) Mira Benavent, 2014, p. 10. Vásquez, 2012, p. 2. “… se preocupó de infundir un nuevo terror en el alma de aquellas pobres víctimas, burladas con tal patraña, diciéndoles que lo que estaban tomando por simples aparecidos eran probablemente demonios. Y desde luego, lo mismo a la madre superiora que a las hermanas visionarias las confirmó en sus respectivas alucinaciones, asegurándoles que los nocturnos visitantes eran real y manifiestamente satánicos”. Huxley, 1973, p. 57.

(99) “Después de haber dispuesto así su plan se dirigió a la casa de campo del señor Trincant, en Puydardane, a una legua de la ciudad, en compañía de cuatro o cinco de los más influyentes enemigos del párroco. Allí, ante el consejo de guerra, hizo un relato de lo que estaba aconteciendo en el convento y trató de demostrar cómo podía explotarse una situación como aquélla en detrimento de Grandier. Se discutió la cuestión y se dispuso un plan de campaña completo, con sus armas secretas, su guerra psicológica y un servicio sobrenatural de inteligencia. Aprobado el plan, los conspiradores se despidieron animados del mayor optimismo”. Huxley, 1973, pp. 57-58. La posesión de Loudun “fue fingida, como también la magia de Grandier; todo fraguado por los enemigos de aquel pobre eclesiástico, y fomentado por la política diabólica de varios sujetos que autorizaron la calumnia por conciliarse la gracia de un ministro alto, furiosamente dominado de una pasión vengativa”. Roa, 1974, pp. 308-309.

(100) Vásquez, 2012, pp. 2-3. “La gestión inmediata de Mignon fue la de ir a visitar a los carmelitas. Lo que él necesitaba era un exorcista. (…) Con gran placer el padre prior le proporcionó, no uno sino tres: el padre Eusèbe de Saint-Michel, Pierre Thomas de Saint-Charles y Antonin de la Charité. Con Mignon se pusieron a trabajar sin demora y alcanzaron tanto éxito en sus operaciones que en muy pocos días todas las monjas, excepto dos o tres de las más viejas, recibían las visitas nocturnas del párroco”. Huxley, 1973, p. 58. Todo comenzó en octubre de 1632. Bourret, 2016, p. 16. Christie, 2012, p. 191. “… las visiones evolucionan hasta tomar forma humana. Más en concreto, la figura de un sacerdote de Loudun: Urbain Grandier”. González-Sanz, 2016, p. 56.

(101) Vásquez, 2012, p. 3. “Al poco tiempo comenzaron a correr rumores sobre los fantasmas del convento y, en un abrir y cerrar de ojos, ya fue comidilla de todos la extraordinaria noticia de que las santas hermanas iban siendo poseídas, noche tras noche, por íncubos satánicos, con el aditamento de que estos demonios cargaban la culpa de todas aquellas incidencias sobre las espaldas de Grandier”. Huxley, 1973, p. 58. Para comprender el enorme impacto que tuvo algo así, hay que tener en cuenta que “el concepto de brujería diabólica que surgió a finales de la Edad Media incorporaba elementos cruciales de tradiciones populares folklóricas milenarias, y se fusionaron con otras creencias más formales y eruditas, creando una construcción cultural dotada de un impresionante poder de evocación”. Amelang, 2008, p. 40. “… pronto se señala a Grandier como el instrumento con que el Diablo ha penetrado en la villa”. González-Sanz, 2016, p. 56.

(102) “Como se puede imaginar, los protestantes reventaban de alegría. Que un sacerdote papista se hubiese confabulado con Satanás para pervertir a todo un convento de ursulinas era algo tan inaudito que casi les consolaba de la pérdida de La Rochelle. Por lo que respecta al propio párroco, no hizo otra cosa que encogerse de hombros. Después de todo, él no había puesto nunca sus ojos ni sobre la madre superiora ni sobre sus monjas histéricas. Lo que pudieran decir aquellas mujeres salidas de sí, no era sino producto de su propio estado morboso: una cerrada y tenebrosa melancolía mezclada con un toque de furor uterinus. Privadas de los hombres, las pobres chicas necesitaban soñar con algún íncubo”. Huxley, 1973, p. 58.

(103) Bourret, 2016, p. 16. “… la tarea de exorcizar a todos aquellos demonios era tan grande y tan penosa que, después de algunos meses de heroica lucha con los entes de Satanás, el canónigo se vio obligado a demandar refuerzos. El primero en ser llamado fue Pierre Rangier, el párroco de Veniers, hombre que debía su extraordinaria influencia en la diócesis y su universal impopularidad al hecho de haber actuado como espía y agente secreto del obispo. Actuando Rangier como exorcista, el canónigo estaba seguro de que en las altas esferas no se caería en el escepticismo. La victoria sobre los malos espíritus sería oficial y ortodoxa. A la colaboración de Rangier se sumó la de otro sacerdote de muy diferente cuño: era Barré, párroco de Santiago, iglesia de la vecina ciudad de Chinon y uno de esos cristianos negativos para quienes el demonio es incomparablemente más real y hasta más interesante que Dios mismo. Veía huellas de pezuñas por todas partes. Reconocía la presencia de Satán en cuantas cosas desastrosas sucedían y también en los hechos placenteros que hacían amable la vida: nada le producía tanto gozo como tener una agarrada con Belial o Belcebú, y por esa razón se pasaba la vida fabricando y exorcizando demonios. Gracias a él, Chinon estaba repleta de muchachas delirantes, de vacas embrujadas, de maridos impotentes a causa de los malévolos encantamientos de algún hechicero. En su parroquia nadie podía quejarse de que la vida careciera de interés; con el párroco y con el demonio allí, no había un solo instante para aburrirse”. Huxley, 1973, p. 58.

(104) Bourret, 2016, pp. 25-26. “La invitación de Mignon fue aceptada inmediatamente. Pocos días después Barré aparecía, procedente de Chinon, a la cabeza de una procesión muy nutrida de sus feligreses más fanáticos. Con gran disgusto se enteró de que los exorcismos se habían llevado a cabo a puerta cerrada. —‘¡Vaya una idea! ¡Encerrar la luz en el cajón del arca! ¿Por qué no dar a la gente la posibilidad de que pueda iluminarse?’. Las puertas de la capilla de las ursulinas fueron abiertas de par en par. El populacho pudo entrar como quiso”. Huxley, 1973, p. 58. “Se celebraron varias sesiones al efecto, al principio en privado y luego ante un público ansioso de sensaciones nuevas. En la capilla del convento, las monjas eran colocadas en camas y, tras los primeros requerimientos del sacerdote, entraban en trance y hacían que el demonio hablara por ellas”. National Geographic, 2016. “… los exorcismos se llevaron a cabo públicamente y cada día asistían miles de personas como si de un espectáculo se tratase”. Álvarez, 2017. “Michel De Certeau define esta posesión demoniaca como ‘un teatro, un espacio donde se producen, se enfrentan, se gesticulan y se verbalizan las tendencias de todo tipo; se trata dice de un gran proceso público; entre la ciencia y la religión, sobre lo cierto y lo incierto, sobre la razón, lo sobrenatural’”. Muñoz Sereño, 2012, p. 26.

(105) “A su tercer intento Barré consiguió que la madre superiora fuese atacada por intensas convulsiones. «Despojada de sentido y de razón». La hermana Juana cayó rodando por el suelo. Fue grande el regocijo de los espectadores, en especial cuando le vieron las piernas. Por fin, después de muchas violentas contorsiones, vejaciones, alaridos y rechinar de dientes con tanta furia que dos se le rompieron en la misma boca, el demonio obedeció la orden de dejar en paz a su víctima. La priora había quedado hecha una piltrafa. Barré secó el sudor de su frente. Y ahora les tocaban sus turnos respectivos al canónigo Mignon con sor Claire de Sazilly, al padre Eusèbe con la hermana seglar, a Rangier con la hermana Gabrielle de la Encarnación. Al terminar el día concluyó la función. La multitud de espectadores se apiñaba fuera, bajo la luz del crepúsculo otoñal. Todos estuvieron de acuerdo en afirmar que desde aquellos días en que unos acróbatas trashumantes habían llegado de lejos con sus dos enanos, sus osos amaestrados y sus bailarines, jamás había gozado el pobre y viejo pueblo de Loudun de un espectáculo semejante. Y, además, completamente gratuito, pues nadie tuvo que echar la más insignificante moneda en la talega como cuando se pasa la ronda y, si alguien daba algo, un cuarto de penique sonaba allí con tanta música como una moneda de plata”. Huxley, 1973, pp. 58-59. Para saber más sobre el espectáculo de “las poseídas”: De Certeau, 2012, pp. 101-126.

(106) “Al cabo de dos días, el 8 de octubre de 1632, Barré alcanzó su primera gran victoria fulminando a Asmodeo, uno de los siete diablos que habían tomado posesión del cuerpo de la priora. Hablando por boca de la endemoniada, Asmodeo reveló que se hallaba atrincherado en el bajo vientre de sor Juana. Barré luchó a brazo partido con él durante más de dos horas. Las enfáticas frases del latín retumbaron altisonantes una y otra vez”. Huxley, 1973, p. 59. “Mignon y Barré le aseguraron que se hallaba plagada de demonios y que en los delirios, inducida por los exorcismos, ella misma había declarado otro tanto. Pero ella no tenía aún la impresión de estar poseída por los siete demonios (seis, después de la evasión de Asmodeo) que se suponía se hallaban desparramados por su desmedrado cuerpo (…). Los arrebatos de humillación y de sensualidad alucinatoria eran provocados intencionalmente en una mujer que ya empezaba a tener por sí misma, la sensación de sus inclinaciones sexuales, que se daba cuenta que había cometido un error entrando a un convento en lugar de haberse casado y crear una familia”. Huxley, 1973, p. 61. National Geographic, 2016. “En realidad se puede decir en un juego de palabras que los demonios implicados eran legión, pues aparte de los citados las ursulinas dieron los nombres de Astaroth, Gresil, Amand, Leviatán, Behemoth, Beherie, Easas, Celsus, Acaos, Cedón, Neftalí, Cham, Ureil y Achas”. Álvarez, 2017.

(107) “En efecto, el 11 de octubre el párroco de Veniers, Fierre Rangier, fue enviado al despacho del señor Cerisay, primer magistrado de la ciudad. En misión muy especial, le presentó un informe de todo aquello que había ocurrido, e invitaba al bailli y a su lugarteniente Louis Chauvet, a que fuesen al lugar de los acontecimientos y se cerciorasen por sí mismos. Aceptada la invitación, aquella misma tarde los dos magistrados, acompañados por el secretario, se presentaron en el convento, donde fueron recibidos por Barré y el canónigo Mignon”. Huxley, 1973, p. 62. Bourret, 2016, p. 17.

(108) “A la vista del bailli y su lugarteniente, la priora (como consta en las actas hechas por el secretario del señor magistrado) «comenzó a hacer violentos movimientos y a lanzar unos gritos que remedaban los gruñidos de un cochinillo, para meterse en seguida debajo de los cobertores. Rechinaron sus dientes y vimos cómo hacía unas contorsiones tales que no hay criatura con sentido que pueda hacerlas. A su derecha había un carmelita y a su izquierda el susodicho Mignon, quien le metió el índice y el pulgar en la boca y realizó los exorcismos y conjuros en presencia nuestra»”. Huxley, 1973, p. 62. National Geographic, 2016.

(109) “En el curso de estos exorcismos y conjuraciones quedó patentizado que sor Juana había sido poseída, materialmente, por la interacción de dos «pactos» diabólicos irrefutablemente comprobados: el primero, por tres pinchos de oxiacanto; el segundo, por un ramo de rosas que había encontrado en la escalera y guardado dentro del corsé, «por lo cual su brazo derecho quedó atacado de un gran temblor y ella sometida a la influencia del recuerdo de Grandier durante todo el tiempo que duraban sus oraciones, pues su mente era incapaz de representación alguna que no fuera la imagen del párroco grabada en lo más profundo de su espíritu»”. Huxley, 1973, p. 63.

(110) Nombró a “Urbano, sacerdote de la Iglesia de San Pedro”.Huxley, 1973, p. 63. Bourret, 2016, p. 17. National Geographic, 2016.

(111) Algarabel, 2014, p. 133. Black, 2012, p. 33. “Al considerar los acontecimientos que ocurrieron en Loudun, debemos distinguir con claridad entre aquellos actos de posesión por los demonios, sostenidos por las monjas, y la alegada causa de aquella posesión: las artes mágicas empleadas por Grandier”. Huxley, 1973, p. 70. Desde la Edad Moderna, la posesión demoníaca se percibió como conectada directamente a la brujería. Golovacheva, 2005, p. 194. “… se mezclan el pacto y la posesión, la palabra de la bruja y la palabra demoníaca”. Hotton, 2011, p. 285.

(112) “Una vez terminado el exorcismo, Mignon se llevó al bailli aparte y, en presencia del canónigo Rousseau y del señor Chauvet hizo notar que el presente caso ofrecía muchas semejanzas con el de Louis Gauffridy, el sacerdote provenzal que hacía veinte años había sido quemado vivo por hechicero y corruptor de las ursulinas de Marsella. Con la mención de la condena de Gauffridy, el caso cobraba nuevas perspectivas. La estrategia de la campaña contra el párroco quedaba claramente establecida. Había que acusarlo de brujo y hechicero y llevarlo a juicio. Si era absuelto, quedaría infamado para siempre. Si era condenado, tendría su merecido”. Huxley, 1973, p. 63.

(113)  Huxley, 1973, p. 65.

(114) Huxley, 1973, p. 65.

(115) Huxley, 1973, p. 65.

(116) Vásquez, 2012, p. 4. “En 1634, por supuesto, la gente más culta ponía en cuarentena aquello de la posesión de las monjas: en realidad estaban convencidos de la inocencia de Grandier y se sentían escandalizados y disgustados por el alevoso procedimiento con que se iba desarrollando el juicio. (…) En realidad, el rey y la reina eran crédulos fervientes. Ahora bien, sus cortesanos no lo eran. De las personas de calidad que iban a presenciar los exorcismos, muy pocos creían en la autenticidad de la posesión, y si la posesión no tenía realidad, entonces Grandier no podía ser culpable. La mayoría de los médicos que hicieron las visitas oportunas se fueron con la convicción de que los casos que estudiaron eran naturales. Ménage, Théophraste Renaudot, Ismaël Bouilliau, todos los hombres de letras que escribieron a propósito de Grandier después de su muerte, defendieron con firmeza su inocencia. La mayor parte de la gente crédula estaba formada por las grandes masas de católicos incultos”. Huxley, 1973, p. 70. Para conocer el punto de vista de la medicina: De Certeau, 2012, pp. 127-138. Muñoz Sereño, 2012, pp. 26-27. Ver Griguer, 1992.

(117) “… entre el alto clero la opinión se hallaba muy dividida. El arzobispo de Burdeos estaba convencido de que Grandier era inocente y que las monjas sufrían de algo así como una combinación de canónigo Mignon y furor uterinus. El obispo de Poitiers, por otra parte, tenía el convencimiento de que las monjas se hallaban realmente poseídas y que Grandier era brujo. (…) Richelieu se manifestaba, en algunos escritos, absolutamente escéptico; en otros, aparecía con la fe del carbonero”. Huxley, 1973, pp. 70-71.

(118) “Las investigaciones preliminares del señor de Cerisay – ver (107) – le habían convencido de que no había realmente posesión, sino únicamente morbosidad, la cual daba origen a alguna superchería sin importancia mayor por parte de las monjas, y también a su buena porción de astucia por parte del canónigo Mignon (…). Grandier había hecho un viaje a Poitiers para apelar ante el Obispo. Cuando llegó para presentar su apelación, el Obispo se hallaba indispuesto y no pudo hacer otra cosa que enviarle un mensaje por medio de su capellán (…). El párroco regresó a Loudun e inmediatamente recurrió al bailli, solicitando una orden restrictiva contra Mignon y sus cómplices. De Cerisay expidió en el acto un requerimiento prohibiendo a toda persona, fuese del rango o calidad que fuese, inferir agravio o difamación al susodicho párroco de San Pedro. Al mismo tiempo, se daba orden expresa a Mignon de no hacer más exorcismos. El canónigo replicó que él era responsable solamente ante sus superiores eclesiásticos y que, por lo tanto, no reconocía la autoridad del bailli en un asunto que, por aludir al demonio, era cosa enteramente espiritual”. Huxley, 1973, p. 73. Michelet, 1862, p. 161.

(119) “En noviembre Barré regresó a Chinon. Pero la influencia que ejercía en el convento era grande: los síntomas de cada una de las monjas se manifestaban, todavía, con mayor intensidad. El convento se había convertido en un manicomio”. Huxley, 1973, p. 73.

(120) “El cirujano Mannoury y el boticario Adam dieron la voz de alarma y llamaron a consulta a los médicos más eminentes de la ciudad. Acudieron a la cita y, después de examinar a las monjitas, elaboraron un informe escrito que enviaron al bailli. Las conclusiones eran éstas: «Las monjas, realmente, son víctimas de alucinaciones, pero no consideramos que esas alucinaciones se deban a intervención de los demonios y los espíritus…». «La posesión de que se ha hablado nos parece más ilusoria que real». El informe resultó satisfactorio para la mayoría, menos para los exorcistas y los enemigos de Grandier”. Huxley, 1973, pp. 73-74.

Las posesas de Loudun sufrían delirios alucinatorios “donde la vanidad sexual y la necesidad de cariño jugaron un vivo papel”. Roa, 1974, p. 20.

(121) “Aquella farsa continuó diariamente hasta mediados de diciembre, momento en que el señor Sourdis llegó muy oportunamente, para establecerse en la abadía de Saint-Jouin-des-Marnes. Oficiosamente por medio de Grandier y oficialmente por el señor de Cerisay, el Arzobispo fue informado de lo que acontecía y se le rogó que interviniese en el asunto. El señor Sourdis envió, sin demora, a su médico personal, a fin de que hiciese una investigación. Las monjas, sabiendo que el médico era un hombre que no toleraría histerismos ni cosa parecida y que su superior, el Metropolitano, era francamente escéptico tratándose de hechicerías, quedaron sobrecogidas de temor y se comportaron como un inocente rebaño de ovejas mientras duró la investigación. No apareció por ninguna parte el menor indicio de «posesión»”. Huxley, 1973, p. 74. Álvarez, 2017.

(122) “… en los últimos días de diciembre de 1632, el Arzobispo dio a conocer la siguiente disposición: que desde ese momento el canónigo Mignon debía abstenerse de efectuar ningún exorcismo y que, además, Barré no podría realizarlos si no lo hacía en compañía de los exorcistas señalados por el Metropolitano: un jesuita de Poitiers y un padre del Oratorio de Tours. Nadie más podría tomar parte en los exorcismos. La prohibición fue casi innecesaria, ya que durante varios meses no apareció demonio alguno al que hubiera que exorcizar”. Huxley, 1973, p. 74. Michelet, 1862, p. 161.

(123) “Todos: los padres de sus alumnas, las piadosas damas de la ciudad, los curiosos de todas las novedades y hasta sus parientes. Sí… sí… ¡Hasta sus parientes! Porque ahora que habían dejado de estar poseídas, ahora que, en opinión del Arzobispo eran impostoras o víctimas de la melancolía y de una forzada continencia… ahora habían puesto en entredicho y afrentado a sus familias y, por tal motivo, las desautorizaron y repudiaron, dejando de hacer efectivas las pensiones que tenían asignadas”. Huxley, 1973, p. 75.

(124) Ver (54), (55) y (56).

(125) Brach, 2016, p. 12. Legué, 1880, pp. 141-166. En el otoño de 1633 “El Rey había cambiado de opinión con respecto a la conservación de la fortaleza y el señor de Laubardemont – ver (50) y (56) – era nuevamente huésped de «El Cisne y la Cruz». Mesmin de Silly y los demás partidarios del cardenal estaban rebosantes de alegría. D’Armagnac había perdido la partida; el castillo fue condenado a ser enteramente demolido. El último problema era deshacerse del insoportable párroco Grandier”. Huxley, 1973, p. 75.

(126) “Mesmin – ver (125) –, en su primera entrevista con el comisionado del Rey, planteó el asunto de las monjas posesas. Laubardemont le escuchó atentamente (…). Al día siguiente, se presentó en el convento de la calle Paquín. El canónigo Mignon le confirmó el relato que Mesmin le había hecho; lo mismo hicieron la madre superiora, la parienta del Cardenal, hermana Claire de Sazilly y las dos cuñadas del propio Laubardemont, las señoritas de Dampierre. Los cuerpos de todas aquellas buenas hermanitas habían sido esclavizados por los espíritus del mal, los espíritus habían señoreado en ellos por arte de magia y el mágico hechicero no era otro que Urbain Grandier. Por lo tanto, como todas esas verdades habían sido atestiguadas por los propios demonios, no había la menor duda a ese respecto. El Arzobispo afirmó que no había tal posesión en las monjas, dejándolas difamadas a los ojos del mundo. Era una monstruosa injusticia, por eso solicitaban al señor de Laubardemont que hiciera uso de su influencia sobre Su Eminencia y Su Majestad, a fin de conseguir algún apoyo y alivio”. Huxley, 1973, p. 75.

(127) “… la ciudad de Loudun se vio honrada con la visita de un personaje altamente distinguido: Henri de Condé (…) en aquel momento, en que la posición de Richelieu parecía inexpugnable, se había convertido en el mayor adulador de Su Eminencia. Una vez informado del episodio de las monjas poseídas y los demonios posesores, el eminente príncipe no perdió un segundo en expresar su deseo de ver las cosas por sí mismo. Las únicas personas a quienes les resultó grato el complacerle, fueron el canónigo Mignon y las pobres ursulinas. Acompañado por Laubardemont y por un numeroso séquito, Condé promovió gran revuelo en el convento”. Huxley, 1973, p. 75.

(128) Mignon recibió a Henri de Condé en el convento, y celebraron una misa. “Las monjas se mantuvieron en la más perfecta compostura a lo largo de casi toda la misa, pero al llegar a la Comunión tanto la Madre Superiora como la hermana Claire y la hermana Agnès fueron presa de convulsivas contorsiones y rodaron por el suelo bramando obscenidades y blasfemias. Las demás no hicieron otra cosa que seguir el camino de las primeras, con gran asombro de la iglesia entera que no sabía si contemplaban una danza primitiva o una escena de auténtico burdel. El príncipe, ante la experiencia que acababa de contemplar, hubo de afirmar, plenamente convencido, que toda duda era imposible y apremió a Laubardemont para que escribiese al Cardenal informándole sobre lo que allí sucedía”. Huxley, 1973, pp. 75-76.

(129) “Para provocar al excesivamente precavido señor de Laubardemont, los enemigos del párroco lanzaron una nueva acusación. Grandier (…) también era el autor de un violento y obsceno ataque contra el Cardenal publicado hacía seis años, en 1627, con el título de Lettre de la Cordonnière de Loudun. Podría asegurarse que Grandier no escribió ese libelo pero, puesto que era amigo y corresponsal de la mujer del zapatero remendón a la cual éste se refería y puesto que era casi seguro que ella había sido su amante, no dejaba de ser posible pensar que él lo hubiera escrito (…)”. Fue Trincant – el fiscal y padre de Philippe – quien lo acusó. Huxley, 1973, p. 76.

(130) “Sólo por haber hecho la impresión de la Cordonnière – ver (130) –, un infeliz industrial fue enviado a galeras. Y si ese hombre fue atrapado y metido en prisión, ¿qué se podría esperar que hicieran con el autor del escrito?”. Huxley, 1973, p. 76. “Entre 1620 y 1630 los juicios contra los hechiceros eran cosa frecuente. De cuantas personas fueron acusadas en aquella época de tener tratos con el demonio, fue Grandier la única sobre cuyo caso mantuvo Richelieu un vivo y permanente interés. (…) Parece que el deseo de venganza personal es un motivo probable”. Huxley, 1973, p. 77. De Richelieu “presumieron algunos estaba algo empeñado en persuadir al mundo que la posesión de las religiosas era verdadera, para que el crimen del maleficio recayese sobre Urbano Grandier, cura y canónigo de Loudun, contra quien el cardenal estaba muy irritado”. Roa, 1974, p. 308.

(131) Huxley, 1973, pp. 76-77. Legué, 1880, pp. 191-203. “Laubardemont recuperó la acusación de brujería, recogió información y acudió a París a informar a Richelieu”. National Geographic, 2016. “Si alguna duda tenía Richelieu, que aún recordaba el desaire sobre la fortaleza, quedó extinguida cuando le mostraron un pasquín satírico contra él que habría escrito el párroco. Además el ministro de Luis XIII tenía una motivación extra porque una de las monjas de Loudun, la hermana Claire, era de su familia, así que formó una Comisión Real encabezada por Laubardemont que debía desplazarse hasta allí, investigar el caso y arrestar a Grandier por hechicería”. Álvarez, 2017. “El caso Grandier se presenta ante Laubardemont como la excusa perfecta para matar dos pájaros de un tiro. Al mismo tiempo que le permite arrancar de manos de la Iglesia una presa que parecía tener las mejores características para ser juzgada por los inquisidores, le ofrece la ocasión de imponerse a los señores locales de Loudun, Poitiers y todos los alrededores. Así, «para defender a la vez la disciplina real, el respeto al poder y la reforma del clero, [Laubardemont] intenta dar ejemplo. Grandier es el precio de una política»”. González-Sanz, 2016, p. 60.

(132) Legué, 1880, pp. 204-228. “Así, el día señalado, 30 de noviembre de 1633, el Rey, el Cardenal, el padre Joseph, el Secretario de Estado, el Canciller y Laubardemont se reunieron en Ruel. El primer tema tratado en aquel Consejo, fue el de la posesión de las ursulinas de Loudun. Brevemente, pero no sin cierta fantasía, Laubardemont hizo el relato de toda aquella historia. Luis XIII, que creía firmemente y con verdadero terror en los demonios, decidió que había que tomar una resolución con respecto a aquel asunto. Se redactó un documento que fue firmado por el Rey, visado por el Secretario de Estado y sellado con cera amarilla con el Gran Sello. Según los términos del documento, Laubardemont quedaba comisionado para trasladarse a Loudun, investigar los hechos de la posesión demoníaca, examinar las acusaciones proferidas por los demonios contra Grandier y, si se consideraba que esas acusaciones tenían fundamento, someter a proceso judicial al hechicero”. Huxley, 1973, p. 77.

(133) “Laubardemont no perdió el tiempo. Hacia el 6 de diciembre volvió de nuevo a Loudun. Desde una casa de los suburbios mandó recado secreto de su presencia allí al fiscal y al Jefe de la policía, Guillaume Aubin. Uno y otro se presentaron ante él. Laubardemont les hizo saber el objeto de su misión y les mostró una orden real para el arresto de Grandier. Aubin, que siempre había estimado al párroco, envió un mensaje a Grandier aquella misma noche dándole cuenta del regreso de Laubardemont e instándole a la huida sin demora alguna. Grandier le agradeció aquel aviso, pero pensando ingenuamente que la inocencia no tiene nada que temer, no dio importancia al consejo de su amigo. A la mañana siguiente, camino de la iglesia, fue detenido, Mesmin, Trincant, Mignon, Menuau, el boticario, el cirujano, todos ellos, sin importarles lo intempestivo de la hora, estaban atentos para no perderse aquel gustazo”. Huxley, 1973, p. 78. National Geographic, 2016. “Laubardemont llegó el 6 de diciembre de 1633. Con él vino el terror. Traía poderes ilimitados. Era el rey en persona. Traía toda la fuerza del reino: un mazo atroz para deshacer a una mosca. Los magistrados se indignaron, el teniente civil previno a Grandier que sería arrestado al día siguiente. Pero Grandier no prestó atención y se dejó detener”. Michelet, 1862, p. 164. De Certeau, 2012, pp. 93-100. Figuier, 2005, pp. 39-56.

(134) Huxley, 1973, p. 78.

(135) “En el Tratado sobre el celibato de los sacerdotes y en el libelo contra el Cardenal ya tenía la más completa justificación, no tan solo para colgarle de una soga, sino para torturarlo y quemarlo vivo en la hoguera. Y la investigación había proporcionado otros hallazgos. Estaban todas las cartas que había escrito Jean d’Armagnac dirigidas al párroco, cartas que podían ser manejadas muy fácilmente como instrumentos para enviar al favorito del Rey al exilio o al propio patíbulo; allí estaban también las absoluciones otorgadas por el Arzobispo de Burdeos. (…) Las semanas siguientes fueron un verdadero rosario de rencores legalizados, una verdadera orgía de inquinas y de envidia, de perjurios consagrados por la Iglesia. La Iglesia no sólo no los reprimía, sino que oficialmente los premiaba”. Huxley, 1973, p. 78.

(136) “El litigio de 1630 salió nuevamente a juicio y todos los testigos que habían confesado su perjurio juraban ahora que aquellas presuntas mentiras de las cuales se habían retractado eran tan verdad como el mismísimo evangelio. En las audiencias preliminares, con las que se dio comienzo a esta nueva acometida, Grandier no estaba ni presente ni representado por ningún letrado. Laubardemont no permitió que se plantease la cuestión de la defensa. (…) En el mes de marzo Richelieu planteó la cuestión ante el Consejo de Estado. (…) Como era sabido, a Luis XIII se le convencía fácilmente. (…) Con la firma y el sello del Rey, quedaba decretado que «sin tener en cuenta la apelación elevada al Parlamento y que Su Majestad por la presente anula, el señor Laubardemont continuará la acción iniciada contra Grandier (…)». Situado por encima de la misma ley y armado de poderes sin límite, el agente del Cardenal regresó a Loudun a principios de abril (…) fue puesto a disposición del regio comisionado el desván de una casa que pertenecía al canónigo Mignon. Para poner aquella improvisada prisión a seguro contra el demonio, Laubardemont había mandado tapiar las ventanas y colocar en la puerta una nueva cerradura dotada de fuertes cerrojos y cerrar la chimenea (que suele ser el postigo de salida y entrada de brujos y brujas) con gruesas y rechinantes planchas de hierro. Bajo escolta militar Grandier fue conducido a Loudun y encerrado en esa oscura celda, carente de ventilación. No tenía cama y hubo de dormir, lo mismo que una alimaña, sobre un montón de paja. Sus carceleros fueron un tal Bontemps, que había actuado como testigo falso contra él en 1630 y su consorte, malhumorada y gruñona. Durante su larga estancia allí, uno y otra le trataron con despiadada malignidad”. Huxley, 1973, pp. 78-79. Michelet, 1862, p. 164.

(137) “Los mesones y las casas de huéspedes se llenaban a reventar (…) las ursulinas se iban haciendo cada vez más ricas; no sólo recibían un subsidio regular del tesoro real y las limosnas de los fieles, sino también las espléndidas gratificaciones que les dejaban turistas de alto rango para los cuales se procuraba alcanzar algún beneficio especial y milagroso”. Huxley, 1973, p. 79.

(138) “Algunos hechiceros, como es sabido, tienen tetillas adicionales; otros al simple contacto del dedo de un demonio, quedan afectados de insensibilidad en una o más pequeñas zonas del cuerpo en las cuales el pinchazo de una aguja no les produce dolor ni promueve derrame alguno de sangre. Grandier no tenía ni pezones ni tetas extra; ergo debía de llevar en alguna otra parte de su persona esas señales especiales por medio de las cuales pone su rúbrica el diablo. (…) No más tarde del 26 de abril la priora había dado la respuesta. Tenía cinco marcas en total: una en la espalda, en el sitio mismo donde son marcados con hierro candente los criminales; dos más en las nalgas, muy cerca del ano, y una en cada testículo”. Huxley, 1973, p. 81. Hotton, 2011, p. 343. National Geographic, 2016.

(139) Michelet, 1862, p. 164. “Grandier fue despojado de sus ropas, afeitado todo su cuerpo, vendados sus ojos y sistemáticamente pinchado hasta el mismo hueso con un estilete largo (…). El dolor era terrible y los alaridos del preso se oían a través de las ventanas, no obstante hallarse tapiadas. (…) debido a la gran dificultad de localizar las pequeñas áreas de insensibilidad, solamente fueron descubiertas dos de las cinco que señaló la madre priora. Para Laubandemont, sin embargo, aquellas dos eran más que suficientes (…). Después de una serie de pinchazos de agonía, invertía el estilete y presionaba fuertemente contra la carne del párroco con la extremidad roma. Si por arte milagrosa no sentía dolor, era que el demonio había señalado el lugar preciso (…). Laubardemont ya se sentía capaz de anunciar que la ciencia había corroborado las revelaciones del demonio”. Huxley, 1973, p. 81. National Geographic, 2016. “Le afeitaron el cuerpo en busca de marcas diabólicas y se anunció su hallazgo, acallando las protestas del médico y el boticario que aseguraban que no habían visto ninguna”. Álvarez, 2017.

(140) “Para dar a la culpabilidad del párroco mayores visos de verdad los exorcistas exhibieron una colección de «pactos» que habían aparecido misteriosamente en las celdas o que habían sido vomitados, por ser indigestos, en el trance de un paroxismo. Fueron aquellos pactos los medios por los cuales las pobres hermanitas habían sido hechizadas y lo estaban todavía. (…) Juana de los Ángeles, la pieza principal de todo aquello. El 17 de junio, en tanto que era poseída por Leviatán, vomitó el documento de un pacto con sus demonios que contenía, además de un pedazo de corazón de un niño sacrificado en 1631 en el Sabbath de los hechiceros celebrado cerca de Orleans, las cenizas de una hostia consagrada, algunas gotas de sangre y de semen de Grandier”. Huxley, 1973, p. 81. “… el padre Gault obtuvo del demonio Asmodeo la confesión de que había alcanzado un acuerdo con Grandier, quien firmó con su propia sangre el documento. Y en un golpe de efecto, mostró el papel a todos. Siglos después se demostró que la letra era de la superiora pero entonces fue el clavo que remachó el ataúd del párroco junto con el descubrimiento y divulgación de aquel tratado contra el celibato”. Álvarez, 2017.

(141) Huxley, 1973, pp. 90-100. Michelet, 1862, p. 165. “… se dirigió a ellas en griego, pues un signo de posesión diabólica era hablar lenguas desconocidas; pero seguramente se había previsto algo así y le respondieron que el pacto con el Maligno implicaba no usar ese idioma, al igual que prohibía otra manifestación típica como levitar”. Álvarez, 2017.

(142) Michelet, 1862, pp. 165-166. “… el 26 de junio la hermana Claire ya se había quejado del modo como la habían tratado los exorcistas. El 3 de julio, hallándose en la capilla del castillo, rompió de pronto en un mar de lágrimas y entre sollozos declaró que todo lo que había dicho acerca de Grandier durante las últimas semanas no era más que una sarta de mentiras y calumnias y que en todo aquel asunto había obrado siguiendo las órdenes del padre Lactance, del canónigo Mignon y de los padres carmelitas. Cuatro días después, en un todavía salvaje impulso de remordimiento y de rebelión trató de huir de aquel encierro, mas tan pronto como salió de la iglesia fue capturada y reducida después de grandes forcejeos y vuelta a llevar anegada en llanto a presencia de los buenos padres, sus protectores. Animada por el ejemplo de sor Claire, la hermana Agnes (…) apeló a los espectadores que habían ido a verla cómo enseñaba sus ya familiares piernas, suplicando con lágrimas en los ojos la liberasen del horrible cautiverio en que la tenían los exorcistas. Pero los exorcistas eran los que siempre y en todas las ocasiones tenían la última palabra. Las súplicas de la hermana Agnes, el intento de fuga de la hermana Claire, sus retractaciones y escrúpulos de conciencia, todo eso, era obvio que no podía significar otra cosa que una faena muy particular y muy propia del gran señor y protector de Grandier, es decir: el propio diablo. Si una monja se retractaba de lo que había dicho contra el párroco, eso era prueba positiva de que Satanás hablaba por su boca y, por lo tanto, de que lo que ella había afirmado antes era la verdad auténtica”. Huxley, 1973, p. 100.

(143) “La cosa había ido demasiado lejos y alguna monja se echó atrás en sus acusaciones, incluyendo a la propia Jeanne de Anges, que acudió al juicio con una soga al cuello advirtiendo de que se ahorcaría si no escuchaban su retractación. Pero se dijo que era una argucia del Diablo para salvar a su acólito y el proceso continuó con la amenaza de arrestar y embargar a cualquiera que testificase a favor de Grandier”. Álvarez, 2017. “Uno de los jueces escribió un sumario de las acusaciones por las cuales fue condenado Grandier. En el sexto párrafo de ese documento podemos leer lo siguiente: «De todos aquellos eventos que atormentaron a las pobres monjas, ninguno aparece más extraño que lo que le aconteció a la madre superiora. El día después de la prueba a que hubo de someterse, mientras el señor de Laubardemont tomaba declaración a otra monja, la priora apareció en el patio del convento, sin más vestido que la camisa y permaneció en tal atuendo y lugar por espacio de cuatro horas, aguantando la lluvia, sin nada en la cabeza, con una soga alrededor del cuello y una vela en la mano. Cuando abrieron el locutorio se abalanzó hacia la puerta y, cayendo de rodillas delante del señor de Laubardemont, declaró que había ido a enmendar las ofensas en que había incurrido acusando al inocente párroco Grandier. Después de lo cual se retiró de allí, se fue al jardín, amarró la soga a un árbol y se hubiera ahorcado ella misma si las otras monjas no hubieran acudido corriendo para impedir su suicidio»”. Para Laubardemont “todas aquellas manifestaciones de contrición eran obra exclusiva de Balaam o Leviatán, que actuaban a tenor de los encantamientos del hechicero”. Huxley, 1973, p. 100.

(144) Huxley, 1973, p. 100.

(145) “El Cardenal había ido tan lejos en sus designios que ya no cabía pensar en que pudiera permitir que se diese marcha atrás”. Huxley, 1973, p. 101.

(146) “Retractándose de lo que habían dicho de Grandier tenían que condenarse ellas mismas, no sólo en este mundo sino también en el otro. Con respecto a sus rectificaciones, todas ellas decidieron seguir la opinión de los exorcistas. Los pobres y santos padres les aseguraron que aquello por lo cual sentían tan horribles remordimientos no era, ni más ni menos, que una diabólica ilusión; que lo que ellas consideraban retrospectivamente como la más monstruosa de las mentiras era actualmente una verdad, y una verdad tan salutífera, tan católica, que la Iglesia estaba dispuesta a garantizar lo mismo su ortodoxia que su concordanciacon los hechos”. Huxley, 1973, p. 101.

(147) Laubardemont “… consiguió una lista de trece complacientes magistrados y de un fiscal de absoluta confianza, elegido después de algunas disputas con un letrado excesivamente escrupuloso llamado Pierre Fournier, que se negó a seguir el juego del Cardenal y sus secuaces. A mediados de la segunda semana de agosto, todo estaba listo. Después de oída la misa y tomada la comunión, los jueces se reunieron en el convento de los carmelitas y se dispusieron a escuchar el sumario de cargos acumulados por Laubardemont durante los meses precedentes. El obispo de Poitiers había garantizado la autenticidad de la posesión por el diablo. Eso significaba que por boca de las ursulinas habían hablado auténticos demonios que habían jurado y vuelto a jurar que Grandier era un hechicero”. Huxley, 1973, p. 104. Mira Benavent, 2014, p. 1. El tribunal se formó en julio de 1634. National Geographic, 2016. De Certeau, 2012, pp.171-190.

(148) “El Rey y el Cardenal, Laubardemont y los jueces, los vecinos de Loudun y los turistas, comprendían perfectamente lo que iba a suceder. La única persona para la cual la condena no estaba ya dictada, era el propio reo. A fines de la primera semana de agosto, Grandier aún creía que era un reo ordinario sometido a un juicio cuyas irregularidades constituían mero accidente y que sería puesto en libertad en cuanto se prestase atención al asunto”. Huxley, 1973, p. 104.

(149) “La condena de Grandier era tan cierta y la certidumbre tan notoria, que los turistas se volcaban a Loudun a presenciar la ejecución. Durante aquel caluroso mes de agosto, treinta mil personas —más de dos veces la población normal de la ciudad— rivalizaron buscando cama, sustento, posada y un lugar bien situado no lejos de lahoguera”. Huxley, 1973, p. 104. Alienor – Conseil des Musées, s.f.

(150) “Laubardemont y sus sumisos magistrados eran los agentes de un hombre que nada tenía que ver con los hechos, la lógica, el derecho o la Teología, sino exclusivamente con la venganza personal y con un experimento político, cuidadosamente preparado para demostrar hasta qué punto podía imponerse en la tercera década del siglo XVII, la dictadura totalitaria”. Huxley, 1973, p. 104.

(151) Huxley, 1973, pp. 104-105. National Geographic, 2016.

(152) “Los jueces vieron tres veces al acusado. En la última vista —muy temprana en la mañana del día dieciocho—, después de unos preliminares muy piadosos, afirmaron su decisión. La sentencia fue unánime: Grandier quedaba sometido a procedimientos ordinario y extraordinario; tenía que ir a arrodillarse delante de las puertas de San Pedro y de Santa Úrsula y allí, con una soga alrededor del cuello y un cirio de dos libras en la mano, demandar perdón de Dios, del Rey y de la Justicia; más tarde sería conducido a la plaza de la Santa Cruz, amarrado al cepo y quemado vivo. Finalmente sus cenizas serían esparcidas a los cuatro vientos”. Huxley, 1973, p. 106. National Geographic, 2016. “El 18 de agosto de 1634 se dictó sentencia: culpable de todos los cargos, Grandier sería quemado en la hoguera y sus bienes confiscados”. Álvarez, 2017. González-Sanz, 2016, p. 56. Michelet, 1862, p. 166.

(153) Huxley, 1973, p. 106. Mira Benavent, 2014, p. 1.

(154) «Vestido con un largo camisón y calzado con un par de zapatillas raídas, Grandier fue conducido escalera abajo, metido en un carruaje y llevado hasta el Palacio de Justicia». Huxley, 1973, p. 107. “El 18 de agosto de 1634, Grandier fue llevado al palacio de Justicia, donde se le instó a que confesara su culpabilidad”. National Geographic, 2016.

(155) “Una vez rociado con los hisopos, los guardias le condujeron a lo largo de la sala e hicieron que se arrodillase ante el estrado de los jueces. Como llevaba las manos atadas a la espalda no pudo descubrirse. El amanuense del tribunal se adelantó, le quitó el solideo de la cabeza y lo arrojó con desprecio al suelo. (…) Grandier lo quebró, cuando se dirigió a sus jueces diciendo: «Milores», pronunció despacio y con toda claridad, «invoco como testigos a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a la Virgen, mí única abogada, para declarar solemnemente que nunca fui hechicero, cometí sacrilegio ni conocí otra magia que la de las Santas Escrituras que siempre he predicado. Adoro a mi Redentor y ruego poder participar en los méritos de la sangre de su Pasión»”. Huxley, 1973, p. 107. “El párroco se negó: «Declaro solemnemente que nunca fui hechicero, ni cometí sacrilegio ni conocí otra magia que la de la Biblia», dijo, sabiendo que eso suponía que lo someterían a tortura hasta que confesara”. National Geographic, 2016.

(156) Además de dos frailes y unos cuantos oficiales del municipio. Huxley, 1973, p. 108.

(157) “Cuando la sala quedó vacía el señor de Laubardemont se dirigió al reo: «Debéis confesar vuestra culpa y revelar los nombres de vuestros cómplices. Sólo así lograréis que los jueces consideren vuestra apelación y sean benévolos en la sentencia». El párroco contestó que no podía dar nombres de cómplices que nunca había tenido ni confesar crímenes de los que no era culpable. Pero el señor de Laubardemont necesitaba una confesión y, en verdad, su necesidad era urgente. Precisaba de ésta para confundir a los escépticos y hacer enmudecer a cuantos censuraban sus procedimientos. Cambiando de táctica, rápidamente modificó su severa actitud. Ordenó desatar las manos de Grandier. Sacó un papel del bolsillo, lo extendió ante todos y, mojando una pluma en el tintero, los ofreció al acusado: «Si firmáis no será necesario acudir a la tortura»”. Huxley, 1973, p. 108.

(158) Huxley, 1973, p. 108.

(159) “Laubardemont hizo entonces una seña al capitán de la guardia y le ordenó que llevase al reo arriba, a la cámara de las torturas. Grandier se mantuvo imperturbable”. Huxley, 1973, p. 108.

(160) Mira Benavent, 2014, pp. 1-2. “Sonó el reloj indicando que terminaba el breve plazo concedido. Sin esperar más, el reo fue atado, tendido en el suelo, ligadas sus piernas de la rodilla a los pies, aprisionándoselas entre cuatro tablas de roble de las cuales dos estaban fijas y las otras dos eran movibles. Metiendo algunas cuñas en el espacio que separaba las tablas movibles, las piernas de la víctima se podían apretar más y más contra el armazón de aquel entablillamiento. La diferencia entre la tortura corriente y la extraordinaria se medía por el número de cuñas consecutivamente clavadas. Como la tortura extraordinaria era, sin remedio, fatal, sólo se administraba a criminales condenados y que estuvieran a punto de ser ejecutados”. Huxley, 1973, p. 110. “Antes se le sometió al tormento de la bota, en el que se introducían las piernas entre tablas y éstas se iban apretando progresivamente mediante la introducción, a golpe de mazo, de cuñas de madera hasta romper los huesos; los de Grandier quedaron triturados porque le aplicaron dieciocho cuñas, pero resistió tenazmente sin confesar”. Álvarez, 2017.

(161) Algarabel, 2014, p. 133. “Hasta en la tortura y en la pira, Grandier afirmó su inocencia”. Huxley, 1973, p. 108. “Pero ni siquiera los terroríficos tormentos, en los que le hicieron trizas las piernas, lograron doblegarlo”. National Geographic, 2016. “«¿Creéis, padre, creéis a conciencia que un hombre, para ser liberado de sus dolores, debe confesar un crimen que no ha cometido?»”. Huxley, 1973, p. 110. Michelet, 1862, p. 166.

(162) “Grandier no había sentido dolor, que era Satanás quien le había hecho insensible”. Huxley, 1973, p. 111.

(163) Mira Benavent, 2014, p. 2. “Durante más de dos horas estuvo Laubardemont sentado junto a su víctima, acudiendo a todos los recursos de la persuasión para arrancarle la firma con la cual podría excusar sus procedimientos contrarios a la ley, disculparía al Cardenal y justificaría el uso que, en adelante, se hiciera de los métodos inquisitoriales en cualquier ocasión en que las monjas histéricas pudieran ser inducidas por sus propios confesores a acusar a los enemigos del Régimen. Aquella firma le era indispensable, pero por más que lo intentó y por mucho que hizo tratando de conseguirla, no alcanzó su propósito. (…) Laubardemont, finalmente, se dio por vencido. Llamó a La Grange y ordenó que los verdugos se presentaran”. Huxley, 1973, pp. 111-112.

(164) National Geographic, 2016. Mira Benavent, 2014, p. 2. “Los verdugos se presentaron. Revistieron a Grandier con una camisa impregnada de azufre, le ataron una soga al cuello y lo condujeron al patio, donde le aguardaba un carro con seis mulas (…) en la puerta de la iglesia de San Pedro (…) la procesión se detuvo. Pusieron el cirio de dos libras en manos de Grandier mientras lo bajaban del carro a fin de que, según prescribía la sentencia implorara el perdón de sus crímenes (…). En la puerta del convento de las ursulinas se repitió la ceremonia de implorar perdón de Dios. (…) En la plaza de la Santa Cruz, más de seis mil personas se apretujaban unas con otras en un espacio que ya resultaría reducido para contener la mitad. Todas las ventanas habían sido alquiladas, todas se hallaban repletas y hasta en los mismos tejados y entre las gárgolas de la iglesia había espectadores (…).Casi media hora costó hacer avanzar el carro los últimos cien metros que faltaban para llegar a la pira, viéndose obligados los guardias a batirse el pecho por cada palmo de su recorrido”. Huxley, 1973, p. 112.

(165) “No lejos de la pared norte de la iglesia, clavado en tierra, habían erigido un recio poste de cinco metros de alto. Alrededor de su base habían apilado varias capas de haces de leña, troncos y paja, y como la víctima ya no podía mantenerse en pie por tener sus miembros inferiores destrozados, colocaron un pequeño asiento de hierro adosado al poste. (…) Grandier fue bajado de la carreta, puesto en el asiento de hierro y amarrado inmediatamente al poste”. Huxley, 1973, pp. 112-113. National Geographic, 2016.

(166) Álvarez, 2017. Mira Benavent, 2014, p. 3. “Varias veces trató el párroco de hablar a la multitud; pero cuando lo intentaba, le arrojaban agua bendita a la cara o le asestaban en la boca furiosos golpes con un crucifijo de hierro”. Huxley, 1973, p. 113.

(167) “La Grange, el capitán de la guardia, que se acercaba a solicitar su perdón por todo aquello que se veía obligado a cumplir. A continuación le hizo saber que le era permitido dirigir la palabra al público expectante y que antes de prender fuego a la pira sería ahorcado. Grandier le agradeció y La Grange se volvió hacia el verdugo, que inmediatamente preparó la soga”. Huxley, 1973, p. 113. “Tampoco se cumplió el estrangulamiento previo previsto, ya que el padre Lactance, arrastrado por el frenesí general, prendió fuego a la leña antes de tiempo y ya no se pudo apagar”. Álvarez, 2017. Huxley, 1973, p. 114. Michelet, 1862, p. 166. Mira Benavent, 2014, p. 3.

(168) Era el 18 de agosto de 1634. Algarabel, 2014, p. 133. National Geographic, 2016. “Para consternación del fraile recoleto y sus cofrades los capuchinos, aquella ennegrecida figura que se alzaba en el centro mismo de la crepitante hoguera comenzó a decir su palabra: «Deus meus!», clamó estremecida, «Miserere mei, Deus!». Continuó en francés: «¡Perdonadlos, Señor! ¡Perdonad a mis enemigos!». Los estertores se renovaron. Un momento después, las cuerdas que le ligaban al poste se rompieron y la víctima se desplomó de lado sobre los haces flameantes de la infame hoguera. El fuego lo envolvió en sus llamas, más imponentes cada vez, mientras los frailes continuaban en sus aspersiones y rezos”. Huxley, 1973, pp. 114-115. De Certeau, 2012, pp. 191-200.

(169) Álvarez, 2017. “Cuando se hubo consumido el fuego, el verdugo esparció por el suelo cuatro paletadas de ceniza, una a cada lado de los puntos cardinales. Entonces, la multitud se abalanzó. Quemándose los dedos, hombres y mujeres escarbaron en aquel polvo escamoso y caliente, tratando de encontrar los dientes, alguna porción calcinada del cráneo o de la pelvis o una muestra untuosa y sucia de la carne quemada. No fueron pocos los que se echaron allí a la búsqueda de recuerdos: la mayoría con el afán de obtener alguna reliquia, algo que pudiera ser un amuleto de buena suerte o de triunfo en la batalla del amor, un talismán contra el dolor de cabeza, el estreñimiento o la malevolencia de los enemigos”. Huxley, 1973, p. 115.

(170) Álvarez, 2017. Figuier, 2005, pp. 88-101. Huxley, 1973, pp. 115-116. National Geographic, 2016.

(171) Álvarez, 2017. Vásquez, 2012, p. 9. El padre Lactance – ver (142) y (167) –, aquel que no se pudo controlar y prendió la pira de Grandier: “El 18 de septiembre, un mes exactamente después de la ejecución de Grandier, fray Lactance hizo saltar de un golpe el crucifijo que tenía en la mano el sacerdote que le administró la extremaunción, e incontinenti murió”. Huxley, 1973, p. 116. También, el cirujano Mannoury – ver (120) –, quien había examinado-torturado a Grandier en busca de las marcas demoníacas. Huxley, 1973, p. 116. “A continuación le llegó el turno a Louis Chauvet – ver (43), (107) y (112) –, uno de los jueces en verdad honrados que habían rehusado tomar parte en la infernal pantomima del juicio. (…) Fray Tranquille era de fibra más fuerte que los otros; por eso pudo llegar hasta 1638 antes de caer definitivamente bajo el peso de la obsesión de endemoniados y demonios que le abrumaban sin darle tregua”. Huxley, 1973, p. 117.

(172) Brach, 2016, p. 12. “El 15 de diciembre de 1634, cuatro sacerdotes jesuítas llegaron a Loudun. Uno de ellos era el padre Jean-Joseph Surin”. Huxley, 1973, p. 118. “Surin recordaba que muchos jesuítas compañeros suyos, dudaban de que las monjas estuviesen realmente poseídas por los demonios. Pero antes de su experiencia en Loudun, ya se hallaba libre de toda duda con respecto a tales posibilidades, pues estaba persuadido de que el mundo se encuentra en todo tiempo penetrado, visible y milagrosamente, por realidades sobrenaturales”. Huxley, 1973, p. 119. De Certeau, 2012, pp. 221-234. Hotton, 2011, p. 340.

(173) “El primer encuentro de Surin con las endemoniadas tuvo lugar en uno de los exorcismos públicos que oficiaban Tranquille, Mignon y los carmelitas. Había llegado a Loudun convencido de la realidad de la posesión. Aquel espectáculo elevó su convicción al más alto grado de certeza”. Huxley, 1973, p. 119.

(174) “Cuando Laubardemont comunicó a la reverenda madre que había solicitado la colaboración de los jesuítas y que iba a tener como director espiritual al más idóneo y santo de los padres jóvenes de la provincia de Aquitania, sor Juana se sintió profundamente contrariada. Los jesuítas no eran como aquellos estúpidos capuchinos y carmelitas a los cuales siempre había sido fácil engañar. Los jesuítas eran inteligentes, estaban bien preparados y el padre Surin, además, era santo, un hombre de oración y un gran contemplativo”. Huxley, 1973, pp. 119-120.

(175) Álvarez, 2017. “Después de la ejecución de Grandier, Isacaaron, que era un demonio de la concupiscencia, «se aprovechó de mis flaquezas para llevarme a las más horribles tentaciones contra la castidad. Consumó sobre mi cuerpo la operación más brutal y furiosa que pueda imaginarse, después de lo cual me persuadió de que estaba preñada, de manera tal que lo creí firmemente y esta preñez se manifestó con todos sus síntomas». Confiada a sus hermanas, una veintena de demonios pregonaron rápidamente la insólita preñez. (…) Isacaaron era el principal culpable, y fue precisamente contra él contra quien Surin proyectó sus energías”. Huxley, 1973, p. 120.

(176) Huxley, 1973, p. 121.

(177) “Laubardemont envió recado a Le Mans en busca del doctor de Chêne. Vino el doctor, hizo un completo examen a la priora y diagnosticó auténtica preñez. (…) Isacaaron hizo acto de presencia en el exorcismo público y contradijo de plano el diagnóstico del médico. Todos los síntomas aparentes, desde los mareos naturales hasta el flujo de la leche, no habían sido otra cosa que obra de los demonios. «El demonio me había obligado a arrojar toda la sangre acumulada en mi cuerpo a causa de sus maquinaciones. Y esto aconteció en presencia de un obispo, de varios doctores y de otras muchas personas». Todos los signos de preñez desaparecieron inmediatamente para no volver a manifestarse jamás”. Huxley, 1973, p. 121.

(178) Huxley, 1973, pp. 121-122.

(179) Huxley, 1973, p. 122.

(180) Huxley, 1973, pp. 122-126. La relación entre Juana y Surin era muy complicada y extraña; era tensa y misteriosa. Christie, 2012, p. 192.

(181) Álvarez, 2017. Christie, 2012, p. 190. Hotton, 2011, p. 340. “En mayo, cuando Gastón de Orleans, el hermano del Rey, fue a ver a los demonios, el padre Surin estaba poseído de una manera notoria por Isacaaron, que pasó del cuerpo de la hermana Juana al del jesuíta. En un momento en que la endemoniada permanecía en calma, sonriendo normalmente y con cierta ironía, el exorcista rodó por el suelo”. Huxley, 1973, p. 126.

(182) “… sor Juana había resuelto «marchar hacia Dios con perfección», aunque ya se veía hecha una santa y se sentía llena de amargura cuando la gente no encontraba en ella más que una inconsciente comedianta o tal vez una comedianta demasiado ladina”. Huxley, 1973, p. 126.

(183) “Quiero ser santa” es una canción escrita por Parálisis Permanente y Alaska; tras el fallecimiento del líder del grupo, Alaska y Dinarama grabaron la canción a modo de homenaje. Es todo un himno de la “movida madrileña”.

(184) “Los latigazos echaban chispas y eran luz, pero los chillidos no dejaban de ser estridentes y las lágrimas salían a borbotones. Los demonios no podían castigarse tanto como sor Juana. Una vez sor Juana se propinó tres horas de flagelación con el fin de disipar unos síntomas psicosomáticos debidos a Leviatán; en cambio, la mayoría de las veces la azotaina que ella se daba duraba tan sólo unos minutos. Lo cierto es que el posesor huía y sor Juana quedaba libre de reemprender la marcha hacia la perfección. Era una marcha pesada para sor Juana aquello de la perfección”. Huxley, 1973, p. 127.

(185) Black, 2012, p. 34. Christie, 2012, p. 190. Huxley, 1973, p. 127. Luria, 2007, pp. 28-29.

(186) Huxley, 1973, p. 127-128.

(187) Huxley, 1973, p. 128-130.

(188) Black, 2012, p. 34. Fue en 1635. National Geographic, 2016. “La operación se repitió a intervalos desiguales desde el invierno de 1635 hasta el día de San Juan de 1662. A partir de aquella fecha, no volvieron a verse más aquellos nombres (…). Surin, lo mismo que algunos de sus cofrades, y el vulgo en general, creía que aquella forma original de estigmatización era una gracia extraordinaria otorgada por Dios. Entre la gente ilustrada, por el contrario, prevalecía el escepticismo; lo mismo que antes no habían creído en la realidad de la posesión demoníaca, ahora tampoco creían en el origen divino de aquellos nombres estampados en el cuerpo de la monja. Algunos, como John Maitland, opinaron que habían sido grabados en la piel con un ácido, como si se tratara de un aguafuerte; otros decían que habían sido pintados con almidón coloreado. Y muchos se fijaron en la particularidad de que, en lugar de hallarse distribuidos en ambas manos, todos aquellos nombres estaban muy juntos en la mano izquierda, donde podían ser escritos fácilmente por una persona diestra en la escritura”. Huxley, 1973, p. 130.

(189) “Renovados por su ángel protector, los sagrados nombres permanecían en su mano y podían ser mostrados en cualquier momento, lo mismo a los visitantes distinguidos que a los tropeles de turistas. Era, en verdad, un milagro que se hacía pasear ante los ojos de las gentes”. Huxley, 1973, p. 130.

(190) Huxley, 1973, p. 131.

(191) “Poco después enfermó de gravedad y se creyó que iba morir, pero se recuperó «milagrosamente» gracias, aseguraba, al óleo que san José había derramado sobre ella y que quedó marcado en su camisa”. National Geographic, 2016. “… se le apareció San José, que posó su mano sobre el costado derecho de sor Juana, en el mismo sitio donde ella sentía el mayor dolor y le dio una untura con una especie de aceite. «Después de lo cual recuperé el sentido y me sentí completamente curada». Era un nuevo milagro (…)  la madre superiora (…) había deseado y sugerido la desaparición de todos los síntomas de una grave enfermedad psicosomática que se presentaba sin posibilidad de remisión. Se levantó de la cama, se vistió, bajó a la capilla y reunió a sus hermanas para cantar un Te Deum”. Huxley, 1973, p. 131.

(192) Black, 2012, p. 34. “Jeanne de Anges declaró haber tenido una visión por la que una peregrinación a Annecy (Saboya), para rezar ante la tumba de San Francisco de Sales, pondría punto final a todo aquello. Se accedió a ello y en efecto, las ursulinas quedaron libres de demonios. Era 1637 y al año siguiente la superiora visitó a Richelieu e incluso al mismísimo Luis XIII, pues toda la corte quería conocerla y quedarse con trozos de su ropa a manera de reliquia”. Álvarez, 2017. “Sor Juana contaba con dos especies de prodigios de primera clase: el uno su mano estigmatizada; el otro su perfumada camisa, ambos perpetuos testimonios de las gracias extraordinarias que de Dios había recibido. Pero todo eso no era suficiente. Ella se daba cuenta de que en Loudun el horizonte seguía siendo limitado (…) Aquel espíritu del mal le respondió que no abandonaría el cuerpo de la madre priora hasta que hubiese hecho peregrinación a la tumba de San Francisco de Sales, que se hallaba en Annecy, en territorio de la Saboya. (…) a sor Juana les fue concedido el permiso para hacer aquel viaje a la tumba de San Francisco de Sales”. Huxley, 1973, pp. 132-133. “Los estigmas y la camisa le dieron fama en toda Francia, hasta el punto de que emprendió una gira en la que pasó por París y fue recibida por Richelieu y la reina Ana de Austria. En 1642 escribió una Autobiografía en la que narraba sus vivencias entre 1633 y 1642”. National Geographic, 2016. “Cuando sor Juana fue llevada a presencia de Richelieu, éste se hallaba en el pináculo de su gloria, pero era también un hombre enfermo, y ya soportaba los terribles padecimientos de una dolencia que obligaba a la permanente atención de sus médicos. (…) el eminente personaje preguntó a sor Juana si podía ver los nombres sagrados inscritos en su mano izquierda. Después de los nombres sagrados le tocó el turno a la untura de San José. ¿Por qué no? La camisa fue desplegada. Antes de tomarla en sus manos, el Cardenal se quitó reverentemente el gorro de dormir. Olfateó la bendita reliquia, la besó dos veces y exclamó: «¡Qué deliciosa fragancia!». Después de lo cual, sosteniendo la camisa «con respeto y admiración» la aproximó a un relicario que había en la mesilla de noche, oprimiéndola contra él, tal vez con el propósito de aumentar sus virtudes con el maná inherente a la untura. A instancias de su Eminencia, la madre superiora describió (¿cuántos cientos de veces ya?) el milagro de su curación, arrodillada por segunda vez para recibir una nueva bendición. La visita había terminado. Al día siguiente, Su Eminencia le enviaba quinientas coronas para solventar los gastos de la peregrinación. (…) Para sor Juana, la entrevista con Su Eminencia fue única en su larga serie de éxitos y de conmociones. De Loudun a París y de París a Annecy, su caminata fue como un desplazamiento en su resplandor de gloria, siendo aclamada en los pueblos e invitada a asistir a todo tipo de recepciones, desde las más aristocráticas hasta las más humildes. (…) La visita al Cardenal Richelieu tuvo lugar el día 25 de mayo. Pocos días después, por orden de la Reina, la priora fue llevada a Saint-Germain en Laye, en el coche de Laubardemont. Larga fue la conversación con Ana de Austria, quien durante más de una hora mantuvo aquella mano milagrosa retenida entre las suyas de sangre azul, «contemplando con admiración algo que nunca había sido visto antes, desde los principios de la Iglesia». La Reina exclamó: «¿Cómo puede nadie rechazar un hecho tan maravilloso? ¿Una cosa que inspira tanta devoción? Los que menosprecian esta maravilla y la rechazan, son enemigos de la iglesia». El Rey, una vez que estuvo informado sobre aquel hecho excepcional, decidió ir a verlo por sí mismo. Cuando hubo contemplado con atención los sagrados nombres, manifestó: «Nunca dudé de la verdad de este milagro, pero viéndolo como ahora lo veo siento acrecentada mi fe». (…) En 1644 sor Juana empezó a escribir sus memorias”. Huxley, 1973, pp. 137-141. De Certeau, 2012, pp. 235-248.

(193) “A la madre priora le iban pesando los años. Ya estaba achacosa, y su doble papel de reliquia ambulante y despensera, de sagrado objeto y consejera locuaz, le resultaba fatigoso y le hacía perder la paciencia. En 1662 le fueron renovados por última vez los sagrados nombres de la mano; desde aquel momento no se volvió a dejar ver por los devotos o curiosos”. Huxley, 1973, p. 143.

(194) Álvarez, 2017. “Después de su muerte, ocurrida en enero del año 1665, la comedia de la madre superiora fue transfigurada por los miembros supervivientes de aquella comunidad en la más descarada de las farsas. El cadáver fue decapitado, y la cabeza de sor Juana, junto con la sagrada camisa, ocuparon su puesto dentro de una caja de plata y oro dotada de ventanillas de cristal. Además, se encargó a un artista de la provincia que pintase un cuadro de grandes dimensiones representando la expulsión de Behemoth. (…) Este cuadro permaneció colgado durante más de ochenta años en la capilla de las ursulinas y fue objeto de particular devoción del pueblo. Hasta que, en 1750, un obispo visitador de Poitiers ordenó que lo quitasen. Abrumadas por una orden semejante y vacilantes entre el patriotismo institucional y el deber de la obediencia, las hermanitas salieron del paso colgando, encima de aquél, un cuadro más grande, que lo cubría. (…) El convento cayó en desgracia y, en 1772, quedó suprimido; la pintura fue confiada a un canónigo de la Santa Cruz, y la camisa y la momificada cabeza fueron enviadas, probablemente, a un convento más afortunado de la misma orden. Los tres objetos han desaparecido”. Huxley, 1973, pp. 143-144.

(195) Recordemos e insistamos en que “por la referencia oficial de cargos sobre los cuales se fundamentó la condena de Grandier, sabemos que la madre priora y algunas otras monjas se sentían abrumadas por los remordimientos y que se habían retractado de algunos testimonios dados, al advertir, hasta en sus histéricos paroxismos, que eran completamente falsos”. Huxley, 1973, p. 145. El caso de Grandier no fue el único en la época, más bien forma parte de “una trilogía”: Loudun, Provenza y Louviers; “… Se trata siempre de un cura libertino, siempre aparece un monje envidioso y una monja enfurecida por boca de la cual se hace hablar al diablo y finalmente, el sacerdote es quemado”. Michelet, 1862, p. 158. “De 1610 a 1647, se desarrollaron epidemias de posesión diabólica en Francia. En Aix (1610-1613), Loudun (1632-1640) y Louviers (1633-1647) se jugó en el mismo escenario, donde las monjas estaban implicadas y sus directores de conciencia”. Griguer, 1992, p. 155. Brach, 2016, p. 2. Hotton, 2011, p. 2. “Louis Gaufridy y Madeleine de la Palud en Aix-en-Provence (1609-1611), Urbain Grandier y Jeanne des Anges en Loudun (1632-1647), Thomas Boullé y Madeleine Bavent en Louviers (1642-1647)”. Hotton, 2011, p. 285. “… el estudio de la brujería no es sólo uno de los temas más interesantes de la historia de los siglos XVI y XVII, sino que también es una de las áreas que ha experimentado cambios conceptuales y metodológicos más significativos”. Amelang, 2008, p. 29. Las endemoniadas de Loudun son un claro ejemplo de esas“Personas ha habido que engañaron a las autoridades y a pueblos enteros, pasando por espiritadas y aparentando con increíble destreza casi todos los fenómenos, tanto físicos como espirituales”. Roa, 1974, p. 260.


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