Muchas veces miramos, ya cansados, cómo los libros de Historia nos hablan de reyes y más reyes, pero de muy pocas reinas. A veces la misma Historia se ha olvidado de ellas simplemente por eso, por ser mujeres. Pero a veces encontramos figuras de reinas muy importantes, a veces con buena fama, a veces con mala. Dentro de este último grupo encontramos a María Tudor, también conocida como “Bloody Mary”. ¿Cómo fue la vida de esta mujer que tan mala fama tiene en Inglaterra?

La vida no es un camino de rosas

María Tudor nació en 1516. Sus padres eran el rey de Inglaterra, Enrique VIII, y la hija de los Reyes Católicos, Catalina de Aragón. Al principio todo iba sobre ruedas, pero el no tener hijos varones trastocó a Enrique. Él se había casado con su cuñada después de que la palmara su hermano Arturo. Según él, Dios lo había castigado por ello impidiéndole tener hijos. Así puestos, trató de casarse con Ana Bolena, pero como el Papa no le dejó, montó su propia Iglesia. Ésta recibió el nombre de anglicanismo y tomó elementos tanto del catolicismo como del protestantismo.

Enrique y el anglicanismo. Fuente: HistoriaenMeme

De ese nuevo matrimonio nació Isabel, y a partir de ese momento María quedó marginada, hasta tal punto que le quitaron el título de princesa (aunque ella se negó). Todo esto le causó problemas de depresión, y la persecución que sufrían los católicos no mejoraba la situación.

Todo dio un vuelco cuando le cortaron la cabeza a Ana Bolena y llegó Jane Seymour. El nuevo amorío de Enrique tenía capricho con nuestra María, así que ella volvió a la Corte y ahora era Isabel a la que le pegaban la patada en el trasero. Pero las cosas volvieron a cambiar de rumbo, porque por fin nació un varón, Eduardo, que ahora heredaría el trono (1).

La reina mala y fea: María Tudor

Eduardo instauró el protestantismo como religión oficial. Pero no duró mucho, porque la espichó con dieciséis añitos. María no lo dudó ni un instante y se proclamó reina. Al principio la idea no disgustó a la gente, pero poco a poco fue ganándose la enemistad de nobles y religiosos. María era claramente católica (no por menos era nieta de los Reyes Católicos), así pues, poco después de ascender al trono, María quiso hacer las paces con el Papa por el percal que había montado Enrique. Al principio todo fue bien, pero pronto María comenzó a sembrar el caos entre los protestantes. Como hizo su padre, llevó a cabo una dura persecución de los que no acataron la nueva fe. Se calcula que cerca de unas 300 personas murieron en la hoguera (2), de ahí que recibiera el sobrenombre de “Sanguinaria” (“Bloody Mary” en inglés) (3).

Y, como buena villana de la peli, también era fea. Pero fea. Cuando se casó con Felipe II, los embajadores españoles no dudaron en plasmar por escrito lo sorprendidos que se hallaban ante tanta fealdad. Habían visto de antemano por el retrato de Antonio Moro que no era muy agraciada. Pero no se esperaban lo que vieron.

María Tudor de Antonio Moro reina de Inglaterra
María Tudor, de Antonio Moro. Fuente: Museo del Prado

De ella decían que era pequeña, flaca, blanca como la leche y rubia, tan rubia que no tenía casi ni cejas ni pestañas. Los vaivenes de su infancia la habían envejecido, y así parecía mayor de lo que era. Además, apenas tenía dientes (cuidado con los azúcares y las caries), de ahí que apenas sonriera, y su voz era tan grave que no sabían si hablaban con un hombre o una mujer. Al parecer también tenía muy mal gusto para la ropa y estaba más ciega que un topo (4).

El matrimonio con Felipe II

Carlos V, emperador y padre de Felipe II, decidió casar a su hijo con su tía. Unirse por matrimonio con Inglaterra venía de perlas para tener un aliado en caso de pelearse con los franceses. Además, Carlos, que había tenido más de un problema con los protestantes, vio en esto una oportunidad para devolver el catolicismo a la isla (5).

Parece ser que a María le gustó la idea, pero antes quería conocer a su futuro esposo. Como no existía Facebook, obviamente, sólo pudo contentarse con un retrato y las respuestas a las preguntas que ella hacía (en especial de las aventuras amorosas del gallardo Felipe II). Ella quedó contenta con el retrato del que, se decía, era el monarca más guapo de Europa.

Felipe II, de Tiziano. Fuente: Museo del Prado

Felipe II, por su parte, recibió un retrato de ella, que ya mostraba lo que se iba a encontrar. Ambos aceptaron el casamiento a pesar de llevarse once años de diferencia (6). Eso sí, ningún español podía participar en las cositas de los ingleses; Felipe no debía entrometerse en el Gobierno y, si la reina moría sin descendencia, se acabó lo que se daba y los españoles debían marcharse (7). La boda se celebró en la catedral de Winchester en 1554. Todo se había decorado para la ceremonia con gran riqueza de adornos (8).

Reina enamorada, reina despechada

Como buen caballero, Felipe trató a María Tudor con amabilidad y dulzura. Tanto que la reina, a la que la vida la había tratado muy mal, se enamoró perdidamente de él. Pero las obligaciones de Felipe eran muchas, por lo que estuvo el tiempo justo en Inglaterra antes de marchar a Flandes. Su viaje se retrasó por un posible embarazo de la reina, que al final no resultó ser más que “gases”. Cuando finalmente llegó el momento de partir, la María Tudor estaba tan triste que, según cuentan, no dejó de llorar (9).

Ella, tan enamorada que estaba, no cesaba en mandarle cartas de amor a Felipe, que él respondía casi con desgana, como por obligación. Mientras tanto, los cuernos de la reina crecían y crecían pues el español se acostaba con quien bien podía (10).

La última reina católica

María Tudor, enferma de fiebre, cada día veía más cerca su final. El día 17 de noviembre de 1558 falleció (11). A ella le sucedió su hermanastra Isabel, con la que se abrió un nuevo periodo en el que Felipe II también estuvo implicado. Pero eso es otra historia.

María fue una de esas tantas reinas que gobernaron por su propia mano sin necesidad de un hombre, como lo hizo su abuela Isabel la Católica en España o como haría su hermanastra, también Isabel, después que ella. Sin embargo, los documentos de la época, así como la historiografía, la tildan como una mujer diabólica, prestando a veces más atención a su físico que a su reinado.

Las vejaciones que sufrió en su niñez por parte de su padre y la nueva Iglesia que ella se negó a aceptar la convirtieron en lo que fue, una mujer agotada, deprimida y, podríamos decir, vengativa. Sin embargo, no cabe duda de que se trató de una mujer superviviente, tanto en una sociedad de hombres como en una época en la que la religión católica tuvo sus peores momentos. Una mujer que no abandonó sus creencias, heredadas de su madre Catalina, que también se vio menospreciada por un marido que le había sido asignado por pura política.


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Referencias y bibliografía

Referencias

(1) Ferrán Sánchez, s.f.

(2) Froude, 2007, p. 4

(3) Eslava Galán, 2018, p. 75.

(4) Kamen, 2001, p. 127.

(5) Bertumeu Masiá, 2009, p. 7.

(6) Kamen, op.cit., p. 120.

(7) Froude, op.cit. p. 65.

(8) Morales Folguera, 2009, pp. 180-182.

(9) Kamen, op.cit., pp. 124-135.

(10) Ferrán Sánchez, art. cit.

(11) Froude, op.cit., p. 227.


Bibliografía

  • Bertumeu Masía, M. J., 2009, “Relaciones de sucesos italianas sobre la boda de Felipe II con María I Tudor”, Cartaphilus, 5, pp. 6-17.
  • Eslava Galán, J., 2018, “María Tudor. La segunda esposa de Felipe II”, Revista Historia de Iberia Vieja, 161, pp. 72-77.
  • Ferrán Sánchez, s.f., “La última reina católica de Inglaterra. María Tudor”, National Geographic.
  • Froude, J. A., 2007, The Reign of Mary Tudor, Everyman’s Library.
  • Kamen, H., 2001, Felipe de España, Suma Letras, Madrid.
  • Morales Folguera, J.M., “El arte al servicio del poder y de la propaganda imperial”, POTESTAS, 2, pp. 165-189.