A la pregunta de quién estaba a la cabeza del antiguo panteón grecorromano, la respuesta que se nos viene a la cabeza es unánime: Zeus, para los griegos, o bien Júpiter, para los romanos. Tal era así, que los segundos dejaron bastante claro la elevada  majestad que le consideraban con la atribución de los epítetos Optimus Maximus, “el mejor y más grande”.

Junto con Juno y Minerva (1) formaba la denominada tríada capitolina, cuya sede era un majestuoso templo ubicado en la cima del Capitolio (2). La relevancia política del dios no iba a menos: por ejemplo los cónsules debían de ofrendar en primer lugar a Júpiter Optimus Maximus nada más comenzaban su mandato, y también los triunfos de los generales romanos exitosos debían finalizar en dicho templo para allí rendirle honores (3).

Con todo, ¿quién podría entonces arrebatarle su posición en el panteón al gran Júpiter? La respuesta la encontramos en un joven muchacho de origen sirio que, con tan solo 14 años, subió al trono imperial: Heliogábalo (4).

Vario Avito Basiano y su familia

Busto de Heliogábalo, expuesto en los Museos Capitolinos (Roma), el emperador de Elagabal. Fuente: Wikimedia Commons.
Busto de Heliogábalo, en los Museos Capitolinos (Roma). Fuente: Wikimedia Commons.

Tal era el auténtico nombre de nuestro protagonista (5), y para conocer bien las causas de esta cuestión, es importante situarlo en el marco de su familia.

Nació cerca del año 203 en Emesa (actual Homs, Siria), en el seno de una familia que era bastante importante tanto en dicha ciudad como en todo el ámbito del Imperio: su abuela, Julia Maesa, era hermana de Julia Domna, esposa del emperador Septimio Severo (6); y ambas eran hijas de Julio Basiano, sumo sacerdote de Elagabal. Este estaba al frente de una dinastía sacerdotal hereditaria que velaba tanto por el culto de la divinidad más importante de Emesa como por el gobierno de la ciudad misma. Esto se venía dando desde que Emesa perdiese su monarquía tras la anexión al Imperio bajo Vespasiano (7).

De esta forma, mientras que buena parte la familia se encontraba en Roma dirigiendo todo el cotarro del Imperio y de la Corte (teniendo en ello un papel relevante las ya mencionadas Julia Domna y Julia Maesa), Vario Avito Basiano creció y se educó en Emesa destinado a ser, en tanto que hijo primogénito, sumo sacerdote de Elagabal.

El ascenso al poder de Heliogábalo

Llegó entonces la fatídica fecha del 8 de abril del 217: Caracalla (8) fue asesinado por una conjura liderada por orden de Macrino (9), quien en consecuencia se proclamó emperador.

La dinastía severa se encontraba al borde de la extinción, más aún debido a que Caracalla murió sin haber tenido ningún hijo que le sucediese y, por tanto, pudiese enfrentarse al usurpador Macrino. Podría decirse que fue una situación al más puro estilo de Juego de Tronos. Julia Domna se suicidó, pero su hermana Julia Maesa abandonó Roma y volvió a su natal Emesa, donde su nieto de unos 13 años era ya el sumo sacerdote de Elagabal y llevaba a cabo rituales que consistían en alocadas danzas al son de flautas después haber realizado sacrificios animales sobre el altar del dios (10).

La abuela Julia tuvo entonces una idea: empezó a contar a los soldados que frecuentaban Emesa que Vario Avito Basiano no era sino un bastardo fruto de una relación que tuvo su hija con Caracalla (11), y a raíz de ello surgió una revuelta en la provincia de Siria que defendía la legitimidad del muchacho al trono imperial y que acabaría con Macrino tras una batalla que ocurrió cerca de Antioquía en el 218.

Tras la victoria, el joven Vario Avito Basiano emprendió entonces el viaje a Roma, pero con una notable peculiaridad: decidió llevarse a su dios consigo.

El dios Elagabal

Aunque su nombre viene a significar “Señor de la montaña” (12), lo cierto es que esta divinidad llegó a ser mucho más que eso. Los romanos identificaron a Elagabal mayormente con Sol, el Helios de los griegos (13), a raíz de lo cual deriva el hecho de que esta divinidad de Emesa fuese también conocida con el nombre de Heliogábalo. Se trataba por tanto de un dios solar que, sin embargo, era venerado en aquella ciudad bajo la forma de un meteorito negro albergado en el interior de un magnífico y lujoso templo (14).

Así pues, cuando Vario Avito Basiano decidió llevarse a su dios consigo a Roma, lo hizo de forma literal, y junto con la famosa piedra negra de Elagabal fueron también buena parte del personal del templo.

Desde luego, el sistema educativo de los sacerdotes de Emesa fue todo un éxito. Durante aquel mismo viaje, el joven emperador decidió enviar una carta al Senado de Roma, junto con un retrato en el que se le representaba haciendo un sacrificio a Elagabal con sus vestimentas típicas de sacerdote oriental. En ella expresaba, entre otras cosas, que su dios debía ser nombrado el primero de todos en cada sacrificio público que se ejecutase (15), y Júpiter veía así ya peligrar su asiento de dios supremo.

Áureo acuñado en Roma en torno al año 219. El reverso muestra la piedra de Elagabal, con la imagen de un águila en ella, transportado sobre una cuadriga. Fuente: Wikimedia Commons.

Elagabal en Roma, el dios de Heliogábalo

A los romanos les pareció de lo más curioso y exótico lo que se traía el nuevo emperador con su dios.

Una de las primeras decisiones que tomó Heliogábalo en la capital al poco de llegar fue construir un nuevo templo consagrado a Elagabal, ubicándolo justamente al lado del Palacio imperial en el monte Palatino, y sin escatimar recursos para su edificación. Allí, en una explanada situada frente al templo, realizaba todas las mañanas numerosos sacrificios de animales y libaciones de vino, seguidos de frenéticas danzas rituales, a los que tanto los caballeros como los senadores romanos debían asistir como espectadores (16).

Otro punto importante del culto consistía en una fastuosa procesión, celebrada a mediados de verano, en la que la roca de Elagabal, montada en una cuadriga de oro y precedida de las imágenes de los demás dioses como si de un cortejo real se tratase, era llevada a otro santuario situado a las afueras de Roma. La plebe romana disfrutaba mucho de esta celebración al repartirse durante ella comida e incluso objetos valiosos (17).

El emperador y sus locuras (religiosas)

La cosa comenzó a desmadrarse a partir de finales del 220, cuando Heliogábalo decidió oficializar la supremacía de Elagabal. En base a ello, consideraba que los dioses romanos no eran sino los sirvientes de su dios, y pretendió además que todos los símbolos de dichas divinidades estuviesen albergados en el interior del templo de Elagabal, una decisión polémica que acabó siendo infructuosa (18). A ello se añadió que, en la titulación oficial, antepuso su título de sumo sacerdote de Elagabal, latinizado como sacerdos amplissimus invictus sacerdos augustus (19), al tradicional pontifex maximus.

Se trataba de algo que, a fin de cuentas, podía verse venir desde los mismos comienzos del reinado. Sus políticas religiosas (de las que aquí no se ha llegado a hablar ni de la mitad) supusieron un choque cultural tremendo y, más aún, un escándalo inadmisible, en especial para la clase senatorial romana (20). A ello puede añadirse un desinterés, incomprensión o insensibilidad por parte del emperador hacia las formas tradicionales romanas.

La vida de Heliogábalo llegó a su fin en el 222, siendo asesinado por la guardia pretoriana y su cadáver arrojado al Tíber. Mientras Júpiter se acomodaba en su recién recuperado asiento, el Senado romano decidió que la piedra negra de Elagabal fuese devuelta a Emesa, y en cierto modo las cosas volvieron a ser como venían siendo en el panteón romano.


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Referencias y bibliografía

Referencias 

(1) Juno, diosa de gran antigüedad, homóloga a la griega Hera y a la etrusca Uni, estaba, relacionada con el ciclo lunar, la protección de las mujeres, el matrimonio legítimo y los nacimientos. Minerva era una diosa de fuerte inspiración helénica, por lo que con posterioridad fácilmente se asimiló a Atena. Provenía de una divinidad etrusca llamada Menrva, y su dominio era la protección de las labores intelectuales (Grimal, 2008, pp. 298 – 358).

(2) Según la tradición romana, la construcción del templo de Júpiter en el Capitolio fue obra de los reyes de origen etrusco Tarquinio Prisco y Tarquinio el Soberbio. La arqueología sitúa las primeras fases del templo (que por su dimensión y magnificencia, así como por las implicaciones que tenía Júpiter, no dejaba de ser una expresión del poder real de época arcaica) a principios del siglo VI antes de la era común. Tanto el templo como la tríada divina que hospedaba mantuvieron sus funciones sin ninguna alteración en el tránsito y comienzo del período republicano. No obstante, en el año 83 AEC el edificio se vio devastado por un terrible incendio, siendo completamente reedificado en consecuencia (Martínez-Pinna, 2014, p. 404; Beard, North y Price, 1998, p. 59).

(3) El triunfo consistía en un desfile ceremonial que implicaba elementos políticos y religiosos. Era concedido por autorización del Senado a los generales exitosos. Subidos sobre una cuadriga desfilaban, acompañados de sus tropas y de los botines y prisioneros de guerra que habían obtenido, desde el Campo de Marte hasta el templo de Júpiter en el Capitolio. Para saber más se recomienda sobre todo la obra de Beard (2012).

(4) Eso hace además de Heliogábalo uno de los emperadores más jóvenes de la historia de Roma, seguramente por detrás de Rómulo Augústulo (último emperador del Imperio romano de Occidente); aunque ello también supuso que careciese de cualquier clase de experiencia política o militar (Icks, 2013, p. 76).

(5) A este emperador se le adjudicaron diversos nombres tanto durante como después de su reinado. En inscripciones y monedas era nombrado como Marco Aurelio Antonino, su nombre oficial de emperador. El historiador y senador Dión Casio, contemporáneo suyo de origen griego, le llamaba «Sardanápalo» o «Pseudo-Antonino», en claro tono despectivo. Herodiano, otro historiador griego contemporáneo, le llamaba primero Basiano y más adelante Antonino. La Historia Augusta, obra de mediados del s. IV, viene a ser la única fuente clásica que sí le llama claramente como Heliogábalo (Turcan, 1985, pp. 7-8; Icks, 2013, p. 59).

(6) Lucio Septimio Severo (146-211) fue un senador y gobernador provincial, originario de Leptis Magna (en la actual Libia). Tras vencer a sus oponentes en un serio conflicto, en el 193 ascendió al trono imperial, fundando con ello la dinastía severa, cuyos miembros gobernaron Roma hasta el 235. Además, según narra la Historia Augusta (Vita Sev. 2, 8-9; 4, 3), este emperador fue bastante aficionado a la astrología, y la consulta de un horóscopo le llevó a que decidiera contraer matrimonio con Julia Domna (Vita Sev. 3, 9).

(7) Turcan, 1985, pp. 21-23; Sánchez Sánchez, 2017, pp. 32-33.

(8) Su auténtico nombre fue Lucio Septimio Basiano. Era el hijo mayor de Septimio Severo y le sucedió al trono en el año 211. Sin embargo, se hizo bastante impopular por ordenar asesinar, al poco de ser nombrado emperador, a su hermano Geta, con quien su padre planeó que gobernase el Imperio conjuntamente (Herodiano III, 15, 4-5; SHA, Vita Ant. Car. 2, 4-5). Las fuentes clásicas nos hablan de otros asesinatos que fueron cometidos por orden suya. También destacan de él su gran afán por asemejarse a Alejandro Magno. Con todo, un hecho bastante destacado de su gobierno fue la promulgación de la Constitutio Antoniniana en el 212, por la que se otorgaba la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio. Ello tuvo destacadas repercusiones en el plano religioso, en tanto que la otorgación de la ciudadanía también involucró a los dioses (Sánchez Sánchez, 2017, pp. 20-21).

(9) Marco Opelio Macrino era el prefecto del pretorio de Caracalla. Urdió un complot para asesinarlo, algo que al final se cumplió cuando se encontraban en Siria en el transcurso de la guerra contra los partos. El responsable de asestar el golpe final fue Marcial, un centurión que se había enemistado enormemente con el emperador (Herodiano IV, 13, 2-5). Con todo, la posición de Macrino no dejó de ser precaria al ser proclamado emperador sin el visto bueno del senado, contando solo con el apoyo de los legionarios.

(10) Herodiano, V, 7-8.

(11) Por supuesto, aquello se trató de una invención (el auténtico padre de Heliogábalo, Sexto Vario Marcelo, fue un hombre perteneciente al orden senatorial que falleció antes de que sucedieran estos acontecimientos). Se trató de una estratagema ideada principalmente por Julia Maesa para asegurar la continuidad de la dinastía. Ante ello, Vario Avito Basino vio su nombre cambiado por el de Marco Aurelio Antonino de cara a las tropas y sus fieles para así demostrar el vínculo con su “padre” Caracalla, algo que también se apresuraron en transmitir en monedas e inscripciones oficiales (Icks, 2013, pp. 62-65).

(12) Tratándose pues de un nombre compuesto formado a partir de dos palabras semíticas: El o Elah, “Señor”, y Gabal, “montaña” (Sánchez Sánchez, 2017, p. 41). Otra propuesta etimológica, menos aceptada, plantea que Gabal provendría del nombre acadio Gibil, dios del fuego, siendo por tanto el dios de Emesa de este mismo carácter (Turcan, 1985, p. 32).

(13) Herodiano, V, 3, 4. Dicha asimilación se debía a un aspecto característico del politeísmo grecorromano denominado como interpretatio, el cual, como su nombre señala, consistía en la interpretación o traducción de un dios extranjero en uno propio en base a factores varios como las semejanzas que podrían apreciarse. Ello daba lugar a unas importantes ventajas culturales, muy útiles para procesos como el de la romanización de los diversos pueblos y regiones del Imperio (Beard, North y Price, 1998, pp. 344-345; Turcan, 2001, pp.25-27; Bettini, 2016, pp. 77-83). A todo esto también cabe añadir las destacadas tendencias de sincretismo religioso presentes a lo largo del siglo III (Sánchez Sánchez, 2017, pp. 89-94).

(14) Herodiano, V, 3, 5. Tal clase de roca sagrada, elemento común de los cultos y creencias del ámbito semítico, se denominaba betilo o bethel, literalmente “Casa de dios” (Sánchez Sánchez, 2017, pp. 43, 44). El paso de Elagabal de ser un dios de la montaña a un dios solar es un claro ejemplo de las tendencias sincréticas habidas en las religiones de aquel entonces, siendo ello reforzado por la ya mencionada asimilación de Elagabal con el grecorromano Helios-Sol (Turcan, 1985, pp. 32-36; Icks, 2013, p. 49). A todo esto cabe agregar también la constatación de otros cultos a dioses solares en la ciudad de Emesa, como por ejemplo Shamash (Sánchez Sánchez, 2017, p. 45).

(15) Herodiano, V, 5, 6.

(16) Herodiano, V, 5, 8. Señala Sánchez Sánchez a este respecto (2017, p. 76): “Heliogábalo intentó presentar el culto de El Gabal como la religión del emperador, que no ha de ser percibida como una tradición extraña o usurpadora”.

(17) Herodiano, V, 6, 6-10.

(18) SHA, Vita Hel. VII, 4. Sobre el intento de traslado de los símbolos (como el fuego de Vesta, la piedra de Cibeles, los escudos de Marte y el Paladión de Minerva) pudo haber sucedido poco antes del año 220. Sin embargo, la principal fuente que habla de ello (la Historia Augusta) es muy imprecisa a la hora de situar cronológicamente los sucesos que narra. Ha habido autores, como Halsberghe (1972), que vieron en la política religiosa de Heliogábalo la pretensión de formar un culto monoteísta. Sin embargo, esa consideración resulta errónea dado que no se negaba la existencia de otros dioses, sino que  simplemente se proclamaba a Elagabal como el más poderoso, privilegiado y supremo de todos, mereciendo en consecuencia más devoción. Tal clase de culto se denomina como henoteísmo (Turcan, 1985, p. 155; Sánchez Sánchez, 2017, p. 105).

(19) Icks, 2013, p. 73.

(20) Expresa Icks (2013, p. 91): «Como hemos visto, no fue el reclamo de un dios personal lo que hizo a Heliogábalo excepcional, sino la naturaleza exótica ‘no romana’ de la deidad a la que había conectado su destino, así como la forma poco diplomática con la que intentó forzar su campeón divino sobre los romanos». Huelga decir que al destronamiento de Heliogábalo no solo contribuyeron las transgresiones religiosas que hizo, sino también los escándalos de índole sexual y también política que llegó a provocar, siendo estos últimos consistentes sobre todo en el ascenso y promoción de personas de rango social bajo y, no menos aún, en el desinterés que mostró por el gobierno del imperio (Sánchez Sánchez, 2017, pp. 27-30).


Bibliografía

  • Anónimo, 1989, Historia Augusta, Akal, Madrid. [Edición y traducción de Vicente Picón y Antonio Cascón].
  • Beard, M., North, J., y Price, S., 1998, Religions of Rome. Volume I. A History, Cambridge University Press, Cambridge.
  • Beard, M., 2012, El triunfo romano, Crítica, Barcelona.
  • Bettini, M., 2016, Elogio del politeísmo, Alianza Editorial, Madrid.
  • Birley, A., 2012, Septimio Severo: el emperador africano, Gredos, Madrid.
  • Grimal, P., 2008, Diccionario de mitología griega y romana, Paidós, Madrid.
  • Halsberghe, G. H., 1972, The Cult of Sol Invictus, BrillLeiden.
  • Herodiano, 2008, Historia del Imperio romano después de Marco Aurelio, Gredos, Madrid. [Edición y traducción de Juan J. Torres Esbarranch].
  • Icks, M., 2013, The crimes of Elagabalus. The life and legacy of Rome’s decadent boy emperor, I. B. Taurus, Londres.
  • Martínez-Pinna, J., 2014, «La religión romana arcaica», en Blázquez, J. M., Martínez-Pinna, J. y Montero, S., Historia de las religiones antiguas. Oriente, Grecia y Roma, pp. 395-437, Cátedra, Madrid.
  • Sánchez Sánchez, J. I., 2017, La introducción del culto de El Gabal en Roma, Signifer Ediciones, Madrid-Salamanca.
  • Turcan, R., 2001, Los cultos orientales en el mundo romano, Biblioteca Nueva, Barcelona.
  • Turcan, R., 1985, Héliogabale et le sacre du soleil, Éditions Albin Michel, París.