Don Crisóstomo Expósito del Toro, ¡qué hombre!; de niño nació hijo de puta, pero no piensen que fue por su maldad, no; el neonato surgió de un amorío que el “Marqués del Señorío”, pueblo solaz castellano, mantuvo con Rita, alegre mujer, “cantaora” era su trabajo peculiar, nacida en la lejana Andalucía, mujer que malvivía vendiendo su virtud y su cante, sin ataduras ni cortapisas, al que mejor se lo pagara.

Su padre, “El Marqués”, no era malnacido, pues su cuna era noble y así lo atestiguaban los muchos pendones blasonados que exponía en sus amplios salones, obtenidos en las campañas guerreras contra el moro felón, siendo caballero principal en las huestes del Rey Don Alfonso.  Prendado por la belleza del nacido, nada más verlo lo adoptó como hijo suyo y con gran señorío, bondad y buen sentido, desterró a “Rita la cantaora”, pagándole una gran suma de doblones con la condición que no volviera nunca más por su terruño.

La buena mujer nunca volvió,  porque al poco de partir del pueblo, en la Villa de Los Tientos, cercana al “Señorío del Marques”, fue asaltada, violada y al final apiolada por bandidos desalmados, quizás piratas de rio, puede que bribones de monte. Hay quién piensa, aunque mucha gente nunca lo hace, que los truhanes fueron pagados por la justa Doña Sabina, madre amantísima del “Marqués”, para que la pobre madre de su nieto putativo no volviera a reclamar a su  hijo de puta, al que consideró de su sangre nada más vio sus ojillos locuaces, tan vivos como los de su hijo “El Marqués”.

Pero todo eso son habladurías que nadie jamás probó, porque también se dijo que al enterarse el “Marqués” de la muerte de su bien follada, que tan placenteros momentos le proporcionó, entristecido y contrito por la pérdida de tan bella mujer que tan bien le sirvió de disfrute, pagó a una partida de sicarios colombianos, de mal nombre los “Pérfidos de Medellín”, que buscaron, encontraron y desollaron a la banda de piratas en un “Starbucks” de Toledo, la capital del “Señorío del Marqués”, cuando en rico café colombiano gastaban parte de su soldada. Pero esto, como todo, son habladurías del pueblo bajo, que aburridos por escuchar en la tele, los desvaríos de la Belén Esteban, comentaban aburridos, éstas y otras historias de las que solo los protagonistas sabían la  verdad y como aquellos, sin dinero no hablaban, de la “Esteban” lo copiaron, todo quedaba en sospechas, que la plebe deshojaba en las largas colas del paro esperando la próxima “Cruzada” contra el pérfido moro.

Tan largas explicaciones vienen al caso para ilustrar que el único hijo varón del “Marqués”, sin él quererlo, tuvo un nacimiento movido, rodeado de historias que sonrojarían al más ducho, pero que a él no afectaron, porque aunque nacido pequeño, su inteligencia era un prodigio y por ser de la nobleza mestizo, todo lo oyó y eso marcó su vida como más tarde veremos.

Tuvo Don Crisóstomo una niñez regalada, institutrices variadas, hasta alguna llegada de la lejana Mandalay. Su padre, ilusionado, pagaba grandes fortunas para que gentes del pueblo llevaran a sus vástagos, niños plebeyos pero que compartían juegos, sesiones de circo con animales salvajes y brillantes obras de los más grandes payasos contratados de otras naciones para divertir al noble, que ya no era, por su adopción, hijo de puta.

Ya de adolescente, acompañado de preceptores, mayordomos,  criados y una cuantiosa escolta, se dedicó a estudiar varias carreras. Sin reparar en gastos ni en los mejores preceptores, aprobó año tras año, curso tras curso con diamantina brillantez.  Y en el trascurso de su vida universitaria el “Marqués” le mandó a su residencia, palacete de imponente aspecto, bellas mujeres para también aprender artes amatorios, que con ellas aprendió y no contento, embelesó a más de una, a la que no  dejaron volver, tales eran los encantos de todo tipo que Don Crisóstomo desplegaba, siendo también maestro y doctorado en los asuntos de la cama.

A los cinco años de estudios, amoríos y lances variados se licenció con honores “cum laude”, en Literatura, Arte, Oratoria, Arquitectura y Esgrima y con un raso notable en Ingeniería Militar, porque estudió en demasía las interioridades de la hija del Decano de los ingenieros, y cuando a éste le contaron  que a su hija desfloró, suspenderlo quiso, pero no pudo por sus notas tan brillantes, pero otorgarle el “cum laude”, “por mis cojones que no”, gritó en el claustro de profesores el desolado padre, ante la mirada incrédula de tantos doctores que no comprendieron la inquina que el Decano desplegó para intentar suspender al joven noble.  Solo un notable, por la fuerza ejercida entre todos, consiguió que le otorgara; mientras el Decano, doloso, herido en su honor y jodido en su hija, la mandó a estudiar a la Antártida para que completase una “Tesis” sobre el comportamiento sexual del pingüino “Príncipe”. Nadie entendió el porqué, nadie comprendió la guasa del Decano, que tal castigo consideró suficiente, ejemplar y valiente, para el deshonrado padre, tan Decano y tan doliente.

Al volver al solar del Marquesado, con sus carreras acabadas y coronado con mil laureles, su padre, ya viejo y cansado colmó de besos, abrazos y parabienes a su querido hijo, comunicándole gozoso que le iba a trasferir el título, tierras, dineros y nobleza, mientras él se iba a retirar a una clínica de “INCOSOL”, en tierras del pérfido moro, para cuidar su salud.

El buen “Marqués” confiaba en su buen hijo, por su comportamiento honorable y su sabiduría increíble, que hasta sabios daneses muy afamados, llegaban ante Don Crisóstomo a comentar sus enigmas, cuya respuesta su poco saber les negaba y él, rápido, brillante y taxativo, solucionaba sus dudas y cualquier teorema irresoluto que ante el joven  presentaban.

Su abuela materna, Doña Sabina, la que tanto le quería,  había ya partido al encuentro del “Altísimo”; aquel nefasto día cuando en pía meditación con su beato y confesor, una lámpara bizantina adornada con refulgentes lámparas, por un malnacido cortocircuito quemó sus anclajes, cayó y a la pía pareja dejó piando del golpe, no pudiendo ni los sabios doctores de la “Universidad de Deusto” salvar tan santas vidas.

Tan solo restaban,  de sus recuerdos de infancia, una de sus mozas más queridas; su nodriza, la rolliza Adelina que tanto jugó con Don Crisóstomo, con juguetes de por medio, pero siendo lo que más le gustaba al mancebo sus generosos pechos, tan cálidos, blancos, dulces y de pezones prominentes.

Al verla, el noble muchacho, en un rincón del palacio, arrugada y vieja, sus pechos convertidos en ubres de cabra, de tan famélicos convertidos, ojos tristes y mente desvariada por el tiempo, que insensible masacra a las buenas gentes y Adelina ya estaba próxima a cumplir los ciento treinta años de abnegado servicio, poniendo siempre sus orondos pechos a disposición de la noble familia, primero con el viejo “Marqués” y luego con su hijo amadísimo.

Al acercarse Don Crisóstomo, ella le miró sin verlo, medio ciega, dejando de coser un sayón de un negro que espantaba.

─ ¿No me recuerdas, Adelina?, ─dijo enternecido el muchacho.

─ Sí, Crisóstomo, sí. Pero me entristece que tu llegada traiga el luto a la familia.

─ ¿Qué quieres decir con eso nodriza?

─ Que este sayón, un sudario que estoy cosiendo, no tardará en tener buen uso.

Nada más dijo por mucho que le fue preguntado.

Ese comentario dejó cejijunto y malhumorado a Don Crisóstomo, por no entender lo que encerraban tan oscuras palabras.  Aunque muy pronto, las chanzas y requiebros con los amigos que su padre le compró para divertir sus momentos de ocio le retrajeron de las cavilaciones que Adelina, tan sombría le ocasionó.

Antes de la magna ceremonia del traspaso de poderes, prebendas, cargos, hacienda y dignidades, que hasta el noble “Rey de Liguria” estaba invitado como testigo excepcional, junto a la nobleza de medio mundo civilizado, incluido el salvaje y tosco “Imperio Americano”, para la que se estaban iniciando los preparativos, haciendo acopio de viandas, bebidas e invitados, pues en menos de un mes el “Marqués” quería dejar claro sus capitulaciones y retirarse a soñar lo vivido y a esperar su futuro.

Como preludio a la gran ceremonia, se dio un ágape de menor tronío, a familiares, amigos queridos, autoridades del terruño y dos pobres en representación de los tres más desgraciados  del “Señorío”. El día elegido por el ya próximo emérito “Marqués” fue el “Primero de Mayo”, fiesta del trabajo, por eso de solidarizarse con sus muchos trabajadores y demostrarles que él, trabajaba siempre.

En el caserón nobiliario, entre palacio y castillo, con parabólicas y calefacción central, se estaba realizando el besamanos de los invitados  a los anfitriones, cuando apareció, vestido de “Darth Vader”, de negro primoroso, el primo hermano del antiguo hijo de puta. Un bujarrón, friki y rico por castigo, que como todos los ricos aun quería serlo más, y  no digería que la aparición, hace años, del “hijo de la gran puta”, como siempre lo nombraba, truncaran sus posibilidades de enriquecerse  más “por la cara”, o sea, por heredar a su tío.

Don Crisóstomo no lo podía ni ver, pero por mor de la concordia familiar hacía, mejor dicho, hizo siempre de tripas corazón para que su padre putativo no sufriera de peleas tan barriobajeras.

Pero ésta vez, viendo “Darth” que su peculio no iba a aumentar por vía parental, se plantó delante del muchacho, miró a su tío el “Marqués”, y muy  altanero, comentó:

─ Amado y noble tío, disculpa, pero no pienso saludar al hijo de puta éste, que dices que es hijo tuyo.

La voz engolada de “Darth”, cuyo nombre de cuna era Don Emeterio del Toro y lo cómico de su disfraz no pudo ocultar el daño que sus palabras produjeron en el anciano “Marqués”, que del sofoco trastabilló,  no cayendo porque los dos municipales  del “Señorío”, a modo de “guardia de corps”, lo sujetaron.

Don Crisóstomo miró a su primo, a la cara entristecida de su padre y le espetó corajudo:

─Eres un payaso, vergüenza de bujarrones y lo único que tienes oscuro, además de tu corazón, es tu culo lleno de la mierda que te endilgan los amigotes que te acompañan.

El tal Don Emeterio compuso una pose histriónica, cinematográfica, sacó su espada de color y con la otra mano dio un sonoro bofetón a Don Crisóstomo. Éste no lo pensó dos veces, arreó una muy noble patada en el “arco del triunfo” al negro caballero, que cayó enrollado por el daño sentido como un gusano al suelo. Mientras caía, se llevó otra patada de su primo en pleno casco de Don Emeterio, que saltó hecho trizas, viendo todo el personal regocijado que el disfraz venía a cuento porque el noble Don Emeterio tenía la cabeza rapada, razón del porqué nadie conocía.

Los sicarios del malo, vestidos de blanco, avanzaron amenazadores, los amigos de Don Crisóstomo no tardaron en formar falange, unos por devoción, otros por profesión bien pagada y algunos por despistados que pasaban por allí.

El choque estaba presto a producirse, algunas pistolas sustituían a las espadas y a las armas más primitivas. El encontronazo sangriento iba camino de comenzar,  cuando el viejo “Marqués”, ya repuesto, grito con voz imperativa:

─Quietos todos, bajad los humos, enfundad las armas. Con razón o sin razón, este no es lugar para dirimir contiendas. El ofendido y el ofensor acudirán mañana al amanecer al campo de futbol que hará las veces de “Campo del Honor”, donde se efectuará un “Juicio de Dios”, con un torneo entre los dos egregios nobles y el primero que sangre, será desterrado del marquesado.

Don Crisóstomo asintió, frenando a sus pretorianos.  El verraco de Don Emeterio, no se sabe que dijo, pero parece que también asintió. Sus hombres dándole escolta al de la negra figura se retiraron, entre chanzas divertidas del gentío tan respetable que contempló aquel lance.

Pero el destino es muy cruel cuando se trata del honor  limpiar, aunque  las lavadoras estaban ya preparadas en el “Campo del Honor”.

Los contendientes, cada uno por su lado, según sus gustos variados en cuestiones de regocijos sexuales, se fueron esa noche a celebrar la sangre que al día siguiente alguno de ellos  vertería.

Don Crisóstomo fue al mejor  club de putas del marquesado, donde pagó los caprichos de sus cientos de amigos que copularon como desaforados. Ya que  parece que  cuando no se paga, se copula mejor.

Don Emeterio, se dirigió al mejor  bar de “ambiente”, próximo estaba el “Día del Orgullo LGTBI” y mucha gente acudió de muchos reinos, algunos cercanos otros de allende.  También, tal era su fortuna, que costeó los excesos de sus centenares de amigos y algunos que se apuntaron también copularon, como si no hubiera un mañana.

En los dos bandos bebieron sin fin,  brandy jerezano regalado por el Rey Moro de Granada, ginebra enviada por la “Reina de Inglaterra”, vodka del “Terrible Iván” y cava del relajado “Pujol I”, amado por quien lo amara, Conde de Barcelona, además de cualquier otra bebida que pudiera emborracharlos. Así fue que tanta bebida es la que bebieron, que los emborrachó.

Tal es así, que al día siguiente al amanecer solo las gentes del pueblo y los nobles más vetustos esperaban ávidos la sangre a verter, llenando las tribunas del “Campo del Honor”, rodeando el trono, bajo palio, del anciano “Marques”.

Mientras, las huestes de ambos contendientes dormían sus cogorzas, solos, amancebados o arrinconados en las paradas del autobús.

En cuanto a los ofendidos, Don Crisóstomo se encontró para su placer con la hija de aquel Decano, que después de pasar tanto frío en el Antártico, decidió calentar su cuerpo en los mejores prostíbulos  de Castilla y Aragón. Tanto copularon, que ni del amanecer se dieron cuenta, siguieron mucho tiempo dándole al columpio y no se tiene noticias de cuando acabaron.

Por otra parte, Don Emeterio, no tuvo excusa, se quiso beber el mundo y el mundo se lo bebió a él, quedando tan borracho que ni se sabe que fue de él.

El “Marqués” furioso, cansado de esperar,  tal fue el desplante, se marchó muy enfadado decidiendo dejar para tiempos mejores el traspaso de poderes y similitudes, pero no por eso quiso perder el dinero ya adelantado en la clínica de “INCOSOL”  y cogiendo su avión particular voló en briosos corceles  a Málaga.

De lo que pasó después de esos azarosos lances ya no se sabe nada; a los manuscritos medievales que esto refirieron y de donde yo saqué las ideas para relatar esta bella historia les faltaba el final, aunque también le faltaban muchas páginas intermedias, las cuales suplí con mi particular ingenio y gracia, cual artista fallero valenciano.  Como no hay nadie vivo que me lo contara, ni lo pudiera rebatir, no sé lo  que  siguió.

Pero, tengan por seguro que algo pasó, porque alguien más añejo que nosotros, en su momento lo escribió y lo escrito, para siempre, escrito está y pasar, algo de lo contado pasó.

P.D.: No encontré la menor mención en lo escrito de lo que sucedió con el sayón de negro luto que cosía la nodriza de Don Crisóstomo, la anciana Adelina. Pero quizás fuera utilizado por Don Emeterio, tan amante del negro color.


Autor/a: F.J.B.B.


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4 Comentarios

  1. Relato cargado de anacronismos con intención. Ese café colombiano debía reconfortar mucho a los grandes señores de la edad media. Tiempos de don Alfonso, nada menos, aunque no sabemos cuál de ellos, ¿el IX?, ¿el XI? Belén Esteban ya entretenía las tardes, según parece. Se pueden barajar varias posibilidades para explicar su extemporaneidad, que el manuscrito en el que se inspira el narrador es falso, que el narrador no es que sea precisamente un experto en historia medieval y rellena con su estilo las lagunas de los sucesos, que la historia del relato es en sí misma simplemente una ucronía.
    En cualquier caso, una gran idea y un relato escrito con la mano de un maestro, al que no puedo menos que puntuar con un
    10