Las otras Termópilas: Esfacteria (425 a.n.e.)

Relato inspirado principalmente en la narración de Tucídides, extraído de su obra “Historia de la guerra del Peloponeso” (IV, 3 – 23; 26 – 41)

I

El mar se encontraba raso y traslúcido, y las olas se contoneaban gráciles a lo largo de la vista de Pendias, que observaba desde el extremo de una embarcación; no obstante, el Egeo no estaba en calma. No podía estarlo: había oído rumores de que aquel viejo y obstinado ateniense, Cleón, no disponía de otro objetivo en la vida que humillar a los lacedemonios; claro está, y como no podía ser menos, toda la supuesta fuerza y vigorosidad que detentaba la malgastaba en la asamblea. Seis años de guerra habían pasado desde que las dos ligas hegemónicas del territorio heleno, capitaneadas por Atenas y Esparta, decidieran enfrentarse por una mescolanza de ambición, orgullo y obligatoriedad. Las guerras del Peloponeso habían llegado para cambiar la historia de la Hélade. 

Su labor se había complicado sobremanera desde los últimos acontecimientos: los atenienses continuaban resguardados en Pilos, una lengua de tierra perteneciente a Esparta pero donde habían construido un fuerte tras haber encallado a causa de una tormenta; al sur, en la delgada isla de Esfacteria, que casi cerraba el paso a la costa creando una bahía en el terreno del continente, una gran cantidad de espartiatas guardaban el lugar con la intención de vigilar y defender el paso al continente, mas estaban totalmente aislados; días antes todo el suelo boscoso de la isla había ardido, permitiendo a los atenienses, que rodeaban con sus trirremes el territorio de Esfacteria que daba a mar abierto, vislumbrar fácilmente los movimientos de los laconios. 

Compartiéndose el destino las ganas de ahogarle o de ser capturado por los atenienses, Pendias se decidía a lanzarse del barco en dirección al sur de Esfacteria, el único lugar accesible desde el mar. Cargaba en sus brazos varios odres atados a su pecho y una promesa en su mente: debido al catastrófico sitio ateniense de la isla, los esclavos que ayudasen a transportar víveres a los espartiatas defensores serían recompensados con la libertad. 

Antes si quiera de reconsiderar la sensación de ayudar a Esparta, la polis  que le tenía como propiedad, se lanzó para sumergirse en los territorios de Posidón y recorrer los últimos estadios a la voluntad de la marea y a la sombra de su casi inexistencia. Sentía los barrancos acercarse inexpugnables, sus relieves cantos de sirena, pero por suerte, como Odiseo, él disponía de una cuerda atada a sí mismo. Los odres, que se le habían escapado de los brazos, arrastraban al abismo a Pendias, quien se negaba a visitar tan pronto a otro de los tres divinos hermanos. 

Llegado a la playa, con la proa de los trirremes atenienses apuntando en su dirección, movidos por las olas pero anclados en sus intenciones, corrió hasta el primer puesto de los espartiatas, en el sur. Allí se encontraban 30 ciudadanos de Esparta, quienes le recibieron con una expresión rayana en la inmovilidad. Pendias depositó dos de los odres que portaba allí, como le habían encomendado, y presto se dirigió al punto central de la isla, que disponía de llanura y era donde se habían atrincherado el resto de compatriotas: en total, habían ido 420 de los más ilustres ciudadanos de Esparta, acompañados por sus hilotas, como siempre ocurría en las campañas militares. Moloboro, otro hilota de Mesenia como Pendias, concedió en acompañarle isla adentro, previo permiso del espartiata de quien se encontraba a cargo. 

Para sorpresa de Moloboro (y también para su insatisfacción), Pendias no compartía el principio universal del silencio que caracterizaba a los espartiatas, así como tantos otros hercúleos adjetivos que compartían estos miembros de la aristocracia espartana (al fin y al cabo, estaba muy lejos de ser uno de ellos):

― Mis nervios tiemblan día y noche de saber que hay sesenta trirremes rondándonos como perros hambrientos, esperando a que nos durmamos. Llegar hasta aquí nadando ha sido todo un suplicio.

― Es lo que sucede en las guerras. No creo que los atenienses disfrutasen mientras veían cómo quemábamos sus cosechas mientras ellos morían de peste en el interior de sus muros. El mismísimo Pericles sucumbió a la enfermedad; nunca en mi vida había visto una reunión entre los iguales tan animada. Incluso cantaron alguna canción, aunque no hacen por recordarlo demasiado. 

― ¿Has podido estar en una sussitia?

― Efectivamente. Sirvo a aquel espartiata –señaló a un fornido hombre que miraba, casco en mano, al horizonte marino bañado en barcos enemigos, teñido de púrpura por el atardecer-. ¿Ves sus cicatrices en la espalda? Las tiene desde su iniciación como soldado; fustigan sus cuerpos en el santuario de Ártemis Ortia, ¿sabías? Su nombre es Eudamidas, y mi familia pertenece a la suya desde que vencieron a los mesenios en Itome.

Pendidas escuchó ese último hecho con la tensa solemnidad de un sacrificio religioso. Recordaba haber escuchado a sus parientes hablar de la conquista de Mesenia, de la conversión en esclavos de su pueblo, y de la última oportunidad de resistencia en Itome, tras un ciclópeo terremoto que sacudió Esparta; los mesenios pusieron en jaque el poderío establecido por escudos y lanzas alzándose en busca de independencia y libertad. No fue así. Los espartiatas, con la ayuda forzada de los atenienses, volvieron a cubrir Mesenia con una sombra trenzada por eternas cadenas. 

― Sigo sin entender cómo los atenienses pudieron ayudarlos –prosiguió Pendias, parándose en seco, estupefacto- ¡Y ahora nos atacan!

― En efecto. Y, sinceramente, no tiene buena pinta. Pero también socorrieron a los mesenios que resistieron en el monte Itome y fundaron una colonia para que viviesen allí.

― Naupacto… -masculló Pendias anonadado. Conocía su existencia, pero no su naturaleza-

― Vaya, parece que al fin tienes algo más que un cuerpo de carga. Ni la guerra ni la vida son justas, y rara vez disponen de algún tipo de sentido. Ya casi hemos llegado. 

Los trescientos noventa hombres restantes se arremolinaban en el centro de la isla buscando quehaceres y esperanzas. La noche cerrada había teñido por fin el cielo púrpura y cada cual preparaba sus enseres para ocupar su espera. Dejó el resto de los odres colgados de un árbol que acompañaba a una fogata rodeada por más armas que hombres. Se acercaba el segundo mes de aislamiento y Pilos seguía sin caer. Segundo mes manteniéndose como podían en lo alto de un terruño. Segundo mes en el que la imagen de Esparta se veía cada vez más maltratada, y todo a causa, según el resto de ciudadanos, por un fallo de cálculo logístico. Los atenienses resistían, maltrechos, y las trirremes, siempre presentes. Moloboro y Pendias tomaron asiento en unas rocas junto a otros hilotas, que iban y venían al servicio de los esforzados espartiatas, y se dejaron caer al sueño, el primero con el tedio de la costumbre y el segundo con la satisfacción de una liberación casi inminente. 

II

A la mañana siguiente, Pendias se despertó por puro tedio de dormir. Con deliberada ingenuidad, interrumpió “sin querer” el sueño de Moloboro; aún tenía muchas preguntas. Una vez incorporados, Pendias preguntó con su profundo acento dorio:

― Parece que tú estás más al tanto que yo. ¿Es que no han pedido la paz? ¿Una tregua?

― ¡Por supuesto! Cada vez que uno de los bandos pierde un poco de control, se envían embajadores. Recuerda, chico, que tanto Atenas como Esparta son las líderes de ligas militares que cubren toda la Hélade. Las guerras no solo se ganan con armas; más vale el habla y la cordura. 

― ¿Por qué Atenas no aceptó la tregua?

― Cleón –rumió en tono manso- Unos dicen que es un gran orador, otros un demagogo de cuidado. No obstante, un líder no es nada sin apoyo. Recuerdo que tras verse rodeados en esta isla los espartiatas acudieron a Atenas diciendo que el momento en que sonríe la suerte hay que demostrar mejor disposición a la paz, que los grandes enemigos resguardan las esperanzas de tener las mejores reconciliaciones, y que toda la Hélade sería testigo del buen juicio ateniense; a cambio, solo deseaban que sus hombres volviesen. El miedo que tiene Esparta de que sus mejores hombres vuelvan sobre su escudo en vez de con él es casi mayor que el deseo que tienen de vivir, y eso todos lo saben. Por eso Cleón tensó la cuerda hasta evitar que eso sucediera. Alaban la democracia, pero son la cabeza de un imperio, y ahora son su principal objetivo. Su fanfarronería le trajo forzosamente a Esfacteria, y ahora está “dirigiendo” las tropas como estratego aquí mismo, junto a Demóstenes, en alguna de esas naves…

Las naves, por primera vez en semanas, no estaban allí. Muchos de los hombres que circundaban su posición ya estaban despiertos y en activo, y se habían dado cuenta de lo mismo. 

Un grito ahogado al fondo.

Toda la guarnición se puso en marcha, los hilotas ayudaban a sus espartiatas a equiparse, mientras que al terminar juntaban todo tipo de elementos que pudieran arrojar para instigar a otros. Los espartiatas se colocaron en formación con la naturalidad de una respiración armoniosa y estable. Pendias y Moloboro quedaron detrás, bajo unos árboles aislados que habían conseguido sobrevivir al fuego. Veían la artificial construcción espartiata tan sólida como inútil: el terreno que iba hacia el sur de la isla estaba repleto de elevaciones e irregularidades, con los límites marcados por sendos barrancos. Y, cuando llegaron los atenienses por sorpresa, fue precisamente lo que aprovecharon: hoplitas, arqueros y peltastas; ciudadanos, remeros y mesenios, se dividieron en grupos no tan numerosos y acosaron con gran estruendo la inmóvil formación.

Las cenizas del incendio se elevaban en una columna cegadora de oro negro atravesada a cada instante por flechas y piedras. Los atenienses gritaban desesperados envolviendo el silencio de los espartiatas, conscientes de su situación. En el paso a la llanura los hoplitas áticos se acercaban para alejarse de nuevo, tratando de atosigar la formación y crear una confusión en sus filas. Mientras tanto, la melodía de objetos atravesando el aire no cesaba, tan solo cuando sucumbía ante armadura, suelo o piel. 

― ¡Espartiatas! – rugió uno de los estrategos del batallón ático – es hora de yacer aquí obedeciendo los mandatos de vuestra ley. 

III

Desde lo alto del muro, Pendias contempló a los embajadores espartiatas y a su estratego Estifón. Volvían a la obligada fortaleza en inversa serenidad a la expectación y movimiento que se discernían en el horizonte cobrizo de los escudos atenienses. Habían tenido que replegarse al último bastión fortificado de la isla, en el norte, desde donde incluso se veía Pilos. Aún podía recordar el rostro de Moloboro con una flecha en el pecho y boquiabierto. Después de verse hostigados sin capacidad ninguna, los espartanos cedieron terreno como pudieron, convencidos de que, aunque desamparados, guardarían el lugar. 

En una ironía trágica del destino, en un desenlace más semejante al acontecido en un teatro que en una tierra sangrante e infértil, ocurrió un atroz recuerdo, un deus ex machina muy real: Comón, general mesenio de los atenienses, había llevado, a salvaguardia del terreno, a un pequeño contingente de arqueros hasta la espalda de la fortificación con gran esfuerzo; una vez llegaron, y como los espartanos habían pensado que no se podría acceder a la zona por lo irregular del terreno, se encontraron a solas en un alto que se situaba justo en frente de la fortaleza. Atenienses y medos, enemigos y aliados y viceversa, un vaivén de alianzas y traiciones que desembocaban en la misma pesadilla de horror y fuego.

Pendias, que no había pasado de estar a ningún otro estado salvo cautivo, se atragantaba mentalmente con el polvo en el que se había convertido su promesa de libertad. Al otro lado del mar incluso podía vislumbrar la fortaleza de Pilos, e imaginaba cómo los atenienses debieron verse exactamente igual de hacinadamente exhaustos que estaban ellos ahora. Con sus campos calcinados, su ciudad mermada por la enfermedad, los atenienses en formación vestían rostros que asemejaban su incomprensión, posiblemente porque ya estarían pensando en su próximo metálico destino en vez de en su hogar. El honor y la necesidad no siempre habían de convivir, creía Pendias; no así Cleón, que andaba jactándose durante lo que parecían décadas de que un espartiata sin armas valía lo mismo que los cadáveres que habían dejado atrás. 

Un general que no se había ganado ningún mérito que relucir pero que clamoreaba a los cuatro vientos su validez, antaño ciudadanos de Mesenia ahora repartidos en todos los bandos y en todas las condiciones posibles, un pueblo cuya existencia parecía ser excluyente del siguiente, mientras que el sol y la luna los amparaban por igual… Pendias se mordía el alma y apretaba su fe con la incertidumbre de quien conoce que su fin está cerca pero que aún no ha entendido el sentido de su casi inexistencia. 

Desde la propia Esparta, ante la noticia de dicha recordada estratagema, habían comunicado desde el consejo de los éforos que los supervivientes “tenían el derecho de tomar cualquier decisión al respecto, siempre y cuando no afectara al honor del pueblo espartano”. Pendias, por supuesto, y como tantos otros, no consideraba que entrase en ese honor. Pero sí era consciente de la imagen que Esparta plasmaba a toda Grecia: nada más y nada menos que la cabeza de la liga del Peloponeso, celebérrimos por su resiliencia y dureza, obligados por su ley licurguea a soportar más allá de su límite antes que rendirse, inspirados por sus ancestros a morir por su pueblo; la sombra de su espectro se extendía incluso más allá de la realidad de sus límites. 

Cuando los embajadores volvieron de hablar con los atenienses, la decisión se hizo saber: los espartiatas se rendían. Los 192 espartiatas que habían sobrevivido con celo durante más de dos meses en esa isla, junto con los hilotas como él que les acompañaban, serían enviados a Atenas como prisioneros de guerra; todos los ocupantes entre los muros soltaron sus armas y movieron sus brazos en señal de aceptación; el resonar metálico contra el suelo descubrió un nuevo sonido nunca antes escuchado. Los espartiatas se rendían. 

Un tambor procedente de los reinos infernales pareció resonar por todo el territorio de la Hélade, desde las colonias del Mar Negro hasta la Magna Grecia. Por un momento parecía haberse parado el vuelo de los pájaros y los dioses contenido la respiración. Por un segundo las leyes que regían el mundo parecieron haberse quebrado y todos los elementos desleídos. Por una eternidad parecía que el oriundo caos volvería a absorber todo cuanto conocían, para no ser fértil nunca jamás. 

Los espartiatas se rendían.


Autor/a: Fárax de Mesenia


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