Pompeya, 23 de octubre del año 79

Publio Valerio Papiniano no pudo reprimir un bostezo. Por suerte para él su esposa Emilia no le miraba en ese momento. Ya tenía bastante con soportar la interminable lista de instrucciones que le estaba dando como para además aguantar una escena de reproches, recriminaciones y lágrimas, terminada en un lamento por no haberse casado con cualquier otro de los muchos pretendientes que, según ella, tuvo en su juventud:

—…Y no olvides que el vino de Falerno es para los invitados principales, los que estarán en el primer triclinium. A los demás les serviremos un vino más barato. ¿Me estás escuchando?

Publio asintió suspirando mientras fingía anotarlo todo. Desde que se casó con ella había constatado que a Emilia le obsesionaba ascender en la escala social. Por eso organizaba de vez en cuando costosos banquetes con lo más florido que era capaz de encontrar en la ciudad. Y, para Emilia, organizar significaba tener controlado hasta el más mínimo detalle, desde la comida y los vinos hasta la música o los temas de conversación. Su esposa, como buena y tradicional matrona romana, no acudía a esas cenas y comía en una estancia aparte, pero eso no impedía que espiara lo que sucedía en el comedor de los hombres. Más de una vez le mandaba recados a su marido a través de la servidumbre, algo que incomodaba a Publio y que divertía a sus invitados, que no dejaban de notar el disgusto de su anfitrión ante las ansias de la mujer por estar en todas partes:

—En cuanto a los entrantes, le diré al cocinero que no sean abundantes. No quiero que los invitados se atiborren y luego no prueben el plato principal. Ya sabes el trabajo que nos ha costado conseguirlo.

Lo sabía, desde luego que lo sabía. El dichoso plato principal, sugerido a Emilia por una de sus venenosas amigas, consistía en jirafa rellena de menudillos de jabalí, todo aderezado con salsa garum y otras especias. Publio se había gastado una pequeña fortuna en conseguir aquella carne tan exótica, pero no era eso lo que más le preocupaba. Conociendo sus problemas estomacales, estaba seguro de que a poco que lo probara pasaría en los próximos días más tiempo visitando las letrinas que dentro de su despacho. Como aquella vez que un guiso de flamenco, la última moda en Roma según su esposa, le había provocado en las jornadas siguientes tremendos ataques de flatulencias que le sobrevenían en los momentos más inoportunos:

—Y no olvides llevar la conversación a la relación entre Homero y los estoicos, en lugar de hablar de mujeres y gladiadores, como sueles hacer. ¿Te leíste lo rollos que te hice llegar? 

El breve instante que tardó Publio en volver de sus pensamientos y responder afirmativamente fue suficiente para que se desatara aquello que más había temido desde el principio de la conversación. Emilia empezó a hipar y a soltar una parrafada:

—Estaba segura, no has escuchado una sola palabra de lo que te he dicho. No sé por qué me preocupo cuando tú ni siquiera me prestas atención. Ya me decía mi madre que me equivocaba casándome contigo, con la cantidad de pretendientes que tenía. Con cualquiera de ellos estaría ahora viviendo como una reina, en lugar de verme ignorada por un…

Publio puso los ojos en blanco, se reclinó en la silla y cerró los oídos. Ya había escuchado antes todo el discurso y lo conocía muy bien. Sabía que lo mejor que podía hacer era dejar que Emilia siguiera hasta que calmarse. Volvió su mente a los problemas que sufrirían sus tripas a partir de mañana. Tenía que conseguir aquellas hierbas que tan buen resultado le habían dado cuando el asunto aquel de la carne de flamenco. ¿Estaría a tiempo de mandar un esclavo a por ellas?

 

El cocinero Valerio Andrónico se afanaba en tener todo preparado para la cena de esa noche. Comprobó que el horno estaba a la temperatura adecuada y echó un último vistazo al plato principal. Cogió con mimo la bandeja y la metió dentro. A partir de ese momento solo quedaba esperar a que se hiciera.

Fue entonces cuando el portero entró en la cocina y le dijo que alguien quería verle:

—Ahora estoy muy ocupado. Dile que deje el recado.

El portero asintió mientras contestaba:

—Me dijo que dirías justo eso, así que me dio un mensaje para ti.

—¿Y cuál es ese mensaje?

Por toda respuesta, el cocinero abrió la mano mostrando cinco granos de granada. Andrónico palideció al verlas:

—¿Dónde está ese hombre ahora?

—Te espera en la calle.

Andrónico salió a toda prisa. Había comprendido inmediatamente qué significaban aquellos cinco granos. Era la manera que tenía Fabio «el púnico», el mayor prestamista de la ciudad, de decirte que el tiempo se estaba acabando. Cuando llegó a la calle, el hombre que le esperaba le miró sonriendo:

—Vaya, Andrónico. No pensé que fueras capaz de correr tanto con esa panza.

El cocinero no respondió inmediatamente. Trató de calmarse antes de hablar:

—Dile al «púnico» que estoy reuniendo el dinero y que pronto le pagaré.

La sonrisa del esbirro se hizo más ancha:

—El mensaje es claro. Tienes cinco días.

—No puedo reunir una suma tan grande en ese plazo —contestó Andrónico—. Tiene que darme más tiempo. Tengo un negocio entre manos que me hará rico, pero tiene que tener paciencia.

El esbirro soltó una sonora carcajada antes de responder:

—¿Paciencia? Ya sabes que esa no es la mayor virtud del «púnico».

El cocinero renegó para sus adentros del día en que había recurrido al prestamista para satisfacer su afición al juego. Maldijo a los dados, a su mala suerte y al «púnico». Sintiéndose acorralado, Andrónico dijo:

—Si me da una semana más, le pagaré el doble.

El esbirro lo miró largamente. Sacó una daga y se limpió las uñas antes de contestar:

—Le transmitiré lo que me has dicho, pero no te prometo nada.

Dio media vuelta y se fue calle arriba. Antes de desaparecer se volvió y dijo sonriendo:

—¡Ay, ay, Andrónico! Y pensar que cuando eras esclavo no tenías problemas. La libertad no te sienta bien.

A pesar de que en la calle hacía más fresco que en la sofocante cocina, el cocinero sintió que grandes gotas de sudor caían por su frente.

 

Emilia fue a la cocina con la furia pintada en el rostro. El patán de su esposo iba a estropearlo todo. Llevaba varios días preparando aquella cena, una oportunidad magnífica para su plan de subir en la escala social, y no iba a tolerar que todo se echara a perder por la desidia de Publio. Y no es que fuera mal hombre, pero carecía de ambición. Se conformaba con que su negocio de importación de especias fuera bien, sin darse cuenta de que el dinero no es nada si los poderosos no te tenían en cuenta. Y para Emilia, tenerte en cuenta significaba que esos poderosos te invitaran a sus casas, te saludaran cordialmente por la calle o te incluyeran en las conversaciones como uno más de ellos. El día que eso llegara habría culminado su sueño, forjado durante años de noches en vela y recuerdos de agravios. 

Nada más entrar, el habitual guirigay que solía reinar antes de una cena importante se apagó como por ensalmo. Un silencio atronador se adueñó de la estancia, y los esclavos a los que la matrona miraba apartaron rápidamente la vista y le volvieron la espalda simulando hacer algo urgente. Bien sabían que era mejor pasar lo más desapercibido posible en estas situaciones. No sería la primera vez que cualquier error, ya fuera real o imaginado, podía provocar una buena tanda de azotes y quedarse varios días a pan y agua. Normalmente con más agua que pan:

—Pero, ¿se puede saber dónde está Andrónico?

Nadie contestó, en parte por no ganarse una mirada asesina y en parte por ignorancia. Había salido hacía un rato a la calle después de darles a todos instrucciones sobre lo que debía hacerse, pero no dijo a nadie dónde iba. Ante el silencio reinante, Emilia gritó:

—Que alguien me diga ahora mismo dónde está ese maldito cocinero o juro que os arranco la lengua con mis propias manos y la sirvo en la cena de hoy.

Por suerte para los esclavos y sus lenguas el cocinero hizo su aparición en la cocina en ese preciso momento. Emilia se encaró con él y le dijo furibunda:

—¿Te das cuenta de lo poco que queda para que lleguen los invitados? ¿Dónde te habías metido?

El cocinero, aparentando un aplomo y una tranquilidad que distaba de tener en ese momento, le aguantó la mirada y contestó:

—Puedo contarte dónde estaba o puedo ponerme a cocinar. Tú eliges.

Emilia apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Sus ojos eran dos ascuas encendidas. Se dio media vuelta y salió de la cocina, dando una patada a una esclava que había tenido la imprudencia de no apartarse de su camino.

Mientras la matrona se dirigía con grandes zancadas a la zona noble de la casa, pensaba con ira que darle la libertad al cocinero había sido el mayor error que había cometido su esposo. Desde que ya no era esclavo su insolencia era insoportable. Antes no se habría atrevido a contestarle del modo que lo había hecho. Para colmo, el acuerdo de manumisión especificaba que debía seguir prestando sus servicios a la familia. Al parecer, sus platos eran los únicos que el delicado estómago de su marido era capaz de soportar.

Al final todo se reducía a lo mismo, la culpa era de Publio. ¡Ah, cuánta razón tenía su madre!

 

Marco Mumio salió de su casa con una vaga sensación desagradable en el estómago. No le apetecía nada ir a una cena en casa de Publio Valerio, esa víbora de modales suaves y entrañas de hierro. No sería la primera vez que había cerrado un trato con él pensando que había llegado a un acuerdo ventajoso y al cabo de unos días darse cuenta de que el hombrecillo le había engañado como a un abderita.

Además, a Marco no le gustaba hacer negocios en las cenas. Él era de los que prefería cerrar los contratos en una taberna, alrededor de una buena jarra de vino. Y a ser posible a plena luz del día. Salir a cenar de noche era exponerse a ser asaltado por algún ladrón que no se conformara con tu bolsa, sino que además te saltara un ojo por diversión. O que te matara sin más. Suerte que llevaba cuatro esclavos como guardaespaldas. No era una garantía total de seguridad, pero sí que el cortejo disuadiría a la mayoría de los rateros.

Volvió sus pensamientos a Publio Valerio. Había que reconocer que era el mejor importador de especias de la ciudad. No porque las trajera en grandes cantidades, sino porque siempre tenías la garantía de que no daba gato por liebre. Marco había tenido desagradables experiencias con otros importadores. Más de uno mezclaba la pimienta o el clavo con otras sustancias, de modo que uno creía estar comprando productos de primera calidad cuando en realidad le estaban timando. Sí, se podía estar tranquilo cuando se compraba al viejo Publio. Pero esa tranquilidad tenía un precio, y nada barato además. 

Como los consumidores finales de especias, los ricos de Roma, veían esos productos más baratos en manos de otros proveedores, exigían a Mumio una rebaja de precio considerable. De poco servía que les explicara que, a diferencia del de los demás, su producto estaba garantizado. Eso significaba que su margen de beneficios era más exiguo que el de la competencia. Pero no todo era malo. Se había ganado un gran prestigio y eso le había servido para vender en exclusiva a la casa imperial.

Notó un pequeño temblor bajo sus pies. Llevaban sucediéndose varios meses, pero todo el mundo se había acostumbrado a ellos y nadie les daba importancia. Esa misma mañana se habían visto luces en las laderas del Vesubio, pero todos habían seguido con sus ocupaciones como si tal cosa. Ahora había bruma en el aire que apenas dejaba ver el anochecer. Mumio esperaba que se despejara por la mañana. Tenía que emprender viaje a Roma y no le gustaba que hubiera niebla.

Suspiró mientras divisaba a lo lejos la casa de Publio. Dejó de pensar en el volcán y se juró a sí mismo que esta vez intentaría regatear. Aunque sabía que resultaría inútil.

 

Las tripas de Publio Valerio protestaron sacando a su dueño del pesado sopor en el que se encontraba. Una tremenda ventosidad sacudió las sábanas. «Ya empezamos», pensó Publio. A su pesar, se había pasado comiendo carne de jirafa, y ahora estaba sufriendo las consecuencias.

Se removió incómodo en la cama. Le esperaba una larga noche de retortijones, flatulencias y eructos. Meditó si llamar a alguien que le preparara una infusión con las hierbas que había ordenado comprar, pero al final decidió que esperaría a la mañana. Igual entonces se encontraba mejor.

Sí, mañana sería otro día.

 

Valerio Andrónico permaneció en la cocina hasta que el último esclavo se retiró. Estaban acostumbrados a que el cocinero se quedara supervisando la limpieza de todo después de la cena, así que no se extrañaron. Cuando se quedó solo, fue a la despensa y cogió un cántaro de pimienta. Pesaba varias libras, pero cabría perfectamente en su bolsa y podría sacarlo de la casa sin que nadie se diera cuenta.

Fue hacia la puerta, se despidió del portero y salió a la calle. Con la venta de contrabando de aquel tarro sacaría lo suficiente para pagarle al «púnico», y aún le quedaría un buen pellizco. No era la primera vez que lo hacía, pero cada vez era más arriesgado y tarde o temprano alguien se daría cuenta. Tenía que dejar de hacerlo de una vez.

Se prometió no volver a jugar nunca más. Mañana empezaría una nueva vida, libre de dados y apuestas. 

Sí, mañana sería otro día.

 

Emilia se disponía a entrar en el dormitorio cuando oyó el asqueroso sonido que su esposo había producido. Sin pensárselo dos veces, se dio la vuelta y se dirigió al dormitorio que había hecho preparar desde el anterior ataque flatulento de su esposo. No pensaba dormir con Publio mientras sus tripas se empeñaran en atufar allá donde estuviera.

«Encima de inútil, pedorro», pensó. Se arrebujó en la cama y trató de dormir. Pensó que por la mañana estaría con la cabeza más despejada.

Sí, mañana sería otro día.

 

Una leve sacudida de tierra despertó a Marco Mumio. Su esposa, que dormía a su lado, no se enteró de nada. Miró al techo meditando sobre lo ocurrido en la cena. Había cerrado la compra de una gran cantidad de especias por una suma que en ese momento le pareció razonable, pero mientras más lo pensaba más extraño le parecía que Publio hubiera aceptado el precio sin rechistar.

Debía haber sospechado que ese proceder no era normal en su anfitrión, pero el vino de Falerno y el delicioso guiso de jirafa le había nublado el juicio. Y fue entonces cuando lo entendió. No había comprado por libras, sino por vasijas, y las de Publio eran más pequeñas que las de la competencia. El viejo zorro decía que así se realzaba el valor de la mercancía.

Suspiró. Publio lo había vuelto a hacer. Le había lanzado el anzuelo y él había picado como un tonto. Se dio la vuelta pensando que a lo mejor al día siguiente podría modificar el trato.

Sí, mañana sería otro día.

 

Y, en efecto, al día siguiente fue otro día, pero no allí. Por la noche el Vesubio entró en erupción, sepultando la ciudad con una lluvia de cenizas venenosas que mató a casi todos sus habitantes. Ninguno de los protagonistas de esta historia sobrevivió. 

Para ellos, el mañana no existió. Para ellos el día siguiente no fue otro día.


Autor/a: Crasus Stultus


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11 Comentarios

  1. Final esperable desde el principio al fechar su desarrollo en el año de la erupción del Vesubio. No está mal el relato. ¿Cómo definirlo? ¿De costumbres? Un
    6

  2. Me parece una historia amena y divertida y relativiza los problemas humanos dando una visión de la cotidianidad ajena a la catástrofe que se avecina. Le doy un 10, aunque me hubiera gustado saborear más los momentos finales y por eso espero que continúe.

  3. 9.
    Es una historia divertida que, a la vez, pone de relieve la futilidad de las preocupaciones humanas frente al fatídico hado del destino.

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