Entre los pueblos nómadas del desierto del Karakum existe una leyenda muy extendida. Es posible clasificarla dentro de las historias secretas turco-mongolas. En efecto, cada clan y cada tribu de aquella región árida y marginal del mundo eleva sus cánticos y guarda en su memoria colectiva a un antiguo conquistador al que denominan Tangri Beg (o Tangrig o Tinri, según las diferencias dialectales). Se jactan de ser descendientes del gran Tangri, quien fue proclamado Beg, príncipe, de los pueblos de la estepa y los dirigió hacia Transoxiana y Persia, extendiendo su poder hasta el Hindukush. Estas hazañas son las comunes del poema épico de los pocos miles de turcomanos que pastorean permanentemente las arenas negras de oasis en oasis. Algunos aspectos del relato, como el lugar de nacimiento del héroe o quiénes fueron sus hijos, disciernen según quién lo cuente. Como dije, la docena de clanes del país aseguran ser sus descendientes y herederos en cierto modo de su legado. No faltan las invocaciones de carácter mesiánico.

Me sorprendió conocer el nombre de este personaje. Registré a fondo las bibliotecas de Asjabad y Tashkent en busca de información y me entrevisté con los principales funcionarios historiadores del oriente turco. No encontré ni rastro del beg llamado Tangri. Pregunté en las ciudades; la población de a pie tampoco supo a quién me refería. Más allá de las historias orales de unos pastores del desierto, el nombre de Tangri Beg era desconocido para la Historia.

Esta breve e infructuosa investigación me llevó a concluir que la leyenda de Tangri Beg no era sino una adaptación local de alguno de los conquistadores nómadas conocidos. Descarté a Atila, porque los relatos se alejaban por completo del marco europeo (quienes transmiten este relato no saben de la existencia de nuestro continente; ya me resultó milagroso que conocieran Nishapur y Samarcanda); se me ocurrió que podría tratarse de Selyuq, cuyos nietos condujeron a los pueblos de los turcos oguz a través del mundo islámico del próximo oriente y fundaron la dinastía que lleva su nombre. La cercana localización geográfica a su presunto lugar de nacimiento era la principal baza de mi hipótesis. Sin embargo, flaqueó por la etimología de Tangri, que sin duda hacía referencia a Tengri, dios del cielo del tengrianismo (por lo que la traducción más exacta de Tangri Beg podría ser Príncipe del Cielo). Los turcomanos que me refirieron esta leyenda eran fervientes musulmanes y dudo que, pese a que las sucesivas generaciones contemplasen el cielo azul y estuviesen arraigados con él, quisieran mantener como héroe fundacional a un pagano que lleva el nombre de un falso dios; aunque dudé también que tan siquiera ellos conociesen la existencia de una antigua divinidad llamada Tengri. Dejé a un lado a Selyuq. Mi siguiente candidato fue Genghis, el Khan de los mongoles, apoyándome en la visión de padre universal que tenía de sí mismo y en la fe tengrianista. Pude apoyarme en la célebre destrucción de Nishapur, de la que se hacían eco las leyendas de Tangri Beg. Mongolia, aunque podía ser incluida en la región del Turán, se alejaba demasiado del escenario del príncipe mítico. El relato hablaba de un héroe endógeno, que había nacido pastor en aquellas mismas tierras, no de alguien ajeno al pueblo que habitaba. Eso y, de nuevo, la contradicción de un semidiós pagano casi venerado por una población musulmana, me hizo apartarlo. Tamerlán era musulmán, pero me pareció demasiado remilgado como para ser mi conquistador nómada. Pensé que podía ser una mezcla de los personajes anteriores, y que a eso se debía la adulteración y la mezcla de elementos históricos con elementos míticos. Pensé, incluso, que Tangri Beg podría ser el primer hombre que llegó al desierto y el primero que se hizo pastor de camellos. Su historia se habría transmitido y adulterado de forma oral durante milenios hasta llegar a mí. Ni siquiera me sería posible conocer su verdadero nombre. Me sentí decepcionado, pero aún me destrozó más pensar que Tangri Beg podría ser una mera invención y tan imaginario como el Preste Juan.

No tenía razón para desilusionarme. Pronto descubrí que haber extraído la única conclusión de que la autenticidad de Tangri Beg era incierta rayando lo inexistente, es lo mejor que me podría haber ocurrido para el desarrollo de su historia. Igual que a lo largo de los siglos se había confeccionado toda una leyenda en torno a él, yo también me vi con el derecho a poder elaborar una biografía sobre Tangri Beg, y así lo hice:

Tangri Beg nació en el interior de una tienda de fieltro, a la orilla de uno de los oasis del Karakum. Su nombre de nacimiento fue, sin duda, uno menos sonoro. Fue pastor de camellos durante la mayor parte de su vida hasta que, por alguna razón (bien sea que hacía especial calor ese día o que verdaderamente le habló el dios del cielo), se cansó de ser pastor de camellos y se hizo pastor de hombres. Intercambió un buen peso de lana a cambio de una cimitarra de hierro. Expresó al consejo de tribus su plan de conquista mundial, que rechazaron por descabellado que parecía. El pastor de camellos ordenó a sus seguidores cargar contra uno de los pueblos opositores y lo exterminó: todos los varones murieron apaleados. El resto de tribus se rindieron al conquistador y lo proclamaron Tangri Beg.

El unificador explicó que los turcomanos siempre habían sido como ovejas que trataban de subsistir a la sombra de las naciones que vivían de la ruta de la seda. Les anunció que había llegado la hora de que se volteasen las tornas, ahora era el turno de que los pastores condujesen a sus rebaños por las calles de las urbes. Los tejados debían ser derribados y los comerciantes obligados a esquilar. Cruzó el río Oxus entre cánticos de guerra y cortó el paso a las caravanas que se dirigían a Bujará. La aristocracia de la ciudad advirtió la disminución del comercio y mandó una pomposa comitiva disuasoria a Tangri con el fin de que abandonase el cerco. No buscaban entablar combate, tan solo hacer gala del poder militar del que gozaban, pero tan solo sirvió para alentar más en su empeño a los pastores (Tangri dijo: ‘’si queréis el oro, antes tendréis que emplear madera contra el hierro’’). La táctica que ya antes habían empleado contra bandidos y mercenarios no funcionó. Tangri no solo se negó, sino que exigió la rendición de la ciudad y amenazó con conquistarla. Los embajadores volvieron y comunicaron las nuevas entre risas. Una semana después, un ejército no muy grande armado principalmente con garrotes y lanzas robadas se presentó ante las murallas de Bujará. Tangri ofreció de nuevo una capitulación pactada, pero sus habitantes se burlaron, parapetados en sus murallas. Al día siguiente, la ciudad fue tomada al asalto y sus aristócratas decapitados. Se incendió la ciudad y se esclavizó a la mayor parte de la población. La noticia llegó a Samarcanda, donde decidieron plantar cara a Tangri en campo abierto antes que aceptar la rendición, pero sus mercenarios escitas fueron aplastados por los cascos de la rearmada caballería turcomana. Ahora que se dirigían a la ciudad, los maracandeses querían rendirse. Tangri decidió que tenía que dar ejemplo para que el mundo respetase el nuevo poder de los pastores del desierto. Los cortesanos de Samarcanda fueron hervidos vivos y se exterminó por completo a su población, cuyos cráneos fueron enviados en cientos de sacos a todas las ciudades para que se rindieran sin batallar. Así, Tangri Beg se hizo con el control de la ruta de las riquezas, pero no habría tiempo para descansar hasta que se hubiese conquistado el mundo y se pudiera así cumplir la venganza de los nómadas. Tangri Beg marchó al sur.

La ciudad de Merv, la gran plaza de los turcomanos insertada en plena ruta de la seda, envió sus embajadores a Tangri Beg y se sometió al recibir las cabezas de dos gemelos en estado de descomposición. Invitaron a su hueste a asentarse en su ciudad para preparar la próxima campaña. Miles de voraces jinetes entraron en la ciudad en un intento de formación (los nómadas nunca tuvieron disciplina al marchar). El rey de Merv se arrodilló ante Tangri y lo reconoció y coronó como el gran Beg de todos los turcos. Fue agasajado con los mejores manjares y las mujeres más voluptuosas de las que disponían, pero Tangri despreciaba a los sedentarios y rechazó el exceso de lujo. Rechazó la alcoba, se aposentó en el patio interior del palacio, que le daba acceso a las estrellas. Comió carne seca de oveja e hizo el amor a las mujeres bajo el cielo abierto, fiel a la tradición. Los príncipes de Merv trataron de sacar algún beneficio apelando a su misma raza túrquica, pero Tangri los ignoró. Se limitó a exigirles que financiaran la conquista del Jorasán.

El próspero Jorasán era gobernado desde hacía décadas por Gaznán, un jefe mercenario turco que se había hecho con el control de gran parte de la meseta irania. Se había proclamado Sah por la fuerza. Tangri Beg hablaba de Gaznán como un traidor al noble pueblo turco, un leproso que había decidido abandonar la estepa y el desierto de sus padres para dormir bajo techo de mármol, beber en copas de oro y adorar a un dios extranjero. La víspera de la partida, Tangri Beg celebró una gran ceremonia en honor a los espíritus ancestrales. Sacrificó un lobo y juró que el próximo perro en ser sacrificado sería Gaznán.

Gaznán, que había recibido sus correspondientes cráneos de Samarcanda, trató de no amedrentarse y presentó batalla a las afueras de Nishapur. La honorable batalla entre dos nobles caballeros que relata la historia oral no debió ser de tal forma. Gaznán fue con miedo al combate. Él había sido un invasor, él había dirigido a las hordas túrquicas en multitud de ocasiones y sabía lo que le sobrevenía. El fanatismo de Tangri Beg se impuso. Gaznán fue capturado y ejecutado bajo su propia espada.

A la muerte del Sah siguió la anarquía generalizada y una fiebre de saqueos y destrucción de los soldados de Tangri Beg, que rapiñaron e incendiaron el Jorasán durante algunos años. Luego, Tangri los reunió y se lanzó al este. Conquistó algunas ciudades y se le rindieron otras. Llegó a los pies del Hindukush, detrás del cual se hallaban sus nuevos objetivos: India y la lejana China. Miró a lo alto, vio la nieve en las interminables montañas, escuchó la ventisca y el ruido de las águilas. Sintió un escalofrío, el primero de su vida. Por algún motivo, (tal vez hacía demasiado frío aquel día o porque se lo dijo el dios del cielo) ordenó la retirada y el fin de la campaña. La conquista del mundo terminaba ahí. El mundo se extendía desde el mar Caspio hasta el Hindukush y desde Kashmar hasta el Kyzyl Kum.

Tangri Beg regresó a las tierras conquistadas y estableció su capital en Samarcanda, donde había iniciado su conquista hacía una década. Después de diez años sin pisar Samarcanda, esperaba que los colonos túrquicos hubieran transformado la ciudad en una gigantesca llanura. Pero cuando llegó, no se encontró rebaños cruzando las calles, sino el mismo trasiego de de lingotes y de especias, halló las cúpulas de las mezquitas de más altas y su turquesa más reluciente. Los turcomanos tomaban baños de agua caliente. El propio Tangri llegó a comer en fuentes de plata. Fiel a su deseo de conquista, hasta ese momento nunca se había parado a disfrutar y a darse a los placeres que habían alcanzado las civilizaciones urbanas. En su palacio de Samarcanda, Tangri Beg se vio abrumado por el conocimiento del mundo por completo, incluyendo aquel que había decidido no conquistar: sostuvo fina porcelana china en sus manos ásperas; observó sofisticados canales de irrigación; supo del desarrollo y la caída de Roma y Yamato; escuchó a alquimistas discutir sobre la posible fórmula del fuego griego; unos monjes le hablaron del cristianismo nestoriano; otros monjes le presentaron a Buda; le fueron recitados los versos de Saadi; fue testigo de disertaciones sobre la obra de Averroes; supo de las castas hinduistas y zoroástricas; se le comunicó que al oeste, en el continente de Europa, residía el soberano de todos los cristianos, a quien llamaban Papa; vio animales fantásticos, tuvo un mono gibón de mascota y montó en jirafa; le estremeció averiguar que el emperador Qin Shi Huang buscó un método para vivir eternamente; y, como mayor pecado, permitió que un cronista escribiera su epopeya en papel de arroz (sin que hoy sepamos dónde se encuentra esta obra, si es que existió).

El poema épico afirma que, luego de sus conquistas y de su breve estancia en Samarcanda, Tangri Beg regresó a su Karakum natal porque añoraba la tierra de sus padres. Yo, sin embargo, creo que fue porque el conquistador se percató de que había sido conquistado. Mientras tomaba un baño, o tal vez mientras degustaba un pez asado, sufrió un segundo escalofrío, más grave que el primero, y se dio cuenta de su apostasía. Había conquistado el mundo para cambiar las tornas, para abolir la ruta de la seda y hasta las propias ciudades, destruir la vida sedentaria, imponer el nomadismo. Su voluntad inicial fue vengar a generaciones y generaciones olvidadas de pastores a la sombra del trasiego de bienes entre urbes; no halló oposición militar, por lo que le pareció fácil su imposición mediante la crueldad. Sin embargo, no estaba teniendo en cuenta el amplio grado de desarrollo que habían alcanzado sus adversarios y que devoró, primero, a Gaznán y luego, a él mismo. Se compungió aún más cuando se recordó frente al Hindukush, que lo separaba de las ciudades más grandes y más antiguas del mundo. Se le reveló o se percató de que los ruidos de las montañas no eran sino los murmullos de los habitantes de las populosas ciudades del Ganges y del Yangtsé, que llegaban a sus oídos en forma de burla. Se sintió ridículo. Su deseo de venganza se desarticuló por completo.

Tangri Beg pasó sus últimos años en el desierto, criando camellos de nuevo, hasta que murió y fue enterrado bajo la arena, su tumba ni se ha encontrado ni se ha buscado, tampoco la buscarán. Antes de morir, hizo partir su espada en varios pedazos y los repartió entre sus hijos, los presuntos ancestros de los actuales nómadas del Karakum. Una profecía de su historia secreta dice que Tangri Beg volverá a la vida y lanzará a las hordas nómadas contra los sedentarios; que castigará su soberbia blandiendo la antigua cimitarra. Yo tuve ocasión de observar uno de los fragmentos de aquella, un jefe de tribu me la mostró: envuelto en piel de carnero, un trozo de metal oxidado informe. Tangri Beg mató con él en más de una vida; ni siquiera ha sido ni será Tangri Beg el único en empuñarla, yo mismo la he podido empuñar sin haber sido consciente de ello.


Autor/a: Augusto Tomás Duarte


Recuerda que puedes ayudarnos a elegir a los relatos ganadores del nuestro concurso. Para votar solo hay que dejar un comentario puntuando el artículo del 1 al 10 y si eres tertuliano de Telecinco o simplemente te gusta criticar pues explícanos los motivos, pero no te pases, que nos somos bichos, aunque alguno comamos como tales, ¡nos echarás un cable para decidir al mejor! Y acuérdate de que 10 es más que uno… que luego nos hacemos la picha un lío… ¡Ah! y se podrá votar hasta el 28 de agosto, todos los artículos que quieras, para dar unos diítas de reflexión.

De la votación se sacarán los 5 finalistas, los que tengan más puntos totales; si suman más de 10 puntos usaremos calculadora, que somos de letras… Muchas gracias por tu colaboración. 

24 Comentarios

  1. Muy interesante el relato. Me ha gustado mucho como mezclas tradición de corte oral, historia, leyenda y un estilo literario muy bien pulido. Mis felicitaciones. Te animo a que sigas esta bonita senda que has abierto a pesar de su dificultad, de lo poco que recogerás en estas siembras y de las críticas carentes de sentido de algunos, ya sabes lo que decía un personaje de una historia de Th. Mann: «La literatura lo es todo menos una pasión, es más bien una maldición».

    Edito puesto que se me olvidó calificar el relato: 10. Perdonen las molestias.

  2. Muy interesante el relato. Me ha gustado mucho como mezclas tradición de corte oral, historia, leyenda y un estilo literario muy bien pulido. Mis felicitaciones. Te animo a que sigas esta bonita senda que has abierto a pesar de su dificultad, de lo poco que recogerás en estas siembras y de las críticas carentes de sentido de algunos, ya sabes lo que decía un personaje de una historia de Th. Mann: «La literatura lo es todo menos una pasión, es más bien una maldición».

  3. Un 10. Si bien soy consciente de que el aspecto que paso a señalar es secundario y tangencial con respecto al carácter de este concurso, hablando como alguien que definitivamente no tiene tanto conocimiento acerca de ni pasión por la Historia como la que manifiestamente destila el autor y que adora todo lo relacionado con la dicotomía realidad/ficción-fantasía, como soy, he de decir que la forma en que está planteado el relato, aludiendo al concepto de leyenda y a la ambigüedad y no obstante, el inmenso poder que encierran las historias de este tipo, me cautiva. «La gente responde a los cuentos. Los cuentos se propagan a través de la gente que los cuenta, los cuentos cambian a quien los cuenta. Porque esos mismos que nunca habían pensado en nada que no fuera huir de los leones, o mantenerse alejados de los ríos para no ser devorados por los cocodrilos, empezaron a sonñar con un mundo completamente nuevo» – Neil Gaiman

  4. un 9.
    La historia me parece muy original a la par que interesante, la forma en la que se desarrollan los acontecimientos y como un simple pastor de camellos que es el protagonista llega a dirigir un pueblo olvidado(o marginado) hasta la conquista de distintos territorios, y como la evolución del protagonista y su ejercito lo lleva a lo mas alto de la pirámide, mientras que el lo que creo que buscaba realmente era destruir esa misma piramide (también creo que se da cuenta de lo solo que estaba en su aventura) cayendo en dudas sobre si es correcto o no el fin que buscaba. Haciéndolo volver al punto de partida.
    Bastante diferente la cultura y muy atrevida, mi enorabuena Augusto Tomás Duarte.

  5. Me ha parecido una historia original, un relato innovador y distinto de lo que he leído por ahora de este concurso. La historia muy interante, que te incita a seguir leyendo el trabajo de este investigador que es el protagonista del relato. Le pongo un 10, mi enhorabuena.

  6. Está bastante guay, la verdad. Me parece una forma interesante de mostrar tanto la investigación antropológica e histórica de las leyendas populares como la probable verdad que se esconde tras ellas. Fueron muchos los líderes tribales nómadas que se expandieron a costa de sus vecinos civilizados y acabaron conquistados a su vez por los lujos, desde Genghis Khan hasta los almorávides, pero muy pocos fueron capaces de mantenerse fieles a sus principios tradicionales. Yo también le doy un 10.

  7. Muy bueno y original, ya era hora de que alguien prestara un poco de atención al mundo de las estepas, que siempre te encuentras más de lo mismo en este tipo de concursos. Mucha suerte, espero que sigas con este tema tan apasionante.