Francisco de Goya y Lucientes contemplaba el crepúsculo con sus grandes ojos arrobados y un folletín arrugado en el puño, desde la balconada en la casa costera de sus amistades malagueñas. Acontece el verano del 1808. Ya había cumplido sesenta y dos años y estaba resignado a la enfermedad que le sorprendió tres lustros atrás. Goya se debatía entre la emoción de enojo, por lo que el folletín proclamaba, y la certeza de lo que su juicio intuía era mejor para el progreso de España. Él, que se consideraba tan buen patriota, deseoso de sacar al país de la superstición y el dominio excesivo del clero, ése que tan descaradamente practicaba el amancebamiento… 

“El sueño de la razón produce monstruos”, pensó que la frase se apropiaba al tema del folletín que había leído, y que describía y dibujaba a José I como un demonio “colorao”, que nos quiere robar España. Editados desde Cádiz, estos panfletos se habían distribuido por parte de España y enardecían al pueblo. 

Tiempo más tarde un correo urgente le anunció el final de su escapada, de su reposo. Palafox lo requería en Zaragoza para octubre. Él, que se había alejado durante un tiempo del tumultuoso Madrid en busca de tranquilidad para imbuirse en sus temas pictóricos predilectos, era reclamado desde su tierra de origen. Donde ahora estaba el meollo. Un aluvión de recuerdos de su ciudad natal le invadieron: Fuendetodos. De la primera vez que tuvo que dejarla, con dieciocho años por “locuras de mozicos”. 

–Bien sabe el general que no soy trovador del régimen –logró articular, rompiendo su ensimismamiento. Dirigiéndose a su amigo y anfitrión el malagueño Frasquito Moreno Gámez.

–Quizá por eso. Hacerle un retrato exaltando la valentía en su persona, junto con el patriotismo y su poder, a lomos de su caballo blanco, cerrará la boca a más de uno sobre tu supuesta traición –respondió Frasquito entre mímica, ademanes y exageradas vocalizaciones de cerrado acento andaluz, dedicadas a su amigo Francho.

–Siempre habré de justificarme por aquella acusación –pronunció el pintor con tristeza. Desconociendo el aragonés que de otras denuncias y ante la Inquisición tendría que defenderse seis años más tarde.

–¡Ya vendrán otros tiempos…!

–¿Conoceré yo el tiempo en que los artistas seamos libres e independientes para desarrollar nuestra inspiración? No dedicarnos a ser funcionarios públicos –manifestó Goya con congoja. 

–Amigo… ¡Cuántos quisieran pintar con óleos! Y no dibujar estampas. Tú tienes el honor de ser pintor de cámara, y trabajas para la corona. Con cincuenta mil reales de renta… ¡Que el cielo te lo conserve muchos años! –remató el malagueño, con un gesto del dedo hacia arriba y los ojos puestos en el techo.

≈≈≈

     Miraba a la bóveda celeste otro Francisco –también astro de otro firmamento pictórico, el francés–: François-Xavier Pascal Fabre, venido a España con la corte francesa. Le tenía subyugado el carácter de los españoles. El ímpetu, su arrebato demostrado el dos de mayo, el cómo se había extendido por el resto de España. Y sobre todo, esa lealtad monárquica… casi canina.

A Fabre también le cautivaba Goya. Por su pincelada, su técnica, la temática y sus personajes que anunciaban un nuevo estilo. Y la original visión con la que teatraliza sus pinturas religiosas. –Más tarde conoció Los fusilamientos del tres de mayo–: El coraje que expresa en sus brazos abiertos el héroe central. Ese brío en los protagonistas de gestos valientes y desafiantes. Y los ojos desorbitados, negros como dos pozos, en los que se reflejaba la muerte. Su luz, el foco que ilumina sus personajes centrales, y la oscuridad envolvente, intuyendo ya un Romanticismo. Los escorzos que recuerdan los post-manieristas. Sus manchas emborronadas que en la lejanía adquieren, como por arte –esta vez de magia–, formas expresionistas en los rostros. Presagio sin duda, de otras técnicas pictóricas que vendrán. Por éstos y más motivos, se embelesaba cada vez que tenía la suerte de disfrutar y aprender viendo algún cuadro de Francisco de Goya. La impresión seguía latente en el pintor francés semanas posteriores. Y eran muchos los bocetos y los apuntes que destruía, en busca del reflejo de la influencia que había recibido con la pintura del aragonés.

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De regreso en Madrid, Goya se desahoga epistolarmente con el literato, también aragonés, José Mor de Fuentes. Como lo había hecho tiempo antes, desde la infancia, con su íntimo amigo ya muerto, Martín Zapater Clavería. Le hace partícipe de sus ideas, dibujos y grabados, los que no se le ocurre mostrar por ser una crítica ética y política, sabe que si fuera conocida la autoría lo llevarían al exilio, a la cárcel o a la muerte. «Estas obras son privadas. Los Caprichos eran otra cosa; una sátira moral de la sociedad. Nada que suponga una amenaza ni para Godoy antes, ni para el Rey ahora. Sea ésta o de otra dinastía». –Le escribe al ilustrado Mor de Fuentes. También se alivia expresándose en los círculos de personas ilustres como en las “Sociedades Económicas de Amigos del País” de Madrid y Aragón, donde contacta con Félix de Azara, con el que además del terruño les unen ideas. Al mismo que retrató en 1.805, recién exiliado el pintor a París.  Pero es con su aventajado ayudante y discípulo Asensio Juliá, con quien puede soltarse alabando vehementemente al Fabre: 

–…Si hubieses visto con qué factura tan elegante retrata a la aristocracia. Qué grandiosidad rebosa de sus pinturas mitológicas; tema que él sí puede permitirse. Esa libertad postural que semeja un ballet en reposo. La dulzura en sus figuras. Cómo se aprecia en su paleta la suntuosidad de los tejidos y el detalle de los complementos, el gusto francés. En sus rostros transpira el alma contenida. ¡Nada menos que de la escuela de Jacques–Louis David!, el mismísimo pintor del Emperador. Estas son las influencias que ha dejado esa escuela en François-Xavier Fabre. ¡Cómo me gustaría volver a ver más obra suya…!

«Asensio. ¡Deja de moler el blanco plata! ¿Has escuchado lo que te he dicho? No te das cuenta de la importancia y del valor de estos pormenores››… 

Desconocía el malhumorado maestro que dos siglos más tarde, una de las mayores pinacotecas del mundo –El Prado–, atribuiría El Coloso a su ayudante Asensio Juliá, sacándolo del anonimato. Y Goya no quiso ver; como ególatra, todo lo que Asensio había aprendido como su discípulo. Y continúa:

–En cambio yo, es en la pintura religiosa donde más siento la libertad de mis pinceles. Donde experimento. ¡Cómo disfruté con El prendimiento! Pinté el boceto focalizando la luz exterior en Cristo cabizbajo, pero en el definitivo estudié la irradiación desde dentro del cuerpo, transfigurándolo, emergiendo de Él, y contagiándola a los personajes más próximos; como cuentan las Sagradas Escrituras. Además, acuérdate cómo me arriesgué a cambiar la actitud Cristo: irguiéndolo. Captando el momento en que aún no había aceptado su destino, y en su cabeza y en su mirar porta el desdén divino. Gracias a que el cabildo de Toledo no fue puntilloso ni puso objeción alguna.

Mientras el Sordo hablaba ensimismado, el olor del aceite de linaza y la esencia de trementina envolvían el ambiente; elementos fundamentales que iba mezclando el ayudante y moledor de colores.

 

Más tarde, al tiempo que su calesa recorría las calles que le destinaban a una cita con Fabre, guarecido en el  carruaje, Francisco de Goya se entretuvo en abstraerse con el juego de luces y sombras que proyectaba la tarde. Fácil le era aislarse en sus pensamientos; ya que los sonidos no lo conectaban con el presente. Y volvió a resonar en su cabeza la orden a su ayudante: “…el blanco plata”. El venenoso blanco que tan traído y llevado fue seis años atrás, cuando la investigación de la muerte de la de Alba. Los recuerdos le llevaron a aquella otra tarde con luz parecida, en el palacio de doña María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, duquesa de Alba, horas anteriores a su muerte. Y le produjo un mal sabor de boca la memoria de su declaración a requerimiento de la Policía.

Las calles por donde pasaba seguían siendo inseguras, aunque no tanto como la violenta mañana de mayo del año anterior. Goya mira los balcones, y vuelve a aquel día…

…Amaneció con charcos de lluvia. Y desde su casa, esquina con Desengaño en el número 15 de la calle de Valverde, Francisco de Goya observó tras el ventanuco del balcón, como observa un voyeur la infidelidad de alguien muy querido. En este caso lo observado fue la matanza no solo de españoles y franceses, sino de algo tan incivil como una guerra entre españoles castizos y afrancesados. El dolor y el miedo amalgamados le dejan un ardor en la boca y mucho desconsuelo en el estómago. Adiós a la España Ilustrada. Como si de una representación de mímica se tratara, el trágico espectáculo callejero del dos de mayo deja impronta en él. Al no llegar a sus oídos los disparos, el retumbar de las carreras, las voces y los gritos del gentío, un surrealismo y una incredulidad se sumaron a algunas detonaciones de cañones que resonaban amortiguadas en su cabeza. 

Después, a las cuatro de la madrugada, continuación de todo «un día de cólera» en Madrid, se dirigió acompañado de su jardinero a presenciar los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío; pues le habían dicho que en la cuerda, como prisioneros, se llevaban a conocidos y amigos. Y era vox pópuli que los franceses, sedientos de venganza, pasaban por las armas a inocentes o a los que horas antes habían luchado. Asesinaban sin juicio, y no solo en los lugares señalados para ejecuciones. Sucesos que tiempo más tarde él representará de manera tan antecesoramente expresionista.

Se encaminaron posteriormente, no sin antes saltar sobre regueros de sangre y lodo, paseo del Prado abajo donde más de un siglo después se alzó un monumento de bronce, en su memoria. –En ese lugar volvió a implicarse con el horror, la sangre y el asesinato–. Impresionado por la bravura y valentía de algunos desesperados que, en los últimos momentos con unos pasos al frente, se lanzan contra las bayonetas verdugas, alzando los brazos desafiantes. Los fogonazos que iluminan los rostros con muecas de odio y pánico. Y el último grito de cada reo, Goya, por no llegarle lo intuye más catastrófico y conmovedor. Con el corazón oprimido ve frente al pelotón también a mujeres. Ruegan, se lamentan, algunos escupen a sus ejecutores. Él distingue la blasfemia y el insulto mudo entre la oscuridad y la lluvia. Los únicos puntos de luz son las hogueras, que destellan con reflejos rojos en el metal de las armas de la infantería imperial. Y las ráfagas de luz de las descargas, que iluminan momentáneamente a los cadáveres amontonados, paralizan el fluido en las venas de los presentes que miran con horror.

Ha pasado el tiempo, y la sangre se ha extendido derramándose en España. La guerra acusa sus estragos. El pan escasea, la peste avanza, la mortalidad asciende y la natalidad desciende.  

≈≈≈

La admiración de François-Xavier Fabre por los españoles y por Goya no le impide solicitar y forzar su marcha de este peligroso país. Ha hecho amistad con un ilustrado, erudito, liberal, afrancesado y masón, bien posicionado y relacionado con Goya. Pregunta por el miembro de la Academia de San Fernando y pintor de la Real Casa. Se interesa por una posible entrevista; una cita de carácter profesional entre los dos maestros, antes de que llegue la orden de su partida. El josefino es don Leandro de Larrea, que le promete comunicárselo a don Francho, y si es de su gusto, concertar un encuentro de forma extraoficial. Elegir el lugar es difícil, ahora que se han suspendido los bailes públicos, los teatros, los toros, y los cafés de tertulias, no hay sitios estables. Solo las tabernas se frecuentan, donde los naipes son la única distracción de la soldadesca y el populacho. 

En una esquina de la calle Fuencarral, una cantina goza de buena fama. Francisco de Goya y Lucientes acude a la cita acompañado de su ayudante y del conocido común don Leandro de Larrea, que domina la lengua francesa, e intermediaría en la difícil comunicación. Ya lo esperaba el otro Francisco en un discreto rincón de la taberna. Estaba en actitud relajada, diríase que llevaba un tiempo esperando. Sobre la mesa varias jarras vacías de vino, como la que sostenía en su mano izquierda, de barro oscuro; pero ésta llena.  

Los dos recién llegados toman asiento en una mesa cercana a la puerta. El ayudante Asensio queda por fuera, en la calle. Don Leandro le hace señas a Goya comunicándole que va a avisar a Fabre y dar lugar a las presentaciones, como es costumbre en la época. Goya observa desde su lugar al distinguido pintor de elegantes ademanes. Advierte su cuidado aspecto. La costumbre de la observación, común en todos los retratistas, se agudizó en él desde su enfermedad, e hizo de la vista un sentido doble en compensación a la sordera. Mira al maestro contratado por el Intruso José I Bonaparte, con respeto y celoso de alguna imaginada técnica que él desconoce. Los dos se miran desde la corta distancia en una comunión inquisitoria, ávidos de confidencias. 

Y cuando don Leandro invita a Fabre a sentarse en la mesa de Goya, un altercado irrumpe el vocerío de la taberna. Un manolo, con su característico atuendo, echándose a la espalda la redecilla que le sujeta el pelo, y blandiendo en la diestra el sable arrebatado a un gabacho, en un gesto de ardor bélico, acorrala al militar usurpado contra la pared. El manolo escoltado por dos parroquianos que inmediatamente se le unen: uno poniéndose a su siniestra, la jarra de barro en mano que acaba de romper y que amenaza el rostro del francés, y otro, que corre desde el mostrador de la taberna con un cuchillo sustraído de entre el tocino, se sitúa a la derecha del sable. Se oye gritar al  tabernero diciendo que  las disputas a  la calle, cosa  que todos desoyen, en  particular Goya. Y desde afuera, entran cruzando en diagonal la cantina cuatro uniformes franceses que derraman a su acelerado paso el vino, hacen saltar banquetas por el aire y empujan a todo español. 

Está fascinado Fabre por el coraje y el pronto de los altercadores españoles, es conocedor de la resistencia del pueblo en toda la nación. Un episodio de orden público, de feroces insurrectos y desarrapados que resisten a los vencedores; al ejército imperial. En palabras de Bonaparte: “Chusma de aldeanos embrutecidos e ignorantes, gobernados por curas”.

Fabre no quita atención a Goya, que se remueve inseguro; pues ya los separa de la salida una autentica batalla. Estudia su tosco aspecto, la complexión gruesa, el atuendo a la francesa, las abundantes y largas patillas encanecidas en el rostro, el fuerte pelo descuidado, y su mirada aguileña, escrutadora, sorprende su fuerza en una persona mayor. Así es; como esa pincelada que tanto admira: innovadora, cargada y suelta. –Precursora de “ismos” posteriores–. ¿A quién le recuerda? …Sí. A otro sordo. Esa hermosa testa sujeta por un cuello de gladiador… ¡A Beethoven! Sonríe con estas reflexiones. Momento en que Goya poniéndose en pie y desde la corta distancia ya insalvable, le saluda con un movimiento de cabeza, mientras escoltado por Asensio, su ayudante, que tira de él y lo saca protegiéndolo de empujones.

Nunca llegaron a comunicarse los dos pintores. Pero con verse, supieron más del arte de cada uno. Adivinaron técnicas, justificaron colores, temáticas, veladuras, pinceladas… A través de sus pinturas entendieron más la nacionalidad del otro. Envueltos en unas luchas de las que no eran partícipes, su oficio se influyó de este tiempo; el de la guerra que les tocó vivir.

Años después, cuando los josefinos fueron exiliados, Goya en Francia intentó conectar con Fabre, sólo consiguió conocer más su obra. Mantuvo esa esperanza, hasta que la muerte le llegó en Burdeos.  

* * *

En otra guerra nuestra, la incivil, desaparecieron –según contaba mi abuelo–, todos los legajos que corroboraban lo relatado en las páginas anteriores. Le habían llegado dichos papeles por medio de un pariente toledano del administrador de José Mor de Fuentes. El citado pariente conservó durante toda su vida las epístolas del Señor Mor con Goya, legando éstas a su sobrina, madre de mi abuelo, el cual vio parte de la mencionada correspondencia antes de perderse en la batalla del Asedio del Alcázar de Toledo, donde hoy se sitúa la Biblioteca de Castilla-La Mancha. Él fue el que me enseñó a leer e hizo que los libros fuesen mi pasión favorita. Yo le prometí siendo niño transmitirlo. Lo he escrito para darlo a conocer y que perdure en la memoria de españoles y franceses. He argumentado el testimonio con menos ficción de lo que pueda parecer, y siempre con la palabra fresca de mi abuelo en la memoria. 

Los libros, según Umberto Eco, no están hechos para creer en ellos, sino para ser sometidos a investigación. Y eso es lo que pretendo hoy, más de doscientos años después del suceso transcrito. A la vez que doy por cumplida la promesa a mi abuelo. De ustedes depende que esta información de nuestra Historia se divulgue.


Autor/a: Fernán Caballero


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4 Comentarios

  1. Alguna coma fuera de lugar, aunque sea discutible y nada grave. Una tilde que falta. Expresiones que no me han gustado. Aunque hay que reconocer que el autor ha intentado esmerarse y componer un texto con intención literaria, que en algún pasaje consigue. El epílogo no me ha gustado.
    2

  2. Estupendo relato. Original por centrarse en Goya y su época, y por incluir datos recientes, como la reatribución de «El coloso», o el contrato por el Cabildo Primado de «El prendimiento» para contrastarlo con «El expolio», que no gustó tanto en su día. También me gusta el contexto, haciendo reflexionar al lector sobre la guerra que se avecina (sobre todas las guerras, en realidad) y sus consecuencias. Un 10.

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