La ventana se abrió y una oleada de aire frío invadió la estancia, aliviando la pesadez de la sobrecargada atmósfera de calefacción y humo de tabaco.

-¿Está bien así, Herr Reichspräsident?-dijo el hombre que aún sostenía la manija de la ventana.

-Sí Meissner, gracias. Déjela entreabierta.

Meissner asintió bruscamente y entornó la hoja antes de tomar asiento nuevamente a la derecha de su superior.

Eran casi las cinco de la tarde y llevaban reunidos desde las once de la mañana: Otto Meissner, Jefe de la Oficina del Presidente del Reich; Franz  Von Papen, Canciller saliente; Oskar Von Hindenburg, mayor del Ejército y consejero del Presidente del Reich o, lo que era lo mismo, el Jefe del Estado alemán Paul Von Hindenburg, su padre.

El viejo soldado, transmutado en cabeza de su Pueblo por los caprichos de la Historia y por su propio y elevado sentido del deber, tenía ante sí la decisión de invitar al candidato de la lista más votada en las pasadas elecciones a formar gobierno.

-Debe considerar la situación en toda su magnitud, señor- musitó Von Papen con voz inocente, casi como si la reciente legalización de las SturmAbteilung, permitida por él mismo, no hubiese sido la causa de una espiral de violencia que había costado decenas de vidas entre nazis y comunistas.

-Ya lo hago, Franz -respondió secamente Hindenburg. -Precisamente por eso estamos aquí.

-Es el candidato más votado, señor- intervino Meissner. -La costumbre…

-¡Conozco esa costumbre!- rugió Hindenburg donde un golpe en la mesa con la palma de la mano.

,-Y conozco al candidato. Y, como todos ustedes saben, no me gusta.

-Señor- dijo Oskar Von Hindenburg, que en público, y posiblemente también en privado, daba ese tratamiento a su padre- creo que no es tan mala idea. A fin de cuentas no es más que un aventurero; un manipulador de palabra fácil pero poco más. No tiene experiencia de gobierno, ni programa factible. Sería un mero instrumento en nuestras manos.

El Presidente miró a su hijo y consejero fijamente.

-Su programa es ese libro suyo, Mein Kampf. ¿Alguien lo ha leído?

Los otros se miraron entre sí sin decir nada.

-Ya veo- suspiró. -Pues yo he leído algo, sobre todo esas partes que hablan de espacio vital, de todos los alemanes reunidos en una misma casa. ¿Saben lo que eso significa?

Los miró de hito en hito: Meissner tenía la cabeza baja; Von Papen se sostenía la barbilla mientras su mirada se concentraba en un cuadro que representaba a un ciervo devorado por una jauría de lobos; Oskar Von Hindenburg, en fin, encendía un cigarrillo.

-Yo se lo diré- bramó el Presidente. -Ese hombre, ese cabo austriaco, acabará llevándonos a la guerra. No puedo aceptar eso de ninguna manera.

Meissner se limpió los lentes antes de tomar la palabra.

-Señor: dudo mucho que pudiera poner en práctica eso que ha escrito. Aunque su partido es el más votado, ha perdido muchos escaños. Ni de lejos llega a la mayoría absoluta en el Reichstag

-Así es- terció Von Papen. -Siendo realistas su utilidad reside en acabar con los bolcheviques y conseguir que se restaure el orden. Una vez logrado esto podremos prescindir de él.

Oskar carraspeó antes de hablar.

-Yo opino lo mismo, señor. Los nazis se han opuesto siempre a los bolcheviques y, a fin de cuentas, ¿quién no se opone a ellos?

Hindenburg meditó aquellas últimas palabras.

Recordó cuando él y Ludendorff, los virtuales amos de Alemania durante la Gran Guerra, habían hecho posible que un oscuro agitador regresara a Rusia y pusiera en marcha una revolución que la retirase de la contienda. Eso le permitió trasladar a un millón de soldados veteranos a Francia para lanzar la postrera ofensiva que había dar el triunfo a Alemania.

Kaiserschlacht-susurró.

-Perdón: ¿Cómo dice?- inquirió Meissner.

Hindenburg salió de su abstracción y le miró con fijeza.

-Recordaba otros tiempos, Otto-respondió mientras deseaba vivamente encontrarse en su finca de Neudeck antes que donde estaba ahora.

-Señor- el melifluo tono voz de Von Papen denotaba un cierto timbre de apremio.

-Señor-continuó- No podemos pasar por alto que Von Schleicher tiene ambiciones, digamos cesaristas. Podría organizar un golpe de estado…

Se refería al todavía Canciller Kurt Von Schleicher, antiguo aliado político y ahora su sucesor en el cargo. 

-¿Un golpe de estado?-replicó Hindenburg. -¿Cree que el Ejército se pondría de su parte?

Von Papen dudó antes de responder.

-Bueno… Podría respetar la figura del Jefe del Estado y disolver la Cámara. Ocurrió en España hace unos años.

-Primo de Rivera- apuntó Oskar. -Mantuvo al rey en el trono y consiguió terminar la guerra de Marruecos.

-¡Esto no es España!-dijo Meissner poniéndose en pie exaltado.

-¡Y el Ejército Alemán es, y será, leal al FeldMarschall!tronó mientras entrechocaba los tacones y hacía una seca inclinación de cabeza hacia su jefe.

Hindenburg meneó la cabeza con desgana.

-El Ejército es y será fiel a Alemania, nada más y nada menos- replicó con frialdad.

-Caballeros…- Oskar Von Hindenburg hablaba con la mesura del aide-de-camp que había sido toda su vida.

-Caballeros, por favor, no nos perdamos en divagaciones. La situación, tal yo la veo, se reduce a Von Schleicher y al cabo austriaco- esto último lo dijo con sorna. 

-El primero puede, en efecto, conducir al país a una dictadura militar, y quién sabe si a una guerra civil mientras que el otro dirigiría un gabinete de-divagó-  transición,  justamente para restaurar el orden social. Ésta, y no otra, es su única finalidad. 

Meissner y Papen golpearon la mesa con los nudillos, aprobando así el alegato de su colega.

-Su hijo ha hablado con sabiduría, señor- intervino Meissner. -Es el mal menor, en todo caso.

Hindenburg asintió lentamente. 

-¿Su opinión es unánime, Caballeros?

Todos asintieron en silencio. 

-Muy bien- continuó.

– Meissner, convoque a Herr Hitler el próximo lunes. Buenas tardes, Caballeros.

El suspiro de alivio fue generalizado. 

Uno por uno se fueron despidiendo del viejo soldado a la manera prusiana: ruidoso taconazo y brusca inclinación de cabeza. Oskar, el último en abandonar la estancia, dedicó un comprensivo asentimiento de cabeza antes de cerrar la puerta tras de sí.

-Ya está hecho- exclamó Von Papen con evidente satisfacción una vez se hallaron en el exterior del edificio mientras aguardaban a que los chóferes, apurados sus cigarrillos, pusieran en marcha los vehículos que conduciría a cada uno a su destino.

-Se alegrará de su decisión- apuntó Meissner mientras se ajustaba el cuello del abrigo. -De todas formas no creo que dure mucho en el cargo; un año a lo sumo me atrevo a aventurar. Luego volveremos a tener a un Canciller del Reich presentable, ¿no cree querido Franz?

Von Papen sonrió afectadamente.

-Al menos uno al que no le prohíban la entrada en el HerrenKlub.

Meissner y Oskar Von Hindenburg rieron la ocurrencia al tiempo que se estrechaban la mano, satisfechos de que todo hubiera transcurrido según sus planes.

Mientras, en el piso superior, Paul Von Hindenburg cerraba la ventana y escudriñaba el horizonte, teñido ya de las rojizas tonalidades del crepúsculo. 

Cerró los ojos y suspiró.


Autor/a: Martín R. Carpio


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