—¡Mamá! ¡Ya están aquí! – Isabel lo dijo con ánimo desganado, no era precisamente lo que más le apetecía tener que decirle a su madre.

Ramón en ese momento se encontraba cazando pájaros con los cepos que solía colocar en los castaños y almendros que había en la huerta. Desde hacía unos días solo se dedicaba a eso. Cazar era lo que más le entretenía. Las horas transcurrían sin tener que pensar, solo debía estar atento en saber si sus trampas eran eficaces o no. No quería detenerse a reflexionar sobre lo ocurrido en su casa en la última semana.

Un coche largo, americano, oscuro, atestado de gente y de maletas acaba de hacer aparición. ¿Quiénes serán? ¿Qué hace un coche de ese tipo en una huerta? ¿Qué se les habrá perdido por aquí? No le dio tiempo a hacerse más preguntas porque Ana María, su madre, lo llamó para sacudirle un poco el polvo y las arrugas la ropa. Debía estar presentable para aquella gente a la que no había visto nunca y de la que tenía referencias muy vagas.

—Cuando le vayas a hablar le dices de usted. Sé amable y no vayas a soltar ninguna de tus frases.

—Vale, pero…

—No hay peros que valgan. Hazme caso por una vez y trátalos bien que tampoco sabemos para lo que han venido – dijo con voz temblorosa y más nerviosa que en cualquier otra ocasión hubiese observado él.

Ramón era un chico de trece años, alto, moreno, delgado, con heridas en las manos por estar entre la maleza o las ramas bajas, buscando algún roedor o ave con el que practicar el tan antiguo arte de la caza. Su aspecto solía ser desaliñado por no consentir que su madre le colocase la ropa o le domase el pelo con la lendrera. También solía ser descuidado en las conversaciones, el hecho de ser hortelano y estar siempre entre personas mayores le había hecho ser brusco en las formas. Primer varón de la familia Gutiérrez Nava y, desde el 25 del mes pasado, había asumido el título de hombre de la casa. Hacía una semana que su padre Nazario había fallecido a causa de una dolencia pulmonar que le venía causando molestias desde hacía un par de años. Según Ana María todo ocurrió por “dos malditos pavos que tuvo que llevarles por Pascua”. Siempre estuvo muy apegado a su padre porque con él trabajaba la tierra o subía al pueblo para vender por las calles y en la plaza. La pérdida de Nazario sumió a la familia en una tristeza absoluta que duraría lo que la vida de sus congéneres.

—Hola Ana María. ¿Qué tal? ¿cómo están esos hijos tan guapos que solías parir? – dijo Don Germán con tono socarrón.

—Hola Don Germán. Ya ve, intentando hacernos a la idea. Ellos están bien aunque yo ando preocupada porque con cuatro criaturas dónde voy a ir yo si usted…

—¡Que eso no te preocupe mujer! Esta es tu casa hasta que os arregléis.

¡Hombre, pues claro que es nuestra casa! ¿O es que crees que es tuya? Esta eran las frases que su madre le había recomendado ahorrarse y que él había sabido guardar para otra ocasión que mereciera su imprescindible aportación. ¿Quién era él para darle esa recomendación a su madre? ¿De qué lugar venían aquellos que nos trataban como fieras dóciles? Trece años sin venir por aquí y ahora se presentan ofreciendo un hogar a una pobre viuda. Ni una semana hacía de la pérdida de su padre cuando Ramón presenció la visita inesperada de aquellos visitantes. Venían con ánimo de pasar una quincena de sus vacaciones en la huerta que ellos habitaban desde hacía tanto tiempo.

Conocía que la vivienda de la que su madre custodiaba la llave era de una familia de militares, vencedores de la guerra que hacían ahora estragos desde la Fiscalía de Tasas de la capital. Aunque había escuchado esas historias, él no los había visto nunca y tampoco le interesaba mucho encontrárselos, la verdad.

Desde su llegada todo cambió: sus hábitos, sus rutinas, su tiempo pasó a estar a disposición del señorito y su familia. ¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué tengo que dejar de estar con los cerdos y ser guía de una mula? ¿Por qué mi madre y mi hermana mayor tienen que peinarles, cocinarles o ponerles la mesa? ¿Es que no son suficientes en esa familia para esos menesteres? ¿Por qué tiene que temblar mi hermana cada vez que coloca los cubiertos sobre la mesa? ¿Hubiese consentido mi padre eso? Todas estas preguntas brotaban en la mente de Ramón mientras él acataba las órdenes que su madre daba. Ella era una persona con carácter, fuerte, alta, resolutiva y sin embargo ahora estaba sometida a unas personas que ni siquiera le habían dado el pésame por su difunto marido.

—Ya no podemos comer fuera y a las tres sino dentro de casa y antes de que la señora Consuelo empiece a llamar a grito pelado a nuestra madre. Ya no puedo cazar por las tardes porque tengo que llevar a Don Germán al Casino para que despache un café tranquilamente con Don Antonio el veterinario.

—Pero ellos son los amos de la huerta. Son ellos los que deciden si quieren que nos quedemos o nos vayamos con una mano delante y otra detrás. ¿Prefieres verte en la calle? ¿Qué te cuesta aguantar unos días?

—Padre no consentiría esto, padre…

—Padre ya no está. Y tenía todo esto hablado. Desde que escondió las pertenencias entre la paja para que no las requisaran los socialistas, Don Germán quedó muy agradecido y consintió que nos quedásemos aquí y que comiésemos de lo que sacamos de la huerta. Solo hay que cederle una parte. Además, podemos vivir en los bajos de la casa que, aunque oscura y sin demasiados muebles, es un sitio digno. Solo durante el verano tenemos que atenderlos los días que se presenten.

—¡Pero esto es nuestro! ¡Trabajamos como mulos para luego poder venderlo en la plaza! ¿Cómo va a ser suyo? ¿Vamos a dar lugar a ser sus criados?

—He escuchado a su chófer decir que en quince días se vuelven a Jaén. No le des ningún disgusto a madre que bastante tiene ella. ¿Qué te cuesta aguantar dos semanas?

—Pero Isabel…  se están comiendo los salchichones y chorizos. Nosotros solo lo comemos el día que es fiesta…Nos van a dejar sin nada.

—¡Pues no tires la propina que te da todos los días cuando volvéis del Casino! ¿O es que crees que no me doy cuenta de que lo haces después de atar a “la Colorá”?

—Si reventara no me quedo con ella. ¡Esa limosna que se la guarde para la iglesia!

Cinco días llevaban en Baeza y no habían tenido el gusto de mentar a Nazario pero sí habían acudido a varias casas de sus amistades locales. Vestían sus mejores galas de diario mientras los Gutiérrez Nava repetían vestuario semanalmente que blanqueaban con lejía casera a base de ceniza de leña. El primer sábado tras su llegada, Don Germán y Doña Consuelo tuvieron a bien acudir a la Plaza del Generalísimo para sentarse en las terrazas que la rodean y tomar gaseosa y helados. Insistieron a Ana María para que su hijo estuviese limpio y bien vestido por ser la Novena de la Asunción de la Virgen y no quedar mal ante tan distinguido público.

—¿No tienen pensamiento de venderla? Mire que ahora es momento, pasados unos años esa gente generará derechos sobre el terreno y les costará más trabajo echarlos.

—Para nada señor Arredondo. Un lugar visitado por Doña Patrocinio Biedma o lugar de hospedaje de Don Isaac Peral debe mantenerse en la familia. ¡Gente tan importante no suelen acudir por aquellos lares!

¿Venderla?… ¿Cómo van a vender algo por lo que no se han preocupado durante trece años?, ¿Echarlos?… ¿Cómo van a echar a sus legítimos dueños?, ¿Gente tan importante?… ¿Y mi padre o mi abuelo, es que no son gente importante porque no tengan el “don” delante…? Ramón los observaba desde la valla que rodeaba la plaza mientras acariciaba a “la Colorá”. Su abuelo entró en la finca como arrendatario en 1910 para hacerse cargo de una tierra yerma por la que la viuda de Alhambra -suegra de Don Germán- no se había preocupado hasta que sus arcas fueron menguando. Su padre se había criado en ella al igual que él y allí había dado sus mejores años; sin acudir a ninguna escuela; sudando cada domingo como si fuera un jueves; regando a cubos cuando el caudal de la fuente descendía en verano y asumiendo ser arrendatario hasta 1949. A pesar de eso “no eran gente importante” pensaba Ramón, y no lo eran porque quienes sí lo eran no trabajaban la tierra, no la regaban, no vendían en la plaza.

Al día siguiente se levantó temprano, echó de comer a los animales y se puso a recoger y después a regar, las hortalizas que vendería el lunes en su puesto de la plaza de abastos. Estaba más serio que de costumbre. No habló con nadie y trabajó durante todo el día. Tras lavarse la cara y las manos en el lebrillo que tenían junto a su puerta de entrada, se sentó en la piedra que hacía las veces de banco y se encendió un cigarrillo que había conseguido liar tras varios minutos intentándolo.

—¿Desde cuándo fumas, Ramón? – preguntó su hermana Paquita que acababa de terminar de fregar los platos.

—Desde hoy – sentenció.

—¿Y por qué desde hoy? – preguntó ingenua.

—Porque hoy he comprendido que para que te hagan caso debes ser un hombre y los hombres fuman.

—Padre era un hombre y no fumaba.

—Padre era… era mayor. Yo tengo menos edad y tengo que fumar para que me hagan caso. Anoche en las terrazas todos los hombres fumaban. A ellos le hacen caso, ¿no? Para eso son importantes.

Durante la segunda semana salieron menos de la huerta para visitar a sus amistades. Al revés, ahora eran estas las que venían de visita. Solían llegar para las seis de la tarde y las conversaciones no se alargaban más allá de las siete y media u ocho. Los temas eran variopintos: desde la producción de estas tierras, pasando por la economía del país o las consecuencias internacionales de una guerra allá por el centro de Europa. Lo único bueno que ocurría durante estos días solía ser la cantidad de café quemado que las hijas de Doña Consuelo tenían que desechar y las peleas con Trini “la del Callejón”. Ella era una chica que se había puesto a servir recientemente y que había sido contratada para los últimos días de estancia de los amos de la huerta. Trini tenía un hijo pequeño al que todavía amamantaba y que solía pedir su ración en el justo momento en el que las hijas de Doña Consuelo la solicitaban.

—Llamadme, llamadme. Tres veces tenéis que llamarme para que yo vaya.

—¿Pero qué trabajo te cuesta? ¿Si al final vas a tener que ir? – le increpaba cariñosamente Isabel.

—Para lo que me van a pagar no me sofoco. ¿Con el dinero que tienen y lo que pagan? son unos espernibles – sentenciaba Trini.

Una de esas tardes de café más que tostado, vino a visitarles Don Evaristo Salguero, cura de San Andrés y hombre muy apreciado entre la alta alcurnia baezana. Acudió ataviado con una vestimenta de diario, nada parecido a los ropajes que solía vestir cuando daba sus eternos sermones en latín. Ramón quedó asombrado cuando todas las féminas de su familia besaron el sello que portaba en su anular derecho. Él aprovechó para hacerse el despistado y seguir apresando al gorrión que los visitaba cada verano, eso sí, desde la lejanía. La familia de Don Germán lo recibió con buenas palabras, abrazos y besos. En esta ocasión el café fue preparado por Isabel, debido a su paciencia frente a los fogones y por aprovechar la ocasión para preparar más líquido del corriente y dar, así, a su madre y hermanos. Tras unos primeros minutos que sirvieron para tratar temas mundanos, el párroco comenzó la Letanía al Sagrado Corazón de Jesús…

—(…) Jesús, manso y humilde de corazón… – finalizaba el sacerdote.

—Haz nuestro corazón conforme al tuyo – contestó la familia al unísono.

—¡Pues haceros hortelanos! – gritó Ramón desde su puesto de vigilancia frente al cepo.

—¿Cómo has dicho, Ramón? – preguntó a gritos Don Evaristo sorprendido.

Ramón tuvo que abandonar su lugar estratégico y acudir ante la reunión. Su madre le había hecho señas con las manos bajo el mandil y con los ojos clavados en él. Ya sabía que nada bueno le ocurriría cuando se quedasen a solas.

—He dicho – decía mientras jugueteaba con un cepo- que para tener el corazón humilde tienen que hacerse hortelanos – dijo casi susurrando.

—¿Y por qué piensas eso hijo? – volvió a preguntar el sacerdote riendo.

—Porque un hortelano es de origen y condición pobre, pienso yo, claro – con lo que intentó despachar la conversación.

—Venga Ramón, que tienes que limpiar la cuadra… – ordenó Ana María mientras indicaba con sus brazos la dirección de dichas estancias.

—Déjalo, que se explique. Los “Forrajes” siempre han tenido buen pico para las conversaciones.

—Mire Don Evaristo, “un hortelano con tomates y papas, echa el verano”. No necesita coches, sirvientes ni grandes trajes. Yo, con mi huerta, mi casa y mi familia, “soy más feliz que un marrano en un charco”.

—Pero ser humilde no es solo eso. También consiste en conocer tus debilidades y reconocer tus defectos y errores como hombre – intentó aclarar el párroco.

—Ah, claro. Yo es que como no he ido a la escuela no sé de esas cosas. Disculpe la molestia pero tengo que marcharme a mis menesteres. Hasta luego – dijo mientras se despedía con la mano e intentaba con estas frases rematar el interrogatorio del religioso.

El penúltimo día de estancia de estos extraños forasteros, Ramón vivió una de las situaciones que le condicionarían para el resto de su vida. Por ser el último día que podían alternar con sus amistades, Don Germán y su familia decidieron desplazarse a Baeza para aprovechar el baile que se daba en el Casino. Ese día marcharon hacia el pueblo sin “la Colorá” pero con el primer hijo varón de Nazario. ¿Si no me quieren como guía de la mula, para qué me querrán? Esta pregunta se la hizo durante todo el trayecto hasta el antiguo palacio del siglo XVI donde tenía sede el círculo que concurrían. Él hizo ademán de entrar pero prontamente le indicaron que esperara fuera y así permaneció hasta que pasada una hora, la hija menor del matrimonio le hizo señas para que accediese. Al pasar a la primera habitación quedó asombrado de los lujos de que disponía el edificio que tan simple podía aparentar desde la calle. Don Germán, con un gesto de brazos le mostraba que tenía que adentrarse aún más y acercarse donde estaba el grupo de hombres.

—Ramón, repíteles a estos señores lo que le soltaste al cura hace unos días.

—Que para ser humilde hay que ser hortelano… – dijo avergonzado mientras miraba para el piso enlosado de azulejos hidráulicos.

El grupo de caballeros soltó una carcajada mientras aplaudía, como si el muchacho hubiese hecho referencia a alguna de las comedias que solían representar en las fiestas de mayo.

—Así mismo lo dijo – comentó Don Germán.

—Pues con lo humilde que es el Señor Salguero… – decía riendo uno de los caballeros.

—El muchacho acertó de lleno, – comenzó diciendo el señor Arroquia – el trabajo que cumplen los hortelanos es de lo más humilde pero a la vez de lo más necesario. Necesitamos hombres que trabajen humildemente como labradores para levantar este país. Un país no solo se nutre de altos dignatarios y economistas. Hay que comer todos los días, ¿o no? – dijo esto último mientras miraba a Ramón y este asentía con la cabeza.

—Pero, Arroquia, este muchacho no va por esos caminos. Habrá estado en conversaciones con alguno de esos rojos que todavía quedan entre los jornaleros y labradores. Les hacen ensoñar con un mundo justo donde la tierra es para quien la trabaja y no de quien tiene las escrituras.

—Anda chaval – dijo Arroquia mientras buscaba algo en su bolsillo – toma este duro y gástatelo hoy. No lo compartas, que es para ti. Y no hagas caso a lo que dicen estos señores.

Ramón abandonó el Casino extrañado por las palabras que acababa de oír. Le sonaba todo un poco raro, algo había oído pero no conseguía acertar con la idea. Miraba el duro pero dudaba entre tirarlo o reservarlo. ¿Yo hablo con rojos? ¿Por qué me tiene que dar un duro? ¿Dónde está el mundo justo hoy? Mientras merodeaba por las calles aledañas, se topó con un hombre que al principio no logró reconocer pero que con la luz que salía de las ventanas del Casino identificó enseguida. Era un hombre del que decían que tenía rabo y devoraba criaturas recién nacidas aunque él nunca creyó estas historias. Fue amigo de su padre y sí le dio el pésame a su madre Ana María.

—Con Dios “Pericuso”, buenas noches – saludó Ramón.

—Hola “Forraje”, ¿qué haces tú a estas horas por aquí? – respondió el aludido.

—“Pericuso”, – levantó la mirada hacia él – ¿qué significa ser un rojo? – preguntó inseguro mientras hacía una mueca con el ojo derecho y apretaba la moneda.

—Significa… – dudaba en contestar tan abiertamente esa pregunta, en ese lugar y a esas horas– significa…

—¿No lo sabes? – se apresuró Ramón a decir.

—Claro que lo sé, significa… ser humilde. ¿Por qué preguntas eso?

—Porque lo soy – afirmó él.

—¿Rojo? – preguntó extrañado.

—¡Humilde!… ¡Y rojo!


Autor/a: Tangintero


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6 Comentarios

  1. En mi opinión -que solo es eso, una simple opinión, autor-, es realmente difícil superar el listón de Miguel Delibes con Los Santos Inocentes para los relatos que reflejan la triste vida en la posguerra española. Pero es que, además, en este relato me parece que todo se queda un poco en puertas; quiero decir, que no supera lo descriptivo. No digo yo que el muchacho rebelde (y bastante inocente) tenga que matar a un señorito, pero me hubiera gustado que pasara algo más. En cierto modo es como si un chaval de nuestros días, con nuestras formas de pensar, se viera trasladado de pronto a aquellos días funestos. Aun así, como me ha gustado bastante y está bien escrito, yo le pongo un
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