Las divinidades ancestrales de la civilización romana siempre permanecieron en un lugar destacado gracias a los Flamines.  Estos sacerdotes contaban con una serie de privilegios.  Por tanto, tenían un lugar preeminente en la sociedad (1), hecho que, en ocasiones, provocaba que fuese un cargo muy disputado.  Sin embargo, no todo era un camino de rosas, como en principio podría parecer.

También encontramos, de facto, una gran lista de restricciones que afectaban incluso a su vida diaria.  Aguantar en un cargo que, de entrada, debía resultar un honor para el elegido podía ser, a fin de cuentas, un verdadero martirio.  Sin duda, más de uno nos cuestionaríamos, tras leer estas líneas, si merecería la pena vivir como ellos, a cambio de un poco de poder.

El original origen de los sacerdotes Flamines

La sociedad romana se encomendaba a una gran cantidad de dioses (2).  Este hecho tuvo lugar desde un inicio, y su expansión a lo largo y ancho del mundo gracias a las conquistas de territorios no hizo otra cosa que intensificarlo.  Para conseguir la aceptación de las costumbres romanas entre los conquistados, algunas deidades romanas se fusionaron con las de otras religiones (3).

De esta forma, se producía una síntesis, es decir, se recogían cualidades de varios dioses en uno solo, lo que daba lugar a nuevas formas y epítetos entre los dioses clásicos.  Este hecho no ocurría solo en la religión romana, como podemos comprobar, por ejemplo, en «Desenterrando a Seshat, la polifacética diosa de la Escritura».

Sin embargo, sus dioses primordiales y más importantes, siempre contaron con un lugar distinguido (4). Siendo uno de los grandes pilares de esta civilización (5), la religión romana siempre fue protegida en su base.  Con este objetivo, se formalizó, en los tiempos más antiguos de Roma, el colegio de Flamines (6).

Estos sacerdotes se dedicaban en exclusiva al cuidado de las deidades ancestrales, provenientes de las arcaicas religiones etrusca y sabina (7).  Esta hermandad sacerdotal encarnaba de forma física a estos dioses, y por ello, se incluía entre las altas castas religiosas (8).

En total, el colegio de Flamines estaba formado por 15 varones, divididos en dos grupos: los Flamines Minores, y los Flamines Maiores

Los Flamines Minores: encargados de los dioses elementales

Esta división del colegio de Flamines incluía a 12 sacerdotes, cada uno de los cuales representaba a un único dios.  Estas deidades están cubiertas de un halo de misterio incluso a día de hoy, llegando a desconocerse el nombre de dos de ellas (9).  Del mismo modo, sabemos que el resto de dioses incluía nombres que pueden no ser muy conocidos.  Comentemos un poco de cada uno para ponernos en situación.

Reunión de los dioses
Reunión de los dioses
  • Carmenta

Carmenta, diosa arcana a la que se atribuye el papel de educadora del pueblo de Roma en el arte de la escritura y del abecedario.  También se la consideró diosa de las profecías y protectora de los partos.  Sus festividades, las Carmentalia, se celebraban a mediados de enero, y en ellas se realizaba un sacrificio libre de sangre, pues como diosa de los nacimientos, no podía tener contacto con la muerte (10).

  • Ceres

Ceres fue la diosa relacionada con el crecimiento de las cosechas.  Con el tiempo, su papel se relegó a únicamente el cuidado de los cereales (curiosidad etimológica al canto).  Además, tuvo un papel importante en la realización de matrimonios y funerales, siendo muy venerada entre las clases bajas de Roma.  Sus fiestas principales fueron las Cerialia, celebradas a mediados de abril (11).

  • Falacer

Falacer fue considerado el dios de los árboles frutales, y en algunos casos protector de los pastores y de la ganadería.  También tuvo un culto importante bajo su forma de dios del cielo y, como tal, patrón de las lluvias (12).

  • Flora

Flora, fue la diosa protectora de las flores y de las plantas silvestres útiles al hombre, así como de la vid.  Además, su nombre pasó a convertirse en una suerte de clave para referirse a la ciudad de Roma.  Sus festividades, las Florafia, se celebraban entre finales de abril y principios de mayo (13).

  • Furrina

Sobre la diosa Furrina tenemos conocimientos bastante difusos (14).  Se cree que pudo estar emparentada con las Furias (15), entidades que personificaban la venganza y el castigo, siendo en esencia la predecesora de estas deidades .

  • Palatua

La diosa Palatua fue la protectora del monte Palatino, la colina más céntrica de las siete que conformaban Roma, y el lugar de fundación de esta ciudad (16).

  • Pomona

La diosa Pomona era la encargada de velar por los huertos y los jardines (17).

  • Portunus

Como dios de las llaves, Portunus era el encargado de proteger las entradas a la ciudad de Roma, así como las entradas de cada vivienda de la urbe.  Sus fiestas, las Portunalia, tenían lugar a mediados de agosto y, en su honor, se arrojaban llaves al fuego para atraer la buena suerte (18).

  • Vulcanus

Vulcanus, dios romano del fuego de las forjas y la artesanía.  Sus festividades, las Vulcanalia, se celebraban en agosto, época de mayor riesgo de incendios y sequía en Roma (19).

  • Vulturnus

Vulturnus, forma deificada del río Tiber, así como patrón de los vientos del Este.  Considerado también el dios primordial de las fuentes, tenía sus festividades, llamadas Vulturnalia, igualmente en agosto, y con ellas se buscaba el efecto beneficioso de los vientos y el agua para los cultivos (20).

Los doce dioses por los que velaban los Flamines Minores protegían los elementos básicos con los que se identificaban la ciudad de Roma y sus habitantes

Los Flamines Maiores – velando por los dioses supremos

Los tres Flamines restantes recibían el nombre de Flamen Dialis, Flamen Martialis, y Flamen Quirinalis (21), y eran la representación de la Tríada Precapitolina (22) original.  Ésta la componían el dios Júpiter, padre de los dioses (23), el dios Marte, patrón de los guerreros (24), y el dios Quirinus, forma deificada del fundador de Roma, Rómulo, y patrón de las defensas de la ciudad de Roma (25). A estos tres, durante la época Imperial, se añadiría el llamado Flamen Imperialis, que se encargaba de la veneración de la figura del emperador de turno (26).

Sacrificio a Marte
Sacrificio al dios Marte.

Esta posición era, además, la que mantenían según su importancia.  Teniendo esto en cuenta, su cargo les situaba en lo más alto de la clase religiosa romana, viéndose superados únicamente por el Rex Sacrorum (27).

De estas figuras, a nosotros nos ha llegado con más detalle la del sacerdote más importante, el Flamen Dialisdel que podemos desglosar sus privilegios, así como las restricciones que estos sacerdotes sufrían.

Vivir como Dios – Los Flamines romanos

En primer lugar, se especificaba que para optar a un puesto entre los Flamines, se debía formar parte de la casta de los patricios (28).  Esto suponía ser descendiente de una de las curias o «tribus» que fundaron Roma.

Tras entrar a formar parte de esta institución, conseguían una residencia oficial (29), con el único inconveniente de que no podían sacar fuego de ella, salvo con fines religiosos.  Esto se debe a que los fuegos de estas casas se consideraban sagrados, del mismo modo que ocurría con el fuego cuidado por las Vestales, tema que desarrollamos con más detalle en «Vestales: las vírgenes romanas».

En banquetes y reuniones, ocupaban los lugares de honor, respetando siempre la jerarquía que antes especificábamos (30). Y por si fuese poco, como personificaciones de los dioses a los que representaban, podían recibir sacrificios de animales y ofrendas varias (31).

El caso del Flamen Dialis, en concreto, era más particular todavía.  Podía absolver a los condenados a muerte y, para él, todos los días se consideraban festivos (32).  Esto suponía que cualquier actividad que se estuviese haciendo a su paso, se tenía que suspender, bajo pena de multa.

¿Qué más se podía pedir?

Los privilegios que conseguía un Flamen quedaban prácticamente nublados por la cantidad de exigencias a la que debían someterse

La otra cara del denario

No obstante, como venimos explicando, no todo era felicidad, banquetes y vidorra para ellos.  Estos sacerdotes estaban sujetos a una serie de restricciones y normas que, llegado el caso, podían causarles la destitución, y eso en un buen día.

La norma más básica de todas se refería al matrimonio.  Un Flamen debía estar casado mediante el rito de la confarreatio o matrimonio sagrado, y además, ser hijo de padres casados por este ritual.  Este matrimonio hacía imposible el divorcio entre las partes, quedando como única opción de separación la muerte (33).  Si se daba este trágico caso y la esposa del Flamen viajaba a los Campos Elíseos, nuestro sacerdote se quedaba viudo, obviamente, y además perdía su título (34).

Vade retro inmunditia

A la hora de acicalarse, debían acudir a un hombre libre para cortarse el pelo, cosa que debía realizarse exclusivamente con navajas de bronce (y con cuidado de salir bien peinado y sin nudos, como veremos más adelante).  Los restos de esta operación se enterraban bajo un árbol fértil, como símbolo de buena suerte (35).

Para conservar su estado de pureza, estos sacerdotes debían evitar cualquier contacto con la muerte.  Tampoco podían tocar o nombrar animales considerados impuros, como el perro o la cabra.  Esto también ocurría con algunos alimentos considerados corruptibles, y se llevaba al extremo de no poder comer nada que no estuviera cocinado previamente (36).

Respetando el dress code

Estos sacerdotes debían estar libres de cualquiera atadura, siendo así un símbolo de la libertad de Roma.  Es por esto que debían evitar el contacto directo con los esclavos.  Además, no podían realizar juramentos y, del mismo modo, rehuían cualquier tipo de vínculo que supusiera una atadura.  Igualmente, no se les permitía llevar nudos en sus vestimentas.  Esto incluía cinturones, pulseras, collares y anillos, así como cualquier prenda que necesitara atarse para poder ser llevada.  Para hacer todo más rocambolesco, tenían prohibido pasar bajo las parras y las hiedras, pues estas plantas son de tallo nudoso (37).

Busto de Flamen Martialis
Busto de Flamen Martialis

Para desvestirse, los Flamines debían procurar hacerlo en sitios cubiertos, pues hacerlo a cielo abierto suponía una ofensa para los dioses a los que representaban (38).  Sus prendas solo podían ser de color blanco o púrpura, por aquello de la pureza y el pedigrí.

Estaban obligados a portar siempre un gorro llamado apex, el cual les distinguía del resto de la sociedad de forma inequívoca. También, debían llevar ropas confeccionadas con lana y tejidas exclusivamente por la Flamínica, la esposa del Flamen (39).  Y hablando de sus mujeres…

Estaban locos estos romanos

La Flaminica solía llevar consigo la secespita, un cuchillo con el que ofrecía los sacrificios a los dioses, junto a su esposo, y su calzado solo podía estar hecho con pieles de animales sacrificados (40).

Igualmente, debía evitar mostrar cualquier parte de su cuerpo, para lo que contaba con una indumentaria triplemente velada (41).  Se sabe, además, que tenía prohibido yacer con su esposo en ciertas festividades con el objetivo de propiciar la fertilidad de Roma (42).

El sacerdote reflejaba el equilibrio de su comunidad, por ello no podía alejarse de su pueblo.  Tal es el caso que, siendo Flamen, se les prohibía permanecer fuera de Roma más de tres días seguidos (43).

Del mismo modo, no podían pasar más de tres noches sin dormir en su propio lecho, en el que no podía acostarse nadie más, a excepción de su esposa.  Las patas de su cama, además, debían embadurnarse con una capa de barro para conectar directamente mientras dormían con el suelo de la amada Roma (44).

Finalmente, les estaba prohibido montar a caballo y, con la salvedad de los Flamines Martialis y Quirinalis, representantes de los dioses guerreros, contemplar el ejército dispuesto en armas (45).

«Matadme, si es por el bien de Roma«

Ser nombrado Flamen traía consigo un compromiso enorme, acompañado de una siempre incómoda rutina, teniendo en cuenta todos los detalles que podían suponer un sacrilegio.  Es por esto que, en más de una ocasión, algunos de estos cargos quedaban desiertos (46), pues muy pocos querían atarse a tales exigencias.

Flamines
Flamines romanos.  Fuente: Imperio romano de Xavier Valderas

Parece que eso de «un gran poder conlleva una gran responsabilidad» se ajusta perfectamente a esta casta sacerdotal.  Seguro que muchos prefirieron ser los primeros en una aldea, antes que un Flamen en Roma.  Pero, ¿qué haríamos nosotros? ¿Seríamos capaces de entrar a formar parte de este grupo exclusivo?  ¿O quizás ahora la élite no nos llame tanto la atención?



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Referencias y bibliografía

Referencias

(1) Espluga y Miró, 2003, p. 122

(2) Littleton, 2004, p. 135.

(3) López y Lomas, 2004, p.150.

(4) Mommsen, 2003, pp. 190-193.

(5) Espluga y Miró, 2003, pp. 25-26.

(6) Mommsen, 2003, p. 190.

(7) Bermejo, 2018.

(8) Espluga y Miró, 2003, p. 122.

(9) Espluga y Miró, 2003, p. 123.

(10) Vázquez, 2009, p. 136.

(11) Jordan, 1993, p. 61.

(12) Hartung, 2018, p. 9.

(13) Jordan, 1993, p. 96.

(14) González, 2012.

(15) Jordan, 1993, p. 93.

(16) De Valbuena, 2011, p. 514

(17) Jordan, 1993, p. 249.

(18) Jordan, 1993, p. 249.

(19) Jordan, 1993, p. 345.

(20) Campbell, 2012, p. 141.

(21) López y Lomas, 2004, p.151.

(22) Sánchez, 2016.

(23) Jordan, 1993, p. 150.

(24) Jordan, 1993, p.191.

(25) Jordan, 1993, p. 260.

(26) Montero, 1990, p. 59.

(27) Marcos, 1988, pp. 12-13.

(28) Sánchez, 2016.

(29) Sánchez, 2016.

(30) Marcos, 1988, pp. 12-13.

(31) Sánchez, 2016.

(32) Sánchez, 2016.

(33) Rodríguez, 1993, p.441.

(34) Sánchez, 2016.

(35) Sánchez, 2016.

(36) Sánchez, 2016.

(37) Sánchez, 2016.

(38) Sánchez, 2016.

(39) Sánchez, 2016.

(40) Sánchez, 2016.

(41) Sánchez, 2016.

(42) Sánchez, 2016.

(43) Sánchez, 2016.

(44) Sánchez, 2016.

(45) Sánchez, 2016.

(46) Vázquez, 2011.

Bibliografía

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