Capítulo 1

“Si no atacas Roma por miedo de perder, no necesitas refuerzos; y si vas a ganar:
tampoco.” Consejo Cartaginés

Roma ya no era una simple aldea situada a orillas del río Tíber, sus soldados habían ido conquistando territorio y ya dominaban toda la península Itálica. Los romanos habían conseguido arrebatar a los cartagineses las islas de Sicilia, Córcega y Cerdeña durante la primera Guerra Púnica. Cartago, por otro lado, ya no era una colonia fenicia, ahora tenía la
suficiente fuerza como para poner en peligro la creciente Roma. Estaba en juego el Mediterráneo, y era el mayor trofeo que se podía desear.

La situación no era fácil, el hambre les carcomía las entrañas y la incansable fatiga se aferraba a cada uno de sus músculos. Estaban solos ante Roma, en el corazón de territorio enemigo y Cartago no podía enviarles refuerzos. Una cosa estaba clara, él no se rendiría, había jurado a su padre, el gran general cartaginés Amílcar, que siempre lucharía contra los romanos, y un juramento debe cumplirse.

Su ejército, exhausto, hacía ya muchos meses que había partido de Nova Cartago, en Hispania; habían cruzado los pirineos y la Galia luchando contra tribus hostiles; habían franqueado los Alpes ante el estupor de los romanos viendo morir a gran parte de sus soldados, jinetes y elefantes; habían luchado en las llanuras del Po, ahogándose en ciénagas y pantanos.

Aníbal pensaba también en sus hombres. Era preciso alentar a la tropa, fortalecerlos, levantarles el ánimo, ya estaban en Puglia y él sabía que allí les esperaba una ardua batalla frente a un ejército romano que aunque debilitado, permanecía fuerte. Escipión les tenía respeto, Fabio les temía después de su derrota y Minucio aún habiendo ganado, no quería ni oír hablar de los cartagineses.

Tres días de descanso, eso era lo que necesitaban, tres días “para animar el espíritu de sus hombres y devolverles a ellos y a sus caballos su antiguo vigor y condición.” Los hombres descansaban alegres, pero él no podía reposar, si el enemigo era superior en soldados, ellos tendrían que serlo en estrategia.

Era un general carismático y había sabido ganarse el respeto de sus soldados siendo uno más de ellos, es por eso que podía presumir de tener numerosos hombres de confianza en su legión. Esta vez, confiaría en Giscón, uno de sus oficiales más fieles; le mandaría a explorar el terreno romano para así poder montar una ofensiva con más garantías.

Tres días pasaron rápido y Giscón volvió aturdido y azarado. Más de 80.000 hombres ya, las cifras no engañaban, los romanos estaban levantando un ejército sin precedentes. Pero el miedo de los demás aumenta la audacia de uno y Aníbal, mirándole a las pupilas con el ojo que le quedaba le dijo: “Olvidas algo, querido hermano, entre sus numerosos soldados, no hay ninguno que se llame Giscón”.

La táctica era la siguiente: encerrarlos, rodearlos, acorralarlos para así poder vencerlos, jugar con sus ansias de victoria; con su ego desmesurado. Aníbal distribuiría a sus hombres en forma de arco, así los romanos solo verían un tercio de su ejército, el que les atacaría frontalmente.

– Seréis pocos y no os tendrán miedo, pero resistiréis, ellos mandaran más legiones. Cuantas más legiones manden, más grillos tendremos encerrados dentro de nuestra olla. Cuando yo dé la señal, los soldados de los flancos entraréis al ataque, los rodearemos y ellos morirán aplastados como bichos.

Llegó el gran día, Aníbal se despertó con la certeza de que todo iba a salir bien.

– Preparad las armas, soldados! Hoy es un gran día y vosotros sois los héroes de esta gran fiesta que es la guerra. Vosotros, grandes defensores de vuestra tierra, vosotros que fuisteis capaces de recuperar Sicilia y Cerdeña de estos soldados romanos que hoy, cuando acabe el día, van a tener que daros, rendidos ante vuestros pies, otro trozo de su imperio. Venid, coged lanzas y escudos y que empiece el combate. Recordad, hermanos, hoy se sale a morir o se sale a ganar.

Todo sucedió como lo habían previsto; los romanos creyéndose ganadores acabaron siendo
vencidos gracias a la estrategia de Aníbal en una de las batallas más sangrientas de la historia, la batalla de Cannas.

Los cartagineses se habían plantado ante la ciudad eterna de Roma. En la mismísima Roma. “Anibal ad Portas” gritaban los ciudadanos romanos aterrados. Tenían al gran general ante sus puertas y estaban indefensos. El ejército de Pompeyo tardaría aún semanas en llegar de Oriente, y el de Escipión estaba dividido y derrotado. Roma, la gran ciudad, estaba sola y desprotegida ante el enemigo Africano.

Pero el destino dio un giro inesperado, un giro de esos que solo se dan en momentos estelares de la historia: Aníbal decidió no atacar Roma todavía. La tenía a su merced, tenía la ciudad soñada a su alcance pero…¿Qué pasó por la mente de Aníbal? ¿Por qué no atacó cuando podía? En su lugar franqueó el Tíber y siguió hacia el sur, neutralizando todas las guarniciones y ciudades que encontraba a su paso. Quería dejar Roma aún más indefensa.

Pero mientras Aníbal cavilaba, Pompeyo se acercaba con su ejército de oriente. Y en
Hispania, las cosas tampoco estaban muy sosegadas. El senado romano acababa de recibir
una carta informando de cómo estaba la situación al otro lado de los Alpes.

“ He sabido, ¡Oh César! que desea tener noticias detalladas sobre el estado de la guerra a
este lado de las montañas.

La vida nos reserva horas de tristeza y horas de alegría. Las de estos días han sido para nosotros de intensa dicha. Aquí tengo el placer de anunciarle que, gracias a Marte y a todos los dioses, hemos vencido en Sagunto y hasta hemos ocupado la capital, Cartago nova, por lo tanto Hispania ya es nuestra.

El general Asdrúbal, ha huido a reforzar las tropas de su hermano, Aníbal; pero me consta
que una de nuestras legiones, la comandada por Nerón, les ha detenido en Metauro y le ha
cortado la cabeza al general.

Estamos muy satisfechos con nuestro estado y rogamos a los dioses para que nuestra
dicha de hoy no se vea enturbiada y sigamos venciendo.

Reciba un cordial saludo y nuestra más humilde admiración, ¡Oh, César!

Publio Cornelio Escipión”


Capítulo 2

“Patria ingrata, ni siquiera tienes mis huesos.” Escipión

Ya tenían Hispania, pero Aníbal seguía atacando a los romanos en Italia, es por eso que Escipión tramó un plan para que el cartaginés se marchase a su tierra y ¿cómo podía hacerlo? Pues atacando donde más dolía, haría la guerra en su cuna, haría la guerra en Cartago.

Escipión, que enseguida se convertiría en El Africano, puesto que se había desplazado a África para poder vencer allí a Aníbal, consiguió su misión. El cartaginés, con todo su ejército y habiendo recibido como presente la cabeza de su hermano, no tardó en abandonar tierras ajenas para ir a defender su patria. No quería hacer las paces, no quería
doblegarse ante Escipión, él había nacido para vencer y lucharía hasta el final.

Querer no siempre es poder, y el final llegó antes de lo esperado. El Africano había arrasado con los 40.000 hombres de Aníbal, sus elefantes, su caballería, y, lo más importante, arrasó con su ilusión, con su motivo de vida. Los romanos, viéndose vencedores, privaron al general cartaginés de flota y de ejército.

Mas Aníbal Barca, el hijo del rayo -eso quería decir su apellido- sabía que no sólo se lucha con las armas y entró en política. Fue un gran orador y supo promover la democracia entre los suyos, los cartagineses le respetaban y apoyaban. Cartago seguía siendo, sin embargo, una ciudad con deudas hacia los romanos, y Aníbal era de la opinión que los que debían pagar esas deudas eran los nobles. Ese propósito, generó mal ambiente entre los honorosos de clases altas de suerte que, rápidamente, le salieron de hasta debajo de las piedras rivales al gran general.

Huir, sólo le quedaba huir, encontraría la manera de volver a luchar contra los romanos. Pasó varios años deambulando por el Oriente Próximo con el único objetivo de volver a coger posiciones para poder ganar a Roma. Todo parecía en ruta, en Bitinia -actual Turquía- le tenían por amigo puesto que ayudó a Prusias, su rey, a vencer a Eumenes II de Pérgamo, aliado de los romanos. Fue una victoria bestial, pues les ganaron con serpientes, durante la batalla naval, Aníbal decidió poner unas marmitas llenas de víboras para atacar a la flota enemiga.

Vencer a los amigos de sus enemigos era volver a entrar en el combate. Pero, hay puñales en las sonrisas de los hombres, y en cuanto los romanos acudieron a auxiliar a sus protegidos, Prusias tuvo miedo. Se dice que siempre hay un minuto en el que los grandes hombres son cobardes, y justo ese minuto fue el de Prusias. Así pues, obrando bajo los efectos devastadores del miedo, el rey bitinio no pudo más que retroceder y entregar a Aníbal, el que parecía haber sido su compañero de batallas; a Flaminino, gran magistrado romano.

¿Aníbal sometido al César? ¿Aníbal humillado por los romanos? Jamás! Un guerrero es todo aquel que lucha por sus ideales aunque la situación no sea propicia, y Aníbal era el guerrero de los guerreros, el más grande, el más valiente. No temía a la muerte, solo temía el fracaso. Aníbal moriría expulsado de su tierra, perecería antes de que le llamaran los cielos, agonizaría solo y sucumbiría sin haber logrado su propósito; pero en ningún caso concedería a los romanos el deleite de arrebatarle la cabeza ni el honor. Por suerte tenía veneno.

«Padre mío,

te vengo al encuentro, no puedo más que estar afligido y avergonzado por mi derrota, no
logré mi fin y sin embargo, al fin me arrojo. Nunca consentiría que los adversarios me
apresaran, ya les bastó con Asdrúbal y Magón, es por eso que voy a concederme a mí
mismo el honor de abatirme en mi última batalla.

Luché siguiendo tus enseñanzas, sin temer a la adversidad con el fin de enaltecer nuestro
pueblo y nuestra patria. Viví imitando tu ser, respetando a nuestro ejército y siendo ejemplo con actos más que con habladurías.

Nuestra Cartago lloró tu pérdida el día en que tu te fuiste, los Dioses quieran que nuestro pueblo lamente hoy la mía aunque mi cuerpo inerte tenga que yacer sobre una tierra hostil y traidora.

Siempre fuiste una inspiración para mi y sólo espero que Aspar Barca, mi hijo, tu nieto, sepa continuar y defender nuestro linaje. Mándame fuerzas, padre, para acometer esta última misión. Encontraré el camino hacia ti, y si no lo hay, abriré uno.

Te ruego padre me perdones y me acojas donde sea que estés,

Aníbal Barca»

» Mi querido hermano,

hoy te escribo estas cuatro letras para anunciarte que la decisión de la asamblea ha cambiado totalmente mi situación, avecino en mi vida un porvenir pavoroso y es por eso que me despido aquí de ti.

Me acusan de robar dinero, de aceptar sobornos, a mi que nunca me han empujado esos asuntos. Me obligan a marcharme de la tierra que siempre he defendido, será que no soportan tanta grandeza. Como soy ser de honor, no voy a implorarles que me admitan en mi propia ciudad, les cedo el campo de batalla, la guerra, la política y la mala conciencia de desterrar a uno de los suyos.

Me voy a Liternum, querido hermano, allí estaré bien y podré escribir mis memorias para que se recuerde la verdad y nada más que la verdad. Me voy, me retiro para no volver jamás, no quiero ni en vida ni en muerte volver a pisar mi patria.

Siempre tuyo,

Publio Cornelio Escipión»

Y es así como todo acaba, en la muerte, en el destierro de la vida. ¿Es vivir una batalla? ¿Es la muerte una derrota? ¿Tus enemigos luchan en tu bando ante la muerte? Aníbal, vencido y exiliado; Escipión victorioso y desterrado. Las dos potencias más importantes del momento habían rechazado a sus más grandes generales, dos eternos rivales que ahora, en el cúlmen de sus días, compartían un destino común.


Autor/a: Lapsus Calami


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