Me llamo Juliun, que significa “pelo coloreado” en griego. Fui el único miembro de la familia con el pelo anaranjado, por eso me pusieron ese nombre. Nací el 22 de julio del año 488 a.C. en la isla de Creta. Tuve una infancia feliz y una buena educación básica, pero mis padres no se conformaron con ello y quisieron más. 

Cuando éstos empezaron a discutir sobre mi futuro, se acordaron del famoso Maestro de Grecia, un  joven llamado Sócrates, que contaba con solo treinta años y ya se había hecho importante por su filosofía y encargado de la educación de muchos jóvenes. Yo apenas lo había oído nombrar algunas veces aunque no le daba mucha importancia, puesto que la filosofía no me llamaba la atención. Pero debo añadir que la tal admiración de mis padres hacia ese ser me hizo reflexionar algunas cosas e ideales personales y cambié muy pronto de opinión.

Cuando cumplí los doce años viajé por primera vez en galera con mi padre rumbo a Atenas, para conocer a ese Sócrates que la gente había pintado tan bien. La verdad es que la geografía tampoco era mi fuerte aunque tengo que decir que Atenas había sido uno de los pocos lugares que siempre me había llamado la atención y que sabía que algún día visitaría, sobretodo deseaba verlo con mis propios ojos y no escuchar leyendas perdidas en la sombra. Mi padre siempre había querido que yo fuera filósofo y como fui hijo único, después de perder a mi hermana pequeña en un accidente, me dejé llevar, pensando que quizás me gustase ese mundo al que yo llegaba a llamar en un principio “de paranoia y fantasía”.

No os quiero aburrir con mis viajes y aventuras puesto que tampoco fueron muchas. Lo único que quiero es hablar y contar mi historia para que a nadie le vuelva a pasar jamás lo que me pasó a mi. Aunque para esto debería empezar por el principio.

No recuerdo bien el día exacto que arribamos a Atenas pero lo que si tengo en la memoria es que llovía a cántaros. Llegamos al puerto del Pireo, uno de los más importantes y conocidos de toda Atenas, en una galera impulsada por remos que sujetaban varios hombres. En este caso, mi padre y yo navegamos como pasajeros. 

El viaje en la nave no fue del todo agradable. Sólo se veía a hombres, esclavos de todas razas, que estaban casi en los huesos con unas barbas que les llegaban hasta el estómago, sentados en bancos y conduciendo la dirección de la galera, recibiendo, al mismo tiempo, algunos latigazos del capataz si tomaban un respiro de aire puro. Su coreografía era la misma para todos. Tirar el torso para adelante juntamente con los brazos que sujetaban los remos y después volver a tirar de éstos hacia sí curvando la espalda hacia atrás. Y así sucesivamente. Mentalmente, me apunté que algún día intentaría cambiar esa situación.

Ya en tierra, empezamos el rumbo para llegar a conocer al famoso Sócrates. Caminamos durante varios días, no puedo decir con exactitud cuántos, pero a mi se me hizo eterno. Andamos mucho sin cesar y por las noches buscábamos algún rincón dónde poder acostarnos y reponer fuerzas. Por campos, normalmente. La verdad es que yo no estaba nada acostumbrado a tanto ejercicio, de hecho, a los dos días ya tenía llagas en los pies por doquier. 

Un día me mareé. Y me desplomé. Pareció llover de repente y me desperté de golpe. Mi padre había gastado parte de su cantimplora y me había tirado el agua encima para hacerme volver de esa profunda ensoñación a la vida real. Me desperté desorientado, no sabía dónde me encontraba. Miré a mis pies y los vi envueltos en una especie de venda que me protegía las heridas del sol. Y entonces se lo pregunté:

-Papá, ¿porqué tu no tienes llagas en los pies?

-Mis pies, aparte de que tienen una edad, están inmunizados, hijo. – dijo riéndose al mismo tiempo – Cuando era joven andaba por aquí y por allá con mis amigos, corríamos a todas horas, jugábamos, nos escondíamos por todas partes. También cuando íbamos a trabajar teníamos que caminar largas horas para ir y luego volver. Por eso ya no siento dolor. A veces, si tengo una herida, ni la noto.

Su sonrisa se apagó como una vela que se derrite lentamente. 

Pasado un tiempo, llegamos por fin al Ágora de Atenas. El Ágora de Atenas era el centro de la actividad propiamente dicho. Sócrates y sus enseñanzas filosóficas iban de la mano por las calles de Atenas junto con un grupo de chicos jóvenes. Sus clases, según me habían contado, consistían en discusiones, charlas, intercambio de palabras. Su enseñanza, por tanto se basaba en el diálogo, de hecho se decía que no tenía escritos, simplemente que toda la información salía de su boca y volaba por los aires. Los alumnos absorbían la sabiduría de ese gran personaje al mismo tiempo. Todo el mundo le admiraba. O casi. A parte, también era famoso por enseñar gratuitamente, cosa que a mi familia le iba de maravilla. 

Cuando llegamos a la ciudad, nos hospedamos en una especie de establo de una casa a la que habíamos llamado a la puerta por si podíamos pasar unos días. La mujer mayor que abrió la puerta vivía sola con algunos animales de granja y nos dijo que podíamos quedarnos el tiempo que quisiéramos y así le haríamos compañía. La idea era encontrar a Sócrates y mi padre volvería a la isla de Creta con mi madre. Yo me quedaría allí temporalmente.

Mi casera se llamaba Abayomi, que según nos contó, su nombre significaba “la que trae alegría”. Era una mujer egipcia que emigró por la pobreza que vivía en esos momentos con su familia. En Atenas conoció a su marido ya fallecido y con el que tuvo dos gemelos que murieron también a una temprana edad. Desde hacía muchos años conocía la soledad. Sólo tenía la compañía de sus cabras y un perro que estaba medio ciego. 

Los días que estuvimos en su casa, Abayomi nos trató a mi padre y a mí cómo si fuésemos miembros de su familia. Después de ordeñar a sus cabras nos traía cada mañana un vaso de leche y creo que fue la mejor leche que había probado en mi vida.

Por las mañanas mi padre y yo salíamos en busca de Sócrates y sus pupilos preguntando casa por casa si sabían dónde se encontraba. Siempre recibíamos la misma respuesta. Un rotundo no. Y entonces llegó el esperado día. Dimos con él una mañana de mucha calor. Lo hallamos sentado en una plaza rodeado de chavales de diferentes edades que rondaban entre los doce y los dieciocho años. Algunos de ellos observaban al gran maestro con una fascinación que parecía que le salían los ojos de sus órbitas. Nos acercamos al grupo y Sócrates cortó su discurso y nos observó con cara de duda. Mi padre se presentó extendiéndole la mano y al mismo tiempo me introdujo a mi también. El Señor de la filosofía me miró de arriba a abajo. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. Una mirada fría repasaba todo mi ser con cierta expectación. No me gustó. Aunque al principio no le di mucha importancia. 

En ese momento mi padre me puso su anciana mano en mi hombro. Me dio dos golpecitos y giró sobre sus talones. No le gustaban las despedidas. Entonces me giré y corrí hacia él llamándolo al mismo tiempo. En nuestro abrazo noté su despedida y me cayó una lágrima que me secó con su dedo pulgar. 

-Te voy a echar de menos – murmuré.

-Lo sé, y yo también. Pero estoy contento porqué aquí te darán una educación y una vida de la que siempre estaré orgulloso. Aprovecha cada momento y no me defraudes. Prométeme que no me defraudarás.

-Te lo prometo, papá.

ELLAS, LAS PROSTITUTAS - LA OBRA MÁS IMPORTANTE DE KHRONOS
La obra más completa sobre historia de la prostitución en castellano. 

Me besó en la frente y se fue. Cuando más tarde volví a casa de la señora Abayomi, sus pertenencias ya no estaban allí. 

A partir de ese momento empezaron a cambiar las cosas. 

Al día siguiente el gran Sócrates llamó mi atención para que me sentase más cerca de él. No recuerdo con exactitud que estaba explicando cuando dio un ejemplo y cogió mi mano. Me incorporó y me colocó en su falda mientras me obligaba que me sentara sobre sus rodillas. Me pareció tan incómoda la situación que me bloqueé y mi mente se quedó en blanco. 

Todo empezó por comentarios que escuchaba de la gente que cuchicheaba por las calles de Atenas. Que si Sócrates era demasiado amable con sus pupilos, que si de vez en cuando les cacheaba en el trasero, como una broma, que si a veces se acercaba demasiado e irrumpía en su zona de confort. Eran comentarios que yo ignoré, hasta que un día lo vi claro. La gente estaba equivocada, no fue Sócrates el que irrumpía en los chavales sino uno de sus alumnos de más edad.

Estaba volviendo a casa de la señora Abayomi pero ese día cambié de dirección. Me apetecía pasear por zonas dónde no había estado nunca y caminar por entre los bosques. El aroma de los árboles era espectacular y la sensación de libertad era algo mágico. Los únicos ruidos que se escuchaban a lo lejos eran cánticos de pájaros que piaban llamando a sus seres queridos de aquí para allá como si fuera música celestial.

Entonces algo llamó mi atención. Escuché una voz de hombre juntamente con otra de niño. Me acerqué lentamente, sin hacer ruido, por entre los árboles y los vi. El alumno de Sócrates estaba hablando con otro chaval más pequeño. Pero había algo más. Aquel chiquillo estaba sentado encima de sus piernas, tal y como Sócrates me había colocado a mi esa vez. Algo se me removió por dentro. Solté un grito ahogado que tuve que tapar con mi mano. Pero ellos no se dieron cuenta. El aprendiz tenía una mano sobre la espalda del chico y lo estaba acariciando. La otra mano la tenía en su zona más íntima. Parecía que le susurraba algo al oído. No supe ver bien si el pequeño estaba angustiado o incómodo y tampoco me quedé mucho tiempo a averiguarlo. Fue entonces cuando me volví y con el pie pisé una rama seca que se quebró haciendo un sonido que a mi me pareció un estruendo. La extraña pareja se quedó en silencio y la voz del mayor gritó:

-¿Hay alguien ahí?

No respondí. Me escondí detrás de un matojo cercano y cuando vi que no me habían dado importancia, me escabullí y arranqué mi carrera. No tengo idea de si me vieron porque lo único que recuerdo es que sólo deseaba desaparecer de allí y corrí tan rápido y con tanta fuerza que me volvieron a doler los pies. Pasé por alto esa sensación pensando en regresar cuanto antes a lo que podía considerarse mi refugio. Cuando llegué a la casa, estaba vacía. Supuse que la señora estaría comprando. Entré en ella y salí al patio donde me resguardé en mi establo privado. 

Esa noche cuando me metí en la cama no pude dormir pensando en lo que habían guardado mis retinas que no se me borraba de la cabeza. Entonces lo vi claro. Todos esos chismes que volaban por la calle cual pájaros en bandada, eran falsos. Sócrates tenía alumnos que abusaban de algunos otros pero no era él.

Me quedé toda la noche despierto pensando en que hacer pero estaba tan saturado y abrumado por toda la situación que pensé que cualquier cosa que se me pasase por la cabeza sería una tontería. No podía abandonar y volver con mis padres, qué pensarían de mí. Le prometí a mi santo padre que no le defraudaría. Así que al día siguiente volví a las clases. Y al otro día. Y al otro.

Han pasado ya muchos años de todo aquello. Ahora soy un hombre, padre de familia y esa parte de mi vida está prácticamente borrada. Al principio dije que contaría mi historia para que a nadie le pasase lo mismo que a mí. Aunque eso habrá sido imposible, seguramente. Un día, volviendo de las clases de Sócrates, aquel miserable “compañero” abusó de mi. Más de una vez. Pero me mantuve firme a la promesa de mi padre y años más tarde volví con mi familia. Mi madre había muerto y mi padre estaba muy enfermo. Creo que cuando me vio se emocionó tanto que se dio por vencido y con una sonrisa en los labios dejó este mundo.

Con los años, me hice escritor especializado en filosofía como a mi padre le hubiera gustado y a través de mis relatos intenté alertar a niñas y a niños. Además descubrí, más tarde, que habían acusado injustamente a mi mentor de corromper a la juventud, además de no creer en los dioses de la ciudad o polis como la llamábamos nosotros, condenándole a beber cicuta. Que fácil es atacar a una persona sin saber la pura y verdadera realidad. 

“Un sofista” se iba a la plaza pública y buscaba enseñar sus falsos saberes a cambio de dinero. Por otra parte, “un filósofo” buscaba la lógica y la coherencia de lo que se piensa a lo que se dice. Resumiendo, condenaron a Sócrates por ser sofista, cuando él fue justamente un filósofo. Finalmente cerré un capítulo impactante de mi vida con mi última obra, hasta el momento, a la que titulé: El sofista.


Autor/a: Lovett


Recuerda que puedes ayudarnos a elegir a los relatos ganadores del nuestro concurso. Para votar solo hay que dejar un comentario puntuando el artículo del 1 al 10 y si eres tertuliano de Telecinco o simplemente te gusta criticar pues explícanos los motivos, pero no te pases, que nos somos bichos, aunque alguno comamos como tales, ¡nos echarás un cable para decidir al mejor! Y acuérdate de que 10 es más que uno… que luego nos hacemos la picha un lío… ¡Ah! y se podrá votar hasta el 28 de agosto, todos los artículos que quieras, para dar unos diítas de reflexión.

De la votación se sacarán los 5 finalistas, los que tengan más puntos totales; si suman más de 10 puntos usaremos calculadora, que somos de letras… Muchas gracias por tu colaboración. 

12 Comentarios

  1. Un relato realista en el que se puede uno quedar reflexionando sobre la verdadera y constante existencia de casos de esta índole que pocas veces salen a la luz. Se narra la historia haciendo uso de ciertos recursos literarios que describen y detallan hechos y seituaciones y, que ayudan a la imaginación y comprensión.
    Puntuación numérica: 7,5

  2. Un relato histórico debe ser congruente. Hay que documentarse bien antes y cuidar los detalles sobre el momento histórico que se escribe. Resulta difícil imaginar a un griego con cantimplora o que utice la expresión «llover a cántaros »
    Con todo me ha parecido un relato muy fresco.