Lo que hoy por hoy supone el fútbol en nuestra sociedad, en la antigua Roma lo constituían las carreras de carros. Sin lugar a dudas era la gran pasión de aquellas gentes (1). Lo que en sus orígenes fue una prueba competitiva aristocrática, acabaría siendo un auténtico espectáculo de consumo para las masas del Imperio romano (2).

La carrera de cuadrigas en la famosa película
La carrera de cuadrigas en la famosa película «Ben-Hur» (1959), protagonizada por Charlton Heston. Fuente.

Este tipo de competición constituía la piedra angular de los ludi circenses, los juegos del circo (3). Se estima que, en época imperial, pudo haber una media de unos 75 días al año de celebraciones de estos ludi en Roma (4). Se convocaban por varios motivos: como evento celebrado en honor de los dioses, como parte de los festejos de una campaña militar exitosa, con motivo del cumpleaños del emperador, etc, etc (5).

Indiferentemente de la ocasión, del día o la estación; siempre era el momento idóneo para que los antiguos romanos enseñaran y defendieran sus colores, animasen a los aurigas (6) que competían en representación de cada uno de los cuatro equipos o factiones (7) y se emocionasen con los devenires de las carreras. Las analogías y comparaciones entre este espectáculo antiguo y el fútbol actual a estos efectos son inevitables.

Carrera de carros romanos - Circo Máximo
Carrera de carros romanos (1890). Obra del artista español Ulpiano Checa (1860-1916), expuesta en el Museo Ulpiano Checa (Colmenar de Oreja, Madrid). Fuente: Wikimedia Commons.

Circus Maximus – el circuito de carreras por antonomasia

El circo era pues el espacio específico para el desarrollo de estas carreras en sus diversas modalidades (8). Contaba con una estructura característica, obviamente acorde a las necesidades para el óptimo desarrollo de las carreras (9).

Podían encontrarse a lo largo y ancho del imperio, siendo espacios destacados de las ciudades más importantes (10); pero por encima de todos ellos sobresalía el Circus Maximus, en Roma (11). Localizado en el valle de Murcia, entre las colinas del Aventino y el Palatino (12); a lo largo de la Antigüedad romana experimentó muchas reparaciones y adiciones (13). Siendo así objeto de interés y atención para el poder imperial (14), su culmen a efectos arquitectónicos y monumentales se produjo bajo Trajano (15), estimándose además que con ello se llegó a ampliar el aforo del Circo Máximo a un total de 230000 plazas, que no es poco (16).

Reverso de un sestercio de Trajano, datado entre 103-111; con representación del Circo Máximo
Reverso de un sestercio de Trajano, datado entre 103-111; con representación del Circo Máximo. Fuente.

Con tal aforo, este sitio bien suponía un claro espejo de la férrea jerarquía social romana (17). Esto se debía a que, en las celebraciones de los ludi, el Circo Máximo llegaba a constituirse en un microcosmos social al congregarse allí, para presencia y disfrutar del deporte y el espectáculo, el pueblo de Roma (patricios y plebeyos, magistrados y sacerdotes, esclavos y libres), el emperador y su familia, y hasta los mismos dioses (18).

El Circo romano – Entre lo profano… y lo sagrado

El Circo Máximo no era solamente uno de los espacios lúdicos más importantes de Roma. También tenía una vertiente sagrada, bastante significativa. Esto nos retrotrae a lo antes señalado sobre que los ludi circensis eran celebrados en honor de diversos dioses. A ello se agrega que toda celebración de los juegos era obligatoriamente precedida por la pompa circensis, una procesión con un componente religioso fundamental (19).

Además, el Circo Máximo albergaba varios santuarios, de no poca antigüedad. Uno de ellos era subterráneo, y estaba consagrado al arcaico dios Consus (20). También había lo que venía a ser una capilla, dedicada a la no menos antigua diosa que daba nombre al valle en el que estaba el Circo Máximo: Murcia (21).

Entre unas cosas y otras, a ojos de los antiguos aquel espacio guardaba una vinculación estrecha y especial con uno de los dioses del panteón romano: Sol.

Sol, el auriga celestial

En los antiguos panteones de griegos y romanos, este dios se definía en virtud de varias atribuciones precisas. Así, sin confundirlo ni identificarlo con Apolo (este es un tema complejo que bien merece tratarlo en otro artículo); Helios-Sol era aquel que veía todo cuanto acontecía sobre el mundo durante el día (22), y en virtud de ello, también una de las deidades garantes de los juramentos (23). Por supuesto, también era el dios que producía la luz (24) y además, en tanto que señor de los astros, supervisaba y aseguraba el devenir cíclico e imparable del tiempo (25).

Sin embargo, puede decirse que Helios-Sol no habría sido nada de eso de no ser por su principal competencia: el conductor de la cuadriga solar. Era la característica incontestable de este dios, su vehículo por excelencia ya desde las más tempranas representaciones que se hicieron de él. Un elemento consustancial al dios tanto en la tradición literaria como en el arte. Ello tenía su fundamento en la cosmovisión de aquellas gentes (26): precedido por su hermana Eos-Aurora, Helios-Sol realizaba su recorrido diario por el firmamento saliendo de los confines de Oriente hasta llegar a su meta en los de Occidente, conduciendo con maestría un carro tirado por cuatro caballos, cuyos nombres remitían al elemento ígneo: Pirunte, Éoo, Aetón y Flegonte (27).

Representación del dios-titán Helios en una crátera de figuras rojas. Siglo V AEC. Pieza expuesta en el British Museum (Londres).
Representación del dios-titán Helios en una crátera de figuras rojas. Siglo V AEC. Pieza expuesta en el British Museum (Londres). Fuente.

Según la tradición mítica, el primer hombre mortal que condujo una cuadriga (y que por este logro se vio elevado a los cielos) lo hizo a imitación del dios Sol (Hig. Astr. XIII, 1):

Cuando Júpiter vio que [Erictonio] había sido el primer hombre que había uncido caballos a una cuadriga, se sorprendió de que un humano hiciera frente a los inventos de Sol, pues éste había sido el primero de los dioses que había utilizado una cuadriga.” (28)

Áureo del emperador Adriano, datado en el año 126.
Áureo del emperador Adriano, datado en el año 126. Fuente.

Circus Maximus: la casa del Sol

Volviendo al tema que nos ocupa, nos encontramos ahora aproximadamente a fines del s. II de nuestra era, año arriba, año abajo. Por aquellas fechas, un apologista cristiano llamado Tertuliano (ca. 150-240), bastante entusiasta de su trabajo (29); escribió una obra que tituló De Spectaculis (Sobre los espectáculos).

En él, Tertuliano básicamente arengaba a sus seguidores que ni se les pasase por la cabeza acudir ni participar en las principales diversiones de la época: los combates de gladiadores, los espectáculos teatrales y, cómo no también, las carreras del circo. Una de las principales razones a las que recurrió para defender esa postura fue la estrecha y evidente vinculación de dichos eventos con los cultos a varias deidades del panteón (30).

Así, cuando Tertuliano va a hablar sobre las carreras de carros y el circo, se muestra bastante tajante en las siguientes líneas (De Spect. VIII, 1):

El circo está ante todo dedicado al Sol. su templo se encuentra en el medio, la efigie del Sol brilla desde lo alto de este.  No les pareció correcto rendirle honores sagrados bajo un techo a aquel a quien tienen a la intemperie sobre ellos.”

Prosiguiendo con su discurso, el apologista remitió a una tradición mítica según la cual Circe (31), diosa menor hechicera e hija de Helios-Sol, fue quien organizó los primeros juegos circenses (de ahí el nombre) en honor a su divino padre (32). También resaltó que las cuadrigas estaban consagradas a Sol, mientras que las bigas (carros con dos caballos) lo estaban a la diosa Luna y las seiugas (con seis corceles) a Júpiter (33).

El templo de Sol y la conjura de Pisón – El santuario del Circo Máximo

El templo del Circo Máximo era uno de los más antiguos y principales santuarios que tenía este dios en Roma, junto con otro ubicado en la colina del Quirinal (34), que además pudo haber sido la ubicación de un primer reloj solar en la ciudad de las siete colinas (35).

El santuario del Circo, cuyos orígenes no se conocen con seguridad, y por desgracia la arqueología no ha podido arrojar más luz al respecto hoy por hoy (36); se ubicaba concretamente en la parte del graderío pegado a la ladera del Aventino y bastante cerca de donde se situaba la línea de meta (37).

Recreación digital actual del templo de Sol en el Circo Máximo
Recreación digital actual del templo de Sol en el Circo Máximo. Fuente.

La antigüedad de este sitio fue remarcada por el historiador romano Cornelio Tácito (38) al narrar en sus Annales un complot urdido contra el emperador Nerón (39).

Este tuvo lugar en el año 65, siendo liderada por el noble romano Cayo Calpurnio Pisón. Según nos cuenta Tácito, los conspiradores se reunieron precisamente en el interior del templo de Sol para tramar sus planes. Sin embargo, estos acabaron siendo descubiertos y sentenciados por su traición (40). Tratándose del dios que todo lo veía, al que no se le escapaba ni una; Nerón atribuyó al poder de Sol que los conspiradores saliesen a la luz y su complot se viese impedido, mostrándose pues bastante agradecido al dios en consecuencia (41).

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El Obelisco Flaminio – Un regalo digno para un dios

Con todo, hay otro elemento bastante importante y que acentuó mucho más si cabe la vinculación del dios Sol con el Circo Máximo.

Los hechos nos llevan ahora al año 10 antes de la era común. Augusto, primer emperador de Roma, se hallaba metido en un importante programa de reconstrucción y monumentalización de la capital desde hacía unos años (42). Todo ese proyecto estaba además imbuido de no poca propaganda a su favor, la cual siempre venía bien (43).

En el marco de ese programa ordenó, en aquel preciso año, traer de Egipto un par de obeliscos (44), disponiendo uno en el Campo de Marte a modo de reloj solar (45), y otro  en la spina del Circo Máximo. Este último es el denominado Obelisco Flaminio (46).

Fotografía del Obelisco Flaminio, en la Piazza del Popolo. Spina del Circo Máximo
Fotografía del Obelisco Flaminio, en la Piazza del Popolo. Fuente: Wikimedia Commons.

A los pies de dichos monumentos, de por sí bastante solares (47); se dispusieron unas inscripciones en las que se declaraba que los dos obeliscos eran dedicados específicamente al dios Sol por la victoria romana en Egipto (48).

El circo y el cosmos – Simbología del Circo Máximo

Todo cuanto hemos visto nos conduce a un último punto tan importante como interesante. De resultas que al conjunto espacial del Circo Máximo y a las carreras de cuadrigas se les otorgaron una simbología cósmica en la Antigüedad. Este aspecto se sobreponía a la facultad del circo como microcosmos social, durante las celebraciones de los ludi, que se ha señalado antes.

Se ha sugerido que dicha simbología hunde sus raíces en una muy antigua tradición mítica y ritual por la que el movimiento del carro, y el ímpetu con la que los caballos galopaban moviendo ese vehículo, evocaban las fuerzas generadoras de la tierra y el tiempo (49). A esto cabe agregar, por supuesto, el importante papel que en ello jugó la vinculación de Sol con el Circo Máximo y la conducción de las cuadrigas, una imagen bien asentada y entendida en la cultura romana desde temprano (50)

El desglose de toda esa simbología, cuyo tema central gira en torno al transcurso del año solar (51), es a grandes rasgos la que sigue (52):

  • La pista o arena = la tierra.
  • El euripo (53) = el agua
  • Las metae, a ambos extremos de la spina = el oriente y el occidente
  • Las 12 carceres = los 12 signos zodiacales y los 12 meses del año
  • Las 7 vueltas que duraba una carrera = los 7 días de la semana
  • Las 24 carreras que en total duraba una competición = las 24 horas del día
  • Los caballos que arrastran cuadriga = las cuatro estaciones
  • El Obelisco Flaminio en el centro de la spina = el lugar del Sol en el cielo durante su cenit (54). Además, se ha sugerido que los cambios en la proyección de la sombra de este obelisco al transcurso del día reforzaron esa analogía visual entre el avance del Sol por el cielo y el progreso de la carrera (55).

Las factiones – simbología colorida en competición

Un punto no menos importante de toda esta simbología recaía sobre los colores de los cuatro equipos o factiones competidoras. Estos tenían varios significados, que implicaban a las estaciones, a los elementos de la naturaleza y a dioses específicos del panteón (56):

  • Los verdes = remitían a la primavera, la tierra y a las diosas Venus y/o Cibeles.
  • Los rojos = el verano, al elemento fuego y Marte.
  • Los azules = el otoño, el agua y Neptuno.
  • Los blancos = el invierno, el aire y Júpiter.

Un canto al espejo del mundo

El conocimiento de toda esta simbología ha podido llegar a nosotros a través de varios testimonios, tanto directos como indirectos. El más diáfano de todos ellos es un poema, de autor desconocido (pero claramente pagano), recogido en la Antología Latina (compuesta en torno a los siglos IV y VI EC).

A lo largo de este se hace una alabanza a esa imagen cósmica del circo, explicándose en ello con detalle algunos de los simbolismos antes listados. Expresa así (Ant. Lat. I, 197):

«Es imagen del mundo el circo, al que la antigüedad sabia / dio la forma y proporciones de los caminos del cielo. / Pues las doce puertas muestran los meses del año / y los signos que en su carrera cruza el astro de oro. / Los cornípedos representan las estaciones y los colores / los elementos: el auriga, como Febo, arrea cuatro caballos. / Con goznes propios encierran los cercos a las cuadrigas, / que Jano, alzando el estandarte, ordena salir. / Pero cuando se abren y caen las barreras, y un solo / carro se ve cómo avanza por delante de todos, / se estiran y rodean los postes de giro en cada vuelta, / pues los dos polos expresan el orto y el ocaso. / Y entre ellas corre un canal a manera del mar inmenso / y en medio un obelisco muy alto ocupa el centro. / También con siete giros cierran las competiciones de la palma, / tantos como zonas ciñen de suerte parecida el cielo. / Se asigna a la Luna la biga siempre y al Sol la cuadriga / y los caballos sueltos se consagran debidamente a los Cástores. / Nuestros espectáculos están hechos de cosas divinas / y llegan a ser ellos muy populares honrando a los dioses.»



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Referencias y bibliografía

Referencias

(1) De entre los principales eventos lúdicos de la Antigua Roma, cabe referir algunos como los espectáculos teatrales (ludi scaenici), las luchas contra fieras salvajes y espectáculos de caza simulados (venationes), y los combates entre gladiadores (munera gladiatoria); estos últimos tan célebres en nuestra actual cultura popular gracias a películas como Gladiator de Ridley Scott (2000). Con todo, las carreras de carros eran el evento deportivo que más gente movía y más pasiones llegaba a levantar, contando además con una vigencia bastante larga. Álvarez Jiménez, 2018, 17-19; Johnston, 2010, 243; Marqués, 2018, 264).

(2) Álvarez Jiménez, 2018, 331.

(3) El resto de entretenimientos y espectáculos que tenían lugar durante las (largas) sesiones de los ludi circenses servían más bien como complemento de las carreras. Estos consistían en actuaciones de pantomimos, demostraciones de diversas disciplinas atléticas, luchas de gladiadores y cazas de bestias salvajes. No obstante, en el caso de Roma, con la construcción del Coliseo el Circo Máximo albergó con menor frecuencia esos dos últimos tipos de espectáculos (Johnston, 2010, 254- 256; Álvarez Jiménez, 2018, 397-398).

(4) Álvarez Jiménez, 2018, 441.

(5) Marqués, 2018, 177, 258-259; Álvarez Jiménez, 2018, 41-43, 69, 73.

(6) El auriga o agitator era quien conducía un carro como participante de estas competiciones. Eran mayormente de condición social esclava, y a todo lo más libertos, cuyas vidas estaban dedicadas por entero a entrenarse y correr en las competiciones de carros que se celebraban a lo largo y ancho del Imperio. No obstante, era enorme la fama y la riqueza que podían llegar a obtener por sus victorias en el circo, siendo así auténticas estrellas deportivas de la antigua sociedad romana (Álvarez Jiménez, 2018, 415-417; Johnston, 2010, 253-254).

(7) Denominadas por sus colores: los azules (factio veneta), los verdes (factio prasina), los rojos (factio russata) y los blancos (factio alba). Álvarez Jiménez, 2018, 352.

(8) Estas variaban según el tipo de carro empleado (cuadriga – de cuatro caballos – , biga – de dos -, triga – de tres -; documentándose incluso carros tirados por hasta por diez caballos, pero bastante inusuales) así como por el nº de competidores, habiendo carreras en las que corrían un carro por facción, o bien participando hasta un total de doce (dos por facción). (Álvarez Jiménez, 2018, 462).

(9) Dicha estructura general consistía en la arena, la pista en la que se desarrollaba la carrera, de extensión alargada y en torno al cual se disponía el graderío. La arena estaba dividida en dos mitades por la spina, un murete que impedía la invasión de un carril al otro, y en el que, en el caso del Circo Máximo, se localizaban pequeños santuarios, esculturas y otros elementos tanto decorativos como funcionales, destinados estos últimos mayormente como marcadores de vueltas. A ambos extremos de la spina se encontraban las metae, consistentes en tres grandes pilares cónicos, rematados por unos objetos ovalados, y que tenían la finalidad de marcar el sitio en el que los aurigas debían efectuar el giro al otro carril. A un extremo de la pista de carreras se encontraban las carceres, esto es, las casillas de salida de los carros, cuyo número total era de 12. Estaban localizados a una distancia debida de la spina para que así los aurigas pudiesen efectuar la salida con el espacio necesario. (Johnston, 2010, 245-250; Álvarez Jiménez, 2018, 386-389).

(10) Para la época imperial romana, la presencia del circo se erigió así, junto con otros elementos no menos destacados, en una clara muestra del avance de la romanización o, en su defecto, de la óptima integración bajo la égida del poder imperial romano de poblaciones que contaban con una destacada raigambre cultural previa (especialmente la helénica). En este aspecto se aprecian entonces significativas diferencias entre la parte occidental del imperio, y la oriental. Así, mientras que en muchos lugares los circos consistían en recintos improvisados que duraban lo mismo que durasen las celebraciones de juegos y carreras en el municipio en cuestión; en las grandes ciudades y metrópolis del imperio era un elemento destacado de su urbanismo. Esto es más aún notable en las poblaciones que ya contaban con un urbanismo fuerte ya fuese bien por el valor de su posición geográfica, bien por el legado urbanístico de períodos previos (como sucedía mayormente en el oriente helenístico). Así pues, fuera de Roma, destacaban los circos de ciudades como Alejandría en Egipto, Antioquía en Siria, Cartago y Leptis Magna en el norte de África, Mérida en Hispania, Cesarea en Palestina, y muchos más. Toda esta presencia refleja pues la importancia y consolidación de este espectáculo deportivo de consumo para las masas a lo largo y ancho del imperio (Álvarez Jiménez, 2018, 124-147, 380-382).

(11) Era uno de los espacios más antiguos de la ciudad de las siete colinas. Sus orígenes se remontaban, según la tradición, a la época monárquica, más concretamente al reinado de Tarquinio Prisco (rey semi-legendario de origen etrusco que gobernó Roma aproximadamente entre los siglos VII y VI AEC). A esto se agrega además un hecho bastante significativo, dado que hablamos de un espacio antiguo que a su vez era el escenario de una práctica deportiva no menos vetusta para la tradición romana. Y es que fue precisamente en el Valle de Murcia donde se desarrolló la primera carrera de carros, organizada por Rómulo, fundador de la urbe; en honor de Neptuno. Dicho suceso sirvió como treta para que Rómulo y sus seguidores raptasen a las mujeres de los sabinos, a quienes habían invitado al evento para tal fin. En otro orden de cosas, las fuentes clásicas denotan además que en los orígenes del Circo Máximo hubo una significativa influencia helénica (Pérez Yarza, 2017, 224-225; Álvarez Jiménez, 2018, 36-38, 331-332). Cabe señalar que en Roma hubieron otros circos, si bien no tuvieron unas dimensiones comparables a las del Circo Máximo. Estos eran el Circo de Gayo y Nerón, en la colina vaticana; el Circo Variano, edificado en el s. III bajo la dinastía Severa; y el Circo de Majencio, ubicado en las afueras de Roma, próximo a la vía Apia (Jonhston, 2010, 244; Álvarez Jiménez, 2018, 382).

(12) El Aventino y el Palatino son dos de las siete colinas de Roma, y eran una gran relevancia para la historia de esta ciudad. Así, en el Palatino (situado al norte del Valle de Murcia) la tradición romana situaba el lugar en el que se criaron Rómulo y Remo, y fue donde más tarde Augusto, primer emperador de Roma, ubicaría su casa. Por su parte, el Aventino (al sur), fue un importante escenario en la lucha entre patricios y plebeyos (habiendo sido así la sede de los segundos) que aconteció en el 494 antes de nuestra era, y que amenazó seriamente con desestabilizar a la república de Roma. El conflicto se solucionó mediante la otorgación de más derechos representativos a la clase plebeya, y tuvo además como resultado la conformación de un templo en el Aventino consagrado a una tríada de dioses relacionados con el trabajo agrícola y el comercio: Ceres, Líber y Líbera. (Roldán Hervás, 1995, 74-84).

(13) Acciones destinadas tanto para consolidar y fortalecer la estructura del Circo Máximo (especialmente en lo relativo a las gradas), como también para agregar elementos decorativos con un carácter tanto conmemorativo como simbólico. (Álvarez Jiménez, 2018, 383-384).

(14) Tal interés y atención puede decirse que tenía una doble dirección: mientras que el emperador de turno mantenía contento y entretenido al pueblo de Roma mediante la celebración de juegos y carreras en aquel espacio, la misma población de la capital del Imperio podía servirse de aquellas ocasiones para transmitirle directamente al emperador, allí presente, algunas de sus demandas. Además, el espacio del Circo Máximo resultaba de suma importancia en tanto que destacado escenario, con motivo de dichas celebraciones, para la representación del poder imperial en todo su esplendor (Álvarez Jiménez, 2018, 373-377).

(15) Álvarez Jiménez, 2018, 93-94.

(16) Carcopino, 2001, 271

(17) Tal era así, que los miembros de cada clase social tenían unos asientos específicos a lo ancho y largo del graderío del Circo Máximo. Así los miembros de la élite, del orden senatorial y del ecuestre, así como también los embajadores, tenían asientos propios entre las primeras filas de las gradas. Por su parte, los plebeyos habían de sentarse en las filas más superiores. Que una persona ocupase un asiento que no le correspondiese estaba penado por las leyes, con castigos consistentes en multas cuantiosas. Toda esta distribución jerarquizante fue a su vez mantenida y enfatizada por los emperadores en las diversas reestructuraciones que ordenaron realizar en el Circo Máximo (Álvarez Jiménez, 2018, pp. 62, 132, 394-397).

(18) Álvarez Jiménez, 2018, 394-395.

(19) La pompa circensis comenzaba en la colina del Capitolio (donde se encontraba el templo del dios supremo del panteón romano: Júpiter Óptimo Máximo), y llegaba hasta el Circo Máximo. En ella, entre otras personalidades y figuras (tales como el magistrado encargado de haber organizado los juegos, los aurigas y miembros de las factiones, así como artistas varios), participaban las mismas imágenes de culto de las deidades. Estas desfilaban en último lugar, entre nubes de incienso; acompañadas y guardadas por los diversos sacerdocios romanos, para luego disponerse en un palco del circo específico y privilegiado para ellas. La pompa circensis finalizaba con el sacrificio de unos bueyes consagrados a Júpiter. Con el triunfo del cristianismo en el mundo romano, la pompa circensis fue suprimida de toda celebración de las carreras, así como otros símbolos de la antigua religión romana presentes en ellas (Álvarez Jiménez, 2018, pp. 40, 445-446; Marqués, 2018, pp. 259-260).

(20) Consus era un dios agrícola, al parecer más concretamente vinculado con la cosecha, el almacenaje del grano y los silos. Más adelante, este dios se vio en cierto modo asimilado a Neptuno, sobre todo en el aspecto de dicha divinidad que le relacionaba con los caballos. Su fiesta era la Consualia, celebrada en dos fechas: el 21 de agosto y el 15 de diciembre. En ambos días, el santuario del dios se sacaba al aire libre y en él se depositaban unos granos de cereal, para luego volver a enterrarlo. A dicha festividad se agregaron además las celebraciones de carreras (Marqués, 2018, 242).

(21) Murcia, también llamada Myrtea, era una diosa de tal antigüedad, que su carácter y funcionalidades específicas fueron olvidadas ya en época republicana. Sin embargo, en base a la etimología de su nombre, el erudito Marco Terencio Varrón (116-27 a.n.e.) la vinculó con la planta del mirto, en latín «myrtus»; abundante en el valle que recibe su nombre (Ling. Lat. V, 154). Esta diosa se vio identificada y asimilada a Venus, en base a lo cual fue denominada específicamente como Venus Mírtina, tal y como registra ese mismo autor romano en el pasaje citado. Sin embargo, más allá del emplazamiento en el que fue edificado el Circo Máximo, la relación de esta diosa con el recinto y la celebración de las carreras sigue sin estar del todo clara a día de hoy (Garrido Moreno, 2000, p. 60).

(22) Una facultad destacada y presente ya en las descripciones más antiguas de este dios. Por ejemplo, gracias a este poder, Helios auxilia a la diosa Deméter en la búsqueda de Perséfone, desvelándole a ella que su hija fue raptada por Hades, soberano de los muertos (Himno Homérico a Deméter, 64-73). Tenemos además que, en la Ilíada, en un momento dado en el que Zeus deseaba retozar con su esposa Hera, el soberano de los dioses la convenció diciéndole que amontonaría alrededor de ambos una nube áurea tan espesa que «ni siquiera el Sol [Helios] podrá traspasarla con su vista, aunque su luz es lo que tiene la mirada más penetrante» (Il. XIV, 341-345). En base a esta facultad, Helios-Sol fue también denominado por algunos autores como el «ojo del mundo» (Ov. Met. IV, 225-229).

(23) Esto se manifiesta ya en la Ilíada de Homero (por ejemplo en III, 103-107, 276-280), en el que para la declaración del juramento son convocados Helios, Zeus, la diosa primigenia Gea, los ríos y las divinidades soberanas del inframundo. De aquí en adelante se atestigua una larga tradición que, por supuesto, también la encontramos en el mundo romano. Así, en la Eneida de Virgilio (70 AEC -19 EC), uno de los poetas más relevantes del régimen y el ideario del emperador Augusto; nos encontramos el episodio de los juramentos dados entre el héroe Eneas y el rey Latino. Se trata de un suceso con el que se puso fin al conflicto entre los recién llegados troyanos y los habitantes autóctonos del Lacio, y sus líderes procedieron a la alianza (XII, 175-215). En él, Sol es invocado, junto con otras muchas divinidades; denotándose en ello además su carácter como uno de los dioses ancestrales de la región del Lacio. A esto se agrega que, en la obra de Virgilio, el rey Latino era nieto del dios Sol. (Galinsky, 1969, 453-458; Pérez Yarza, 2017, 222-223).

(24) Esta facultad del dios se veía intrínseca a su función de conducir su cuadriga por el firmamento durante el día, iluminando de este modo tanto a los dioses como a los seres humanos. Ello se señala así en la Odisea de Homero (III, 1-3), así como en el Himno Homérico a Helios. En la tradición artística ese aspecto se manifestaba mediante los rayos que emergían de entre los cabellos del dios, de apariencia juvenil. Curiosamente, Ovidio narra en sus Metamorfosis cómo Sol-Febo se quitó literalmente sus rayos de la cabeza, como si de una especie de corona se tratase; por un momento para así permitir que su hijo Faetón pudiese aproximarse a él (II 35-45). Es muy llamativo e interesante, además, el hecho de que se han constatado numerosas lámparas de terracota o lucernas romanas, datadas mayormente en época imperial; en las que aparece representado Helios-Sol, solo o en compañía de la diosa Selene-Luna (Hijmans, 1996, 132-134).

(25) Este aspecto de Helios-Sol como señor de los astros (astrorum dominus) y corredor de los siglos fue enfatizado por el afamado filósofo y escritor romano Lucio Anneo Séneca (4 AEC – 65 EC), originario de Corduba (la actual Córdoba); en su obra trágica Las troyanas (378-396). Cabe señalar también, a este respecto, cómo en las Metamorfosis de Ovidio (obra escrita a comienzos del s. I de nuestra era), cuando Faetón acude al palacio de su divino padre en los límites de Oriente, se describe a las personificaciones de las cuatro estaciones, junto con las de las Horas, el Día y otras medidas del tiempo; como miembros de la corte palaciega del dios Sol (Met. II 20-35). Los filósofos grecorromanos también prestaron una especial atención a la vertiente temporal de la divinidad del Sol, de manera que, para Macrobio (autor romano que escribió sus obras a fines del s. IV EC, recogiendo en ellas las disertaciones y enseñanzas de filósofos anteriores), el astro rey era el creador del tiempo por virtud de su curso por el firmamento (Comm. Somn. Scip. II 10, 9). De todo esto deriva además la consideración de Helios-Sol, junto con Selene-Luna; como símbolo del orden cósmico (Hijmans, 1996, 142-144; Pérez Yarza, 2017, 219-220).

(26) Cabe advertir que ante todo estamos tratando aquí con una cosmovisión de carácter geocéntrico, en primer término, y antropocéntrico, en segundo.

(27) Nombres griegos latinizados que respectivamente vienen a significar: Fuego, Aurora, Chispeante y Ardiente. (Ov. Met. II, 150-155. Grimal, 1981, 235.)

(28) El escritor y liberto del emperador Augusto, Cayo Julio Higino (64 AEC – 17 EC), no hizo sino seguir ahí lo contado por el astrónomo y mitógrafo griego Eratóstenes (ca. 276 – 194 AEC), en su obra Catasterismos, sobre los mitos acerca del origen de las constelaciones, en concreto aquel sobre la constelación del Auriga (Cat. XIII).

(29) No en vano, Tertuliano llegó a escribir hasta 30 obras, argumentando tanto sobre cuestiones apologéticas del cristianismo, como también otras de tema más dogmático de índole cristológica (esto es, sobre la naturaleza de Cristo), y, no menos, cuestiones morales.

(30) Álvarez Jiménez, 2018, 344-345.

(31) Circe es ante todo conocida por el papel que desempeñó en la Odisea de Homero. Hija de Helios y Persa, y hermana de Eetes (X, 135-139), es descrita como «la de ardides soberanos» (VIII, 448-449), «la rica en venenos» (X, 276), «la de hermosos cabellos, potente deidad de habla humana» (XI, 7). Habitaba una isla de la que era soberana, y a la que llegó Odiseo junto con su tripulación en un momento dado de su periplo. La diosa convirtió a los hombres de Odiseo en cerdos, pero no pudo engañar al héroe, quien se superpuso a las tretas de Circe con ayuda de Hermes. Tras esto, Circe retornó a los hombres de Odiseo a su aspecto humano, y al héroe le indicó el modo de cómo poder regresar a su hogar.

(32) Hay, sin embargo, otra tradición mítica en la Antigüedad Clásica por la que el espectáculo de las carreras de carros fue ideada por Enialio en honor de su padre Poseidón-Neptuno. No hay que pasar por alto que este dios tenía una destacada afinidad equina. Dicha tradición es reportada por Tertuliano en De Spectaculis IX, 2 (Vespignani, 2010, 249).

(33) Tertuliano, De Spect. IX, 1.

(34) El santuario de Sol en el Quirinal, una de las siete colinas de Roma; era un recinto constituido al aire libre, sin techumbre alguna, en cuyo altar se realizaba un sacrificio público anual en honor al dios el 9 de agosto. Estaría además situado en la proximidad del templo a Quirino, dios que daba nombre a la colina, y que no era otro que Rómulo, el fundador de Roma, que ascendió al estatus de dios tras su muerte (Pérez Yarza, 2017, 220).

(35) Marqués, 2018, 313; Pérez Yarza, 2017, 220.

(36) A lo cual se agrega también que las fuentes literarias no proporcionan una información más precisa sobre la cronología del templo y su integración en el espacio del Circo Máximo en un momento dado (Pérez Yarza, 2017, 227).

(37) Se ha sugerido, de forma bastante plausible, que todo esto habría resultado bastante influyente en la designación del famoso epíteto Invictus al dios Sol, en base al cual se aludiría a la faceta concreta de este dios en tanto que supervisor de la victoria en las carreras (Pérez Yarza, 2017, 230-231 y n. 87).

(38) Cornelio Tácito (ca. 55-120) fue un político e historiador romano, sobre cuya biografía no se conocen muchos detalles. Su obra Annales estaba conformada por un total de 16 libros que trataban sobre la vida de los sucesores de Augusto, el primer emperador de Roma. Sin embargo, no todos ellos se han conservado hasta nuestros días. Los que han podido llegado a nosotros tratan sobre los reinados de los emperadores Tiberio (14-37) y Nerón (54-68).

(39) El emperador Nerón gozó del agrado de la plebe romana, pero de las antipatías y animadversiones de la clase senatorial. De estos últimos dependió pues la imagen negativa que de este emperador pasó a la posteridad. Un aspecto bastante destacado de dicha imagen consistía precisamente en mostrar a Nerón como un hombre al que le gustaban en exceso las carreras del circo, llegando a desempeñar él mismo la función de auriga en determinadas ocasiones. A este respecto, resulta interesante una afirmación del historiador Suetonio (ca. 70-126), según la cual a Nerón «se le consideraba rival de Apolo en el canto y del Sol en conducir carros» (Vidas de los doce Césares VI, 53). Dicha afirmación, con toda la pinta de tratarse de una exageración que contribuía a acrecentar la imagen negativa de este emperador, nos muestra otra vinculación expresa entre el dios Sol y la conducción del carro que agregar a la sólida tradición ya establecida en torno a ese aspecto. Sobre Nerón y las carreras: Álvarez Jiménez, 2018, 79-85.

(40) Tácito, Annales XV, 72-73.

(41) Los agradecimientos se materializaron en unos «honores particulares» para Sol, en palabras del historiador romano, quien no ofrece más detalles. Por otra parte, Nerón decretó también que los ludi Cereales (juegos organizados en honor a la diosa Ceres) se viesen ampliados con más carreras de carros. También consagró el puñal con el que tenían pensado asesinarle a Júpiter Vengador. (Tácito, Ann. XV, 74)

(42) Tal proyecto se llevó a cabo además de forma paralela a importantes renovaciones (especialmente por cuanto se nos ha transmitido al respecto desde la óptica de la propaganda augustea) que se realizaron en otros ámbitos, tales como en la religión, la cultura y los valores romanos. En todo ello se quiso mostrar, a grosso modo, una recuperación de formas y aspectos puramente romanos que habían caído en el olvido o en desuso durante los últimos tiempos del período republicano, así como también una vigorización de tales formas como síntoma del comienzo de una nueva época y la inauguración de un nuevo estilo de gobierno en Roma y su imperio (Zanker, 1992, 128-229; Roldán Hervás, 1995, 278-281). En todo esto de la propaganda augustea jugó también un papel muy importante el Circo Máximo y la celebración de ludi circenses (Álvarez Jiménez, 2018, 54-64).

(43) Dicha propaganda no estaba dirigida solamente a enaltecer la persona de Octavio Augusto, sino también la de su familia: los Julios. Ello fue notable especialmente en espacios públicos significativos de la capital, como el Foro romano, en donde se dispusieron símbolos de las victorias de Augusto, sin pasar por alto además la proximidad y la diáfana conexión entre ese antiguo espacio público y el inaugurado Foro de César, donde se localizaba el templo del Divino Julio (Zanker, 1992, 103-127).

(44) Dichos obeliscos provenían específicamente de la ciudad egipcia de Heliópolis. Ambos monumentos, además, contaban con una notable antigüedad, sobre la que se precisará más abajo. La voluntad de Augusto de disponerlos en Roma se constituía en una monumentalización simbólica mediante la que se manifestaba no solo la victoria y el dominio sobre Egipto, sino también de control sobre el orbe (entendiéndose en unos términos diáfanos de propaganda en pro del primer emperador de Roma y su labor). Álvarez Jiménez, 2018, 389; Barchiesi, 2008, 532.

(45) También denominado como Horologium Augusti, este obelisco tuvo sus orígenes en el reinado del faraón Psamético II (ca. 595-585 AEC), de la dinastía XXVI. En tanto que reloj solar, sus connotaciones eran ante todo de carácter temporal, cosmológico y también astrológico, dado que estaba dispuesto en el centro de un pavimento circular de mármol en el que estaba representado un calendario con la numeración y los nombres de los meses así como de los signos zodiacales. De este modo, el obelisco del Campo de Marte no solo indicaba la hora del día mediante su sombra, sino también el transcurrir del tiempo a lo largo del año. Ello tenía una especial relevancia en relación con otro monumento augusteo situado en sus inmediaciones: el Ara Pacis (el Altar de la Paz). Así, el día del aniversario de Augusto, la sombra del obelisco apuntaba hacia dicho altar, en una ingeniosa fórmula propagandística. Actualmente, el Horologium Augusti se encuentra en la Plaza de Montecitorio, frente a la sede de la Cámara de Diputados. (Zanker, 1992, 176-177; Barchiesi, 2008, 531; Marqués, 2018, 101).

(46) Los orígenes del Obelisco Flaminio se remontan a los reinados de dos faraones de la dinastía XIX: Seti I (ca. 1294-1279) y el famoso Ramsés II (1279-1213). Su disposición y dedicación al dios Sol fue un medio explícito por el que se vio reafirmado el vínculo entre dicho dios y el espacio del Circo Máximo. En una fecha posterior que nos resulta desconocida, este obelisco fue derribado de su emplazamiento del Circo Máximo. En la segunda mitad del s. XVI fue redescubierto y, tras su restauración, dispuesto en la Piazza del Popolo, donde aún permanece como singular monumento (Johnston, 2010, 249; Barchiesi, 2008, 532; Pérez Yarza, 2017, 226; Álvarez Jiménez, 2018, 389).

(47) En Egipto, el obelisco era un monumento estrechamente vinculado al culto al dios-sol Ra en Heliópolis (literalmente, la Ciudad del Sol). Remitía a la piedra sagrada denominada «Benben», figuración de la colina primordial que emergió de las aguas y de la cual surgió Ra durante los orígenes del mundo. El obelisco estaba coronado por un piramidión, una pieza con forma de pirámide pequeña hecha de metal (oro o quizás cobre), que en su superficie reflejaba la luz de los rayos del Sol, significando con ello la conexión entre la tierra y el cielo. En sí, además, el obelisco era considerado como un rayo de sol solidificado que perforaba la tierra (Armour, 2014, 29-31; Naydler, 2019, 74-79; Barchiesi, 2008, 531).

(48) Halsberghe, 1972, 29-30. Barchiesi, 2008, 531. Marqués, 2018, 313.

(49) Vespignani, 2010, 249.

(50) Pérez Yarza, 2017, 227. Beck (2006, 123) señala que la cronología de esa configuración de la simbología cósmica del Circo Máximo pudo tener sus comienzos plausiblemente en el s. I de nuestra era.

(51) Beck, 2006, 123

(52) Vespignani, 2010, 250-251

(53) Se trataba de una fosa con agua que en el Circo Máximo se dispuso primero como barrera entre las gradas y la arena, pero que posteriormente, en época de Nerón; se construyó en torno a la spina, siendo vertida el agua en ella desde unas fuentes con delfines ornamentales, animales asociados a Neptuno; dispuestas en dicho muro. Esta fosa cumplía además una función práctica de proporcionar el agua necesaria para abastecer a los caballos durante el desarrollo de las carreras (Álvarez Jiménez, 2018, 387-388).

(54) Si bien cabe apuntar que, dentro de las cosmologías geocéntricas de los antiguos griegos y romanos, el Sol estaba situado justo en el lugar central del firmamento, ocupando la cuarta posición entre las denominadas siete luminarias (que en la astronomía antigua eran los planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno + el Sol y la Luna), en calidad de «jefe principal y moderador de las demás luminarias» (Cic. Rep. VI, 17).

(55) Barchiesi, 2008, 532

(56) Vespignani, 2010, 250; Álvarez Jiménez, 2018, 352.

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